30.9.11

Por fin es viernes



Tienen casi siempre los viernes un encanto que no alcanzan ni los benditos sábados. Es el día ancho por naturaleza, en el que caben todas las promesas y todas las alegrías. En su vértigo de fiesta sentimental se concilia el cuerpo con el alma, se ven las costuras del júbilo y hasta es posible, en casos muy puntuales, encontrar la felicidad repentina, el brillo sublime del corazón recién matrimoniado con el calendario. Uno ama los viernes casi por encima de todas las cosas, pero ay, sólo necesito un traspié, uno de esos quebrantos insignificantes, para que se derrumbe el templo y caigan a peso los dioses y los símbolos. Muerde entonces el júbilo el gris de las cosas y esta inclinación mía a hacer de las cosas sencillas grandes festejos queda en un volunto animoso, en una pequeña brizna de felicidad súbitamente cercenada.
El domingo, bien al contrario, es el día en que uno tiene constantemente la sensación de que es domingo. No hay ningún día que posea esta connotación extralingüística un poco cabrona y un mucho suicida, o al revés, no lo tengo claro a esta hora del viernes. Queman entonces las horas, expelen ese tufo a noticia prevista y doliente y se abisman sin pudor en el lunes tormentoso, el lunes al que los cantantes de blues dedican todas sus horas más bajas. 
Ni siquiera este principio de dolor de cabeza, obra del mucho rioja y el mucho tequila que bebí anoche, menguan la alegría del ahora sublime y del después fantástico. Me quedo en este limbo sobrenatural en el que todo se ayunta con mis deseos. Permitan que después de comer la única palabra que retumbe en mi hoy feliz cabeza sea siesta. Siesta, aunque breve, pero siesta de viernes, por favor. Me encantan estas frivolidades del espíritu. Si ya lo cantaba Donna Summer en los gloriosos setenta.

27.9.11

El árbol de la vida: Un catecismo para el siglo XXI






I/ Malick
Érase una vez hombre que vio el cosmos dentro de su corazón. En el corazón de este hombre visionario, un corazón henchido de luz, un corazón puro al que se le confiscó la brutalidad del latido y se le otorgó la facultad de mirar al mundo y de arrimar el latido del mundo al suyo propio de forma que al final, en el matrimonio resultante, el que acercase el oído al pecho no distinguiese entre una música y otra porque, a decir de este fantástico hombre, ambos latidos son el mismo y suenan como si fuese en verdad uno solo.

II/ El páramo sin luz
No creo que exista un cine universal, apto para todos los públicos, confeccionado para ser apreciado enteramente y de forma masiva por el espectador. En toda creación artística debe existir un pulso críptico, una especie de páramo en donde no crece la hierba ni azota la lluvia, donde el sol no ilumina la tierra ni la luna baña en oscuridad los árboles. La obra de Malick posee páramos, trayectos de niebla que turban a quien desea comprenderlo todo y se siente estafado cuando una brizna de trama se escapa a su intelecto. En El árbol de la vida se precisa una predisposición fílmica (por decirlo de alguna manera) que no todo el público está dispuesto a entregar. Es más: en El árbol de la vida hay tramos de metraje en donde incluso el espectador con más entereza y de más fina complicidad con lo que observa puede caer en un letargo de tedio y plantearse muy en serio la continuidad de ese contrato firmado previamente. Siendo una película manifiestamente luminosa (Malick ama el sol, Malick es un explorador celeste) uno no deja de sentir el peso formidable de la oscuridad. Será porque el universo es, en esencia, un lugar oscuro. Será porque el alma es también un páramo, uno de esos lugares que no es posible entender enteramente. El alma considerado como espectáculo de primer orden, esponsorizable, hecha también (si el lector lo ve conveniente) mercancía factible de concursar en bolsa.


III/ Malos tiempos para la lírica
Nunca estuvieron bien vistas las metáforas. La poesía, incluso varios milenios después de su gloriosa fundación, sigue siendo un bien menor. Lo que funciona a pulmón lleno es la narrativa en la que brille una historia. Malick carece de historia: no tiene inconveniente en malograr la posible historia entrevista en los márgenes y se obstina en registrar la naturaleza íntima del universo y conducirnos a la teoría de que es el universo el que guía nuestros pasos y que todos, al cabo, somos puntos de luz o puntos de sombra en el mapa cósmico. Lo que hace de El árbol de la vida la ambigua y frágil película que es está precisamente en su asombrosa ambición, en la fe absoluta que se entrevé a poco que uno entra en materia y percibe (entre el sofoco místico y la fascinación emocional) que está asistiendo a algo único. Quizá no algo extraordinario, tal vez no la obra maestra que algunos se empecinan en vender, pero sí (y en grado extremo) algo de una hermosa extrañeza, un arrebato de cordura teológica en un mundo al que se le extirpado el centro moral y va dando tumbos. La teología de Malick no es reprobable: no es de cuño católico ni se afilia a una iglesia concreta: es una teología seminal, primigenia, de un simbolismo que a veces duele. Por eso el film es un tesoro visual al que se le echa en falta un asiento más vehemente en lo terreno, un querer decir cosas sin tener que echar vuelo y buscar a Dios en el infinito.

IV/ Lo sublime y lo ridículo
En la celebración de lo extraordinario se exhibe la fascinación del ser humano ante la magia. Ese fervor hacia lo invisible, del que no es ajeno la religión, construye templos, levanta altares, iza símbolos y conduce (a capricho del asombrado) la vida hacia un destino trascendente. No sé si la película de Malick es trascendente. Ni siquiera sé si mi propia vida lo es. Sé que mi percepción del film perdura a lo largo de los días, se agranda, adopta formas diversas y acude a mí sin que yo se lo pida, transformada, haciéndose fuerte adentro, llenándome. Lo curioso es que la película no me llenó del todo: me llena el masticado que le hice, su digestión larga. El hecho tangible de su visionado, la rutina de sus fotogramas, no es relevante: lo es el apropiamiento que ha hecho de ella. En ese aspecto es la película que más me ha afectado de las últimas que he visto. Hace años que no percibo con esta intensidad la presencia de un libro o de una película en mi memoria. Su eco es ancho. Pero El árbol de la vida tiene muchos ecos. Algunos son defenestrables, no merecen perdurar, cansan, producen incluso cierta sensación de bochorno. Malick, el genio, el talento puro, el hombre escondido, apesadumbra, cansa, rompe.

V/ Fuera de campo
Se puede ver El árbol de la vida sin que Dios lo cruce todo. La liturgia formulada por Malick, el catecúmeno, la expresión íntima del filósofo sin filosofía, registra en fotogramas (ágrafamente) un prontuario de mandamientos. Algunos apelan a lo ecológico y otros, trufados de un simplismo new age, piden a voces que Bucay los escriba y venda millones de libros en las gasolineras del mundo. Pero esos mandamientos son sutiles, no están forzados, no imponen una doctrina: se limitan a apuntar las evidencias de esa comunión entre el ser y el universo. Malick captura esa esencia de lo cromático, de lo atmosférico, de lo puro al servicio de lo religioso sin vender libros de salmos. Se empapa de una solemnidad en ocasiones vacua, pero solemne al cabo. El espectador exigente, el hecho a andar por estos caminos del cine considerado como una expresión únicamente artística (borren la narrativa, quiten la historia, olviden el mainstream, den la espalda a la industria) encontrará en la películas muchísimos motivos de alegría. La quimera del director es la suya propia. La osadía del directo, incluso resuelta a veces con tibieza, es la suya propia también. El otro espectador, el que desea placer por encima de relleno espiritual, el que se sienta en la butaca anhelando disfrute y pidiendo a gritos evasión inteligente, palomitas con pedigree (si se quiere expresar así) saldrá molesto con el jodido Malick, preguntándose si no hubiese sido mejor salir a media película y deseando en la medida de sus posibilidades advertir a los otros del desvarío al que ha asistido. El árbol de la vida es una anomalía, es un desvarío, es un cuerpo extraño que la ha salido al show business y que está arrasando, más que en cines, en prensa, en blogs, en barras de bar. Como si hubiese vuelto Bergman.



VI/ Todos estamos conectados
Reina lo espiritual hasta el punto de que podríamos prescindir enteramente del texto y montar una obra muda, un ejercicio abstracto o incluso un documento visual sin engarce, al que se le ha retirado todo apoyo verbal y fluctúa entre la grandilocuencia paisajística (el cosmos es el gran paisaje) y la intimidad musical. Reina lo poético, pero es una poesía que no alcanza a emocionar como lo hacía (pongo por caso) Un nuevo mundo, la mejor película de Malick o incluso La delgada línea roja. En todo el cine de Malick (no he visto Días del cielo) hay esa sencillez, ese afecto sin complejos hacia lo natural, de modo que hasta las historias (las de amor, las de superación, las de descubrimiento) no son historias, es decir, relatos con un propósito narrativo, sin la intervención didáctica de la naturaleza, que se convierte en un tejido que todo lo cubre, en una urdimbre con una voz y con un propósito, en un modélico atrezzo, que Malick mima y eleva a la condición de personaje. Panteísmo filmado. Volvemos a esa obsesión (tamizada, prudente en todo caso) del hombre por el orígen de todas las cosas. Como si quisiera filmar el big bang y le salieran películas que hablan de soldados en Guadalcanal, de colonos en la tierra prometida o de padre e hijos que nacen y mueren en la América de los años cincuenta. Todo sirve para el fin que anhela: todo son pedazos de una misma unidad.

 VII/ Padre Whitman
Dentro de la métrica del film está Walt Whitman, está el poeta en pos de la armonía, el poeta manumitido de la experiencia e izado al aire, respirando el mundo, inhalando el espacio celestial, convertido de pronto en privilegiado espectador de la Gran Obra de un Creador y zarandeado por todos los demás poetas en la creencia de estar zarandeando al único, al verdadero poeta del cosmos, al ungido por los estros celestiales, al señalad por la divinidad (sea esto lo que quiera que sea) para recitar los versos de la inmensidad.  La mirada del poeta es la misma mirada que la del director. Observan con esmero, horadan el objeto, lo desmenuzan, lo integran con el pensamiento y hacen que el propio objeto sea parte misma de quien lo está observando. El panteísmo, ah juguetón Malick: la gloria infinita, la gracia, en fin, toda esa métrica sin endecasílabos de los santos varones del éter metafísico que ha llenado templos y ha fatigados imprentas.

VIII/ Tres cosas que pensé en mi butaca
Viéndola sentí que estaba asistiendo a un cierre, al finiquito de una obra. Como si Malick, sin airear a los medios que deja el cine, contase esa decisión de forma encriptada, envuelta en el artificio preciosista de esta obra rotunda, aunque irregular. Tan rotunda como irregular, diría yo. Sentí también que la crítica iba a demolerla o a endiosarla. Incluso que era un film para las escuelas de cine o para los cafés en las terrazas, cuando de pronto alguien coge el hilo de Dios y se pone la cosa trascendente. La tercera cosa que pensé, he aquí al espectador metido en la trama, pero pendiente de sus mundanas cogitaciones, es que a Sean Penn le vienen de perlas (y no es un halago) esas caras fúnebres, de acelga maniatada. Que es un pedazo de actor al que el tiempo ha agriado y convertido en un pedazo de actor agriado. Luego está Brad Pitt, que no suelta prenda sobre la trama del film en ruedas de prensa o en Cannes. En realidad no hace falta que el elenco (qué bofetada de palabra es elenco) cuente de qué va una película, pero vivimos en un mundo en donde todo se conduce por criterios financieros y ni el propio Malick, a pesar de su perfil cerrado y de su nombre hecho un búnker a lo Salinger, muy a pesar de que en algunos tramas parezca estar creando un testamento antológico, modélico, dejaría pasar la oportunidad de que todo hijo de vecino vea su catarsis fílmica, la imponente (por ambiciosa, por mística, por telúrica, por arcana) obra que ha regalado al público. La verdad que no sé a qué público. Ignoro si los años serán dulces para este árbol de la vida. Su presente es de una notoriedad brutal. Es la película de la entrada del curso cinematográfico.

IX/ Humorada a modo de intermedio
El árbol de la vida no es uno de los documentales más complejos de National Geographic. Tampoco intervino Bucay como asesor de contenido espiritual. Coelho pidió entrar en el comité de expertos cósmicos, pero alguien debió explicarle lo serio del proyecto y el buen hombre, sin inmutarse, apenas afectado, volvió a su laboratorio de aforismos. El peligro de la cinta de Malick es su inclinación natural al ridículo. Como cae menos de lo que uno creería, sometida su trama a la más severa de las consideraciones, se saca la feliz conclusión de que Malick es un genio.

X/ Una historia dentro
Se olvida con frecuencia, ensimismado uno en el relato cósmico, en la fundación misma del misterio, la historia doméstica, lo entendible, lo que no precisa desencriptarse, el cuento del american way of life representado por una familia menos convencional de lo que parece, con su patriarca severo, aunque fragil e incapaz de relacionarse con lo ajeno, de crear empatías durables, con su madre amorosa y cercana, pura o en vías de esa pureza, con los hermanos en apariencia felices, pero precarios y atormentados. A Malick lo que le importa no son tanto los personajes y su cruzada interior sino el incrustado del personaje en el marco en el que convive, el despojamiento progresivo de lo individual en aras de lo universal.

XI/ El vals de la mecánica celeste
Lo malo es lo que contra la ética, contra su ideal consensuado. En la obra de Malick, en este film más propiciamente, no hay una bondad y tampoco una maldad: hay un principio de incertidumbre moral, una voluntad maximalista, sin afecto por lo cotidiano, una totalidad súbitamente revelada, un discurso de magia y de fuegos de artificio, pero en esta dinamo está Zaratustra (ay, ahí veo a Kubrick, el otro Malick, aleteando, en espíritu, por el set de rodaje del film) con su barba milenaria, herético, sublime, fiero con coartada, reclutando adeptos, alambicando salmos, componiendo la sinfonía primera, la del big bang primario. Es la antigua batalla entre la luz y la sombra. En realidad no puede uno quedar al margen del discurso del director. No cabe la posibilidad de la indiferencia. Pienso en el Anticristo de Von Trier, en el Oldboy de Chan-Wook Park: pasa con estas escasas películas que no las miramos con los mismos criterios emocionales o puramente narrativos que el resto.

XII/ Viva el fa cuántico
Lo sagrado es también lo profano. Lo puro, en su extremo, linda con lo turbio. La rutina, extendiéndose, al prolongarse, cuando se asienta, engrandece cualquier pequeña desviación de su trazado. Si oigo mil veces seguidas la sencilla nota do y de pronto surge del vacío un sencillo fa, todo es fa.  El do deja de existir. Mágica, paradójicamente, mi cerebro (mío en su entera falibilidad) no cuenta ya con el peso de la experiencia y sólo disfruta (ay) con la novedad, con lo que no avisa de su llegada e irrumpe, taladrando. En cierto sentido, El árbol de la vida es un fa maravilloso, un fa imposible, un fa cuántico. Malick es el demiurgo estajanovista de este pentagrama colosal, pero una vez que hemos comprendido (primero) y admirado (después) su propósito, dejamos de prestarle atención, lo reducimos a excentricidad. Y entonces: Viva lo excéntrico, viva este fa inclasificable.

XIII/ El ansia
Terrence Malick no lo puede todo, lo alcanza a registrarlo todo, no se empecina en responder a todo, no desea penetrarlo todo, pero hay momentos en su película en que es legítimo ponerlo todo en duda y pensar que, en efecto, lo puede todo, lo registra todo, lo responde todo, lo penetra todo.


XIV/ Tardaré años en volver a verla, lo juro por el pelo de Pocahontas
He tenido una extraña paz y un desconsuelo enorme viendo El árbol de la vida. Me he sentido traicionado y reconfortado al tiempo. He contado en privado a algunos amigos (aquí en la blogocosa y en la calle tangible) lo difícil que es pensar a veces en lo que nos perturba. Y más que placer lo que he sacado en claro después de ver la película dos veces (sí,soy un obseso, sí, le robo horas al sueño y así me luce el pelo durante el día) es que es una de las películas más sorprendentes que he visto en toda mi vida. Sorprendentes y desconcertantes. Hay un desequilibrio hermoso en este arrebato de lujuria cósmica, una a veces inasequible voluntad de registrar en imágenes lo que quizá hubiese sido mejor registrar en palabras, en el texto. Ese es otro asunto. Si todo puede ser convertido en película. Si hay argumentos o ideas o fogonazos de creatividad que eluden el volcado en imágenes y se dejan querer más por la voluptuosidad formal e intelectual del texto. Mi cabeza no entra en estos meandros de lo audiovisual. Mi profesor José Luis Sánchez Corral, ay cómo le echo en falta de vez en cuando, pondría las cosas en su sitio. Y sí, habría disfrutado horrores con este fundido en negro sideral de un hombre, Malick, que tan sólo ha pretendido contarse a sí mismo las razones de la vida y de la muerte. Ya digo, un filósofo sin filosofía, un conferenciante de feria con una maleta llena de metáforas. ¿Que el talentoso Malick también la pifia y su carraca de prodigios a veces suena sin ritmo y produce sonrojo el sonido que produce? Por supuesto, oh lector. Soy razonablemente malickiano. Supongo que esa es la única vía de no salir tocado (emocionalemente) de esta orgía de significados.





posdata: Disculpa, amigo Joselu, por el retraso. Hay asuntos (éste es uno) que merecen un reposo, un dejar que adentro rumien las palabras y las imágenes. Disculpa, amigo Juan, por llevarte la contraria. Nada personal.

Baudelaire en bytes / Fragmentos previstos


En un país en el que se lee tan poquísimo, escribir es una frivolidad. Aquí escribe todo el mundo. Todos tenemos una historia que contar y ganas enormes de contarla. Así que publicar un libro, más que una frivolidad, es una temeridad. En breve, un amigo, Conrado Castilla, publica un libro de poesía. Es un temerario. Uno al que aprecio, por supuesto.

El libro es un objeto incómodo que amenaza siempre la cordura de su dueño. Si lo lee y se lo cree y lo mima como algo jubiloso puede caer en el error de hacer girar el mundo alrededor suya o, mucho peor, excluir ese mundo y centrarse únicamente el descrito en las páginas.

El libro arroja al lector a una tiniebla perversa de incertidumbres. Lo deja maltrecho, letraherido, que se dice, inhabilitado para vivir con la conciencia tranquila. Tal vez por estas oscuras razones la derecha rancia y montaraz y la jerifaltía eclesiástica siempre han procurado que su feligresía no se ilustre en exceso. No vaya a ser que se vuelvan majaras. Que confundan la vida con el más allá, la belleza con la mediocridad y decidan por sí mismo en lugar de confiar el objeto de su dicha a quienes, más cumplidamente preparados, saben elegir mejor. Si, en cambio, no se lee y el libro se abandona al rigor matemático de las estanterías el mal también es mayúsculo.

El lector en potencia se siente culpable de no acceder al libro, de no obligarse a paladear sus capítulos, sus apéndices, el aroma lujurioso de sus índices. Mi amigo K. sostiene que en esto de la lectura lo ideal son los extremos: o se lee todo lo que cae en nuestras manos o no se lee nada en absoluto. El término medio, virtud en otros asuntos, es aquí equilibrio romo, limbo estéril en el que nada contribuye a enriquecernos o a embrutecernos.

Durante un tiempo, por razones que no vienen al caso, me limité a leer sólo prensa. Y además los titulares y alguna columna esporádica. Abandoné las novelas decimonónicas, la poesía surrealista, el cuento corto, el ensayo dulcemente espeso. Todo lo hice por las circunstancias. Volver fue una felicidad absoluta. Me embriagaba de libros: ocultaba los pequeños en los bolsillos anchos y profundos de los abrigos de invierno y salía a la calle pertrechado de placeres, consciente de que cualquier momento podría depararme la dicha de un verso o el hallazgo de un pensamiento.

Y no podemos olvidar la belleza. Me sabía portador de la belleza que otros habían inventado para mí. Lo sigo pensando. Todavía hoy, recuperado de ese receso literario, me dejo llevar por el enamoramiento que produce abrir un libro sin saber qué nos va a traer. Si esperanza o si tristeza. Si el amor absoluto o el desencanto total. En mi experiencia como lector, he entrado en un capítulo nuevo.

Me he agenciado una de esas tabletas mayúsculas que guardan en sus tripas libros. No estoy todavía hecho al prodigio tecnológico, ando en la tarea de aprender a manejarme con la pantalla, con ese marcapáginas rojo, con el listado fabuloso de libros tan al alcance de la mano. No sé qué me deparará esta nueva etapa. Supongo que nada en especial. Cambia el formato, cambia incluso mi disposición ergonómica, pero seguirá el placer de la extrañeza, el descubrimiento, los indicios de placer libresco. Sí, ahora los libros no huelen. Pero ayer entré en la Biblioteca de mi pueblo, saqué el cacharro, bien apoltronado en uno de los silloncitos del vestíbulo y me metí entre pecho y espalda al señor Baudelaire y sus flores del mal. Oh sustancia de mi gozo, oh centro exacto de mi júbilo.

posdata: la portada del libro de Baudelaire no es la que manejé ayer, obviamente. Lo era pero de un modo digital, inaprehensible, desafectado de tacto, vulnerable al olvido. Ay qué perdida soportable.

25.9.11

Un vacío dulce



 I
Uno no siempre sabe dar la cara o no quiere darla. Está en ese pudor de no darse la antigua convicción de que no es bueno que lo conozcan a uno del todo. Que conviene reservarse, esconder lo que consideramos más nuestro. El escritor, por el hecho de serlo, suele fomentar en ocasiones la idea de que está ahí, expuesto, vulnerable, practicando una especie de nudismo moral, regalando al lector trozos de alma, evidencias de un corazón que late o de un alma que sale del pecho y vuela. El lector no tiene fotografía. Quiero decir que no se da al modo en que lo hace el que lo escribe. No tiene una fotografía reconocible. Ni siquiera una pasada por el photoshop en la que pueda decir he aquí mi cara, pero la he manipulado para que no me conozcáis del todo. El lector, incluso el buen lector, asume también sus riesgtos, pero ninguno es ése. Está bien el anonimato, el ingreso consentido en la casa ajena y el paseo moroso por las estancias, viendo dónde están los muebles, qué cuadros presiden las paredes, qué hay en el cajón de la mesita de noche.  Y luego está el vacío del que se reconoce como actor de una obra de teatro en la que apenas al conoce al público y del que ignora (en la mayoría de los casos) la reacción ante la trama. Un vacio dulce, al cabo. Uno convertido ya en rutina, en acto instalado en el rumiar silencioso de la sangre, en el vértigo y en la fiebre diaria de levantarse, acometer los trabajos ineludibles y querer uno a los suyos de la mejor manera que sabe. En mitad de todo esa travesía de accidentes ineludibles está la necesidad de escribir, vuelvo a repetir, el vicio de abrirse uno y compartir lo que lleva dentro. Será quizá por eso por lo que se escribe, en el fondo: por contar lo que no está a la vista y, en el cuento, en la restitución de ese argumento invisible, convertirse también uno en espectador, en lector, en el voyeur consentido que de pronto está en la platea, atento y goloso de novedades, esperando que algo relevante o hermoso o tierno salga del tiempo empleado en la representación. 

II
Anoche, al ver por segunda vez El árbol de la vida, pensé en el antiguo director de cine, el que ofrecía una autoría, un mensaje personal. Pensé en el director como escritor. Malick es un organismo externo a la industria cinematográfica. Ese anomalía de su perfil no le aúpa por encima de otros directores más integrados en el sistema. De hecho El árbol de la vida, de la que haré en breve un escrito doloroso y largo, en su chasis ambiguo, en su trama cósmica, teológica, panteísta, existencial, parece en ocasiones un libro, un libro de tomo escandalosamente gordo, de ésos que te producen un éxtasis rotundo nada más adquirirlo, pensando en las toneladas de placeres que tutelan sus páginas. Pero todavía no conozco ninguna obra monumental que no ofrezca un débil asomo de mediocridad. Quizá por eso amo el cuento, la sentencia, la cosa de menos envergadura pero idénticos propósitos. Mi amigo K., siempre tan atinado, dice que igual no podía hacerse esa película. Estoy deseando de tenerlo a mano y marear esa perdíz en una barra de bar, contentos de lúpulo y malta, convencidos de la mística y de la óptica.





23.9.11

Collapse into REM





El universo es el que se colapsa. Lo de R.E.M. fue simplemente una premonición que se ha visto cumplida meses después cuando Michael Stipe ha cerrado la banda. En cierto modo uno entiende que las cosas que nos entusiasman acaben. Hay asuntos de otra hondura sentimental (más trascendente y de más poso en el alma que la música de una banda de rock) que dan el finiquito y el mundo sigue girando, pero no deja de ser razonable que el corazón se te venga un poco abajo y pienses: "No habrá más discos nuevos de R.E.M. nunca, perderé la emoción reconocible de desprecintar un álbum y dedicarle unos cuantos días para sacarle todo el jugo, el jugo bueno y el jugo malo". Apunte: Desprecintar es un verbo que puede ser sustituido por otro que el lector cómplice decida a beneficio de su causa. Porque R.E.M. hicieron discos fantásticos (Green, Automatic for the people, Out of time) y discos lamentables (Around the sun, Up). Subsisten las canciones, el empeño en hacer básicamente un rock asequible (en su mayor parte) y ser en todo momento, incluso en los malos, gente creativa, concienciada en la labor de las estrellas del rock para hacer de este mundo uno mejor, más llevadero, menos injusto. 
La Warner les pagó 80 millones de dólares por cinco discos y sacaron los cinco peores discos de su carrera, los que menos ventas produjeron. Los que no le dieron la espalda fueron los fans acérrimos. R.E.M. tenía una legión de adeptos viscerales al modo en que lo tienen solo unos cuantos grupos en la historia del rock. No fueron (como algunos clamaban) la mejor banda del planeta, pero estuvieron durante casi tres décadas en lo más alto, en ese olimpo de vértigo y de fiebre que en ocasiones produce en quien lo padece el colapso que ahora han sufrido. Estaba cantado, nunca mejor dicho. Mi amigo Stipey (uno de esos fans de corazón) le ha dolido lo suyo, pero razona que todo seguirá su curso y siempre tendrá a mano la obra clásica, las piezas que le acompañaron durante una muy buena (y dichosa a su decir) parte de su vida. La mía ha tenido mucho R.E.M. de modo obsesivo. Etapas con Stipe en las orejas a tiempo completo y etapas en las que no me apetecía en absoluto escuchar de nuevo Drive o Losing my religion, dos de mis canciones favoritas. Salvo Kind of magic, ya saben, Miles Davis, no hay casi disco que resista el paso canalla de los años. Ninguno que no haya entrado en algún momento en colapso. Así que imagino lo difícil que debe ser mantener una banda treinta años y seguir en estado de forma, haciendo esos prodigios de una hora cada poco tiempo siempre y cuando que no pertenezcas a los Rolling Stones, claro. R.E.M. RIP, pero hoy me voy a colocar Green en los cascos y voy a disfrutarlos otra vez. Además es Viernes. Qué más podemos pedir.

21.9.11

Soy un sentimental léxico, soy un lexicómano tóxico

Secundípara:
adj. Aplícase a la mujer que pare por segunda vez.

Moriré sin haber pronunciado secundípara. Importa escasamente que sepa qué significa porque no tendré ocasión de usarla. Tampoco ajear: el ajeo es el chillido que da la perdíz cuando se ve acosada. Tiene el boscoso idioma español palabras asombrosas a las que jamás acudimos, pero que están ahí, a la espera de que las pronunciemos. Mi amigo K. se prendó de la palabra pusilánime, que no es retorcida ni se escapa al común de los hablantes, pero que poseía a su entender una sonancia formidable, una influjo hipnótico, un veneno dulcísimo. Estuvo un día entero usándola a tutiplén. He escrito a tutiplén y he vuelto a pensar en las palabras. Hay días en los que uno no piensa en lo que las palabras esconden sino en cómo se enseñan, qué traje usan para airear lo que pensamos...
 
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20.9.11

Mentiras librescas


La imaginación no es la mentira: lo leí ayer en un diario a propósito de un libro recién salido a la venta. No alcanzo a recordar de quién, sí la sentencia firme sobre la naturaleza misma de la creación, sobre el hecho de fabular, de hacer que la ficción sea el motor que mueve el mundo. Y no lo es en modo alguno. Ganan los mercados, la voluntad de vender y la voluntad también de comprar. Piensa uno que la vida se resume en ese trueque precario. Basta mirar la estantería de libros que tenemos en casa y comprobar cuántos de esos libros todavía no han sido leídos.

El territorio de lo mentido trae una extensión moral que la imaginación desconoce. El escritor, no obstante, es el gran embustero, el mentidor sublime, es el que desoye la verdad y negocia con el diablo de las mentiras en beneficio de la trama. El lector, incluso el más inocente, el menos integrado en ese pacto tácito, agradece esa manipulación. Ya hay suficiente verdad afuera, parece decir. Pero paradójicamente hay más verdad en la literatura que en la vida. El escritor llega más lejos y llega más hondo manejando mentiras. El basado en hechos reales no da confianza: la fidelidad sin quebranto a lo real resta emoción o belleza o ambas al tiempo. La verdad carece de intriga. Lo que es cierto o se empeña en demasía en no contradecir a la verdad no nos interesa tanto. De todos los géneros es el biográfico el que siempre me interesó menos. Será por eso. Porque miente poco.

19.9.11

El cine sin periferia




Escribió la frase más trascendente que yo haya leído a propósito del cine, pero podemos aplicarla a la literatura o a la música. "Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: No debes aburrir". Y no aburrió con sus películas. No le importaba el formato, el atrezzo, el modo en que la historia debía contarse. Fue un maestro de la alta comedia, la fabulosa screwball americana, con La fiera de mi niña. Su Scarface es la piedra capital sobre la que construyó el cine negro. El sueño eterno, la joya de la corona: críptica, alambicada y preciosa, pero no aburre. Y es que a Howard Hawks le fascinaba la escritura cinematográfica, el cuento contado sin imágenes. Era un narrador, por encima de todo, y cuando terminaba de filmar solía abandonar los aspectos técnicos como el montaje definitivo a otros siempre que no hicieron tambalearse la claridad expositiva o el ritmo trepidante. No hay una sola película de Hawks que sea morosa y parezca enquistarse, encallarse. El cine de Hawks fluye, discurre, avanza con la sencillez de lo que no precisa dobleces, meandros de la literatura. Eso pensé anoche viendo de nuevo Me siento rejuvenecer: que no hay periferia al modo en que la periferia (el acicalado, el arreglo externo y extremo) existe en otro cine.

Howard Hawks gastó la independencia que no tuvieron otros: él se producía las películas. Así hizo Tierra de faraones a pesar de que el negocio del cine le confiaba, como en un cuchicheo, que el cine de época, de pirámides y áspides no era el favorito del público. Todas los géneros son buenos, solía decir. No hizo cine de ciencia-ficción, pero quizá porque los medios técnicos no estaban a la altura de las circunstancias. Murió en 1.977 cuando el género comenzó a tomar altura.


Una de mis películas favoritas de Howard Hawks es precisamente ésta: Me siento rejuvenecer, apoteosis de la inteligencia arrodillada ante el humor. La he visto, al menos, en diez ocasiones. Y no me siento nunca con la pureza mental suficiente (hace falta eso) para escribir algo sobre ella. Hay algunas películas a las que me cuesta entregar mi incontinencia sintáctica. 2001, una odisea del espacio es otra, pero no nos olvidemos del maestro. Hoy he visto una fotografía suya en una página de cine. Y he pensado en Luna nueva y en Tener y no tener. Y su frase, la del aburrimiento.Y he vuelto a revisar las cosas escritas, los textos vertidos aquí sobre las cosas que me gustan, y he releído éste, al que le he lavado la cara bloguera y le he puesto un párrafo nuevo. Hoy mi personaje favorito del día es Howard Hawks. Anoche (durante unas horas) lo fue Juan Carlos Navarro, pero no es ésa la historia de esta historia. Ven qué fácil es irse por las ramas. Duele la periferia si no se es un genio.

13.9.11

Toma Stendhal


“Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”.
STENDHAL


Mi amigo Antonio me dijo ayer que padecía el síndrome de Stendhal. El síndrome de Stendhal no existe, le dije. Nadie en sus cabales se satura viendo belleza. Entra en lo razonable que uno se aturda levemente, un parpadeo de placer, una quemazón repentina en el brocal mismo del alma, pero nadie enferma de belleza. No conozco a nadie que entre en trance cuando ve un cuadro de Pollock en una galería  o cuando escucha música de cámara en un jardín victoriano. Nadie que pierda la noción de las cosas cuando se pone a leer a Kavafis en serio o cuando entra en una iglesia del siglo XV está en su sano juicio. No es alguien fiable, alguien capaz de memorizar la lista de la compra o charlar sobre cómo va el Madrid en la Liga de Campeones, alguien con quien compartir las cosas terrenas, los asuntos que no desbocan el pecho ni perturban los saltos sinápticos dentro de la cabeza. Tú lo que eres es un sentimental, Antonio. A ti no te dan mareos viendo la obra completa de Galdós en una estantería ni escuchando Sealed with a kiss (versión Bobby Vinton) en unos Jamo de mil euros por tweeter. Lo que tendríamos que saber es si Stendhal padeció el síndrome de Antonio, el síndrome Sánchez, expresado de una forma menos pedestre, colocándole un apellido al malestar y buscando un rinconcito en el google para que a partir de ahora posea rango global y alguien lo tome en serio.

El síndrome de Sánchez consiste, muy contenidamente expresado, en el cuadro clínico que manifiesta quien se expone muy intensamente a la presencia de un amigo y celebra con pompa, trompetería y todo lujo de circunstancias las menudencias que comparten, los bares que visitan, los chester que se fuman y los recuerdos aireados a beneficio de esa amistad. Padece síndrome de Sánchez todo aquél que haya sentido esa especie de shock tóxico, quien se reconozca privilegiado por tener amigos. No precisa medicación y carece casi por completo de efectos secundarios. En algunas ocasiones el afectado pierde la noción de las cosas, el cómputo de las horas, el sentido más primario del arte y de las manifestaciones espirituales del hombre y cree (confundidamente) que padece el síndrome de Stendhal, pero el síndrome de Stendhal no existe: nadie con dos dedos de frente (Antonio debe andar por los doce y yo ando en esos números) se embelesa ante la belleza al punto de confundir un aria de Verdi con una fuga de Bach, un concierto de la Vargas Blues Band con uno de Emerson, Lake and Palmer y, sobre todo, la correcta ortografía de la palabra quelífero aplicado al muy repugnante mundo de los artrópodos. Lo cual conduce a otro asunto que, como éste, quizá no debería haber entrado en la rutina de escritos (por críptico, por cerrado, por doméstico) pero que yo he disfrutado mucho en rendirlo. Las promesas, Antonio, hay que cumplirlas. Toma Stendhal, my friend. Ahora atrévete a llevarme la contraria. Como dicen en Granada: ni Stendhal ni...



No está dedicado a Antonio Sánchez Huertas. Es un texto de Antonio Sánchez Huertas, mi hermano carismático, el ser en el que abrevan los excesos. Nunca hemos hablado de Pollock, pero Pollock no le produce síndrome de Stendhal. A mí, lerdo en esas honduras del Arte, Pollock me aburre muchísimo.

9.9.11

El amor, la muerte, el enano, la furcia (Primera parte)


El amor, a decir de Ovidio, dispara dos flechas de efecto contrario. Una, forjada en oro, procura amor mientras que la otra, cerrada en plomo, entrega quebranto a quien sufre la ponzoña del metal. El amor, oh nudo dichoso, oh gran capital del alma, tela bordada por Himeneo, luz invisible que mueve el sol y también las estrellas, conviene de vez en cuando, pero hay quien sostiene que harta igual que embelesa, que satura en la misma medida en que conforta. Que el amor absoluto hiere más que sana y que su falta, en ocasiones, protege de las penurias de los años y hasta cuida de que sobrevivamos al vértigo y a la fiebre y no precisemos ángel de la guarda que nos guía ni mano noble que nos acaricie. Era el enano Melquíades Zambrano hombre preocupado por estas frivolidades del apetito metafísico. Leía con devoción tratados sobre el amor y hasta recitaba en público, con mejor dicción que compostura, los versos de los grandes poetas, subiendo y bajando el timbre, declamando como solo los actores muy expertos y confiados saben hacer cuando se entregan en el escenario a su público.

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7.9.11

Elogio y didáctica de la alegría


Al mundo quizá le falte pedagogía, ganas de convertir las artes más secretas en disciplinas asequibles. Incluso es posible manejar la posibilidad de que en ese volcado de buenas intenciones se entregue, sin quererlo, un modo nuevo de afrontar los abundantes pesares con los que el azar se distrae en contrariarnos. Digo el azar por no entrar de lleno en las razones del mal que asola el mundo, pero detrás del azar hay raciones de mala lecha a espuertas. Digo mala leche por no entrar más de lleno en esas razones y porque tal vez no sepa yo (en mis cortos alcances) cómo se gobierna y se desgobierna el alma, cómo el hombre se desentiende de la bondad y del amor al prójimo y se abraza sin ambages al medro sucio y a las limpias ganas de joder al prójimo. En la fotografía que ilustra este arrebato de miércoles está el bueno de Dizzy Gillespie impartiendo alegría. La escuela debería incluír en sus muchos planes de estudio un protocolo que elevase la alegría al motor que lo mueve todo. Miren ustedes a estos niños arracimados sobre el embajador del jazz del siglo XX. Están aprendiendo a vivir. No se equivoquen: no es únicamente jazz lo que envuelve el ambiente fotografiado, es vida. Y a partir de ahí contamos de otra manera la convivencia entre los iguales, el procedimiento a partir del cual hacemos de este mundo un lugar menos terrible en el que vivir.

6.9.11

Y cómo esperan que sonría



Blasfemo, irreverente, goloso de encontrar sustancia en lo que ya no la tiene, en lo que está exprimido, en lo que otros han metido las uñas y han rascado por ver qué hay debajo. Uno llega tarde a tantas cosas. Así que esta monalisa es la más excitante que he visto de todas las monalisas excitantes (la misma, en diversas circunstancias, en formatos tópicos y distópicos) que se me han puesto delante. Si alguien sabe quien ha obrado este pequeño milagro óptico haga el favor de manifestarlo en los comentarios. En el infame 3D la pondrían a darle vueltas a la cabeza. No me interesa la profundidad en este caso. Está bien de esta guisa. No escatimen fantasear con la opción zombi.

5.9.11

The show must go on




Le desocuparon del cometido al que estaba orgánicamente predestinado y le redujeron en ocasiones al papel bufonesco que él mismo solicitó a beneficio personal, por darle altura lúdica a su paso por este mundo. No se privó casi de nada y esa falta de pudor le pasó factura. El peaje fue el cese de la actividad, la rendición final, la cortina cayendo y el show cerrándose con su exquisito inventario de placeres y de quebrantos. No fue en la intimidad, a lo leído, un descerebrado que se despeñara en ningún abismo de promiscuidad y de toxinas, pero navegó las aguas que se le antojaron y no tuvo reparo en evidenciar que de esa navegación tumultuosa se extraía la felicidad contagiosa de su música, de su entrega total hacia quien asistía a sus monumentales conciertos y se empapaba de Mercury hasta el desmayo acústico y el colapso óptico. Era un showman completo como quizá no haya habido otro. A ese disciplina mediática se agrega con facilidad el resto de bondades requeridas para ser la estrella del rock and roll que fue. Y lo fue mayúsculamente. Lo vi en Marbella junto con May, Deacon y Taylor en el tour A kind of magic. Eran años de descubrimientos y de prospecciones en lo personal, de ir a buscar sin saber qué podía encontrarse, pero esa experiencia, el concierto en sí, contemplado a escasos diez metros del escenario, solo, sin otra compañía que mi devoción por la banda y la certeza de saberme espectador de un momento sublime e irrepetible, está todavía presente, tantos años después.  Recuerdo cantar la rapsodia bohemia a pulmón perdido y recuerdo también notar cómo se me saltaban las lágrimas al escuchar las primeras notas de Love of my life




Hoy el Google le ha dedicado este hermoso tributo al celebrarse su sesenta y cinco cumpleaños. Una edad estupenda para seguir desgañitándose, haciendo discos y montando conciertos por todo el mundo. De seguro que estaría fibroso y viril, entregado al cometido ése que le venía de perlas (entretener, deleitar, conmover, hacer que el mundo sea algo más hermoso durante los seis minutos que dura Bohemian Rhapsody, pongo por caso) y que ejecutó con desparpajo hasta que el cuerpo cedió al peso de los muchos excesos y dejó de cantar y de colocarse la capa de terciopelo y la corona de la pérfida Albion. Tengo amigos que saben lo mal que lo estoy pasando al escribir este texto íntimo y minúsculo. Saben que me cuesta expresarme en lo que verdaderamente me importa. De hecho creo que es la primera vez que hago el esfuerzo (lo es, no lo duden) de escribir sobre Freddie Mercury. Me marcó en esa etapa de la vida en la que, ya digo, uno va haciendo descubrimientos y va construyendo el edificio en el que va a vivir el resto de sus días. El mío está un poco en deuda con este hombre descomunal, privilegiado y honesto en el oficio al que se arrimó para ser feliz mientras estuvo en este mundo y hacer feliz a quienes acudían a su presencia a recoger las migajas de su talento. Descansará en paz en un cielo en el que no creo, pero al que es imposible no mirar cuando las cosas te tocan en el alma y sabes que estás desprotegido, vulnerable, expuesto.

4.9.11

Extraña fruta



De Billie Holiday conserva uno la voz. La conserva al modo en que uno tutela lo que verdaderamente nos importa y a lo que se acude cuando las circunstancias lo exigen. Hablamos en este caso de las típicas circunstancias perniciosas, las que fragmentan, las extraordinarias. A la música se le exigen oficios que cumple con colmo. Se le pide que restituya el ánimo caído o que acaricie la piel vencida por cien estragos o que vigile el quebranto y en lo posible lo rescate y veamos, al final de ese trayecto, la luz, un tipo de luz sublimada, es cierto, hecha a medida de nuestros apetitos, pero luz al cabo, refugio si el buen lector desea nombrarla así. La voz de Billie Holiday es un asidero en el momento en que a veces no hay asideros. Yo la tengo a mano y me ha servido en las ocasiones suficientes. Luego podemos buscar el argumento inverso y darle a la música la función tóxica que de vez en cuando también le encomendamos. Si uno está muy triste y no desea salir de ese estado de penuria moral y de grisura anínima le basta abrir el cofre de las canciones tristes y meterse una dosis soberana. También he vivido así. Hay discos que sirven para elevar y discos que sirven para hundir. Hay personas que buscamos para sentirnos vivos y personas que buscamos justo para lo contrario. Somos trágicos en nuestros vicios. Queda la fotografía, en su tragedia también, exhibiendo el vaso (en un punctum proverbial) y la figura casi enlutada después, la mujer reducida al lamento orgánico de su voz, poniendo timbre y dramaturgia a los textos. 

La memoria de un replicante






Cuenta Rosa Montero en una entrevista en televisión a propósito de su novela Lágrimas en la lluvia que la memoria es una construcción de la voluntad y deja caer la idea (sostenida por una de sus protagonistas) que las personas seriamos en el fondo una especie de replicantes por esa memoria a intervalos, frágil, voluble, que casi nunca se parece a lo que pretende recrear y que casi siempre se escapa y prefigura o crea una realidad libre, un espacio mítico donde el dueño de los recuerdos los retuerce y los conduce a donde le place. Y preparando la cena, en la cocina, oyéndola hace unos minutos he pensado en todo esto, me ha trastocado el apetito (una minucia nocturna con una buena cerveza alemana) y me ha obligado a leer la novela cuanto antes. Será la influencia de los medios, las campañas de márketing, la propia Rosa Montera hablando como habla, suelta, dicharachera, portadora de un universo rico y de una forma absolutamente eficiente de propagarlo.Volvemos muchas veces a Philip K. Dick. El título es precioso. El verano está terminando, he terminado nuevamente Moby Dick (lo leí hace tres veranos y he vuelto éste a su locura metafísica) y estoy goloso de ciencia-ficción.

3.9.11

El jazz es un hilo invisible que recorre cientos de kilómetros



Jazz en una tarde gris de sábado en Córdoba, abalconado en casa de mis padres con un móvil en la mano, mirando las casitas del Campo de la Verdad, viendo cómo el gris de las nubes cubre tejados y presagia quizá un arrebato minúsculo de lluvia, escuchando un concierto de Javier Denis que ocurría en ese momento unos kilómetros más al sur. Hay otras vías de paladear el jazz, pero ésta posee la virtud de la improvisación. La misma improvisación sobre la que se fundamenta el jazz. El procedimiento es sencillo, pero no siempre lo sencillo está reñido con lo sublime, con lo que trasciende: arrima uno el móvil al escenario y deja que la música fluya, aunque la batería se descargue del todo y no lleguemos al final de la pieza. Se oye a lo lejos, Paco.
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