31.10.11

Soy de The Walking Dead, Padre





La culpa la tienen los zombies. A cuento de su carne a jirones y de su mirada turbia y sin objeto viene la moda de Halloween, esa fiesta celta en su origen, transmitida por druidas y escenificada en base a hechizos y  ungüentos, impura a los ojos de la cristiandad, que cuenta con la truculencia como reclamo y que anda colonizando el mundo al modo en que antaño lo colonizó la Coca-Cola o Santa Claus. El joven de ahora prefiere, embobado por la maquinaria audiovisual yanki, calabazas, brujas, vampiros, todo la morralla gótica que no se extrae de la noble literatura gótica y de la fantástica cultura fúnebre sino de las campañas de márketing agresivo y de los mandamases de Hollwyood.
Duele que el joven engolosinado con Halloween no conozca a Poe e ignore las razones de ese travestismo recién incorporado a su ocio de fin de semana. Sin Poe, sin ese poso de literatura vivida, asimilada, convertida en parte irrenunciable de nuestro vivir diario, Halloween es, en efecto, una celebración profana, un culto infame a los nuertos que supera, en atracción mediática, al antiguo Culto del Día de los Todos Los Santos y Fieles Difuntos. Lleva más que razón los obispos cuando dicen que Halloween no es una fiesta inocente. No está en su ser la inocencia y quizá, habida cuenta del atrezzo y de las intenciones, no deba estarlo. Tiene un trasfondo de ocultismo y es anticristiano.
La costumbre pagana e importada de Halloween (dice la curia) atenta contra costumbres cristianas arraigadas y beneficiosas. Está bien el zarandeo. Que se aprecie la libertad del ciudadano para elegir con qué entretiene su ocio. Que no sólo el paganismo norteamericano es culpable. Hay en la historia de la cristiandad episodios de terror puro y de absoluta falta de inocencia que compiten con la profana visión del mundo que se jalea en estos días de Halloween. Lo de beneficiosas es lo que no me entra del todo. Podrán ser beneficiosas o no. Desconfío de quien de lo suyo proclama sus efectos bondadosos y descarta, por el hecho de no ser de su ala moral, todo lo que se aparte de ese credo.
Agradezco al azar o a la suma de todos los azares que no me entusiasme ni la una ni la otra. Recuerdo a mis muertos en las ocasiones en que es preciso y no necesita mi dolor una fecha signada en el calendario para darles el tributo que les doy en cuanto mi corazón así lo precisa. Entiendo, no obstante, la preocupación de los mandos vaticanos. Se les viene encima una suma teológica inversa. Un volver a las palabras del chamán en la tribu.
Lo que hay en puertas es un realismo mágico patrocinado por McDonald's que más valdría no potenciar en exceso. Luego está  el otro bando, el del pecado y la historia del más allá ganado a pulso, con buenas obras y nobles actos, en el más acá que ni ellos mismos (los oradores, digo) se creen, que es otra epifanía orgiástica de metáforas y de encantamientos. Es posible que el truco o trato del tío Sam sea un modo subliminal de entrar en casa y ampliar las fronteras del reino, pero tampoco me creo el reino patrio, la religión mayoritaria en este rincón del cosmos. No tengo yo fe en la derecha del padre y en los arcangélicos coros que tutelarán mi ingreso en la eternidad. Mi reino es de este mundo. Soy un descreído a manos llenas. Soy de The Walking Dead, Padre. Todos esos años de literatura gótica y de cine de serie B han tenido que dejarme huella. Leí a Poe en la edad en que hay que leerlo. Veo Halloween con recogido asombro. Es cierto que no es una costumbre nuestra, pero hay tanto ajeno que está entre lo nuestro, compactado, transustanciado, vertido con empeño para que parezca de su misma naturaleza orgánica, que no me extraña nada. Es más: me encanta este guirigay de la iglesia, preoucupada ella en la desviación de sus fieles. ¿O habla de los que no lo son también?


27.10.11

Contar al que escucha




En casi nada somos tan curiosos como en la observación de lo ajeno. No se tiene la idea del delito, aunque sea un delito moral, que se está cometiendo en esa visión de lo privado porque el instinto es un veneno del que difícilmente escapa uno y al que con frecuencia se acude a voluntad y se administra con alegre esmero, a conciencia. El que profesa este vicio no alcanza a entender lo dañino que es y se vale de coartadas de rango cultural para justificarlo. Admite su falta, pero la rebaja haciendo que concurre el cine, que es un voyeurismo consensuado, o el prodigio de la literatura, que es un palco en primera línea de la trama de los otros.  Yo mismo me he sorprendido en ocasiones observando a hurtadillas, malsanamente hocicado en la obscena (por secreta) contemplación de la vida de los demás, cuando ese transcurrir de cosas ajenas exigía una distancia o, más prudentemente, un noble retiro. Esa vida contada al oído sucede cada vez que uno va al cine, se apagan las luces y uno se siente destinatorio absoluto de lo que la luz proyecta. Sucede esplendorosa y orgiásticamente cuando se abre un libro y se confía en la bondad de la historia, en la dulce creencia de que lo mío, lo que ya sé, no me produce más placer que lo que todavía no me han contado, y necesito más dosis de aventuras y de dramas, nuevas luces incluso a través de las mismas viejas ventanas. Y entonces, en ese instante en que se está solo frente al libro o frente a la pantalla, descubrimos que somos por naturaleza curiosos, que es la curiosidad (el saber más, el saber lo mismo pero contado de otra manera) la que mueve el sol y también las estrellas, contradiciendo al glorioso Dante cuando hablaba de su venerada Beatriz. La lascivia narrativa en la que caemos roza a veces lo delictivo (el sultán le pide a su Seherezade que no deje de tener cuentos que contarle) o en lo adictivo. Pecamos a gusto y pecamos a base de bien. Bendita enfermedad libresca. Dulcísimo veneno, el arte. Cuénteme, por favor. Diga qué está pasando justo ahora.

25.10.11

La pieza desnuda



Manet expuso El desayuno en la hierba en 1.863 en una sala subalterna, de rango menor en el galerismo parisino de entonces. La estricta moralidad de la época fue lo que animó al pintor a llevarla a cabo. El arte será convulso o no será, escribió en ese mismo París, mucho más tarde, Breton. La idea de que una mujer desnuda, despreocupada y liberal, compartiera una escena con unos señores trajeados no es indiferente a los tiempos en los que ahora vivimos. La militancia feminista, cierta parte de ella, en realidad, censura este tipo de uso del desnudo de la mujer en un mundo de hombres, como cantaba James Brown en sus tiempos. Cien más más tarde y unos miles de kilómetros más lejos, contemplamos la siguiente escena.


Marcel Duchamp y Eve Babitz posan para el fotógrafo Julian Wasser con motivo de una retrospectiva del ajedrecista, pintor y polemista Duchamp en el Museo de Arte de Pasadena en 1.963. Los cien años entre una imagen y otra (el cuadro de Manet y la fotografía de Wasser) no son una casualidad. Es un tributo, uno de esos guiños que el arte se ofrece a sí mismo, a beneficio del curioso o del entendido. La parafernlia del juego del ajedrez excluye la intervención de la líbido, pero Duchamp le ganó a la modelo Eve Babitz, veinte años entonces, amiga del director del museo y después novelista, las tres partidas que jugaron. Erotómano declarado, ajedrecista semiprofesional, Duchamp debió sentirse feliz hasta el desmayo al combinar esos dos vicios y hacerlos convivir en el mismo plano estético. No miraba al fotógrafo, ignoraba el registro, prefería centrarse en las piezas, en la torre homérica, en el oblicuo alfil y en el rey postrero. Era Duchamp hombre de firmes convicciones estéticas. Sabe que alguien fija los trazos en el tablero. Que su mano mueve las figuras, pero que otra mano, invisible y divina, quizá mueve la suya y la de la dama que se le enfrenta.





Mel D. Cole fotografía en 2.010 a Jesse Boykins III y a una de sus musas para la portada de un disco de rhythm and blues. A diferencia de la imagen de Wesser, Boykins III (no sabemos nada de los otros dos de la saga familiar) mira al fotógrafo y se despreocupa de la partida. La modelo, bien al contrario, se esmera en la jugada siguiente. Sospecho que el signo de los tiempos es la fascinación de la imagen misma. No importa la partida ni la presencia promiscua de la contrincante. Lo que verdaderamente le preocupa al señor Boykins II es que el fotógrafo registre ese momento grandioso que en modo alguno puede perderse como las lágrimas en la lluvia del replicante de Blade Runner, pobre, sin fotógrafo que registrara ese instante sublime. No quedan ya instantes sublimes. Todo se ajusta al criterio de quien hace el retrato. Es la apariencia, el simulacro puro, la certidumbre de que lo vivido, una vez que se registra, perdura y lo confirma en el inventario de todas las cosas que fueron y las cosas que serán. Es el individuo insensible al arte, pero consciente de las prebendas del arte. Ya lo dijo Warhol cuando lo de los cinco minutos de gloria. Eran cinco, creo. No creo que el tal Boykins III sepa de Borges ni puñetera falta que le hace. No es previsible, amable y paciente lector de esta historia rocambolesca donde las haya, uno sea tan poco políticamente correcto. Vaya como colofón icónico la figura inversa, el hombre despojado de sus ropajes y la mujer burguesamente investida con los suyos, el ajedrez convertido en una pieza de arte subversivo ya enteramente bosquejado en sus dos opciones sexuales. Queda a la imaginación particular la posibilidad de que los jugadores entablen la partida en igualdad de condiciones, desvestidos, a la manera en que le gustaba al excéntrico Duchamp.
























23.10.11

Midnight in Paris / La rosa púrpura del ingenio



Soy de Woody Allen al modo en que algunos son del Betis y otros son católicos o activistas de Greenpeace. Probablemente el mundo sería otro mundo el día en que este hombre deje de hacer cine por causas voluntarias o por otras más dramáticas. Ir al cine a ver una de Woody Allen es un rito formidable con independencia del placer que produzca la asistencia a la sala. No soy capaz de enfadarme con nada que haga este hombre porque es como uno más de la familia y uno, estando yo al cabo de cómo funcionan los afectos y las devociones, al que los años compartidos y los placeres regalados le relevan del fracaso y lo aúpan a un olimpo de mitos absolutos. Soy de Allen torrencialmente. Importa muy escasamente que la pifie (Vicky Cristina Barcelona) o que no aporte nada nuevo (hay montones de películas menores, rendiciones anuales innecesarias) porque lo que los degustadores de estos artefactos no siempre humorísticos disfrutamos es el hecho mismo de participar en una especie de liturgia en la que, al final, sabido el mensaje, interiorizados de antemano los códigos, solo apreciamos la liturgia misma.
Midnight in Paris es una delicada vuelta de tuerca sobre los temas que obsesionan al maestro, una fantasía fuera de alcance de una mente racionalista (quién desea cordura y sentido común sentado en una butaca de cine) que indaga sobre la perplejidad intelectual o estética de un novelista inseguro (un soberbio Owen Wilson que hace las veces de un clásico Woody Allen en tics, tartamudeos, fobias y filias) que visita París, se enamora de París y encuentra en sus calles, en su idealizada cartografía de mitos de la cultura universal, un punto de acceso al París de los años 20. De lo que se ríe Woody Allen y a lo que nos obliga a contemplar cara a cara es la estulticia de cierto tipo de turista norteamericano, embebecido de Europa, convencido de que el origen de la belleza y de la inteligencia está en las calles del viejo continente. Expone con un desparpajo dulce, sin el vértigo fonético de otras ocasiones, la francofilia de su corazón de Manhattan, pero no se limita a regalarnos un viaje maravilloso por la ciudad de la luz sino que opta (entre postales idílicas y frases ocurrentes sobre los clichés de siempre) por desmontar ese punto de vista turístico, hueco en el fondo, hecho a medida del visitante accidental, intoxicado de esas estampas bohemias con las que la literatura y el cine nos han vendido a la capital de Francia.
Lo único que les preocupa a los personajes sacrificables de la historia (los amigos del novelista o más bien de su adinerada novia) es si una nota ahumada en el vino achispa más que una afrutada, pero al personaje principal le importan cosas de más trascendencia, aunque la forma de acceder a ellas sea, en manos del hacedor de esta inverosímil trama, de trazas cómicas. En lo cómico, en la rica oferta de escritores, pintores y toreros que Woody Allen saca a escena, está el genio de esta cinta menor, sí, pero delirante, dulce y tierna, que pasa como un suspiro y hace que uno, insisto, ame a Woody Allen casi por encima de todas las cosas y desee que no ceje en su empeño de regalarnos una historia al año, aunque sea mala de solemnidad o al salir del cine no nos explote el entusiasmo en el pecho sino una traca meliflua de petardillos de feria de pueblo. Es Allen, amigos, el único director que es capaz de hacer hablar a Salvador Dalí (maravillosos sus rinocerontes), a Ernst Hemingway (obstinado en la veracidad, en la virilidad de las historias, en la supremacia del escritor puro), a Luis Buñuel, al que le regalan de cuajo la idea de El ángel exterminador o al mismísimo Scott Fitzgerald, achispado como de costumbre, al gusto de la época, buscando inspiración en los tugurios de esa época grandiosa de la cultura y del buen vivir que sólo podemos conocer, ay, si el genio de Manhattan nos empuja al túnel del tiempo y nos deja allí, a ver qué pasa. Él deja claro que le interesa el presente. Una cosa es que su novelista en apuros recorra los felices años 20 y se convierta en un espectador privilegiado de esos bulliciosos días de amor al arte y a la cultura y otra bien distinta, y que Woody Allen no acepta, es que se reniegue del presente, un presente ramplón y gris, vacío en gran parte de su ornamentado y tecnificado chasis, pero propiedad de quien lo vive.



21.10.11

Elogio del hermoso perdedor




Conmueve saber que un yo tan complejo y tan lírico como el de Leonard Cohen, a decir de él mismo, no esté terminado. La idea de que algo concluya enteramente molesta a la inteligencia de un hombre que ha asumido su levedad en el mundo, la frágil travesía de los años. Al final se muere uno. De la muerte hablan muchas de las canciones de Cohen. La suya, la muerte de la que escribe en sus canciones, es casi siempre una muerte matrimoniada con la belleza, con el final de la sensibilidad que hace que el ser humano sea una criatura maravillosa. Lo único que nos hace verdaderamente nobles es el amor a esa belleza, un tipo de amor que no se deja chantajear por otros amores subalternos como el dinero o la fama o la infame mixtura de esos dos componentes terribles en sí mismos. El Cohen que ha recibido hoy homenajes en la entrega del Príncipe de Asturias de las Letras, es un poeta antes que un músico. La poesía viene de un lugar que nadie controla, ha dejado dicho esta noche en el teatro Campoamor de Oviedo. Lo ha dicho sin papales. Un poeta sin papeles. Una especie de indocumentado con una iluminación. Al poeta de verdad se le revelan ciertos códigos que no precisan ser escritos para que puedan ser pronunciados en cualquier ocasión. Y no hace falta ser un orador formidable ni tener las tablas (las dramatúrgicas y las personales) que se le suponen al hombre Leonard Cohen, el que lleva cuatro décadas yendo de un sitio a otro (con un intermedio zen y alguno que otro tóxico en todos los hermosos hoteles del mundo) para salir a la palestra, delante del mundo, y contar cómo se enamoró de España y de su amado Lorca. Ha hablado de la fragancia de la madera y de las chocolatinas del minibar en el que anoche no supo encontrar el tono con el que agradecer el honor que le imponía la Fundación de los Premios, pero de lo que verdaderamente ha hablado Leonard Cohen es del misterio, el que se produce cuando el creador se encuentra solo y avanza, a tientas, sin referentes, por los caminos de la belleza. Y no siempre se encuentra. Cohen es lo suficientemente inteligente como para saber que esa virtud que en ocasiones expresa en canciones y en libros es un regalo, un privilegio del azar o de la conjunción de los muchos azares que conforman ese misterio precioso que nadie controla y que nadie conquista.

El modo en que hoy Leonard Cohen ha agradecido el homenaje es hermoso porque Cohen se ha quitado de enmedio. Ha formulado una prehistoria de esa revelación telúrica, del hecho mismo de la confidencia íntima que en un momento de su vida hizo que un muchacho de Montreal, sin afecto remarcable por la música ni empeño en que la música y las palabras de la música fuesen con el tiempo su oficio, de pronto contemplase cara a cara la belleza, la consigna estricta de un método de trabajo y de una fascinación pública por la belleza absoluta de ese trabajo. La poesía es un trabajo al que uno se entrega sin advertirlo. Esta noche Leonard Cohen, contándole a la audiencia su amor por España, la importancia de la fragancia de la madera de su guitarra Conde (luthiers de aquí, madera quién sabe si de la tierra granadina en la que fusilaron a su Lorca) y lo baladí (en el fondo) de elegirle a él en concreto cuando lo que se festeja en estas ocasiones es la importancia capital de la poesía. Quién sabe (pensará el poeta en su retiro espiritual) si la paz en el mundo sería un logro más factible si oliéramos la fragancia de las hojas en los libros, si pensásemos de vez en cuando en la voz de la tierra, al contarnos su historia, la nuestra.


El final del terror



Descreo de quien se encapucha para contar lo que le pasa por la cabeza. A los que han acometido hoy el encargo de dar voz al final de ETA y anunciar el cese de la actividad armada se les descree siempre. Incluso cuando uno atisba que esta vez, sin la rutina de las condiciones laterales de otras veces, la cosa va en serio y no hay marcha atrás. Es lo que tiene la confianza con quien te habla y no da la cara. Que siempre te escama un doblez en un sintagma, un gesto que la capucha tapa a posta.  ETA dio al diario Gara un video para que el país entero, esta España harta de anunciados fallidos, dejara a Gadafi en segundo plano (que es ya un papel secundario para ese sanguinario comodín de las democracias pobres en petróleo, truhán y señor según quién escribe la biografía y cuándo la escriba) y mirara la televisión con incredulidad o con esperanza o con una mezcla fascinante entre ambos componentes emocionales. No sé si los activistas estaban al tanto de que el día era el propicio. Con tal de que sea verdad, decían hoy en la radio. Lo es, al parecer. Carezco de la autonomía crítica que me permite ir más allá de donde me colocan los informativos de todas las agencias y de todos los medios de comunicación. Soy una especie de ágrafo en los vericuetos internos de esta rendición sin condiciones. Sé que ETA empezó a matar cuando yo tenía dos años y que ha estado haciéndolo hasta hace bien poco. Sé que las víctimas no han sido nombradas en su comunicado y que no ha existido una frase que induzca a pensar en la desarticulación de los comandos o en la entrega de las armas.
Sé que hoy es un día grande y es también un día triste. Se mezclan en los días particularmente relevantes lo glorioso y lo infame. Piensa uno en la maquinaria asesina de estos cuarenta y tres años de barbarie y en cómo, al final, todo ha quedado en un comunicado calcado a los demás salvo en que en esta ocasión, por obra del esfuerzo de la política y de la implacable voluntad del pueblo, el lenguaje ha sido el que siempre quisimos escuchar. El final no ha sido todo lo solemne que los encapuchados, esos tres representado algunos más agazapados, invisibles todavía, hubiesen querido. No han hecho otra cosa que matar y creer, contrariamente al raciocinio y a la bondad pura, que la sangre vertida era materia narrativa del conflicto, la doliente evidencia de que la capucha también estaba adentro. Hoy es un día hermoso y es también un día terriblemente triste. De una tristeza imposible de explicar para los que hoy, al acostarse, pensarán en los suyos inexistentes, en esas ochocientas y pico víctimas del terror. Ellos, en esta noche de octubre en el que le han pegado un tiro en la cabeza a Gadafi, no conciliarán el sueño. Repasarán el dolor a la búsqueda de un rasgo de cordura en su existencia. No hay razones en ese dolor absurdo que provoca el fanatismo ajeno. Uno no entiende el dolor jamás, pero éste es uno de los que se entienden menos. Así que me permite descreo con optimismo, al menos. Me suena a cansado el mensaje, pero es el mejor de los mensajes. Queda aliviar la fiebre de la memoria. Queda inventar un país donde se pueda convivir después del anuncio. No lo ha habido en los últimos cuarenta y tres años. Ese es el trabajo por hacer. La pena es que haya quien no pueda comprobar que al final de la trama se demostró lo de siempre. Que los malos pierden y no se rebajan a reconocer el mal que hicieron y los buenos, los que estaban bendecidos por la gente ésa de buen corazón a la que hoy aluden todos los políticos en las ruedas de prensa, en el happy end de rigor, lloran. Es verdad que es un día feliz, un festejo de la democracia y de la bondad de las causas nobles, pero no se puede poner uno a dar saltos.

19.10.11

Yo también lo hago / Redux


Los espectadores contemplan la instalación o el cuadro o el dispositivo artístico. Ignoran que la contemplación total la tenemos nosotros a través de la fotografía que los recoge. Un metacuadro. Una de esas pertubaciones a las que los galeristas dan salida como si la Historia del Arte se escribiese o se narrase con estas desviaciones. Lo verdaderamente llamativo es el blanco de las telas, el blanco purísimo al que no afecta ningún trazo y se exhibe con desparpajo, limpio de obscenidades, y la casual trayectoria del público, que involuntariamente participa de la composición y le da (tal vez) un sentido más racional. De todas maneras, incluso con el casual concurso de las tres figuras de negro perfecto, me sigue chirriando el conjunto. Será que el arte, una vez que se le extrae la parte sentimental y se le considera la excusa para escribir un texto, deja de interesarme. Sí, admito que soy un iletrado en estos asuntos de hermeútica. No tengo la voluntad para ejercer la inquietud y, curioseando, en fin, entrando en honduras, encontrar la armonía, ver el espacio interior, maravillarme ante el repentino descubrimiento de la esencia misma del arte en un pliegue imprevisto de la bufanda del observador situado más a la derecha. Permitan que no pueda ponerme serio del todo.

16.10.11

Parte dominical


I
No confío en la memoria. Se emperra siempre en engañarme, procura lastimarme lo menos posible, pero me priva de tener una biografía fiable, un inventario sincero de lo que ha ido pasando desde que empezó la trama. El olvido es, en el fondo, un fantástico mecanismo de defensa. Uno se cree las mentiras que va construyendo. La memoria aliña los datos, los rehace, los reescribe. A su modo, que es el nuestro, la memoria es un vigoroso escritor decimonónico que va puliendo los ingredientes del folletín para que no nos sintamos defraudos en exceso y salgamos por la mañana a la calle rutilantes y hermosos, convencidos de que este mnundo es un mundo maravilloso y que podemos seguir diciéndonos todas estas cosas bonitas a diario y no caer en la cuenta del fraude.

II
Viene el otoño a lo lejos y crece un malestar de naturaleza enteramente climatológica. Está ya el cuerpo vencido por los rigores del calor y la memoria climática, la que todos llevamos adentro como una especie de termostato sentimental, exige un cambio, un sacar las prendas largas del armario y guardar las que hemos aireado en verano. Ve uno la navidad, que está a la vuelta de la esquina como quien dice, como una anomalía y se pregunta si le convendrá a Papa Nöel una camisa de manga corta con dibujos de palmeras a modo de reclamo turístico. Confieso que miro los partes metereológicos con el suspense con el que me manejo en otros asuntos de más hondura emocional. Miro los mapas a la búsqueda de un indicio de renovación, pero no me dan los placeres que busco y sigo abriendo la ventana del dormitorio cuando me acuesto y todavía están las mantas en el altillo. Ellas son las que sufren este cautiverio infame. Ellas, las abandonadas.

III
Los indignados a veces parecen ocupas con coartada. Dan la impresión de que salen afuera y sacan sus pancartas y sus panfletos sin vigilar quiénes se les agregan. Les falta tal vez el organigrama de las instituciones a las que critican. Pero si se organizan en exceso y compartimentan sus cometidos puede suceder que se parezcan al enemigo con el que batallan. La indignación, además, cuando es eterna debe llamarse de otra manera. Ya están indignados: digamos que esa etapa de su hoja de ruta reivindicativa ha debido pasar página y ahora, a beneficio de lo que anhelan, debieran buscar otra semántica. Emociona, no obstante, la coreografía azarosa de las calles, el llenado vocacional de las plazas, toda esa hermosa (en el fondo) evidencia de sangre caliente subiendo y bajando desde el corazón hasta las palabras.

IV
Leí, no sé dónde, que la primera luna de otoño es la que trae a los fantasmas. No sé cuáles vinieron con la reciente. Está el fantasma de las elecciones futuras y el fantasma de las elecciones pasadas, ya sabe usted, señor Scrooge. Dicen que el próximo siete de noviembre se van a ver las caras los dos postulantes a la casa monclovita. No imagino otra cosa que un cuento gótico a la Shelley. Una trama como de penumbra de historia decadentista con montones de sacrificados en los sótanos del castillo. Ahí andan, los sacrificados. Se mueven en horizontal, registran las dependencias más escondidas de ese castillo, pero les está prohibido subir a las plantas nobles. Supongo que eso piden los indignados de Sol y de Times Square: que todos podamos residir en la planta que queramos o en la que merezcamos, en todo caso. Que sólo resida en los bajos el que no se apreste al esfuerzo y siga pensando que se le debe absoutamente todo y nada que salga de sí mismo es relevante.

15.10.11

Coltrane antes de ser Coltrane



Nada o poco sabemos del genio antes de serlo. Ignoramos si daba trazas de talento en la forma de andar, en cómo saludaba o en el modo en que cortejaba o se dejaba cortejar. Uno cuestiona siempre la prehistoria de las cosas. No se molesta en indagar en los años sin huella, en toda esa época baldía, sin registros del talento, en donde el futuro poeta o el gran músico que darán los años no exhibía briznas de genio y era uno más entre los otros. Sólo hurgamos en esa maleza del tiempo cuando el artista está en su cénit y la maquinaria del márketing exige su peaje de morralla sentimental. Saber si tuvo una madre opresora o un padre putañero o si fue un amor adolescente el que le hizo refugiarse en sí mismo y sacar de adentro el yo rechazado. Contar que Borges se obligó a escribir ficciones después de una caída en la que se dio un buen golpe en la cabeza o que John Coltrane antes de ser John Coltrane, el hijo del sastre y de la costurera, nieto de sacerdotes metodistas, siempre anduvo por la iglesia y que la música de los oficios fue la salida natural de un incierto talento. No sabremos nunca qué hubiese pasado en la historia del jazz en el distópico caso de que los abuelos también hubiesen sido sastres o Coltrane, huérano, hubiese ido de orfanato en orfanato. Que habría sido de la Literatura, hablo de la alta y de la noble, si Borges no hubiese caído escaleras abajo y se impusiese la escritura de cuentos para comprobar si la cabeza regía cabalmente y era capaz de emboscar engimas y de fatigar laberintos. Nada de eso sabremos jamás.


13.10.11

El plan gris

No está la tarde para escribir poemas. Me sale: El cuerpo es un cuerpo bastardo y el aire está enfermo en el aire. Eso he escrito: he cogido la hoja y la he hecho muchos pedazos. No tengo una trituradora de papel, pero debería. Se queda el poema o el proyecto de poema o el amago de poema en una realidad fragmentada hasta el desmayo físico. La literatura en su estado básico. El grado cero de la escritura que querían los sibaritas de la crítica. Bajo la mesa, debajo del teclado hp inalámbrico, tengo una papelera de los chinos. Allí están todas las palabras que no encontraron otras con las que aliarse. Hay días felices en los que no rompo nada y voy acumulando versos sueltos en una carpeta amarilla cuya ruta sé de memoria. Días en word en los que me sobreviene un afecto infinito por ciertos adjetivos o en donde me puedo tirar un par de horas buscando un verso. Hace años escribía sonetos. Creo que sobrevivió uno. Lo tengo arriba, en el trastero, en una carpeta azul con unos gomas elásticas. Está allí, en esa carpeta. No hay nada más. El soneto y la carpeta azul. En el trastero. Cuando llueve pienso en la soledad del trastero y la existencia fidelísima de la carpeta azul y del soneto dentro. El cuerpo es un cuerpo bastardo y el aire está enfermo en el aire. Tengo que buscar una carpeta. O abrir la azul y meter ahí la hoja manuscrita. Escribe uno porque quiere contarse algunas cosas y esta forma de hacerlo (el registro minucioso, el anotado pormenorizado, el inventario fiable) da una paz de espíritu que no se consigue leyendo la prensa, caminando por los caminos que circunvalan el pueblo o tomando cerveza con los amigos los viernes por la noche. Tiene uno la imprecisión habitual en lo que verdaderamente desea. Sólo es nuestro lo que perdimos (Borges dixit) y en ese plan gris hasta que le sale a uno un verso que no le incomoda o un cuento no excesivamente malo, pero incapaz de resistir dos correcciones. 

Queremos tanto a Hitch



Ojalá toda la gente retorcida y perturbada del mundo lo fuese al modo en que lo fue Alfred Hitchcock. Gente que contuviese el yo díscolo y lo arrojase, transfigurado, en una creación artistica. Gente que antes de desnucar un gato o fisgonear en el correo electrónico de su pareja cogiese un folio en blanco y escribiese un poema de amor o un haiku funesto. Incluso estaría más que bien que en un arrebato de maldad se quitasen de encima el pudor y se pusiesen a bailar como lo hace el tito Hitch. Da igual que le estallen los botones a la altura de la panza. Es lo mismo que uno perciba que la solución es risible y que más le valdría bosquejar el asesinato de un tipejo en un callejón o planear un crimen perfecto marcando M en el dial. Le queremos tanto.

12.10.11

El mundo son cuatro átomos mal cosidos


La humanidad no soporta la idea de que el mundo surgió por casualidad, por error, sólo porque cuatro átomos insensatos chocaron en cadena en la autopista mojada.
Umberto Eco, El péndulo de Foucault.







Una vez tuve un ardor metafísico. Sentí una opresión en el pecho, un quebranto existencial a medio camino entre la revelación cuántica y la homilía dominical y, ya por fin, una paz de espíritu que no conseguía ni leyendo después de la siesta los opúsculos de Paulo Coelho. Es en esos momentos cuando uno adquiere verdaderamente la dimensión exacta de su existencia. Se ve arrojado al cosmos, pero ha descubierto la vía por donde se puede obrar la extracción. El cosmos es un lugar terrible porque está muy oscuro. Carl Sagan se obcecó en contarnos de forma amena los entresijos estelares, pero yo siempre fui muy de Darth Vader y el cosmos que más me fascina es el que dirige George Lucas. No puedo evitar que la calentura mística se enturbie con texturas pulp y salga de adentro, cual alien del pecho de John Hurt en la Nostromo, el yo que tras los años considero más mío, el que bebe de Julio Verne, de J.J. Abrams y de Robert Louis Stevenson, padres (a distintos niveles, por supuesto) de la literatura (escrita o ágrafa) más lúdica y fascinante a la que uno puede acudir para crecer en armonía y no sentirse después un paria del sistema, un obrero cualificado, pero zombi, una criatura de una ortodoxia insultante, un engendro polimórfico que sólo sabe hacer zapping y dejarse contaminar por los bodrios de telecinco y por las tertulias tóxicas de intereconomía. Pero no se puede estar seguro ni siquiera en la propia conciencia. Afuera pasan cosas terribles. Mi amigo Miguel quiso el otro día salir de su propia conciencia. No salir, no saber, no sentir. Le recomendé que lo hiciese. A pesar del ruido, del vértigo, de la fiebre. El mundo son cuatro átomos mal cosidos. La metafísica es el único refugio una vez que hemos abandonado la política. Ni los que no creemos en el más allá y en la santa iglesia tenemos ya asidero moral en la ciencia. Estamos vendidos. Ojalá nos viniese a ver un ángel y nos iluminase. Malos tiempos para un blogger sin fe.


El atril astral de Rigoletto Granados

Hete aquí, oh fatum pancósmico, oh gran toxina celestial, al bueno de Rigoletto en su atalaya astral, registrando el ruido que hacen las cosas al caer, anotando en su libro de cuentas, en su diario doméstico, los nombres de las cosas, el vértigo de las palabras, el chumba chumba con el que el azul del cielo nos distrae de la pena grande de saber que, al final, mal que nos pese, acaba por morirse uno, como dijo el poeta... sigue en Barra Libre

9.10.11

La porción dulce de la naranja sin alma




 I/  Alex, vuestro humilde narrador, expía sus culpas a su manera
Un drugo aburrido es un drugo violento. El drugo máximo, un macho alfa de buena cuna y labia burguesa, bebe moloco, oye La gazza ladra, fornica con hippies con Beethoven como mantra psicótico y jalea a su banda para que dé caza a bandas menores y practiquen alegremente la ultraviolencia. 
Un drugo puede vivir con sus padres y ejercer de vecino modélico, pero al caer la noche saca al personaje y lo entusiasma con imágenes de sexo extremo y delincuencia pura. 
Un drugo revienta a bastonazos la cabeza de una señora mayor, rica, enferma de gatos y se ocupa de que la esposa joven y deseable de un escritor de éxito, talludito y excéntrico, cuya casa han violentado, pueda sentarse en primera fila y asistir al espectáculo de su humillación. 
Un drugo aburrido es un drugo nihilista. El nihilismo, aplicado a un drugo, no es un concepto filosófico sino una excusa enciclopédica. Porque no es descabellado que un drugo, a pesar de su tendencia al gamberrismo, sea un individuo curtido, letrado, al cabo del vértigo de la cultura y de su periferia. 
Un drugo, un verdadero drugo macho-alfa, acaba traicionado por los suyos, capturado por la autoridad, juzgado, conducido a una prisión y convertido en conejillo de indias de un programa del Estado, experimental, sin vuelo mediático, que le restituirá la bondad extinguida y hara de él, en un plazo escandalosamente breve, un antidrugo, uno que no bebe moloco ni viola amables ancianas, uno que se expresa con pulcritud y no tiene doble fondo, uno que no desafía al sistema, uno, en fin, domado y presentable en sociedad, aliño del programa político del partido.
Un drugo listo hace creer a sus carceleros que el programa funciona y que están haciendo de él un ejemplo, pero el drugo sobrevive o cree sobrevivir, guarda su desquiciamiento intacto en la podrida alma que no le han esquilmado, piensa que esas armas de tortura son inútiles y que engañará a sus captores, que le pondrán en la calle en breve, aparentemente reformado, listo para ronronear de fenómenos y actuar en consecuencia, violando, asaltando, robando la pureza del mundo a bastonazos, babeando ante la visión de una casa con pedigrí burgués, sola en la noche, promesa de jarana y chumba chumba a tutiplén. 
Un drugo, sin embargo, por retorcido e inteligente que sea (se desprende que retorcimiento e inteligencia van a veces en comandita, en coyunda ideológica) se descompone si un equipo de hijos de Pavlov le droga y le satura los ojos de colirio al tiempo que un diabólico mecanismo le impide parpadear y se traga una orgía de ultraviolencia ajena. La sobredosis, antaño deleitosa, la que le producía cascadas de júbilo, le da ahora un pánico cerval, una aversión patológica. 
El drugo reformado, el que el mismísimo Ministro ha tutelado y del que hasta se ha ahijado como hito en la político de reinserción social, es ahora un drugo vacío, un drugo muerto, un drugo desdrugado, uno capado para hacer el mal, uno al que le han extirpado quirúrgicamente la querencia por el daño y ahora carece de libre albedrío. Un drugo no drugo. Un zombi. Un drugo zombi. Un desecho. Un ciudadano aséptico. Un ideal para el Estado Total. Un zombi con capacidad de voto. Un sombra entre las sombras.




II/ La cuerda del juguete
Quizás el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor que aquél a quien se le impone el bien. Eso le dice el capellán a Álex, en prisión, en una de esas conversaciones sobre la moralidad que tantos gustan al gremio de la sotana. Burgess, católico a tiempo parcial, era un escritor sin excesivo futuro al que un falso tumor cerebral le empujó a trabajar estajanovistamente con objeto de dejar a su mujer en el mejor de los mundos posibles (económicamente hablando) cuando él ya no estuviera en este perro mundo. En esos tiempos de fatiga literaria y de errados diagnóstico nació La naranja mecánica. La historia de una banda juvenil que pasean un Londres de gris ciencia-ficción es, en cierto modo, un prodigio de anticipación sociológica porque la violencia que expide, predicada por jóvenes sin ideología, amancebados en un nihilismo naïf y hueco, brutalmente arrojados al mal y ferozmente jubilosos en ese mal, es la que después ocupó Europa (mayoprmente) con esos mismos jóvenes, provistos de confort, hijos de la buena clase media o de la formidable clase alta, pero desclasados, en el limbo de esa insatisfacción que produce no tener un norte o, como decía mi abuela, tenerlo todo y no saber aprovecharlo. La violencia que ejerce Álex, el criminal que nos regala Burgess, acaba por no interesarle, le aburre y planea crear en lugar de destruir. Burgess cuenta esto muy claramente en el author's cut de la novela, en la edición revisada y elevada a icono cultural años después de que fuese censurada (en los Estados Unidos, sobre todo) y en ciertos círculos de la pétrea vida inteligente europea de los sesenta y buena parte de los setenta. Los británicos, blandos, a decir de nuevo de Burgess, que miran el progreso moral con temor, vieron La naranja mecánica como un arrebato arrebatador, una especie de libro blasfemo, un panfleto agitador de la conciencia cristiana, que no deja que sus feligreses escojan entre lo bueno y lo malo, censurando el libre albedrío (tema absoluto de la obra) y haciendo que el hombre será en sustituyéndolos a los dos) le dará cuerda. Es tan inhumano ser totalmente bueno como totalmente malvado. Lo importante (insiste Burgess) es la elección moral.


III/Lo que hicieron el doctor Brodsky y el doctor Branon en sus chaquetas blancas y lo que me obligaron a videar en aquel sótano en el que me amarraron con cintas y me abrieron muchísimo los ojos
Al lerdo de entendederas, al pánfilo en lo sustancioso del alma humana, le asustan las palabras. Al Alex que surca la travesia del mal y arriba al puerto del bien, bueno, un bien también mecánico, impuesto, obligadamente dulce y enjundioso, le duele al final de la trama que le tomen por tonto. No lo ha sido nunca durante los paseos por los barrios bajos, de cockney y de óxido de orín, ni lo ha sido en la cárcel, un poco maltrado, anulado, vejado hasta convertirlo en un pequeño zombi, pero siempre estuvo al frente de su conciencia, alerta y firme en la creencia de que una porción diminuta (pero latente) del yo antiguo late por debajo del yo recién deconstruído. Vuestro humilde narrador ha tratado con toda especie de lacayos el sistema y ha visto cosas que superan en horror al horror que cometí (sin darme cuenta de lo que hacía, por supuesto, por puro juego, en mis parrandas con mis drugos) cuando era un hombre libre y me ponía pestañas postizas y escuchaba a Beethoven (mi Bogo bueno) mientras lubilubaba a unas ptitsas canijas y entusiastas.





posdata:
He leído un par de veces La naranja mecánica. Anoche volví a ver la película. He perdido la cuenta de cuántas veces he visto a los drugos ronronear de fenómenos por el Londres apocalíptico (lo es, en cierto modo ) de Kubrick. Me impactó anoche más que otras veces. Me sobrecogió. Será que estaba cansado y el cuerpo, cuando no esté en su apogeo, es más sensible y hasta le afectan más las cosas que antes, oh juventud divino tesoro, nos importan menos, las creemos menos importantes. Bah, asuntos de la ficción, cosa de escritores y de cineastas.

8.10.11

Peter Gabriel / New blood


Las piezas de siempre, las moldeables, tamizadas, despejadas de su trascendencia étnica, embutidas en un traje orquestal, obviando los pasajes fibrosos de Sledgehammer y buscando la grandilocuencia incluso en los más livianos: eso es New blood, el nuevo disco de Peter Gabriel. Se ha metido con una orquesta de 46 miembros, ha llamado al arreglista John Metcalfe, con quien trabajó en Scratch my back, su anterior obra, y ha reconvertido su repertorio (una parte íntima, no necesariamente un recopilatorio de grandes éxitos) en un catálogo magistral de emociones. La orquesta provee a la música original dimensiones que antes no poseía, ha dejado dicho Gabriel en prensa. Sin guitarras, ni bajo ni tampoco batería, el chasis de rock puro con el que fueron compuestas, las canciones cobran nueva vida, la sangre de la que habla el título del álbum y que era también el nombre del tour del Scratch. Sting hizo exactamente lo mismo con Symphonicities (quizá menos felizmente) y pronto (no lo duden) será Rod Stewart el que sacará sus temas con guarnición de violas, tubas y fagots. Hace unos años triunfaron los unplugged, sí, ya saben, aquellos registros domésticos, sin la mastodóntica maquinaria de los conciertos en estadio detrás, concebidos para que la empatía entre el artista y el público fuese mayor y se crease la idea (falsa, en el fondo) de que los directos eran privados, íntimos, familiares casi. Hay en estas tomas forzadamente sinfónicas un punto de frialdad que quizá no existía en el material de origen, pero el talento de Gabriel y de Metcalf se sobrepone a esta marca de fábrica, común en todos esos discos orquestales, un poco dulzones y un mucho inverosímiles, y logra el prodigio de hacer que nos creamos lo que escuchamos y pensemos, ah gloria de la belleza, que las piezas nacieron así. Al escuchar ayer nuevamente The rhythm of the heat (mi favorita del álbum junto con Don't give up) pensé eso: en que el tema antiguo, el de 1.982,me resultaba, a la luz del de 2.011, extraño.

.
Sin la tela africana o sin la esclavitud tímbrica de esa tela, Peter Gabriel amplía la idea que forjó su disco de versiones: todo en Scratch my back es épico, íntimo, pasional: Gabriel canta como nunca y encuentra en el repertorio el instrumento ideal para que su voz fluya como otro instrumento más, al servicio de la historia, del pentagrama invisible. Lo que escribí hace un año vale ahora porque la filosofía persiste o porque el hombre de Womad, el antiguo de una de las bandas más prodigiosas del rock del siglo XX, sostiene que la música es una especie de líquido amniótico que envuelve la tierra y que guía, a su modo, con sus arcanos y con su divina belleza, la vida de quien se deja penetrar por ella y ese idea primaria impregna el trabajo, lo guía hacia una excelencia sonora tanto en lo técnico (el disco es un prodigio de ingeniería, de belleza acústica, de limpieza audiófila) como en lo puramente artístico (el disco rezuma perfeccionismo en cada vuelco novedoso de la melodía ya sabida). Se atreve incluso a registrar cinco minutos de sonido ambiente, moviendo las máquinas de grabación a Solsbury Hill y guardando el aire, el tiempo mismo pasando. La pista, que sólo se ofrece en el doble CD deluxe y en una edición en vinilo, precede a la propia canción, a una versión fantástica de Solsbury Hill con abundancia de cuerdas y de genio. El Gabriel atmosférico, tántrico, telúrico, étnico, étnico a su modo, sin el sudor tímbrico de antaño, ha vuelto. Y ahora se nos pone clásico.


7.10.11

Lo que me gusta de mi ignorancia

Lo confieso: hasta ayer no conocía a Transtömer, el flamante premio Nobel sueco de Literatura. Los de la Academia tampoco conocieron a Borges. Así que no importa.

5.10.11

Orden de registro



 I
Videla, uno de los monstruos que no aparecen en los libros de cuentos, dijo en 1.976, en la época en que ejercía su oficio con más brío y entereza moral  que un terrorista no es sólo alguien con un arma de fuego o una bomba, sino una persona que disemina ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana, alguien que lee. A los dictadores, a unos más que a otros, pero a todos invariablemente, les duele la palabra. Si está la palabra impresa y embutida en un panfleto o en un poema, en un librito modesto o en una pancarta, les duele más todavía. Los libros, a decir del estupendo Manuel Rivas, arden mal, pero hay a quienes les excita verlos en llamas en plan Bradbury distópico. Creen que el fuego purifica el mal al modo en que los antiguos jerifaltes de la iglesia (en otro orden, en otro contexto) creían cuando amarraban al palo principal de la pira al hereje de turno, fuese hombre de ciencia, bruja o blasfemo de taberna. Lo terrible es que hubo videlas a tutiplén. Gente con la suficiente autoridad civil como para quemar a quien se le fuese la mano con los libros y exhibiese en público su gusto por ciertas obras manifiestamente inconvenientes.



II
Las órdenes de registro echaban abajo la puerta y arramblaban con los cajones. Hurgaban en la ropa interior aquellos tristes hombres de gris (el gris siempre es el color más cómplice de estas escaramuzas del terror) en busca de indicios de inteligencia. La que sus superiores no tenían. No hay nada más ancestral que el miedo a que el otro sepa más que uno. Tienen la inteligencia y el conocimiento una relevancia que jamás ha sido puesta en duda por ningún gobernante. El que las detenta es un peligro, parecen pensar. Sostienen, en su infamia con galones, que el poeta, miren qué cosa más sutil, qué oficio más modesto y sencillo, es un terrorista. Uno capaz de borrar la grisura del pueblo (su anuencia ante la censura, su convicción de que nada puede hacerse o incluso su creencia de que no está sucediendo realmente nada relevante) y azuzar al ciudadano contra sus carceleros.

III
José Agustín Goytisolo lo dejó escrito en un poema casi hablado, un soliloquio, un lamento que el recitador involuntario ofrece a su mujer cuando su casa sufre una orden de registro. Luego al pobre José Agustín, al humanista, al poeta de la Generación del 50, hermano mayor de Juan y de Luis, hijo y padre, al autor de Palabras para Julia , un poema antológico, al hombre que vio como las bombas de la Guerra incivil mataban a su madre, Julia, como luego su hija,  le pasó factura la vida, la que iba en serio como escribía su amigo Jaime Gil de Biedma, y se hizo el santo bebedor, el traductor de suicidas (Pavese) y él mismo, obra de los excesos y de lo sensible de lo más acendradamente humano, terminó tirándose por el balcón de su casa en 1.990. Antes de todo eso, burló como sólo saben los poetas la estricta estricnina moral del censor de turno del Videla de aquí (el Franco temeroso de que el pueblo fuese un pueblo leído y le birlase la vara de mando) y escribió un poema asombroso, tierno en su crueldad interior, que cuenta una orden de registro. Los registradores, cegados por la letra impresa, conjurados a borrar la tinta blasfema, buscaban libros. No sabemos si los encontraron al final.




No miren por ahí
todo son libros;
no es entre mis papeles
ni en la cama
donde van a hallar
algo escondido.
¿Cuánto cobran ustedes
mensualmente?
No, nada, pensaba
lo que vale este registro.
En fin ya son las tres
¿que esperan encontrar?
es tristísimo.
Sí de acuerdo retiren
lo que quieran;
vamos abajo pues;
perdonen olvidaba
el abrigo.
Adiós mujer
no pongas esa cara;
te digo
que están equivocados
son sólo unos poemas
versitos, tontería.
Yo regreso ahora mismo.
Orden de registro, Jose Agustín Goytisolo, 1.963

Los registros acabaron doce años después, aunque tal vez no fuera enteramente así. Videla comentó que solo cumplió sus obligaciones castrenses. No sé si fue una disculpa. Franco no la buscó siquiera. Ese gesto final, ungido por los juicios y por las evidencias del mal que asoló Argentina, no inspira el perdón ni en un amago de ternura cristiana. Un soldado declarado. Y ya se sabe: los soldados (algunos, no crean; otros poseen inquietudes) no tienen que leer, no aprecian los libros, los temen, prefieren que les marquen el camino y obedezcan la rutina íntima de la orden.


3.10.11

Matar fuma, por supuesto

                                Quino

 I
La realidad sigue contrariándome. A lo mejor por eso el refugio de la ficción es cada vez más confortable. No hay traje que nos quede mejor ni ventana desde la que se vean mejores paisajes. El inconveniente es dejarnos embaucar en exceso y que después, a partir de la última línea de la novela o del pase glorioso de los títulos de crédito en una película, no deseemos en absoluto regresar a la realidad, que ha estado ahí a la espera, enfurruñada, obstinada en la empresa de dañarnos. Fumar mata, como dicen las cajetillas. (Mi amigo Paco dice que matar fuma). Vivir duele. Lo han escrito los poetas durantes siglos. Lo han contado los que cuentan los cuentos y lo han contado para que no haya forma de hacernos los ingenuos y decir que no sabíamos nada. La vida es como la cajetilla de tabaco con su aviso morturio a la espalda. Todas las horas hieren, la última mata. Y eso se escribió en época de los romanos, que eran por naturaleza vividores, incluso en el pesimismo de la filosofía y en el dramatismo de las guerras que los devastaron.

II
Los juegos de los niños son la ficción en los adultos. Una habitación llena de libros, de arriba a abajo, es como un cuarto de juguetes de un niño. Entrar en una librería es un placer absoluto para un buen lector. Está todo allí. Está el amor y también la tristeza. La lujuria. La intriga. La belleza. Está el corazón repartido entre miles de libros. La misma sensación, tal vez matizada según quién habla y de qué ha estado alimentándose durante todo su vida alma adentro, se puede sentir en un videoclub o en la sección de películas de unos grandes almacenes. Todo está también allí. Compartimentado. Secretamente dispuesto para que el espectador engolosinado pierda el sentido de la realidad y penetre en la ficción. En la fantasía. Donde todo es mentira. En ese juego fantástico. Vivir tal vez deba ser así: concebir el mundo como una librería asombrosa, encontrar una trama fascinante en la calle, en la conversación con los amigos, en el almuerzo con la familia, pero no nos entregamos en ocasiones con la misma hondura. Quizá pensemos que vivir no es un juego. Y lo es. En grado extremo.

2.10.11

Jabberwockies, napalm semántico y el capitán Ahab en cubierta, escupiendo odio

"Érase una vez una coincidencia que había salido de paseo en compañía de un pequeño accidente; mientras paseaban, encontraron una explicación, tan vieja, tan vieja que estaba toda encorvada y arrugada y parecía más bien una adivinanza"

Lewis Carroll, Silvia y Bruno, 1.889

El monstruo más cercano que tenemos es el que nos mira desde dentro. Eso es lo primero que se me ocurre cuando pienso en monstruos. Yo mismo he visto al monstruo salirme del pecho como al personaje de Alien... (seguir leyendo en Barra Libre)

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...