24.2.12

Un lugar en donde arder


 
La belleza aturde. La emoción pura, ese placer no transferible al mecánico y limitado discurso del verbo, nos hace (no albergo duda alguna) mejores personas. Me pregunto qué hace falta para que nuevas generaciones (crecidas con las teleseries de alegres campus universitarios, acostumbradas a la sonrisa perfecta de Cameron Díaz, ensorbecidas por el vértigo místico de Lost o de Fringe, comidas por la fiebre post-11S de cualquier Jack Bauer suelto y enfadado, felizmente encastradas en un aparatoso carrusel de efectos especiales y de tramas livianísimas) se acerquen a High Noon (mejor título que el pésimo Solo ante el peligro despachado aquí) y disfruten de uno de los mejores ratos de cine posibles. Admito que se deben al hoy, al atropellado lenguaje de los sms, al desbocado veneno del facebook o del tuenti, a la infranqueable nomenclatura de las nuevas tecnologías y (tal vez) al runrún frívolo y ameno del pop ligerísimo de los divos del show business con los que las multinacionales les ametrallan de continuo para no perder cuerda en el negocio y fidelizar (qué verbo más espléndido) usuarios por si el futuro viene cabroncete y la inspiración, incluso ésta tan menguada, visible ahora, viene moribunda y no hay creadores que escriban, filmen o canten. Ese temor ancestral al vacío cultural no es posible, me temo, ahora: no es necesario el creador, no hace falta que una mente imaginativa conciba High Noon o Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band o Purple rain: basta con que un negociado de publicistas se estrujen la cocotera y alumbren la fórmula perfecta del clon coyuntural, cierto estadio indefinible de hecho cultural que suscite el beneplácito del respetable y no les haga pensar en demasía.

 Da igual que sea un grupo de efebos de arcangélica voz o un silbidito en un politono: lo importante es crear una marca, crear un estribillo, uno tarareable, uno lo suficientemente adictivo como para aceptar que es pura mierda, pero que no podemos pasar sin él. Nada, querido lector, que aturda. Si conmueve el exceso, si concita el pensamiento y la emoción, entonces no es material vendible. Al paso, a medida que vamos adiestrando al personal hacia la estandarización, se va olvidando la identidad y hasta es posible que tardemos en recuperar la sensibilidad artística. Como cuando se quema un bosque y oímos que los árboles necesitarán ochenta años para recuperar su vigor verde y su osada belleza vertical. El problema no es que la juventud no vea High Noon: el verdadero problema es que no saben que existe y que los medios de comunicación de masas, los que antes instruían, formaban y actuaban como acicate pedagógico para las almas ignorantes (todos, en algún momento, somos ignorantes, todos, en algún momento, lo fuimos en un grado más virulento) accedan a esa información sumamente preciosa, que no puede ser obviada por el dictado mercantilista y el soniquete canalla de la vil pasta.

 No sé dónde está la cultura, salvo que los papás de esas generaciones venideras les acerquen la belleza y el rico patrimonio del mejor de cine de toda la vida apoquinando los religiosos euros con los que comprar la oferta de los canales privados, únicos escaparates en donde perderse a falta de un verdadero interés de los Ministerios de turno en democratizar la cultura y programar, aunque sea de madrugada, qué le vamos a hacer, ciclos sobre el cine negro de los cuarenta o sobre la figura inmarcesible de Fritz Lang. Yo sí viví esos caramelitos en mi adolescencia. Bendita segunda cadena, que me regaló una temporada con Buñuel mejicano y otra con Otto Preminger. ¿Quién es Otto Preminger hoy en día? ¿Quién coño es Otto Preminger? Ya lo decían los inefables Les Luthiers: "Cultura para todos en su horario habitual de las dos de la mañana". Se me dirá que mi inclinación natural es la de negar cualquier mérito a lo que sucede ahora o que pienso de esta manera porque no he permitido que la industria del ocio actual (cine, música, libros) entre en mi casa. Juro que entra. Por vías puras o por vías bastardas, entra. Aprecio, a veces con verdadero entusiasmo, algunas de las golosinas de este siglo XXI. La HBO, en televisión, no es un artilugio dramático de los setenta. La citada Fringe, que me encanta, o series como The Killing o The Big Bang Theory (una que mi hija ha degustado íntegramente y que a mí me parece absolutamente delirante y original, tan adictiva como kitsch) son evidencias de que la creatividad puede prescindir del talento puro y facturar productos nobles, amenos, profesionales. Pero de lo que hablo es de la belleza, de la sensación de que estás asistiendo a algo verdaderamente grandioso, que te excede y te cambia de alguna forma la forma de sentir y de pensar, el modo en que te relacionas con los demás y gestionas el alimento de tu espíritu. El mío, caso de que todavía haya uno por ahí abajo, es más de High Noon que del cine que se hace ahora. Siendo peligrosa la aseveración, no la reformo, no la explico, la dejo ahí, mecida sin nadie que la vigile, a merced de los lobos. Yo, mientras tanto, ardo en mis vicios. No conozco otro sitio mejor en donde arder.

3 comentarios:

Dick Memphis dijo...

El soniquete canalla de la pasta que nombras es el dios y el templo es el mercado. Solo ante peligro estamos de verdad, mi querido amigo, y los gobiernos inventan ministerios de cultura para justificar un presupuesto, pero no espolean, no lo hacen, por más que se vean trípticos, exposiciones, concursos y subvenciones a pelis que nadie ve, por más que parezca que ahora se lee más que nunca. Es mentira. Es el mejor e los tiempos, es el peor de los tiempos, como escribió el ahora homenajeado Dickens, pero somos espectadores de ese vaivén de mercancías, no nos involucramos en ellas, no subismos al escenario, no nos dejan, me temo, salvo que no nos veanepligrosos. Perdona lac rudeza. Un abrazo ...

Rafael Roldán dijo...

Plena coincidencia. Aún recuerdo la impresión que me causó La mujer del cuadro o Con la muerte en los talones o libros como La familia de Pascual Duarte o La Regenta, incluso LP como Dark side of the moon o Tubular bells. Todo ello apenas con 17 o 18 años, sensaciones completas que nada tienen que ver con series de capítulos de 45 minutos, best sellers, ni canciones sueltas en mp3.
Eso sí, a mí me gusta "Solo ante el peligro", será la costumbre, pero me parece un título mítico.

alex dijo...

Mi viaje de aprendizaje comenzó (y espero acabe) con "High Noon" (suena mejor en inglés, dices bien). Había visto muchas películas antes, pero fue la angustia de Gary Cooper mirando un reloj la primera vez que empaticé hasta el punto de no volver a mirar un reloj del mismo modo. Tal fue el pánico que hasta hoy siempre he reusado usar reloj, lo que sirvió para enseñarme que el tiempo vive dentro de ti, no en una caja metálica. Tenía nueve años entonces.

Hoy día, mantengo la fascinación (cosa nada fácil teniendo en cuenta la vileza de los días). Me introduzco en un apartamento de nerds en "The Big Bang Theory" (sitcom que me encanta) del mismo modo que transito los universos vaporosos del cine experimental. Y sigo aprendiendo y disfrutando de mi refugio, aunque nada es igual que cuando Cooper y yo mirábamos con angustia el reloj.

Hermoso escrito, Emilio. Muy hermoso.