29.1.12

El ojo de Dios y el mío



Uno no sabe nunca a qué atenerse. Si a la razón pura o al corazón bastardo. Si hay que mirar la fotografía cartesianamente o, bien al contrario, observarla con los ojos del alma, que es una zona impresionable, acostumbrada a que le dejen perpleja desde tiempos inmemoriales. En la perplejidad el misterio encuentra su abono idóneo. De lo que no entendemos no podemos hablar. El que profesa la fe y la ejerce en su obrar diario razona que incluso las cosas espirituales deben airearse con este esplendor cromático. Por eso la Iglesia, vieja y sabia, saca a la calle sus tesoros, el rojo imponente, el negro severo, la ristra sumisa de lacayos escoltando a quien encarte a la vista del gentío.

Al modo en que las grandes catedrales confunden al descreído y lo amedrentan, ganan a su causa al iniciado y confirman la rendición del creyente puro, la curia sabe de los instrumentos con los que sacar las catedrales a las calles. Pienso si quizá no fuese mejor dejar los temblores del espíritu en los adentros de cada uno. Si Dios no entablará un diálogo más fluido si quien le habla lo hace desde la intimidad desnuda de su corazón y no abalconado en estos fastos más en sintonía con la pompa de los reyes. Si Dios no tiene nada que ver con estas manifestaciones de sus feligreses. Si ese Dios allá arriba con su Gran Ojo, en su tiniebla eterna, en su altura inmarcesible, mirará a otro lado igual que yo, aquí abajo con mi Pequeño Ojo, en mi tiniebla perecedera, en mi bajura marchita, miro también hacia otro lado. Un poco perplejo y otro poco indiferente. No sé si más perplejo o más indiferente. Sin saber a qué atenerse. Si a la razón o a su fantasma. Si al hermoso territorio de la metáfora (que tiene un fondo de engaño y de prestidigitación verbal) o al rutinario (yo lo sé y bien que lo lamento a veces) territorio de la razón, de lo que sabemos y lo que nos está permitido hablar. Si ellos salen y se enseñan, si muestran sus vestiduras y pasean sus símbolos, yo salgo y me enseño, muestro mi pensar y paseo los mìos. Habrá quien no sepa a qué atenerse. Yo creo que en esas incertidumbres se disfruta todo mucho mejor.

7 comentarios:

José Alberto Carretero dijo...

Yo también miro hacia otro lado, señor Calvo de Mora.
No se merecen mucha atención.
No me creo nada de lo que dicen ni por supuesto no comparto nada de lo que hacen.

Rafael Roldán dijo...

La Iglesia siempre utilizó el símbolo como elemento fundamental en su magisterio. Desde un capitel románico al bastón de Pedro todo es metáfora y enseñanza al lego que no tuvo acceso a otras formas de conocimiento. Si nos paramos a pensarlo, en el fondo han sido los primeros en utilizar "recursos didácticos audiovisuales" tan de moda en la pedagogía moderna y, después de todo, ¿no es preferible un canecillo a una proyección de pizarra digital?

Miguel Cobo dijo...

¡Qué lastre para iniciar el vuelo en pleno éxtasis!
***
(Más que verdad revelada, revelador: ¿Dónde la modestia, la pobreza, la continencia...?)

J. dijo...

Con el mío, que no ve mucho, ya son tres. La santísima trinidad óptica. Parece el nombre de un grupo de rock urbano-místico. Jeje.
Un saludo, amigo.

Carlos Arjona Martínez dijo...

Altos los vuelos del alma que luego no van a ningún destino. Me fascina la religión porque tiene embaucamiento y tiene un engaño tan dulce que no es bueno pasar totalmente de ella y de lo que propone para ir paseando el paseo de la vida. Un post muy bueno. Una reflexión estupenda, Emilio.

Manolo Delgado dijo...

Ya hace algún tiempo que decidí dejar de ser oveja y me propuse, no sé si con acierto, pastorearme a mí mismo. Esos boatos tan coloridos e imponentes tienen si acaso el interés fotográfico nada desdeñable de la imaginería y los ritos católicos. Si se mira en la historia, uno duda cómo consigue sobrevivir esta empresa milenaria que vende la vida eterna a cambio de la sumisión en este mundo. Quizá porque desde que bajamos de los árboles no hemos conseguido, aún, mirar a la muerte de frente.

Alicia Álvarez dijo...

No suelo mirar estos fastos, aunque hay que mirarlos si sales en semana santa y te topas con los fieles y sus costumbres. No suelo ser extremo en lo que piensan los demás y en sus creencias no vaya a ser que se pongan borricos con mis cosas, con mis creencias, que algunas, no creas, tengo. Pero este faranduleo de casullas y de bastones y de ropajes de reino de la antigüedad me produce una sensación cada vez más rara. Srá que me estoy haciendo vieja y no aguanto ya ni mi tos cuando me acuesto. Un saludo.