16.1.12

¿Quién le dará de comer a Monopoly?



Una vez soñé, oh bendita ilusión, que era el mandamás de una de esas agencias de evaluación de riesgos tipo Standard's and Poor's, Fitz o Moody's. Iba a todos lados en una limusina escandalosa y no paraba de hablar a través de una blackberry. Los presidentes de los países con inclinaciones morosas me pedían benevolencia. Los de economías boyantes me invitaban a cenas en palacios imponentes. No había cuchicheo de ministros que no oyera ni confidencia bancaria de la que yo emitiera juicio. Desperté empapado en sudor y hasta mi mujer, a la que no suelo confiar la naturaleza surrealista de mis sueños, me consoló en lo que pudo. Date una ducha, me dijo, saca de paseo a Monopoly, relájate, marido mío, cualquier día de éstos te va a dar un jamacuco como el que le dio al vecino el día en que su entidad de ahorros le embargara el piso. No hice nada de eso. Me serví un vodka con limón aliñado con un par de pastillas de tranquimazín. El sueño no tardó en vencerme y regresé a los palacios de la alta alcurnia y a codearme con la élite de la política europea. Mi blackberry ardía, la limusina esperaba en la puerta del edificio de once plantas en donde estaba la agencia que presidía. Así, entre la vigilia aburrida de mi vida gris y el delirio financiero de mis sueños, fueron pasando los días. Mi mujer zanjó su aburrimiento conyugal con un ultimátum asequible a mis entenderas incluso dopado hasta la bola de psicofármacos, en fin, ya saben, orfidal, lorazepan, prozac y todo eso. Me dijo: o dejas de gritar en mitad de la noche Merkel, Sarkozy, a ver si nos vemos otro día, o me voy con mi madre y te quedas con Monopoly hasta que sientes cabeza. Hace ya un mes que no la veo. En la farmacia no me fían y no sé dormirme por las buenas. Me tiemblan las manos. Unas bolsas descomunales rodean el precipicio de mis ojos. Balbuceo al hablar. Se me enredan unas palabras con otras. He buscado en el google un remedio para mis males, pero tampoco sé qué me pasa realmente. Me he hecho adicto de los telediarios. Cuando hablan de las agencias de evaluación de riesgos, de la prima ésa de las narices y de la deuda soberana me da un subidón fantástico. Me he abonado a un canal por cable que emite solo noticias económicas. Compro la prensa especializada. Ojalá que la crisis dure muchos años. No sé qué haría si todo vuelve a la normalidad y el fondo de rescate europeo se salva y gana en dividendos. Si la triple A ésa que no acabo de entender qué coño es se la asignan a Albania y los parias del mundo abren un plan de pensiones en el BBVA. Yo que creo que me muero. Solo lo siento por Monopoly. De mi mujer ya ni me acuerdo, la pobre, con todo lo que ha padecido. Rezo lo que me acuerdo para que todo siga igual y pueda quedarme a vivir en mis sueños.

3 comentarios:

Julia Ceballos dijo...

No he parado de reírme. La mejor forma de terminar un lunes "tormentoso".
Monopoly depende de la prima de riesgo. Tremendo, tremendo, tremendo.

Alicia Álvarez dijo...

No está el horno para echarle más leña, Emilio, pero me ha caído bien tu perro Monopoly. Una pena que dejes a tu mujer y que dependas de los fármacos para dormir. Se pasará y volverá todo a su cauce. Mientras tanto, sigue escribiendo.

Isabel Huete dijo...

Jajajaja, ¡mira que tienes ingenio! Casi, casi, podría podría ser la protagonista de la historia en la parte obsesiva. Lo que me aleja de tu sueño es que el mío no es alcanzar la cima de las finanzas sino hacerlas desaparecer de un plumazo o hundirlas en la sima submarina más profunda, y a Merkozy con ellas. Pero tanto tu sueño como el mío saben que terminarán inmolándose en aras de un imposible: que la razón tome las riendas.