11.4.12

Los venenos habituales

Le voy teniendo un afecto menor a las novedades. Ni tenía antes argumentos para disfrutar con ellas ni ahora los tengo para declinarlas. Tengo, en todo caso, vaivenes, una especie de querencia volátil hacia los asuntos que se improvisan, los que gobierna el azar y en los que uno no posee regencia alguna. Me incomodan cosas que antes me entretenían. Me atraen las que en otras ocasiones me enervaban. No poseo una idea exacta sobre si estas apreciaciones mías las comparten los otros. La tengo yo, la acepto como buenamente puedo y me voy acostumbrando, entre la perplejidad y la anuencia, a lo que va saliendo de este giro caprichoso de mis asuntos. K. observa que esa desafección es un indicio de que me hago viejo. Me insinúa chistosamente la posibilidad de que lea El Quijote o de que juegue a la petanca en el parque. Envejecer, le contesto, es un signo de buena salud. Lo de la edad es una estadística, una convención numérica, una manera más de que se nos estabule. Etiquetados, convertidos en cifra, se nos controla mejor.

Se envejece desde que el aire rasga los primeros pulmones. Todas las horas hieren, pero es la última (ay) la que mata. Los 46 que cumplí el pasado día uno de abril no me pasan factura o no al menos del modo en que debieran hacerlo. Salvo algunos achaques, que tenía también hace dos lustros, se me puede considerar sano. Más que la caída del pelo o que la barba sea blanca (las dos cosas se atienen a la estricta verdad) lo que se me antoja preocupante es esa debilidad mía que consiste en no saber a qué atenerme cuando dispongo de tiempo libre. No tener certezas absolutas sobre en lo que emplear las horas de esparcimiento. Es que yo me esparzo con desperpajo, sin que el veneno del aburrimiento se me envalentone y altere. Ocupo más en decidir qué hacer que en realizar lo que he dispuesto. Esa inconveniencia malogra una felicidad mayor. Ese contratiempo me indispone para acometer con mayor placer las cosas a las que me entrego, que son muchas y a las que confío para (como decía el poeta) elevar la cumbre de los días. Algunas de esas cumbres imponen. De ahí la necesidad de avituallarse bien por ahí adentro, de saber con qué alimentarse y en qué dosis administrar los venenos habituales. Tengo muchos. Los adoro a todos.

 Anoche (viendo un capítulo suelto de una serie, Varg Veum, un detective noruego que no lleva nunca armas) me preguntaba (sin verbalizarlo) si no sería más provechoso enchufarme una película de Fritz Lang o abrir la novela (estupenda) en la que ando ahora emboscado (Suerte, de mi amiga Bárbara Blasco, inédito todavía, confiado a mi lectura graciosamente). No estar jamás contento con nada, declinar lo nuevo, considerar que la rutina (la mía no es en absoluto gris, he aprendido a decorarla) es una casa que me acoge y que aspiro a que me cuide cuando, ya en otra edad, más noble y provecta, encorvado, perdida en parte la memoria y ganado sin adjetivos el descanso, piense en qué gasté los años, cómo merecí el amor de los otros y el mío propio. Sobre todo me fijo en esto último, en si me quiero lo bastante o soy un descuidado conmigo mismo y me desatiendo en cuanto me distraigo.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Mucho tiempo sin escribir, menos entradas, pero el mismo amor por las palabras y por las ideas.


Ana

Manolo Delgado dijo...

Pienso que probablemente lo que te pasa es que vives, ese y no otro es el problema. Vivir es, sobre todo, tomar decisiones, y las decisiones más banales (insustanciales sólo en apariencia) sueden ser las más difíciles de adoptar.

Enfrentar el ocio, el tiempo libre, y hacerlo de alguna manera enriquecedor, o al menos no derrocharlo. Compartirlo, si se tercia. Saborearlo siempre.

Aciertas plenamente en que tenemos que querernos a nosotros mismos, y habremos de hacerlo con evidente, orgulloso egoismo. Esta será, y no otra, la manera de acercarnos a la plenitud de vivir.

Manuel dijo...

Ámate por encima de todas las cosas. Bravo sentir el tuyo. Me sirvo criticar la excesiva floritura de la frase. Escribir bien no es esto. Se es bueno en lo conciso. Admite la pulla. En lo tocante al blog, bravo tambièn. No tengo duda de que es de los màs elaborados y activos de toda la blogosfeta. Un saludo. Y excusa la crudeza...

Raúl dijo...

Veo, querido Emilio, que somos legión, los que adolecemos del mal de la indecisión, y al igual que opina K, yo también estoy convencido de que algo tendrá que ver con el vicio de ir acumulando años.

Anónimo dijo...

Tú dame veneno que yo me inyectaré tus palabras.


Kinky sweet

Isabel Huete dijo...

¿Acumular años? Sumar vida.