Siempre sostuve que la literatura nos procura el privilegio de asistir al sobrio y a veces al miserable espectáculo de las vidas ajenas. Uno ve cómo Ana Karerina se tira al tren o cómo Humbert Humbert se enquista en el enamoramiento salvaje de una nínfula doméstica. Tolstoi y Nabokov crean básicamente un escenario en donde la tragedia de lo humano cobra dimensiones universales. Los devaneos sentimentales del talludito H.H. ofrecen al voyeur profesional (todo lector lo es) las mismas frivolidades y los mismos episodios dramáticos a los que acuden los nauseabundos programas rosa de la televisión, pero envueltos en una manta soberbia de profundidad psicológica, tesón narrativo y belleza plástica tan asombrosos que el lector, el que accede a esa información encriptada, se siente destinatario plenipotenciario, único receptor de la obra de arte. Así debe la literatura, así el cine o así la visión mayúscula de una catedral.
El cine nos
entrega un cometido similar: el espectador se arrebuja en la butaca y
consiente que la historia le narcotice. La mejor película es la que
niega la realidad del que la observa. Se trataría, en el fondo, de
involucrarlo al punto de que durante la proyección nada ajeno a la
historia pueda afectarle. Por eso hace muchos años que este cronista de
sus vicios no ve cine en televisión, bastardo de anuncios, interrumpido por una competente marca de compresas en el momento justo en que Norman Bates, transfigurado en madre, retira la cortina, cuchillo en ristre, con malísimas intenciones. Ningún impedimento va a secuestrar mi
atención. Por eso pago religiosamente la cuota de cine digital o por eso
engordo sin prejuicios ni miramientos económicos la estantería en donde
alojo DVD's gloriosos, ratos de evasión pura, momentos para la
eternidad sin tener que morir ni creer en Dios para adquirirla.
Volvemos siempre a Sheherezade. Anoche vi Forajidos (The killers), la obra maestra de Robert Siodmak, el arrebatado cuento del voyeur perfecto. Sentí eso: que la historia de Ernest Hemingway no
trata de la venganza ni de la ambición sino del arte mismo de la
literatura como escaparate formidable de historias. De cómo la
narración, fracturada en flashbacks libres, nos invita a que entremos en
la trama y, al modo en que Woody Allen escribía su rosa púrpura del Cairo,
Siodmak consigue (magistralmente) que sintamos, como H.H., el aliento
de la inspiración, el dolor de la pérdida, el sentimiento inexcusable de
la piedad. Leí hace algún tiempo que John Ford jamás
presentó a sus indios de Monument Valley como individuos oprimidos o
como pacientes víctimas del progreso (ése es el triunfo del western como
género). Ford decía que los indios "eran una fuerza de la naturaleza".
Como el que filma un mar desbocado. Como el que registra el viento
agitando la cebada. La literatura (el cine) es el arte de domesticar esa
fuerza. Lo que verdaderamente trasciende es la necesidad pura (sin domesticar, sin mercantilizar) de que alguien nos cuente una historia que estemos dispuestos a escuchar. En la historia, en el volcado de la trama, somos otros, nos perdemos, dejamos de ser los que mecánica y huecamente somos y nos convertimos en seres alados, en gozosos pájaros, en festejo puro con un arnés de fantasía.

4 Indicios de vida exterior:
Tus sueños reflejados en el espejo son de cine. ¿Indios o pájaros? Plumas y alas.
El cine es una realidad que vivimos en intervalos de cien minutos. Ningún cinéfilo se sienta ante la pantalla pensando que le van a contar una historia de ficción. Saludos
Un blog desbocado, Emilio.
Volvere siempre que pueda.
Qué bueno, Emilio.
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