18.8.12

Una tristeza de pared


Laszlo Fejés, Wedding, Budapest, 1965


No recuerdo quién escribió que el amor era cosa de poetas y que el matrimonio lo era de filófosos. En opinión de Woody Allen, el matrimonio es una carga tan pesada que en ocasiones hacen falta tres para llevarla. En la fotografía de Fejés el peso se reparte sobre ocho manos y ni siquiera sabemos si el encuadre elimina extras que se añaden al transporte.Según la experiencia vivida en carne o en alma  propia o la que se ha observado en los demás, el matrimonio es de los asuntos de más difícil consenso que pueda existir. He observado que las cantantes y los rapsodas no ensalzan el matrimonio. De hecho, salvo las previsibles excepciones, quién duda que sublimes algunas, el matrimonio no es la pieza que mueve el sol y las estrellas, como quería Dante. Es el amor el que guía la mecanica celeste. Si uno suprime el término del diccionario de la RAE, no creo que el mundo se tambalease. No habría nada sustancialmente distinto a lo que ahora disfrutamos o padecemos. Lo que no es extraíble, la esencia que no es extirpable sin que el cuerpo se malogre de una manera irreversible es el amor. El amor secreto o el amor manifestado, el que se paladea en soledad y se reserva con celo y el que necesita del concurso de los demás para que se afirma y crezca. Está el matrimonio secreto, el que no precisa de testigos ni de altares, que prescinde de firmas y se consagra a divinizar el amor y obsequiarse a diario con sus regalos y está el matrimonio censado, el que se agasaja de protocolos y acarrea invitados, personas que intermedien ante otras personas que, escribas de lo público, estabulan el connubio, lo registran y le dan entidad jurídica. No sé si es posible que el uno (el secreto) viva dentro del otro (el público). Tampoco si puede existir un amor perfecto, uno a prueba de obstáculos, crecido a medida que va sorteándolos, sólido y estable. Hay días en los que ni uno mismo es capaz de mirarse decentemente al espejo sin que le asalten deseos casi violentos de hacerlo añicos. Días grises como los hay esplendorosos, mecidos por todos los céfiros, acunados en júbilo, mimados por los invisibles dioses. Lo maravilloso de amar es la sensación de estar fragmentado en otro. De que la persona que se es no termina en las palabras que dice ni en la longitud exacta de sus miembros. Que los recuerdos que lo entristecen, lo conmueven o lo alegran son compartidos por otra criatura que se entristece, conmueve y alegra parecidamente.

Luego está el cine negro. Sin el matrimonio, habríamos perdido cientos de excelentes películas en las que el cartero siempre llama dos veces y en donde la sangre salpica el asiento delantero de un coche en blanco y negro. Sin el matrimonio, sin la voluntad narrativa de considerarlo fuente de placer y de desdicha a partes iguales, Alfred Hitchcock no habría filmado una considerable porción de su cine. Del amor, en abstracto, sin adjetivos ni calenturas morales, jamás se ha levantado una obra maestra en el cine negro, que es (con diferencia) el que más me agrada. Douglas Sirk sólo habló del amor. Los Carpenters, melosos y un poco hippies, solo cantaron al amor. Dyango, cascado y feliz con su casquería, solo cantó al amor. El universo entero es un acto de amor, pero a veces hace falta contar lo mucho que uno ama a los demás. La misma religión, la cristiana que es la que nos pilla más cerca, bendice el amor porque conduce al matrimonio. Caso contrario, no me cabe duda alguna, hace tiempo que lo habría mandado al santo carajo. La fotografía de Fejés, formidable en su vértigo detenido mágicamente, me dolió la primera vez que la vi (ayer, no crean) por un hecho sencillo. La pared. Es de una tristeza inconmensurable. Uno sospecha que detrás de esa pared lamentable, ruinosa y casi por venirse abajo, estará la vida en pareja de la pareja que, por cierto, anda sin cogerse las manos ni mirarse embelesadamente. Igual están advirtiendo la amenaza de la pared. Incluso él, ay, camina cabizbajo. De ella no sabemos nada. Ni siquiera la imaginamos. Es un objeto. Un objeto entre los objetos. Estamos desamparados. Que venga José Luis Perales y nos eleve el ánimo.



5 comentarios:

Isabel Huete dijo...

El amor siempre me ha parecido un sentimiento tan intenso como efímero, y por ello fácil de olvidar. Me refiero al amor entre dos personas porque hay otros tipos de amores que duran toda la vida.
La foto me parece increíble porque refleja todo un mundo de contrastes que incitan a hacer volar la imaginación. Esas son las fotografías que más me gustan.

Miguel Cobo dijo...

Es que el matrimonio, si te das cuenta, es sobre todo fotografías. Fotos con toda su carga semántica, de significante y significado y todo lo que don Ferdinand quiera, pero la foto es lo que queda: daguerrotipo de una felicidad instantánea, inmortalizada, que no inmortal.
En su versión celtíbera de posguerra, añade una connotación más prosaica que concedía a la pareja algo así como al agente 007, licencia para "matar" (la petite mort, claro), sobre todo para las clases humildes. Porque para la vieja aristocracia, lo que el matrimonio ha sido en realidad es patrimonio.
Del sacramento hablamos otro día, mon ami.

Manolo Delgado dijo...

No cuesta mucho imaginar que los agujeros de la pared pudieran ser de bala. En épocas de guerra, la gente sigue haciendo su vida normal, al menos lo más normal que puede. En medio de los disparos, somos testigos de un esfuerzo por seguir viviendo, de un desfile de personajes extrañamente cotidianos, que luchan por convertir en monotonía a la desesperación.

Un gesto curioso para reflexionar. Al contrario del hombre, que camina cabizbajo, la mujer lo hace con la cabeza erguida, aunque cubierta por el velo. ¿Tendrá un profundo significado antropológico o simlemente le estará mirando las pantorrillas?

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Isabel, si la felicidad es un leve parpadeo, un instante, una especie de aleteo en el alma, imagina el amor cómo será. Efímero, volátil, pero el motor, al cabo, que quería Dante y que glosó para su amada Beatriz en uno de esos terribles mundos que imaginó. La foto es una maravilla de la que se podría hacer una novela. Triste, por supuesto. Un beso, Isabel...

El tributo a lo que fue, el bagaje de la memoria, Miguel. El inspirado daguerrotipo que imaginas. En lo celtíbero, en este remanso de vértigo y de fiebre que es nuestro bienamado país, el matrimonio es una institución en declive. No sé si a Dios gracias. No es que uno lo deteste (vivo felizmente en uno), pero se ven tantos dislates, tanto atropello sin sentido, que dan ganas de mandar la institución a la santa mierda.

Balas, Manolo. Perfecto. DAtos para un cuento. Llevarlo a una novela lo harán otros. Las distancias pequeñas se me hacen más manejables. La antropología, ay, está alimentada con fotografías como ésta, que es una maravilla.

Ramón Besonías Román dijo...

La foto la comparsa que precede a los novios son las suegras, redención y condena, alfa y omega de la institución. Buena foto. La pared hace las veces de imaginaria prisión, lugar del que quieren salir los que están dentro y quienes entrar los que fuera están.

El matrimonio es al anor lo que un coche a las facturas, solo que en aquel caso no te puedes quedar con el coche si no pagas la mensualidad.

Después está el trasunto sexual, la lubricación como contingencia distópica del devenir matrimonial.