5.3.12

Los invisibles

Nada sabemos del genio antes de serlo verdaderamente. Ignoramos si daba severas trazas de talento en la forma de andar, en cómo saludaba a los amigos o en el modo en que cortejaba o se dejaba cortejar. Si leía clásicos rotundos o perdía el tiempo (es un decir) jugando a canicas o si hablaba retórica y pedantemente o, bien al contrario, adoptaba unas maneras lingüísticas naturales, de escasa evidencia de que adentro bullía el genio que luego explosionó. Hay evidencias que principian un atisbo de genialidad o de genialidad ya enteramente instalada, pero en ocasiones lo sublime se esconde, no se manifiesta en exceso e incluso no se manifiesta nada. Está el genio larvado, gozando en esa intimidad sin alardes, consciente de lo que alcanza y del escaso deseo que tiene de alcanzarlo. He visto talentos enormes (y no solo en libros o en películas, en las paredes de un museo o en la ejecución de un instrumento musical) que se han decantado, bien al contrario, por censurar su don. Piensa uno entonces en lo que no se ve, en la claridad oculta, en todo esa riqueza intelectual o artística desaprovechada, encerrada en un búnker de onanismo, de apatía o de sencillo infortunio. Se habla mucho de los que hicieron una gran obra y al poco les sorprendió la muerte. Se relata qué podrían haber hecho o hasta dónde pudo dar de sí ese talento cercenado, pero también están los invisibles, los talentos a los que nadie dio una oportunidad (siempre hay un mecenas, un sponsor o un golpe antológico de suerte) o a los que nadie prestó un mínimo de atención. Gente de la que prescindimos sin que ese vacío altere una brizna el completo estado de las cosas en el que vivimos. Abundan los escritores, los actores, los músicos, los pintores, los escultores, los que hacen que vivir sea más hermoso de lo que ya es de por sí. Quizá está bien que todo siga como está. Que se queden en la sombra los genios inadvertidos. Soy de los que piensan que vivimos en una continua sobredosis de información. Que hay más de lo que se puede abarcar. Que nos aturden con este exceso para que no afinemos. Y pienso en todo esto y recuerdo al músico de la calle, en Fuengirola, el otro día, haciendo una pirueta circense con su guitarra, uno de esos prodigios únicamente permitidos a esos virtuosos que llenan teatros y salen en las páginas de Cultura de los diarios cuando sacan un disco nuevo o empiezan una gira. Nada sé de este músico callejero. Si de pequeño leía vorazmente o es un feliz iletrado. Si tuvo un amor que marcó su vida o no precisa amor que la complete más de lo que está. Sé, en todo caso, el tamaño del chispazo de asombro que me ocupó el cerebro durante los muy escasos minutos en los que le escuché tocar una pieza un poco swing y un poco zingara (una cosa entre Django Reinhardt y los Gypsy Kings) que acompañaba con suavísimos movimientos de cabeza, entornando delicadamente los ojos. Nunca leerá esta nota brevísima, pero sabrá que estoy hablando de él.

6 comentarios:

Ramón Besonías Román dijo...

Lo que está claro es que todo acto de genialidad es a su vez un acto de resistencia, una intención de subvertir el presente, de provocar una indeterminación en lo establecido.

Problema: que mientras el genio arremete contra el orden, no es reconocido como genio, sino como insolente ególatra. La taxonomía de "genio" viene después, cuando el tiempo le da la razón de que todo cambia y no pasa nada porque lo haga.

Pedro Altares dijo...

El genio va contra el mundo, pero es el que lo hace funcionar. De acuerdo por completo con el comentario de Besonías. Los genios son antisociales, por naturaleza. Locos, en algunos casos. A la hoguera iban antes. Ahora se les mira mal. Luego son adorados. Un saludo.

Anónimo dijo...

Los genios son los elegidos por los dioses incluso no hay dioses porque a lo mejor son ellos mismos los dioses y nosotros los feligreses de esa iglesia sublime. Vivan los genios. De ellos depdende el futuro.


Per

Joselu dijo...

Cervantes fue un genio de vida atribulada, que no tuvo verdadera conciencia de lo que había hecho con El Quijote ni los españoles de su tiempo lo entendieron. El genio se expone a su propia incomprensión ¿cómo saberse genio? ¿quién es un genio? Y se expone a la incomprensión de los demás. El que abre caminos lo hace en solitario, adelantándose al tiempo, y de la misma manera que Colón no supo que había descubierto América, el genio puede morir sin conocer el alcance de su revolución. Me pregunto si Cervantes que prosiguió en la escritura de una novela mediocre (El Persiles) tuvo realmente conciencia de los caminos que había abierto su obra tragicómica El Quijote. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que se lo reconoció en España donde se veía mal la admiración que le profesaban los británicos y franceses, en especial los primeros.

El genio rompe moldes, esos moldes que la mayoría sigue, y el genio rompe moldes siguiendo modelos pero alterándolos radicalmente, tanto que construye algo realmente nuevo. Pero ¿cómo distinguir lo nuevo?

Juan Herrezuelo dijo...

Imposible no acordarse de aquella célebre cita de Swift con que Kennedy Toole tituló proféticamente su novela; pero, ¿es cierto que cuando aparece un verdadero genio todos los necios se conjuran contra él? Bueno, lo cierto es que ni siquiera hace falta que sea un genio: basta con que tenga talento; los necios no soportan el talento, el talento no uniformiza, el talento genera ideas extrañas… no, no, no. Es la mediocridad la que debe promoverse. Y el resultado es, como bien dices, que deprime pensar en la cantidad de hombres y mujeres de talento que no tuvieron la suficiente suerte para superar la resistencia de los estúpidos y quedaron, sí, en la invisibilidad. Un abrazo.

Olga Bernad dijo...

Por los chispazos de asombro. Que no se mueran nunca. Que nos esperen. Que sepamos verlos (y oírlos). Que se hagan sentir, al menos alguna vez.

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