Este prodigio de cartelería ya no se lleva. Es posible que la actual, en
el futuro, despierte idénticas pasiones que ésta, pero sostengo la
teoría de que antaño había un mimo y un embeleso en el trabajo que ahora
se confía a los atajos del photoshop o a la aburguesada creatividad que
proporciona un buen procesador y una pantalla lo suficientemente
estratosférica como para deslumbrar a cualquiera y destrozar a golpe de
pixel y de alta definición el romanticismo y la artesanía que destilan
los carteles de arriba. Luego está el plantel de invitados. Piensa uno,
ebrio de envidia, que hubo gente que asistió a esos maratones de soul o
de rhythm and blues y que bailaron hasta que aulló la luna en el cielo.
Ahora hay fiestas en donde el personal brinca y goza como entonces. Nada
que objetar y, por supuesto, nada que aportar en el hipotético round
entre la música de los cincuenta, pongo por caso, y la de este siglo XXI
recién alumbrado y ya convulso y enfebrecido como decía el cambalache
porteño, pero el elenco en el Memorial Auditorium de Chattanooga,
Tennessee y en el Boston Arena era para merecer después el cielo y hacer
bailar a todos los santos. Las Atracciones Supersónicas de 1.959
presididas por Sam Cooke y las Estrellas encabezadas por Otis Redding
me tienen esta noche aquí, en mi casa de Lucena, descansado de la
canícula sureña (hoy ha sido un día perfecto en ese sentido) pensando en
alguna máquina del tiempo, en el DeLorean de Martin McFly, en H.G. Wells,
en toda la ciencia-ficción que pueda meterme en vena para lograr el
milagro y perderme entre el público con la satisfacción de estar
asistiendo a un espectáculo único. Ya que no puedo ir de concierto
siempre que me apetece (obligaciones de todo tipo secuestran mis vicios y
los narcotizan a base de pastillas de responsabilidad) me quedo en
Chattanooga, en Boston,
cantando con Jackie Wilson o enamorándome con la voz quebradiza y eterna de Percy Sledge


1 comentario:
Amén.
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