17.5.12

El que cuenta las sílabas


Ahora estoy aquí sentado en la enfermedad de las palabras. 
Me explotan cien alejandrinos en el pecho, pero el pánico asoma su boscoso lenguaje de trampas y de leche agria por la ventana. 
Patrullas de agentes lingüísticos escoltan un desatino semántico que amenaza con acostarse con todas las nínfulas del barrio. 
Siempre tuvo éxito el pecado, le pese a quien le pese. 
Precisamente ahora uno de esos tozudos agentes ha hocicado su ojo hebreo por la hoja en blanco y temo que la burda canción devenga tragedia, vasallaje del tiempo al instinto, la menor de las voluntades de un dios caprichoso que aturde la tarde con su coro evangélico de pequeñas hostias musicadas. 
Me duele el oído interno, tengo el yunque devastado.
Siempre tuvo éxito lo clandestino. 
Ángeles de discreto aspecto victoriano fatigan las aceras a la caza de algún niño con anginas o de alguna princesa convocada para la ceremonia de la lluvia. 
Ahora mismo Chet Baker proclama la vigencia de las anfetaminas en el muestrario de vicios burgueses. 
A Chet Baker le partieron la boca en Holanda, pero se recompuso el sex-appeal, su aspecto dandy venido a menos y grabó algunos discos memorables en la vieja Europa. 
No me preocupa el silencio. 
Recatado y puro, el dios de la cosecha, el dios del orden, mordisquea sin estridencias un salmo con versos endecasílabos. 
Vírgenes coreanas encienden incómodos verbos copulativos a la altura de todas las circunstancias. 
Mi madre, que ha aparecido de improviso, viste un kimono rosa en donde puede leerse un verso de Mallarmé en vasco, un verso de Keats en ruso. 
Los versos de Keats en el kimono rosa de mi madre, aparecida de improviso, imponen a la realidad una aureola de irrealidad o es justo al revés y yo estoy en la perplejidad del limbo, exploro el limbo como quien sale de casa y va al mercado y ve los puestos y se admira de la prolijidad de lo real. 
Lo dijo el poeta. 
Yo solo me dedico a poner al día los registros.
Solo soy el que en la vana noche cuenta las sílabas. 
El inútil.

2 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Leerte se está convirtiendo en un vicio. No sé si lo aprobarían los guardianes de las buenas costumbres, esas que tan malos poetas han generado. Saludos

Francisco Machuca dijo...

Estamos sofocados por las palabras sin sentido,amigo. La palabra se ha convertido también en la ausencia del ser humano, como las historias que se cuentan de nosotros. Una palabra justifica en si a la misma palabra, pero cuando la queremos adosar al ser se abre un abanico de infinitos matices. Juntamos palabras en pronombre personal, un adverbio, un verbo, un adjetivo, y, por más que lo intentemos, por más que nos esforcemos, siempre acabamos encontrándonos en el lado de fuera de los sentimientos que ingenuamente queríamos describir. "Hasta las palabras nos abandonan." Samuel Beckett.

Todo esto lo escribí cuando desperté de un mal sueño.

Un fuerte abrazo.