6.1.12

Cien veces mejor que el whisky




 " La marihuana es cien veces mejor que el whisky. Es agradable, es una ebriedad que cuesta poco alcanzar, es buena para el asma y relaja los nervios".
Louis Armstrong.


Solía decir que la marihuana era la borrachera barata, la medicina de los pobres y de los negros. Sin fumarse un porro, Satchmo tocaba como un ángel. Embriagado, Satchmo tocaba como un ángel también. Uno ebrio, claro, el ángel tóxico que jamás dejó de fumar marihuana y que no perdió la oportunidad de introducir en su vicio a otros insignes del show business de la época como Bing Crosby o como Bob Hope. No se arrimó a drogas más duras. Solo marihuana. Armstrong no necesitaba colocarse para expandir la sonoridad de su trompeta. La expandía sin narcóticos. En la foto, cuyo autor no he logrado encontrar, se ve a un Armstrong reposado. Es una especie de Armstrong inverso. Como si los efectos del cannabis le calmaran y le borraran de cuajo la alegría ante los flashes de las cámaras. Aquí no sonríe. Parece pensar muy a lo hondo en lo que ha vivido, en el sufrimiento del pueblo negro, en la humillación sufrida por su raza, en la dignidad arrebatada, en el odio de los hermanos. Como si al fumar de pronto se pensara a sí mismo y razonara su esencia y su lugar en el mundo.

Uno elige sus obsesiones, las mima, las gobierna en lo que puede y se afina en el oficio de amarlas casi por encima de todas las cosas, pero hay obsesiones que cierran la razón. No sabemos qué podría haber hecho Charlie Parker de no haberse despeñado en la heroína. O Billie Holiday. O la más reciente (y excesivamente endiosada) Amy Winehouse. De Chet Baker, otro ilustre drogata, sí sabemos a qué cimas llegó. Se perdió en grabaciones subalternas, en conciertos de calidad ínfima, en donde desafinaba o se dedicaba a insultar a sus sidemen en el escenario. Peor fue cuando cayó al vacío desde una habitación de hotel en Amsterdan. Nada de eso padeció Satchmo. No tardó como Charlie Parker tres días enteros en morirse, comido de dolores, acuchillado por la fiebre y por el mono. Armstrong tocó hasta que ya no entró aire en sus pulmones. Sus últimos conciertos fueron patrocinados por el gobierno de su país. Ambassador Satch, le llamaron al final de sus días. El embajador del jazz y de la sonrisa perenne. Un ataque al corazón, poco antes de cumplir los setenta, lo retiró de los escenarios. El mismo ataque que años antes le privó (solo un poco, imagino) de su marihuana. Nada que mermara su talento ni su estajanovismo jazzístico. 

Hoy alguien me preguntó si todos los grandes solistas del jazz eran toxicómanos. Le he respondido muy vagamente. Tira de wikipedia. Algo así le he dicho. Tampoco importa que así sea. De los grandes genios del jazz o de la literatura o de cualquier otra disciplinas de las artes tenemos siempre una percepción fantasma. No existen. No son tangibles. Están en sus libros o en sus discos o en las memorables actuaciones en un film, pero no sabemos nada o casi nada de qué hicieron en vida, a qué dedicaban (como cantaba otro) el tiempo libre. Cuando mueren se nos coge un nudo en la garganta, se enturbia el lagrimal y agradecemos, ahí adentro, donde quiera que esté el alma, los favores recibidos, el esfuerzo por deleitarnos, por hacernos felices. El arte tiene ese cometido por encima de todos los demás: hacer felices a quienes lo observan o lo producen. Yo de Satchmo tengo siempre la idea de que tocaba para mí. Lo tengo enlatado ( un disco con Duke Ellington) en mi iPod para conectármelo mañana al alma, donde quiera que esté. Ahí adentro. Esperándolo.

7 comentarios:

alex dijo...

En el mundo del jazz, especialmente en épocas polvorientas, raro era quien no echaba mano de los paraísos artificiales con frecuencia. Satchmo, que debió cargar con el peyorativa carga de "tío Tom" toda su vida, era para los blancos tan puro como su sonrisa y sus mejillas hinchandas. Al contrario que otros, con más relumbron dotado por la leyenda y el tiempo, no necesitó del malditismo para sacar lo que llevaba dentro. Dicen que cuando grabó su última canción: "We have all the time of the world" (paradójica ironía para alguien a quien el tiempo se le escapaba) no podía sujetar la trompeta durante las sesiones de grabación, y ya que se empeñaba en tocar él mismo, alguien debía sujetarla y manipular las teclas. Seguramente sea una leyenda más crecida a su sombra. Tan enorme sombra como el humo de los cigarrillos que aplacaban su desazón...

Joselu dijo...

Escucho A foggy day mientras escribo. Esto de tener Spotify permite estos lujos. No sé cuál es el disco con Duke Ellington para oírlo.

Entiendo la necesidad de los paraísos artificiales que facilitan algunas sustancias como la marihuana, el alcohol, la heroína, el opio, el ajenjo (para los simbolistas), el éter… Permiten el acceso a estados de conciencia no accesibles fuera de ellos, y tal vez, el uso de drogas de cualquier tipo exprese una necesidad de espiritualidad, a una visión no materialista de la realidad. Es posible que destruyan y que sea mejor morirse de asco a los ochenta y cinco en una residencia llevando pañal y tomando papilla, atado con correas a la silla. Probablemente esto para muchos sea mejor que morirse de una sobredosis, pero yo tengo mis severas dudas. Muchos de los grandes han experimentado con estados no normales de conciencia y es posible que su arte no fuera el que llegó a ser sin ellos. El ¿pensamiento? correcto nos lleva a condenar esto y decir que está muy mal, que hay que llevar una vida sana y morirse de alzheimer en un centro especializado babeando y cagándose encima.

En cuanto a Amy Winehouse, su leyenda no ha hecho sino empezar. Yo soy uno de sus fans. Tuvo una vida corta, pero ¿para qué más? Dijo en dos discos (o tres) lo principal que tenía que decir, y dijo adiós en una sobredosis de alcohol. Una pena, puede ser. Su voz prodigiosa podría haber grabado algún disco más. Pero lo principal ya estaba dicho. Es una maravilla morir a los veintisiete.

José Luis Martínez Clares dijo...

Quintero siempre pregunta qué le debe el arte a la droga. El jazz siempre ha flirteado con las sustancias prohibidas. Pese a ello, sus músicos fueron los primeros artistas meramente populares que lograron pasar a la historia. A veces, la realidad requiere de un poco de música y un mucho de evasión. Abrazos

Isabel Huete dijo...

Quizá sea porque el jazz conlleva unas grandes dosis de improvisación, un alma nueva o distinta tras cada nota, una vuelta de tuerca en cada interpretación, y eso requiere tener los sentidos muy a flor de piel, tanto que el propio intérprete deja de serlo para convertirse en su instrumento. Ya no manda él sino la música, y para dejarse llevar por ella, para someterse sin reparos, las llamadas "sustancias prohibidas" ayudan a prescindir del cuerpo para que los sentidos ocupen su lugar. Así lo entiendo yo.

Miguel Cobo dijo...

A veces me pregunto si no era mejor (yo) cuando fumaba. Creo que Louis sonaba más asmático...

El asma es más del alma.

¿He de decir más? Suscribo todo lo que dijeron -¡tan bien- alex, Joselu, José Luis e Isabel.

Y tú, Emilio (¡cómo no!), y tú.

Abrazos

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Era el negro bueno, el admitido en el reino blanco, pero imagino que obraba arteramente y dejaba caer su reivindicación en cuanto podía. Imagino bien, Álex, creo. Lo que tenía que ponerle a cien era tocar y que el blanco, el que lo apartaba, bailara. Él ahí, con su trompeta, conduciendo el ritmo, gobiernando la pista de baile, el imperio del corazón, el negro, el blanco.

The complete sessions, Dynamic. Ése es el título del disco. Se ve a los dos, sentados, en la portada. Era disco, en vinilo, y luego devino CD, Joselu. Es más que gozosa esa muerte deseada que dejas caer en tus palabras. La del que se impone el júbilo tóxico, el que se despeña, sin despeñarse del todo, en fin, todo es discutible, con los elixires y con los éteres. Ambas palabras me gustan. El vértigo luego deja algunas cosas en el camino. Gente que se queda en el camino. Todos tenemos gente cercana caída en combate, en la barra, en el sábado noche, en las mañanas de lunes con resaca, y las de martes. Llevar una vida sana y morirse de alzheimer, comido de mierda en una residencia, con pañales y viendo a María Rosa Quintana con un vaso de leche calentita y galleta Fontaneda. Eso de las galletas es mío. No sé ese panorama si puede ser vencido, anticipadamente, a posta, con total garantía de éxito.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Ok, Isabel, condensada reflexión. Prescindir del cuerpo, llevarse, dejarse morir un poco en cada arrebato artístico. Los que ganamos somos los que asistimos, sentados, al espectáculo. Es el otro lado. Chet Baker tocaba para mí, pero murió para que yo lo encontrara. Ay, acabo de emparejar a Baker con el Cristo de los cristianos, en fin... Estoy k.o. por la ingesta navideña. Mejor lo dejo. Un beso, Isabel, un beso.

No eras mejor, Miguel. Eras otro Miguel. El que yo he conocido no precisa cigarrillos para conversar y sacar de experiencia y de gracia. Yo echo a tu vera, entre bar y bar, unos puritos que me gustan mucho, ya sabes. Y eso no da ni quita al buen rato. El asma es más del alma y de la nueva ministra del ramo. ¿O es ministro? Todavía no he leído con calma la alineación (¿o es alienación?) de Rajody, digo de Rajoy.

Abrazos.