7.8.12

Ornitología



I/  Pennies from heaven
Hubiese sido un magnífico secundario de cine negro, una especie de Peter Lorre negro con la tristeza abriendo paso a las balas, digamos. Pero Lester Young fue un saxofonista portentoso y no tuvo, que yo sepa, relación alguna con el cine negro. Sí tuvo una atormentada vida, una digna de ser escrita o llevada a la pantalla. Antes de que los títulos de crédito cierren el programa le veremos en un modesto retiro entregado sin rubor a la bebida. Lo mataron la incomprensión (quiso creer que era peor músico que Coleman Hawkins o que los nuevos valores del jazz blanco como Paul Desmond o Stan Getz) el whisky y el racismo. Se sabe que al ser reclutado para el ejército y negarse a ir fue arrestado y torturado por los mandos militares y que jamás aceptó que fue su negritud y no la negativa a cumplir el mandato del tío Sam lo que hizo que los mandos se ensañaran con él. 
Poco se sabe de su vida, cosa que dificulta la biografía: Lester jamás se tomó en serio la vida pública del jazzman y se divertía a su manera inventando historias, contando episodios falsos que el periodista de turno compilaba a modo de nota frívola, a la espera de que en un momento surgiese el apunte sincero. Donde no confundía era en su fraseo, en la fina sonoridad de lo que, más que contralto, parecía un saxo tenor, en su delicada forma de expresar la rotunda vida del aire dentro de ese instrumento rocoso y viril. Pero el Lester Young que a mí me fascina es el que acompañó las grabaciones de Billie Holiday. He imaginado montones de veces (como un pequeño vicio de aficionado al jazz y también a las imágenes que el jazz va dejando a quien se mete bien dentro de su costra) al hombre bajito, armado de su saxo, trajeado como un dandy en invierno, siguiendo la gardenia del pelo de Billie, apostándose a su vera, sentado como esos patriarcas del flamenco hacen cuando sacan el arte en un patio con un aljibe o como lo hace el gran B.B.King cuando saca a Lucille todo lo que tiene dentro. En cierto modo a Lester le pasó un poco como le pasa al bendito B.B. King todavía: le pudo el amor al dinero, el irrefrenable deseo de hacer giras y de comerse el mundo con su magisterio. Nada que objetar al rey del blues. Se puede ser un estajanovista de un oficio, echarle horas como si no hubiese otra cosa en el mundo, amasar una fortuna (que King reparte entre sus ex-esposas y el fisco) y no ofrecer en el trayecto la imagen de uno de esos avaros que guardan la calderilla debajo del colchón. 
Me fascina también fantasear con el músico de jazz recorriendo el país, de bolos, durmiendo en hoteles baratos, oliendo la cochambre y masticando nicotina, dejando la corbata en una percha de un armario indecente, junto al traje. No he visto todavía ninguna fotografía de Lester sin chaqueta. Está ahi en todos esos registros: erguido, desafiante, tímido en el fondo, pero exhibiendo nobleza, a sabiendas siempre de que su música era un regalo de un cielo que no le bendijo con otra felicidad que estas sencillas manifestaciones de la inspiración. Prefería tocar por libre, con grupos pequeños, a plegarse al criterio de un empresario o de otro músico con ínfulas. Por eso fatigó comarcales, durmió en la cochambre y ganó trabajosamente el dinero que lo igualaba con los grandes, con quienes se enfrentaba en sueños esgrimiendo el saxo, sacando repertorio y endulzando (lo suyo era un saxo dulce, una meliflua expresión de vigor, al cabo) el aire con las piezas de otros.
Fue Billie Holiday quien le hizo Presidente. En una tierra de duques, barones y condes (decía) hace falta un presidente, y le nombró Prez a título vitalicio. Mientras tanto Count Basie estrujaba al genio y lo llevaba de un estado a otro, colocándolo en un lugar preeminente de la orquesta, pero a Lester le gustaban las pequeñas seccciones rítimicas, los grupos en los que él regentara la construcción de la música y marcara el camino por donde debían ir los demás, pero ni el todopoderoso Norman Granz, el productor de jazz más importante de la Historia, pudo complacerle como quiso y Lester se convenció de que no podría volar como le pedía el talento que amasaba. Daba igual que tocara con el trío de Oscar Peterson o que tutelara la parte operativa, la maquinaria más jazzística del chasis que envolvía el aparato vocal de la inmensa Billie Holiday: Lester Young se sintió un desplazado, sin que en casi ningún momento su jazz alcanzara las cotas que otros (Hawkins, por un lado; Getz o Mulligan por otro) ganaban a pulso en discográficas y en sesiones en vivo de más altos vuelos.
Entre el cool, el bop o el mainstream más orquestal, en plan big band multifacética, Lester Young condujo su carrera a trompicones. Se refugió en el alcohol como Parker o como Baker. No le hizo falta entrar más adentro en la lista de toxinas: le bastó la botella, la serenidad complaciente del aturdimiento que produce el alcohol en la sangre, ese estado de sublime precariedad en la que el afectado cierra sus poros al mundo y abre su corazón al vértigo inconfensable del vacío. Se está bien en el vacio, debió pensar. En ese territorio mítico, que cada adicto construye a beneficio propio, Lester renunció a entender el mundo que no le entendía, pero nadie sale ileso de esa travesía insana. La suya concluyó antes de que cumpliera los cincuenta, después de haber registrado piezas inmortales, tras haber malogrado una meteórica carrera de sensibilidad y de honestidad profesional. Stan Getz grabó hasta que ya el cuerpo no le respondía. Me pregunto qué pudo haber sido del Lester Young que él mismo censuró, al que no permitió envejecer y seguir deleitando a los consumidores habituales de belleza.
A propósito de todo esto, de la ida y de la venida de las adicciones interpuestas entre la música y la persona que la hace, piensa uno en la terrible maldición del talento, en cómo se malogra el genio puro y se despeña en esos vicios irreparables. Pienso también en el bueno de Dizzy Gillespie, en su inteligencia absoluta en lo concerniente al rumbo que debía tomar su carrera, que viene a ser el rumbo al que debía orientar su vida. Hay una escena maravillosa en Bird, la biografía de Eastwood dejó sobre la vida de Charlie Parker. Se ve a Parker acercarse a casa de Gillespie y tocarle, saxofón en mano, solo en la calle, ebrio de alcohol y de numen, la inconmensurable Ornithology. Dizzy le pide que se calme, le hace ver que tiene a su familia durmiendo y que la calle, a esas horas, no permite estas extravagancias. Quizá por eso Gillespie grabó y tocó hasta la vejez y la rendición de su talento está disponible en cientos de álbumes y en miles de conciertos.



II/ Hotel by a railroad
Pensé anoche, poco antes de conciliar el sueño, en un cuadro de Hopper. Lo inventé minuciosamente. Si uno ha visto muchos cuadros de Hopper puede confeccionar uno en la cabeza. El cuadro invisible, el alojado ahí dentro, es como el jazz. A poco que cierras los ojos, si te distraes del empeño primero sobre el que empezaste el trabajo, el lienzo desaparece. Se emborronan las figuras. Se pierde la luz. Se van perdiendo los matices y ya no es Hopper. El jazz es un cuadro de Hopper en la cabeza. Si te distraes, en el momento en que piensas en otra cosa y no afinas lo suficiente, la música se aleja. El jazz está siempre alejándose. Crees que lo tienes, pero a cada nueva escucha, en cada nueva visita, uno cree que es una melodía absolutamente nueva. Se tiene la impresión de que hay notas que conoces, pero esa pequeña certidumbre la derriba la propia pieza a medida que va creciendo. Yo soy capaz de inventar jazz en mi cabeza. Lo he escuchado las veces suficientes como para recrearlo ahí adentro. A lo que no alcanzo es a sacarlo. Hoy, escuchando a Lester Young, a las dos y pico de la mañana, se me ha ocurrido que Hopper era un músico de jazz. Será que estoy sincopando. Que embriagado de Prez se me violentan los argumentos y piden que los enseñe. Yo obedezco. No sé bien qué hago, pero soy muy dócil con mis vicios. Los tres, Young, Hopper y yo mismo, solos, al cabo, construyendo en la intimidad un refugio en donde cobijarse de todo lo triste y todo lo feo del mundo. En el jazz, en Young tocando, lo triste y lo feo se da a la fuga. En los cuadros de Hopper, aun tristes algunos, no hay otra cosa que belleza. En lo mío, en lo que me toca, soy un espectador aventajado. Me conozco y sé dónde perderme. Como Gillespie, espero no perderme del todo y llegar a la vejez con la capacidad de asombro intacta. No será así. Se pierden con el tiempo todos los buenos deseos que uno encomienda al futuro. Va siendo hora de ir acabando el día.

2 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

El futuro es lugar donde nos aguardan todas las cosas que no hemos hecho. Algunos tienen la paciencia suficiente esperarlo. Pero todos descubren que el futuro, con todas nuestras cosas por hacer está siempre un par de pasos más allá. Abrazos, amigo que imaginas músicas y pinturas

Ramón Besonías Román dijo...

Respecto a las inclemencias del genio creativo, es comprensible que el genio tenga algo de outsider, ya que la naturaleza misma del arte es extraer de la realidad sus intersticios ocultos, no revelados. Esto, en algunos casos, supone una auténtica transgresión del orden restablecido y del rol privilegiado que algunos especímenes ocupan dentro del mismo.

El artista nos obliga a mirar hacia un lugar en el que aún no hemos estado. Al principio, este viraje incomoda; tras acostumbrar la mirada, la belleza se revela sin necesidad de racionalizar la experiencia.