7.2.12

Un suponer...



Del acontecimiento más relevante de mi vida digo como Chesterton del suyo: me he tragado, sin rechistar y casi supersticiosamente, un cuento que no me fue posible comprobar, a tiempo, a la luz de la experiencia del juicio propio. Me hallo, por tanto, firmemente convencido de que nací el primer día de abril de 1.966 en Córdoba y que fui bautizado conforme al rito de la iglesia cristiana, la única entonces posible, ante el alborozo de familiares, amigos de la familia y algún que otro feligrés accidentalmente testigo de ese protocolario acto. Siendo poco crédulo en tantas cosas lo soy con fiereza en ésta: debí nacer como dicen que lo hice y debí crecer como los míos cuentan que crecí. El desatino de anécdotas que mi memoria es capaz de trenzar después de esa oscura circunstancia fundacional está ya al alcance de mis facultades de raciocinio, que son a veces escasas y se dejan manipular por las emociones. En esto lo tengo muy claro: soy sentimental por naturaleza. Incrédulo y sentimental.
Fantasear con el nacimiento de uno mismo te deja siempre en una especie de zozobra existencial: crees en que todo se ajusta al texto que te han recitado durante años, admites que nada de importancia fue saboteado de ese relato y que ningún episodio silenciado puede contribuir a desequilibrar tu vida. Es decir, uno cree que las novelas son novelas y que la vida, aunque roce y hasta casi se contamine en ocasiones de lo meramente novelesco, discurre en paralelo a la ficción y que los hilos que la manejan están cogidos con firmeza por nuestra voluntad más ferrea. Nada de esto, oh lector de mis cuitas, se apresta a la realidad, que suele emboscarnos en un aparte de las horas, echarnos contra la pared e intimidarnos como suele. Su nómina de tragedias, miserias, pasos en falso y precipicios que se retuercen frente a nosotros y nos abisman a ellos es desgraciadamente significativa. Viendo los males que devastan al prójimo se pregunta uno cómo es posible que alguno no le toque en ese caótico y errático reparto de papeles en esta obra. 
Te cuentan que naciste en Córdoba el primero de abril de 1.966 y que creciste sano y robusto, alegre y ocurrente, dicharachero y amigo de juegos y de distracciones frívolas; ignoro si hay alguna posibilidad de rehacer el libreto, si hay manera de que podamos, al modo en que lo hacen los novelistas, agregar personajes, interrumpir un hilo de la trama y enhebrar otro hasta que no beneficia al argumento principal y decidimos eliminarlo en el capítulo doce, pongo por caso. Haber leído la copiosa novelística rusa te permite divagar sin pudor sobre la tragedia y sacar drama de donde solo, en apariencia, se pueden extraer dulces cuentos de amor y romanzas con orquestina. En esto opino como Woody Allen: nada como un buen Tolstoi bajo el brazo para arruinar una buena tarde de domingo.
Ucrónico, dispuesto a acometer la ficción de ser otro, piensa uno qué hubiese pasado de haber nacido en una estricta comunidad de mormones, con retratos de Joseph Smith sobre la chimenea y biblias en la mesita de noche.. ¿Seguiría escuchando be bop de noche? ¿Leería de forma obsesiva a Borges? Y sobre todo, ¿mantendría abierta esta página en la red? Y la comunidad mormona, de la que dudo haya extensas legiones en mi país, podría (en todo caso) salir al paso y declararse fan de Charlie Parker, atenta lectora de Borges o bloguera. Pero uno es lo que es, y no siempre ni en la misma medida.

9 comentarios:

Isabel Huete dijo...

Cuando pienso en esas cosas del cómo nos echaron a este mundo sin pedirnos permiso, me imagino que mi vida es una suerte de puzzle que mis padres empezaron y dejaron a medio hacer para que yo asumiera la responsabilidad de acabarlo, pero siempre me queda una pieza que nunca consigo encajar. Me cabe la duda de si me habré equivocado yo o fueron ellos que lo empezaron por donde no debían. Y es que no me dejaron ninguna pista.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Es que no sabemos nada ni podemos saberlo. La biografía se escribe a diario y se gana y se pierde a diario en su gesta y en su fracaso. Todo muy trágico, muy épico, Isabel, amiga, pero cierto como la vida misma. Un beso.

Anónimo dijo...

Serías un mormón un poco irreverente, Emilio.
Escribes como Dios en sus nubes, como dices tú.

José Luis Martínez Clares dijo...

Si los mormones leyesen a Borges no serían mormones. O, por lo menos, serían mormones de fe dudosa, tentados por la fuerza de la razón. Mormones en el centro del laberinto. Saludos.

Miguel Cobo dijo...

¿Te da igual que comente otro Miguel?

http://www.youtube.com/watch?v=gceujR2aSwI

poesiadesdelacarcel dijo...

Emilio, buscando una foto de Louis Amstrong llego a tu espacio, y me llevo la sorpresa! Escribes sin intermediario, como tener oído absoluto vas de ti al texto, fértil y nuevo en cada poema que son tus escritos. Genial lo que escribes y como escribes. Seguiré tu blog con
atención
saludos
Andrea

Joselu dijo...

Cuando contemplo mi vida, no dejo de tener la impresión de su impronta literaria, como pienso que la tienen todas las vidas. El lugar del nacimiento, el momento, las circunstancias nos abren a un destino más o menos marcado del que solo algunos seres humanos pueden o saben sustraerse. Mi padre me decía que la literatura era anacrónica y le molestaba verme devorando libros en lugar de estar divirtiéndome como se supone que correspondía a mi edad. A veces me preguntó qué hay de él en mí, y no sé qué responder, prefiero pensar que soy un hito distinto de todo lo que me antecedió o que me sucedará. Es una ilusión, como toda vida que se cree singular. A mí me gusta fantasear sobre el carácter literario de mi vida, pero hay algo tremendo que ha pasado y cuyo alcance no atisbo. El año pasado falleció el personaje más fascinante y malvado del mundo que he conocido: mi madre. Su trayectoria me resultó siempre épica, pero al final, su final, me restó para siempre el tono literario a mi particular odisea, quiero decir que al perder su vida su carácter protomaravilloso y dostoievskiano y entrar en el terreno de la realidad más banal, mi vida se arrumbó en el terreno de la normalidad y la planicie. Me hubiera gustado como Valle Inclán vivir una vida totalmente literaria, tanto que nadie hubiera podido discernir donde empezaba la ficción y acababa la realidad, pero me temo que me he convertido en un personaje tan plano como la inmensa mayor parte de las personas que conozco. Es como si la vida hubiera perdido dimensión dramática y narrativa, y todo se hubiera hecho más gris. Debe ser la perspectiva del tiempo. O vete a saber.

Ana dijo...

Me alegra siempre que gente nueva llegue a tu página, que es un poco de todos los que levamos más tiempo entrando, y escriban cosas buenas sobre ella. Como si fuese un poco
nuestra. Yo la siento, mía.
Mi vida, contemplada ahora, como dice Joselu, en su triste, pero emotiva entrada, es una tristeza también. Me obligo
a entrar más, pero estoy agobiada de tiempo. Estudio, por primerav ez, en años. Malos tiempos para estudiar, para opositiar, pero en esas estamos, Emilio. Enetraré , de vez en cuando. Gracias por elerme. Un beso.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

El mormón no es nuestra especialidad, a pesar de todo. Igual viene uno y nos rebate a base de bien. Pero hay una lógica, José Luis, en lo que decimos. Borges tamibén podría haber dicho algo sobre mormones.

Miguel, el otro Miguel, Miguel, el otro Miguel, en ese plan. Chapeau.

Gracias por entrar tan de golpe, de tan lejos, Andrea. Estaremos en contacto.

Nos vamos a saber los dos juntos, amigo Joselu. En eso de la épica del vivir no podemos casi nunca hablar con conocimiento. Hablan los otros. Uno cree, uno barrunta cosas, pero son los demás los que escriben y plantan cara a nuestra biografía. Yo soy literario por naturaleza. Mis padres, en cierto modo, lo alentaron. Mi padre, sobre todo. Viven ambos, y se admiran de la hazaña de que su hijo sea un lector empedernido y pida libros para cumpleaños o para reyes. Costumbres que no se pierden, imagino. La perspectiva del tiempo lo es TODO. Escribe el tiempo, no nosotros. Un abrazo. Y siento mucho el dolor de tu pérdida. Imagino que fue duro, por cómo lo cuentas. Abrazo repetido.

Me alegra que te alegre, que es un poco sentirme hospitalario con mis amigos y darles siempre, en todo momento, las gracias por lo que hacen y por cómo sienten suyo lo que es, en el fondo, mío. Mío de una forma cada vez más caótica, Ana. Estudia, oposita, crece como obrero. Gracias por entrar. Un beso.