9.5.12

K.

Ama mi amigo K. las cosas banales, las que se arrumban al olvido, las que se obstinan en no trascender ni en enamoriscar a nadie. De lo irrelevante extrae casi siempre una enseñanza superior. En esos asuntos sin brillo, de escasa inclinación al afecto, pierde un tiempo fabuloso que otros consagran a labores de más alto valor, más complacientes al beneficio del pueblo o, puestos a no ser demasiado ambicioso, que satisfagan tan solo el suyo. Le entusiasma la liviandad de sus vicios, se ensimisma en esa contemplación doméstica de su curioso ser, le pierde la manufactura preciosa del azar, que le provee a diario de distracciones y le priva de consideraciones más altas. No siendo K. hombre de fe ni teniendo perspectiva de que se le abra el pecho y le acribillen de gozo los coros arcangélicos, en eso se parece a un servidor, agradece como buenamente puede esa reciedumbre personal, ese dejarse llevar sin honduras previsibles, apenas consciente del mal que padece, de esa dulce pereza que le embarga. Otros a los que conozco se embarcan en adhesiones religiosas, en credos, en políticas, en empresas del corazón o del alma que él, capaz de seguirlas, rehúye, prefiriendo la observación lejana, el privilegiado espectáculo de la vida. Es, sea dicho con absoluto respeto hacia los cobardes, uno con aspiraciones lúdicas, lector antaño voraz (ahora razonablemente disperso) y escritor enfermo de escritura, aunque el mal (no el de Montano, no el Alonso Quijano) solo haga que peligre la bondad de la noches, las pertinentes horas de sueño y las veces que los amigos podemos verle y disfrutar de su compañía.

Yo mismo soy también débil en mis debilidades y flaqueo en lo que, a fuerza de insistir, no debería causarme flaqueza alguna. En eso, supongo, consiste mi carácter, un poco parecido al suyo, en esas marcas de educación está mi manera de llevarme por las cosas. Y conformo avanzo en edad (es una manera de decir que voy muriendo) mejor entiendo las leyes básicas de mi persona y comprendo la forma de ser de los que me rodean. Es lo que K. llama calar a la gente. A K. se le cala pronto. Es del tipo de personas que no guardan absolutamente nada, que todo lo expresan con meridiana franqueza, sin esquivar los asuntos inconvenientes, diciendo una verdad incómoda, pero salubre. De K. aprecio esa manera suya de hacerse nota en las reuniones. Escucha con la misma fruición con la que habla. A mí me resulta muy francamente difícil mantener un equilibrio entre esos dos vértices de la comunicación. Hablo más que escucho, desoigo, me pierdo a veces en lo que digo, sin apreciar con calma lo que los otros exponen. Será consecuencia de haber sido hijo único y haber forjado (involuntariamente) un carácter en esencia defensivo, expectante. K. no se defiende de nada, todo lo acata, en nada se excita. Es un Bartleby de una inapetencia mayor. Y los dos nos vamos sobrellevando como podemos. Yo le escribo y K. me explica. Los dos, a ver si ya concluyo, escribimos esta página.

2 comentarios:

alex dijo...

K. siempre ha estado aquí. Le nombres o no su presencia se intuye, querido amigo. K. es el amigo desplegado que ayuda a ensamblar piezs. El sentido común que en ocasiones nos falta a los seres materiales que no tenemos el don de la incorporeidad. Todos tenemos un K. escondido en alguna parte. Eres afortunado, porque el mío se extravió siendo aún adolescente. Supongo que la tentación de elegir ser la conciencia de otro con más calado le venció. La vida sin K. no es mejor. No lo es...

Anónimo dijo...

Por fin tenemos a K. revelado. Tantos años (muchos, casi todos, no, Emilio?) en el escondite y hoy decides sacarlo en sociedad y explicar... que sencillamente no existe. Un ladrón de voluntades, eso eres, pero a mí me encanta.

Ana