15.3.12

Me trepa el candor como una lagartija mística / Miles Davis parece un cantaor flamenco



El arte será mestizo o no será. Miles Davis llevaba tatuada esa frase en los pulmones. La apuró hasta que no le entró ni una sola brizna de aire. No dejó de mezclar texturas durante los más de cuarenta años en que mantuvo entre sus manos una trompeta. Lo de menos es que a esos mejunjes sónicos le llamaran cool, bebop, hardbop o jazz-fusión. Importa escasamente que las músicas tengan la etiqueta con la que las estabulamos. De hecho podríamos prescindir de las nomenclaturas. No saber nada más que el nombre de los músicos y el título que le pusieron a la pieza que tocan. Podríamos ir más allá y prescindir de eso incluso. Por eso a veces me gusta poner jazz en la radio.  Porque no sabes qué estás escuchando. En eso, en la radio musical, me vale el bueno de Cifu en su Radio 3. Con él, con lo que programa, podríamos abastecer siete vidas consagradas a la ingesta masiva de jazz. No nos vale la que tenemos. A Julio Cortázar o a Boris Vian (declarados amantes del jazz) no les hubiese importado recrear la vida huraña y austera de un melómano que únicamente escuchara discos de jazz de principio a fin. Uno a salvo de las inclemencias del tiempo o de los gobiernos, encapsulado acústicamente, privándose de las rutinas de los demás, misántropo selectivo, capaz de turbarse ante un solo de Michel Petrucciani, tocando So what, e insensible a un abrazo o al amor que una madre exhibe cuando besa a un hijo. Hitler amaba a Wagner y despreciaba al pueblo judío. 

Está el arte ahí, dispuesto a asistir en gozo al noble de corazón y al impío de alma, en igual medida. Por eso no imagino a nadie inclinado al mal escuchando jazz. Digamos que el jazz adiestra y predispone al corazón a que maniobre con bondad por donde pase. Que la sangre fluya limpia y no se malogre con los venenos habituales. Sí, reconozco que me ha salido un post moralmente generoso. Miles Davis podía ser, en la intimidad, un verdadero cabrón y, sin embargo, hacer temblar el cosmos cuando entraba en un estudio o subía a un escenario con Bill Evans, John Coltrane, Cannonball Adderley, Jimmy Cobb y Paul Chambers y grabar uno de los mejores discos de la historia de la música, Kind of blue. No se puede ser un cabrón integral pensando esa música, sintiéndola ir y venir por dentro, como un río de alegría. Pero ya digo, ando hoy inclinado a la inocencia. Me trepa el candor como una lagartija mística. Si tuviera que elegir una canción que borrase a todas las demás sería So what. Enfebrecido, cólericamente.

posdata:
En la fotografía, Miles parece un cantaor flamenco. ¿Que no?

3 comentarios:

Ramón Besonías Román dijo...

Miles parece lo que quiere,
hace lo que quiere,
es quien quiere.
Miles es Dios,
aunque Miles no cree en Dios,
solo en la música.

Lucía Sanmartín dijo...

Me estoy aficionando a esta página así que tengo que declararlo, Emilio. El jazz junto con la buena escritura. Qué más se puede pedir, Dios mío. Estoy a tus pies, estoy rendida a un blog. Tendré que dejar de dudar de las cosas buenas que se escvonden en la red. Escribes de jazz con mucha pasión. Un saludo afectuoso.

Miguel Cobo dijo...

Miles no es que lo parezca, es que llega a ser un cantaor flamenco en la insuperable Saeta de Sketches of Spain, cuando la trompeta se desgarra en alaridos desafinados persiguiendo el imposible de la voz humana. La escuché por primera vez en la radio de madrugada y me calaron hasta los huesos la emoción y el desamparo. Me tatuó el alma.

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