19.2.12

La aguja y el daño que hace / Cuarenta años de Harvest



Cada yonki es como un ocaso, dice una canción de Harvest, el disco que cumple estos días cuarenta años y que persiste como una roca sólida en la historia del rock y en la privada de este cronista de sus vicios. Neil Young fue un yonki vocacional en una época en que se drogaba todo el mundo. Ayer (creo) Sir Paul McCartney predicaba urbi et orbi su firme deseo de no volver a fumar canutos. A los setenta, dice, hay que plantearse ciertas cosas. No está mal poner setenta como tope para llevar una vida sana y limpiar la sangre de toxinas. Algunos no llegan a esa noble edad en la que uno solo desea (imagino) que le cuenten las noticias, salir de paseo con los hijos y los nietos y que su equipo de fútbol le dé alguna alegría los domingos por la tarde. A Neil Young, el padre del country y el padre de muchas cosas en la industria fonográfica de las últimas décadas, la vida le ha tratado bien. Ha visto morir a muchos amigos en el camino y ha perdido la audición en casi todas las orejas, las visibles y las no que lo son, pero sigue haciendo discos magistrales y tiene una legión de adeptos que le consideran un dios a la altura de Bob Dylan, de Van Morrison o de Leonard Cohen, los últimos de una época que sigue ejerciendo su magisterio y de la que tardaremos (espero) en salir. De Harvest no se sale nunca. Se vuelve contagiado por su intimidad lírica, por todo ese puñado de himnos que siguen ahí, alojados en tu cabeza, volviendo de vez en cuando y haciéndote ver que no se ha perdido nada enteramente todavía. Que sigues incrustado en el año en que un amigo te dejó un disco (un vinilo, por supuesto) con una portada de poco vuelo plástico, pero hermosa en su espartana hondura. Luego está el disco que se guardaba dentro. Harvest es Nashville con Johnny Cash y su programa televisivo de country y es también la sombra de James Taylor y la de Carole King. Es la muerte de su amigo Danny Whitten, el guitarrista de Crazy Horse, días después de salir del estudio, el divorcio y la llegada de una nueva relación amorosa y el nacimiento de su hijo Zeke, fatalmente aquejado de una parálisis cerebral. Pertrecho, enfermo, Young facturó un disco monumental del que se han vendido millones de copias. Tocó sentado, baldado por su dolor de espalda y por su dependencia de muchos fármacos, y también (dicen) tocó llorando. Luego se negó a reproducir en las giras el material de Harvest. Solo accedía a tocar alguna pieza (The needle and the damage done) y casi siempre a regañadientes. Yo lo escucho reverencialmente un par de veces al año. No lo busco a posta: suele dejarse caer como si entre los dos (el CD alojado en una estantería que precisa unas escaleras) nos conociéramos. Con los discos y con los libros, con los objetos que los tutelan y los conservan a beneficio de sus dueños, pasan cosas extrañas. Como dicen Millás, los objetos nos llaman. Harvest ha estado hoy nuevamente en mi cabeza. He tenido el corazón de oro y he visitado Alabama. Sin salir de casa.

2 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Oh,amigo,amigo,he tenido que responderte a tu excelente comentario dejado en mi blog.Es más,lo he puesto en un post como cabecera, y después,la larga respuesta.Tomemos un café juntos.Ya no quedan espacios,pero me conformo en un comedor,y,claro,con Neil Young.

Un fuerte abrazo,amigo.

José Puerto Cuenca dijo...

Hola Emilio, este corazón de oro buscado me resonaba y no sabía de quién era. Es una de esas canciones que se te quedan grabadas, incluso sin saber inglés, como yo no sabía entonces.
La disfruto contigo. Gracias.