30.7.11

El espejo cumple cinco años

Cuento a veces que abrí este blog porque me rompí un dedo al borde mismo del mar. Recluído en una habitación sin vistas (entonces) y amablemente tratado por quienes tutelaban mi convalecencia, decidí escribir sobre cine y buscar en la red cómo publicarlo. Del entonces marbellí al ahora lucentino han pasado cinco años (más o menos justo ahora) y más dos mil quinientas entradas. Si el amable lector hace cuentas mi incontinencia verbal sale a más de un post al día. Escribo menos (la verdad) y escribo más caóticamente (eso siempre es bueno) pero sigo a pie de tecla, festejando la escritura y la realidad, no sé en qué orden. Sin lectores probablemente continuaría escribiendo. Lo hice antes de que existiera los blogs y no pensé casi nunca en que mis cosas pasaran de la mirada normalmente condescendiente (amigos, al cabo, eran mis habituales) a la de un público anónimo, amplio (casi trescientas mil páginas vistas en ese lustro), a menudo también amable y del que he extraído al menos algunosbuenos amigos (Álex, Miguel, Ramón, Rafa, Mycroft, Ana, Joselu, Paco Machuca, Refoyo, Tomás, Juan) y otros pocos que me dispensan afecto y a los que el azar o la distancia me impide siempre tratarlos e invitarlos a una cervecita por el rato prestado. Es, por consiguiente, el post del lustro. No sabía hoy de qué escñribir y mi incontinencia (incluso estival) me ha empujado a esta revelación (impúdica) de lo mío. Mi mujer dice que me encanta hablar de mí mismo. No le quito jamás la razón. Un lustro de blog, en fin. Lustro sin lustre a veces. Me lo dice K.: frena, tío, no te enseñes tanto, guarda ganas, no es bueno explayarse tanto. Ningún caso. Al Espejo se le ha sumado la Barra Libre. Más ventanas al mundo. Qué bonito es lo bonito cuando es bonito, ¿verdad, Antonio?

29.7.11

El mal


Un alto cargo noruego al tanto de la investigación policial sostiene que el tal Breivik no padecía locura alguna. Estuvo el muy tarado doce años planificando la trama de su brutal ingreso en la Historia. Hedonista, al parecer, se rehizo la cara, acudía al gimnasio con frecuencia y escribió en su diario lo que iba a hacecr una vez acabara la masacre Ir a misa, beber y contratar dos prostitutas. Pero todo eso va a formar parte de la biografía infame izada para indagar en la psique del criminal, Lo que está al caer es la adhesión de los iguales, la intimidad en la barbarie de quienes no se alarman por todo lo que ha sucedido, los brindis en privado por la hazaña. Está el mundo mal (ya lo he escrito esta semana eso en un par de ocasiones) y hay condiciones ideales para que vaya a peor. Será cierto que somos una especie vil por naturaleza. Que estamos diseñados para ejercer el mal y que lo otro, el bien, el afecto entre unos y otros, las palabras dulces y los gestos justos son sólo unas líneas de texto, algún capítulo suelto de la novela macabra del hombre sobre el suelo que pisa.

El anuncio


Comparecer en Moncloa en pleno ecuador del verano, con las maletas hechas para pillar bronce balear, dejando el país a merced de Moody's y de la madre que parió a la Merkel es un hallazgo metafórico, una especie de golpe bajo a la rutina que el calor suele traer a quienes en verano, salvo pelotazos del hit parade y algún que otro topless de famosilla en la playa, se entretienen comprando periodicos anémicos y viendo en la televisión, a la vera del aire acondicionado, refritos, concursos homicidas y pelis del oeste en blanco y negro. Pero el pueblo, convertido a su pesar en espectador, precisa vuelcos en la trama, giros imprevistos. Por eso Zapatero ha comparecido en Moncloa y ha dicho que la hoja de ruta sigue su travesía. No ha dicho pero se le ha visto venir la idea de que Rubalcaba tiene hasta noviembre, el 20, para engolosinar al público y hacerles creer que es posible todavía tomar altura, ponernos en el lugar donde nos corresponde, todo eso que al político, una vez le sueltan la lengua, dice para ocupar el timing de las cadenas de televisión. A falta de compromisos deportivo relevantes (lo de la gira americana de Barcelona y Real Madrid es un aperitivo de poco fuste) sale ZP y vocea que el bien de España precisa lo que antes era poco o nada necesario. Los políticos no tienen palabra: tienen frases. En una frase cabe el doctrinario de Pablo Iglesias o de Azaña y su posible reverso, tenebroso o no. Cabe un sí categórico y un no flemático. Un tal vez con una sonrisa condescendiente y un silencio como una catedral. En una palabra, sin embargo, no hay tanto hueco. Se dice de momento y se va como se escucha.
Otro asunto es el hecho de que entre tanta fecha libre el Jefe del Gobierno, el ínclito zetapé, haya escogido el 20-N. Fecha histórica entre todas las fechas marcadas en rojo en la Historia: muere Franco, comienzan en Nüremberg los juicios contra el nazismo, es declarado emperador romano Diocleciano, se casa la princesa Isabel con el teniente Philip Mountbatten en la abadía de Westminster, Durruti (sí, el de la columna) muere en Madrid, fusilan a Primo de Rivera, nacen Don DeLillo, Barbara Hendricks, Bo Derek o Pio VIII, mueren el ya mentado dictador, Robert Altman, León Tolstói o el archiduque Leopoldo Guillermo de Austria. Y cuando usted, estimable lector, se vista de gala (la ocasión merece la pompa y la circunstancia) y acuda a su colegio electoral, no podrá evitar pensar en todas estas efemérides históricas. Si no le tiembla el pulso es porque está ya usted de vuelta de giros en la trama, de golpes de efecto, de resurrecciones sin guión, de banderas que las iza la banda municipal y luego se las lleva un mal golpe de viento, de hojas de ruta que terminan siendo (ay, ojalá no) recortes de paseo. Por lo menos me ha salido una entrada extraordinaria: no se cómo iba yo a meter en el mismo texto a Bo Derek (tan rubia, tan de caballo por la playa de Sanlúcar, pechos al aire, sonrisa profidén) con el Generalísimo (tan diminuto, tan aflautada la voz, tan escasa la fotogenia, tan artero y mezquino el bastoncito de mando). A Pio VIII (tan vaticano, tan blanco) con el teniente inglés (tan cero a la izquierda, tan de traje y desfile en The Mall)



Seguiremos informando. Los periodistas están echando el agosto que hace lustros que no tenían. 




26.7.11

El viejo y la muerte


De Hemingway aprende uno a apreciar la concisión, ese ramalazo sin adorno de genio enfrentado a un mundo en el que sólo cuenta la épica, la furia, el músculo. Cuesta substraerse del personaje y entrar únicamente en el escritor. Los hay que construyen personajes de ficción de menor rango dramático o lírico o psicótico que ellos mismos. Gente por lo común afectada por dolencias que otros ni siquiera advierten. A Hemingway le afectó un padre suicida y una madre opresiva. No creo que se precise el concurso de estas circunstancias para forjar un escritor como Hemingway. Tampoco que haya que irse de este mundo después de haber paseado por el lado salvaje durante los días en que vivimos en él. El abismo siempre cobra su peaje. El de Hemingway no se palió con el reporterismo o por la literatura vivida a ras de sangre en la Cuba precastrista o en la España de la espantosa Guerra Civil. El veneno anduvo por ahí adentro hasta que el alzheimer galopante o los miles de daikiris, martinis, vodkas y whiskies terminaron de estragar el cuerpo de este estajanovista de la escritura, preocupado siempre por escribir mejor. Contaba que podría medirse en un ring de boxeo con ciertos escritores a los que admiraba, pero que había otros (Tolstoi, Chéjov) con los que no duraría ni un asalto. Todo lo medía en términos de músculo. La propia fiebre que le condujo a visitar como un peregrino los sanfermínes o que le hizo practicar la caza, la pesca en alta mar o sentirse como en casa en un frente bélico, sintiendo a diario la gloria y la infamia. Las batallas se producen siempre en el corazón, debió pensar. Por eso no pudo resistir (quién sabe) que el suyo se adormeciera o que la enfermedad le restase hombría, capacidad para afrontar el peligro, salir indemne de su influjo y sentarse en una buena mesa de madera, sacar su máquina de escribir y registrarlo todo. Se construyo a sí mismo por encima de lo que dejó escrito y selló al modo en que los escritores cierran sus tramas la vida que tanto amaba y que tanto le había entregado.
Anoche volví a leer algunos cuentos suyos. Me sentí defraudado en parte. No me estremecieron como antaño. Pensé en que hay tener cierta edad para dejarse apresar por la violencia de un escritor, por su magnetismo animal, marcado en frases lacerantes, en escondidos secretos que uno desvela a medida que se hace con los símbolos y con los trucos de la escritura. La de Hemingway era de un laconismo proverbial, de ése al que uno se afilia de más joven porque reconoce que el buen escritor (el de verdad, el mineral y el honesto) no se esfuerza en absoluto en lo que hace y lo deja ahí caído a beneficio de la parroquia habitual que espera la revelación de la dicha. Decía que me sentí defraudado en parte. También me pasó con Borges, con Cortázar, con Poe, con Lovecraft, con London. Con toda esa alta literatura que agarré al principio de todo y con la que me sentí en deuda eterna. Sigo estándolo. El que está sintiéndose un poco ya viejo y cansado tal vez sea yo mismo. No es una dolencia caprichosa, útil para cerrar este escrito: cambiamos conforme crecemos, no tenemos a veces nada que ver con un posible yo que fuimos, no está, desapareció en el combate desigual de los días. Vean a Ernesto amenazando al personal con la escopeta. Está escribiendo. En su cabeza está montando frases, hilvanando una trama, buscando un título para un cuento.

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24.7.11

Ha muerto Elliot Handler, creador de la Barbie...



Está el domingo noruego, hermanicida y fúnebre. Un tarado se ha encargado de distraernos del verano puro, encallecido de turistas, entretenido el personal en aliviar el calor, la crisis y la tristeza infinita de que en África mueran como moscas los nativos a los que el azar, ah el azar, no les premió con nacer en una casa barrida y honesta, felizmente ocupada por gente sin otro stress que la batería de sus smartphones. Se le echa más prosa periodística al fallecimiento de Amy Winehouse que al desmoronamiento progresivo de la justicia cósmica representada en la hambruna somalí. Está el domingo abalconado en la muerte, en la muerte como un personaje súbitamente ingresado en esta trama de bancos a la deriva y de países endeudados hasta las trancas. Está el twitter que arde así que gana vodafone o movistar, que son los depositarios finales de la caja. Gana el emperador Murdoch, el ciudadano Kane del siglo XXI, sin Rosebud y sin hagiógrafos vocacionales que lo eleven a la altura inmarcesible de la Historia. Está todo en un estado idílico de perplejidad que, a la postre, beneficia al espectador, al que asiste a la función a salvo de que le salpique la mierda. Se puede oler la carne recién sacrificada, convertida en unos y en ceros, salvando la distancia entre los pueblos por el éter digital. Se mezcla el acontecimiento trivial de la muerte de Amy Winehouse (a pesar de la pena que produce que alguien joven, con talento, se pierda para siempre) con la brutalidad insoportable de un loco vestido de policía impartiendo la justicia que otro loco le habría susurrado al oído. Están los días, el difícil hoy y el presentiblemente terrible mañana, envenenados nada más abrir el sol en el alto cielo. Tampoco crean que de noche, en el mítico territorio de los sueños, flaquea el mal, la percepción infame de que esto no es justo ni tiene visos de que alguien le aplique justicia alguna. Arden los móviles con sus trending topics: Noruega, Somalia, Winehouse. También ha muerto Elliot Handler, el creador de la Barbie, esto lo acabo de leer en una página suelta del diario. Uno de esos titulares que te hacen pensar en lo extraña de esta trama. Mal escrita, mal escenificada y con un público quejoso, exigente y frío como un cubito de hielo alojado en la nuca. Habrá que buscar al guionista y decirle tres cosas.

Este azul

Poseo la habilidad de abstraerme y recluírme en mis cosas, en la creencia de que estoy bien abastecido de ficción como para esquivar el imperio de lo sensible, de lo que la realidad nos tiende a modo de reclamo. No sé si esta fuga conviene siempre. Sé que es fantástica cuando uno la busca de veras y la encuentra. No habiéndome aburrido casi nunca, no he sentido en ninguna ocasión pereza para abrir un libro, perderme en la historia de una película o acudir a quienes tengo a mano (los amados, los amigos, los allegados) para no sentir el pánico de no saber qué hacer. Dice hoy Caballero Bonald en El País que tiene la impresión de que la infancia ocurre en verano. La mía ocupa algunos veranos y algunos inviernos. Uno de los placeres más adictivos que existe es apoltronarse en un buen sillón (de orejas, mullido, hondo como el alma de un personaje de Macbeth) y sentir piernas arriba el cálido abrigo de un buen brasero. Si a este aliño sentimental le integramos un día de lluvia, uno de esos días grises, un día norteño, como dice mi amigo K., la sensación de no poder ser más feliz es indiscutible. Ahora, mientras escribo, observo un inconsciente cielo azul. El azul mágico de los azules primordiales, ese azul sin eventualidades que imagino uno eterno, como si ningún rastro de nube pudiese variarlo, modificar su entera perfección, ese inmutable atrezzo cromático que ahora me ilumina.
Observo tejados ocres, el mar a poca distancia, palmeras de verano puro, toda la consistencia impasible del día ofrecido como un don primario, pero el cerebro posee sus leyes internas y procede a su antojo, libando lo que le place, entrando y saliendo caprichosamente de mis vicios a sus vértigos, impidiendo (en todo caso) que se malogre la inocencia sobre la que construyo a diario mi estar en el mundo. El cerebro es un pobre iluso, en el fondo. Los billones de células nerviosas que soy me hacen sentirme un emperador de cuento. Dentro del cerebro, cabeza adentro, a ras de todos los secretos y de todas las revelaciones, el hombre es un dios. Y en alguna habitación sin amueblar, despejada de distracciones, guardo el azul del verano de la niñez, los paseos por un paseo marítimo a la caída de la tarde, recién abierto el mundo. Eso es a lo que se refiere Bonald. Probablemente el verano fija con más entusiasmo los azules y los verdes inagotables, pero ahora (qué quieren que les diga, soy caprichoso por naturaleza, no tengo orden, me lo dice mi mujer) pienso en mi infancia en la calle Jaén, en Córdoba, despertando un sábado por la mañana, abrigándome como debía y saliendo con mil juegos en la cabeza, sin pensar en la temperatura del cosmos, desprovisto de los argumentos disuasorios que después, en la edad adulta, arruinan tantas aventuras prodigiosas. Hay veces que no me aclaro, por supuesto. La memoria es un vértigo y una fiebre. Uno la domestica como puede, la adiestra para que no se haga perezosa y pierda fuelle, brío, la rutina formidable de volver a contar las cosas de vez en cuando. Escribo para que no se me pierda lo que amo. Busco las palabras para apuntalar la piel que habito, precioso título (por cierto) para la última película de Almodóvar. Confío en las palabras. Cuando me faltan, en el momento en que no acuden si las llamo, flaqueo, me pierdo en el azul impecable, en la abstracción sin propósito del universo considerado como un mapa de mi cerebro.

Hasta que las estrellas revienten en el cielo de Beverly Hills



Soy Tom Waits y ya no soy un hijo de puta. No me pregunten cuánto vale un gramo de coca. Pregunten otra cosa. Por mi mujer o por los concursos de la televisión. No leo libros ni periódicos. Me da lo mismo si ganan los demócratas o los republicanos. Obama es negro, de acuerdo. B.B. King sigue de gira a sus 85 tacos, pero John Holmes se fue al infierno con la polla ardiendo y sin un céntimo debajo del colchón. Haría lo que sea por redimirme. De hecho ensayo salmos cada noche. Rezo al cielo infinito y me hinco de rodillas, cerrado el corazón, callada la boca, pensando en mis adentros la salmodia que me exhima del tabernario relato de mis pecados. Fueron muchos y todos se conjuraron para que mis canciones describieran el estado putrefacto de mi alma.

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22.7.11

Telenovelas


Si a las series que arrasan en televisión (The wire, Fringe, Los Soprano, 24) las llamáramos "telenovelas"... En realidad el espíritu crónico de éstas prevalece, su serialidad doméstica, su manera sibilina de inocularse en nuestro ocio y modificarlo. Estamos dando de lado al cine para abrirnos sin pudor al imperio de las telenovelas. Esto no se podría haber dicho (mucho menos escrito, of course) hace veinte años. El video mató a la estrella de la radio. La televisión mató a todo lo demás. Mi cinefilia ha sido colonizada por la HBO. Como decían mis adorados REM: It's the end of the world as we kmow it, and I feel fine... Pues fine, fine.

20.7.11

Laura



Hay cinéfilos emperrados en encontrar en otros rostros rasgos de los que hicieron bullir su vicio. Éste es uno de los muy más míos. Ninguno (quizá) más hermoso que el de Gene. Se admiten (hagan) apuestas.

19.7.11

El resplandor eterno



Hay una parte de mí que se resiste a ver películas nuevas. Las hay antiguas que combaten fieramente la posibilidad de incluir novedades en la dieta cinematográfica. Me lo dijo K.: prefieres ver otra vez a Fritz Lang antes que salir de casa, ver la cartelera y pisar el cine grande, el de las luces apagadas. Y es cierto a medias. Encuentro en lo disfrutado un placer asombroso, revisitado, convertido en algo íntimo a lo que acudir para certificar la felicidad antes de que se produzca. Se trata, en el fondo, de eso: de buscar una garantía, un confort espiritual que no poseemos cuando entramos en el cine y no sabemos nada de lo que nos van a contar. Gracias a Billy Wilder eso no sucede siempre. Cerraríamos excesivas puertas. Sucede a veces. Sucede en las ocasiones en las que uno se siente de pronto hospitalario consigo mismo y decide ir a lo seguro. No lleva razón K. con lo de Fritz Lang, pero hay momentos en los que es imposible no dársela. Anoche volvió a suceder. Salí de casa con el pen drive bien cargado y elegí la historia romántica que ilustra la entrada. Cómo no pensar en Álex, que me la ofreció en bandeja, y en Luisa, a quien se la recomendé en idéntico transporte. Si el amable lector no ha tenido el gusto, déselo. Hágalo en breve. Será la primera vez de unas cuantas. Dejemos a Fritz Lang para el invierno. El nefasto título volcado al castellano (Olvídate de mí)  frente al rutilante inglés (El brillo eterno de la mente pura, he traducido yo) es el único obstáculo. El poema de Alexander Pope es el artífice del prodigio. Todo lo demás viene fluida y gozosamente.





18.7.11

La música invisible



¿ No creen ustedes que si arriman lo suficientemente el alma o el oído o la voluntad invisible de las empresas imposibles podrán escuchar lo que cantan Louis Armstrong y Velma Middleton? Es Summertime. Les juro que he puesto toda la fe del mundo en el empeño y me han salido de la negritud de la foto palabras sueltas (... and the living is easy... ) y hasta una trompeta descarrilando notas en ese aire negro y puro. Decía Woody Allen que la única fidelidad que iba quedando era la de los equipos de música. Los de alta gama. Esta fotografía es de una gama altísima. No precisa una restitución audiófila, uno de esos aparatos descomunales que reproducen hasta el zumbido de una mosca que se cruce en el juego de micrófonos del estudio de grabación.

A nosotros, los feligreses, nos interesa el alma. Está ahí, precisa, cómplice, pidiendo que se obre el prodigio de la belleza. Louis y Velma ya la han empezado. Si acercan un poco más la cabeza a la pantalla podrán escucharlos. ¿Oyen ya? Cuidado, no vayan a distraerles. Apaguen los móviles. Cierren los ojos. No hagan que se malogre por no haber realizado el esfuerzo suficiente. Si a la primera no lo consiguen, no desistan. Si un variado número de empeños no dan resultado es que no escuchan la música invisible. Yo mismo soy incapaz de escuchar cosas que otros, más en sintonía, registran sin aparente trabajo. Uno, al fin y al cabo, sólo escucha la música invisible que quiere. Para casi todo en esta vida hace falta una brizna de asombro, un hilo de extrañeza. Una vez extrañados, embutidos en ese traje fantástico, el corazón está razonablemente capacitado para escuchar la música invisible del cosmos, el pulso de las estrellas, el latido más diminuto de las cosas. Lo de elegir Summertime tiene su devoto destinatario.

17.7.11

El hombre que no tenía principios


 I
Sin el bigote pintado y el gran puro, borrada la sonrisa burlona, Groucho Marx no es Groucho Marx o no, al menos, el que recordamos por las películas. No es el galán zarrapastroso ni el ocurrente verbal. En realidad no he conocido otro que haya ametrallado más frases memorables. Da igual que se desajusten y no exista contexto al que arrimarlas. Valen sin considerar a quién se las decimos e incluso valen al margen de la conversación en la que las colamos. Del bueno de Groucho guardamos siempre escenas antológicas en blanco y negro. Atesoramos diálogos que no precisan que se memoricen. Ni siquiera hace falta que impostemos la voz e imitemos la del doblista al que le encomendaron borrar la voz de Marx y darle la suya. Escuché la original en su día, revisionando Un día en las carreras o Sopa de ganso, y tardé en hacerme con las inflexiones nuevas. Como si mi cabeza negase la fonética intrusa y pidiese la de mentira, la que nos vendieron. A lo que mi cabeza se ha negado es a mirar al Groucho Marx fotografiado por Richard Avedon a pocos años de su muerte.
El estrago de los años se fija en su mirada, en cómo los ojos no miran, en la forma en que no interrogan nada sino que dejan correr las preguntas. Al mirar, uno establece siempre un diálogo con lo mirado, salvo que no haya intención y el espectáculo que se abre ante nosotros no nos emocione ni nos turbe. Imagino que la memoria salva ese apatía óptica. Seguro que el bueno de Groucho es capaz de perderse en los laberintos de su memoria y extraer aquéllo en lo que fue un genio, uno de esos individuos sublimes que hacen cosas sublimes y procuran a los demás vidas más felices. La mía le debe a este anciano más de lo que ahora soy capaz de registrar en este texto.
A los ancianos se les debe siempre mucho, que viene a ser el depósito sentimental último de esta entrada. Les debemos la existencia del infinito pasado. Nuestro es el infinito futuro. Quienes estamos a medio camino de la ruta, obrada ya una buena parte y ofrecida otra, contemplanos la ancianidad como un asunto que exige el mayor de los respetos. Quizá sería una buena obra conseguir que los más jóvenes entendieran el valor de la vejez, la deuda adquirida con quienes edificaron el mundo tal como lo vemos. Y si la mirada se pierde y se desmorona a poco de salir de los ojos hay que guiarla y entender (en todo caso) que la vida vivida adentro ha sido asombrosa, enorme, conducida a golpe de júbilos y de miserias, de amor y de tristeza. Pienso en mi padre, Pepe, que trabajó a tiempo completo toda su vida y ahora entretiene la jubilación con paseos cada vez más cortos, excursiones cibernéticas muy de mañana y esa vida matrimonial que antes no disfrutó como debiera por exigencias del guión. Pienso en mi suegro, Gabriel, en todo igual a mi padre, en todo salvo en no poder disfrutar de quien ya no está y a quien tanto echamos en falta. Perdonen que el tramo final de esta historia haya incurrido en estos asuntos domésticos. 









 

 II/ Las frases

* El matrimonio es una gran institución. Por supuesto, si te gusta vivir en una institución.

* La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnostico falso y aplicar después los remedios equivocados.

* Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente.

* Bebo para hacer interesantes a las demás personas.

* Solo hay una forma de saber si un hombre es honesto: preguntárselo. Si entonces responde "Sí", ten la certeza de que es un corrupto.

* Estaba con esa mujer porque me recuerda a tí ... sus ojos, su cara, su risa...De hecho, me recuerda a tí más que tú.

* ¿Servicio de habitaciones? Mándenme una habitación mas grande.

* La política no hace extraños compañeros de cama. El matrimonio sí.

* El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla, está hecho.

* Soy tan viejo que recuerdo a Doris Day antes de que fuera virgen.

* Fuera del perro, un libro es probablemente el mejor amigo del hombre, y dentro del perro probablemente esta demasiado oscuro para leer.

* No puedo decir que no estoy en desacuerdo contigo.

* Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Y detrás de aquella, esta su esposa.

* El matrimonio es la principal causa de divorcio.

* Lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis y, cuando se han curado de la indisposición, se encuentran con que se han casado.

* Disculpen si les llamo caballeros, pero es que no los conozco muy bien.

* ¿Pagar la cuenta?... ¡Qué costumbre tan absurda!




* Debo confesar que nací a una edad muy temprana.




* Nunca entraría a formar parte de un club en el que admitieran como socios a tipos como yo
* No puedo decir que no estoy en desacuerdo contigo. 
* Nunca olvido una cara, pero en su caso haré una excepción.
* Nunca voy a ver películas donde el pecho del héroe es mayor que el de la heroína. 
* Me casé por el juzgado. Siempre pensé después que debería haber pedido un jurado. 
* Partiendo de la nada he llegado a alcanzar las más altas cimas de la miseria.
* Es usted la mujer más bella que he visto en mi vida... lo cual no dice mucho en mi favor. 
* Hasta luego cariño... ¡Caramba!, la cuenta de la cena es carísima... ¡Es un escándalo!... ¡Yo que tú no la pagaría! 
* Señorita... envíe un ramo de rosas rojas y escriba "Te quiero" al dorso de la cuenta. 
* El verdadero amor sólo se presenta una vez en la vida... y luego ya no hay quien se lo quite de encima. 
* No piense mal de mí, señorita. Mi interés por usted es puramente sexual. 
* Está loca por mí. ¡Qué mujer no lo está! Yo sé que va usted a preguntarme cuál es mi secreto... ¡Voto al diablo que sois osado! El secreto es no darles a entender que se las quiere. No ir nunca tras ellas. Que ellas vayan detrás de ti. Hay que avivar el cariño del amor con el abanico de la indiferencia...
* Oh! Nunca podré olvidar el día que me casé con aquella mujer... Me tiraron pildoras vitamínicas en vez de arroz. 
* ¿Quiere usted casarse conmigo? ¿Es usted rica? Conteste primero a la segunda pregunta. 
* -¿Por qué y cómo ha llegado usted a tener veinte hijos en su matrimonio? - Amo a mi marido. - A mí también me gusta mucho mi puro, pero de vez en cuando me lo saco de la boca. 
* M. Dumont: Dime Wolfie, cariño, ¿tendremos una casa maravillosa? Groucho: Por supuesto, ¿no estarás pensando en mudarte, verdad? M. Dumont: No, pero temo que cuando llevemos un tiempo casados, una hermosa joven aparezca en tu vida y te olvides de mí. Groucho: No seas tonta, te escribiré dos veces por semana. 
* ¿Me lavaría un par de calcetines? (...) Es mi forma de decirle que la amo, nada más. 
* ¡Hasta un niño de cinco años sería capaz de entender esto!... Rápido, busque a un niño de cinco años. 
* Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota. 
* No permitiré injusticias ni juego sucio, pero, si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, lo pondremos contra la pared... ¡Y daremos la orden de disparar! 
* ¡Cavar trincheras! ¡Con nuestros hombres cayendo como moscas! No tenemos tiempo para cavar trincheras. Las tendremos que comprar prefabricadas. 
* Chico: Un coche y un chófer cuestan demasiado. He vendido mi coche. Groucho: ¡Qué tontería! En su lugar, yo hubiera vendido el chófer y me hubiera quedado con el coche. Chico: No puede ser. Necesito el chófer para que me lleve al trabajo por la mañana. Groucho: Pero, ¿cómo va a llevarle si no tiene coche?. Chico: No necesita llevarme. No tengo trabajo. 
* Recordad que estamos luchando por el honor de esa mujer, lo que probablemente es más de lo que ella hizo nunca por sí misma.
*¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?" 
* Conozco a centenares de maridos que serían felices de volver al hogar si no hubiese una esposa esperándoles. 
* Creo que la televisión es muy educativa. Cuando alguien la enciende siempre acabo leyendo un libro.

* Durante mis años formativos en el colchón, me entregué a profundas cavilaciones sobre el problema del insomnio. Al comprender que pronto no quedarían ovejas que contar para todos, intento el experimento de contar porciones de oveja en lugar del animal entero." 
* En las fiestas no te sientes jamás; puede sentarse a tu lado alguien que no te guste. 
* Es una tontería mirar debajo de la cama. Si tu mujer tiene una visita, lo más probable es que la esconda en el armario. Conozco a un hombre que se encontró con tanta gente en el armario que tuvo que divorciarse únicamente para conseguir donde colgar la ropa." 
* Estos son mis principios. Si no te gustan tengo otros.
* Hace tiempo conviví casi dos años con una mujer hasta descubrir que sus gustos eran exactamente como los míos: los dos estábamos locos por las chicas.
* Hay muchas cosas en la vida más importantes que el dinero. ¡Pero cuestan tanto! 
* He disfrutado mucho con esta obra de teatro, especialmente en el descanso.
* He pasado la mejor noche de mi vida, pero no ha sido esta.
* Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna… 
* Camarero, hoy no tengo tiempo para almorzar. Traiga directamente la cuenta. 
* La próxima vez que lo vea, recuérdeme no saludarlo.
* Mi madre adoraba a los niños. De hecho hubiera dado cualquier cosa porque yo lo fuera. 
* No estoy seguro de cómo me convertí en comediante o actor cómico. Tal vez no lo sea. En cualquier caso me he ganado la vida muy bien durante una serie de años haciéndome pasar por uno de ellos. 
* O este hombre ha muerto o se ha parado mi reloj. 
* Paren el mundo que me bajo. 
* Pienso que todo el mundo debería creer en algo. Yo creo que voy a seguir bebiendo. 
* ¿Por qué dicen amor cuando quieren decir sexo?. 
* Que le den el 10% de mis cenizas a mi promotor artístico. 
* ¿Qué haría si pudiera volver a vivir toda su vida? Probar más posiciones. 
* Soldado: "General, ¿no se da cuenta de que estamos disparando a nuestros hombres?",General Groucho: "Tome un Dolar y guarde el secreto".







15.7.11

Para combatir el frío

Qué importa ahora
entregarnos al desatino delincuente de las horas
si la edad nunca está de nuestra parte
y el tiempo, esa puta provecta, niega
el festín más carnoso de los días.

Qué importa
el pecho acribillado a horas,
la palabra
postiza en el disparo, humeando, hostil y hosca,
las viejas rutinas
que nos dispensan del frío.

El cisne metafísico



Vi hace poco un cisne en un estanque tan a lo suyo, tan perfecto, que me vino una iluminación: quién fuese cisne, pero después caí en la cuenta del absurdo. Los cisnes, ni siquiera los de más acendrado fuste, cisnes (pongamos) con un coeficiente intelectual notable, cisnes de lago de Tchaikovski o negros de Oscar, disfrutan con todo lo que a mí me fascina y envalentona en una barra de bar, con los amigos, arracimados y frívolos, arrimando soluciones a los problemas del mundo bien aprovisionado de sintagmas, pertrechados de birra y humo, felices en la clausura consentida del stress o del vértigo de afuera. Y ensimismado en esta revelación, regreso a mis escarceos filosóficos y someto al dictado de la cordura (la mía, al menos) la existencia de Dios y el sexo de los ángeles. Cuando el cisne desaparece de mi cerebro, abandono estas cogitaciones imprudentes y me enfango en el fútbol y en el sexo, que me procuran deleites más terrenales. Lo de la religión va por días y va pudiendo la sensación de que vivo mejor sin el concurso de sus tentaciones morales. La condición de las bestias no les permite la razón ni la devoción teológica. Pero el cisne en El Retiro, tan a lo suyo, insisto, frente a la hermosa Casa de Cristal, no da para más y el post se cierra sin haber (as usual) dicho prácticamente nada. Ha sido mi cisne metafísico de hoy. Buenas las noches.

13.7.11

Fondos de escritorio


El paisaje de arriba es el no paisaje, la ausencia de paisaje, el paisaje convertido en su enemigo óptico, el asombro descabalgado del ojo y convertido en un manejo infográfico que apela más al cyborg que todos llevamos dentro que al paciente y bucólico observador de la naturaleza que se vino a perder en el siglo pasado cuando las máquinas robaron el numen y lo encerraron dentro de un sistema computerizado.
sigue en Barra Libre.

11.7.11

Dios, Rubalcaba y Mou


Terminamos siempre hablando de religión, de política o de fútbol. A veces incluso pensamos en esas tres cosas a la vez y las formulamos compactadas en una misma conversación. También se da bien, en casos, no siempre, ingresar el sexo en esa tríada maravillosa. Eso nos pasa a los hombres. Con unas cañas, embravecidos por el aplomo etílico, nos deslenguamos. O los toros, esa fiesta de estilistas de la puya. Tenemos esa facilidad fraternal de abismarnos en la conversación como quien franquea el vacío de un páramo en un sueño y de pronto pisa la cálida y jubilosa presencia de un oasis  Claro, hay quien no comulga, quien escucha hablar sobre Dios, Rubalcaba o Mou y se las ingenia para hacer como Bartleby y salirse por la tangente o, a las bravas, ni entrar siquiera en faena lingüística. Se me está ocurriendo que, contento de ron, es cosa de convertir en una santísima Trinidad a los tres, al Altísimo, a P. y a The Special One. Bien llevado el asunto, agitado el cóctel, pero no revuelto, si el ingenio aguza las ideas y las palabras se esmeran en salir las justas y las más hermosas, puede producirse uno de esos extraños hitos de la oratoria de bar en la que los amigotes abren la boca, tocan el hombro del que se explaya y piden otra ronda en honor del Castelar de turno. Ian Dury y sus mercenarios Blockheads lo expresaron más cristalina y pomposamente: Sex and drugs and rock and roll is all my brain and body need...

9.7.11

El hombre del día



El discurso de Rubalcaba ha sido trending topic en Twitter. Si lees de corrido la oración anterior te percatas de que estamos en un mundo cada vez más extraño.  Hay que estar muy metido en la tralla mediática para salir bien parado cuando en una frase te cuelan trending topic, twitter, microsite o link. De hecho no sabemos si fue un buen discurso o uno terrible el del candidato. Yo, al menos, carezco todavía de información con la que elaborar una opinión. De un discurso de este calado mediático sacamos a veces la brizna de lo digital, el humo de lo puramente cibernético. Será porque la realidad ya no está en la calle ni en las barras de los bares y si uno desea estar al tanto de cómo va su país debe dominar todas esas adquisiciones lingüísticas, la jerga con la que unos se distancian de los otros pareciendo en todo momento que todos estamos más interesada y festivamente juntos.
Lo de escuchar, hacer y explicar, lema de la campaña del candidato Rubalcaba, de pie hoy entre los suyos, moviendo arriba y abajo las manos, cerrando círculos en el aire al modo en que Joe Cocker cantaba With a little help from my friends en Woodstock, arengando a la tropa cómplice, vendiendo enciclopedias, libros de Bucay y conjuros de la tribu, está mejor si se aliña con la maquinaria de propaganda de moda, una que limita a 140 carácteres el texto de réplica, de adhesión o de repulsa, una que posee el regalo divino de llegar al tiempo que sale y de ser leído nada más acabar de redactarse. Una cosa buena, al menos, posee el twitter como instrumento radical de comunicación de masas y es su capacidad para crear una realidad paralela a la que se habla y de la que se puede esperar que construya una realidad alternativa o complementaria de la que es posible esperar la fundación de otra y así hasta que revienta la banda ancha. Véase para ilustrar el batiburrillo semántico que he montado la historia hartamente contada de las plazas árabes o de los acampados para percibir el miedo que la política le está teniendo al medio en sí mismo, no al contenido que tutela.
Al trending topic de la red se la ha llamado siempre la comidilla del barrio, the talk of the town, que dicen los ingleses. Si buscamos gente mayor, ajena a este guirigay de conceptos de la modernidad, y se les explica amena y pacientemente el modo en que funciona el twitter, por ejemplo, lo entenderán maravillosamente: es el antiguo cotilleo de barrio, el chisme del día, el que puede ocupar todas las conversaciones en la cola de la charcutería, pero se olvidan al día siguiente si el concurso de otro chisme nuevo supera al anterior. Piensa uno en el hit del verano, en la canción de los chiringuitos, la que no deja de sonar durante agosto y que después se desvanece como si no hubiese existido, en eso a lo que uno acude para empezar la conversación sin sospechar en qué pueda acabar. Suele pasar que luego no se sabe de qué cosa hablamos. Empieza uno hablando de Rubalcaba y termina recordando la mili que pasó en San Fernando.
Es lo que tienen los mítines, todas esas alocuciones públicas con vocación de aplauso, que luego hay quien se obliga a resumirlas en 140 caracteres y eso, ay qué pena más grande, precisa de una concisión narrativa que no todo el mundo posee. Nos gusta explayarnos, amontonar argumentos. Al propio Rubalcaba le ha pasado hoy algo parecido: ha dicho que en esta crucial ocasión prescindía del entusiasmo de antaño y se refugiaba en los argumentos. A ver qué hubiera pasado si lo hubiese tenido que resumir todo en tres líneas y publicarlo en su propio muro. Ya ven, yo no soy capaz de esa hazaña sintática. Me dan un folio en blanco o un editor en un programa informático y me tienen contento veinte minutos.

6.7.11

El agua mana dentro del tiempo


                                                          Rafael C. Roldán

                                                                  

No sé cuántas tarjetas de memoria tengo, pero en casa ya no hay cajas de zapatos llenas de fotografías. La memoria se fractura con estas renuncias dictadas por el hilo de los tiempos o convenidas para hacer llevadera la tarea de fotografiarlo casi todo ahora que  la cámara oscura ha sido sustituida por la alta tecnología y no cuesta nada registrar todas las puestas del sol del mundo y etiquetarlas en un archivo cifrado en un disco duro. Barthes decía que la fotografía era un ejercicio de suplantación al imponer el yo al otro, al imponer a lo registrado en la cámara un lenguaje propio, una manera de fijarlo, una especie de advenimiento fabuloso de la creatividad. El que mueve una cámara y busca un enfoque óptimo o una luz que le agrade se está transformando, aunque sea liviana y brevemente, en un artista.

La memoria no guarda películas, guarda fotografías, decía Kundera. Por eso admiro a quien estudia lo que observa y lo razona y lo traduce a la conveniencia de su propósito, el que ejerce de poeta y hace palabras de luz lo que a la vista carece de texto. Lo que la naturaleza le cuenta a la cámara es distinto a lo que le cuenta al ojo, escribió Benjamin. La narratividad de lo fotografiado excede a veces a la que proyecta la pintura. Es el ojo el que se siente cómplice de lo fijado en el papel, de ese instante en donde la realidad se detiene y se eterniza. La pintura, bien al contrario, es una narración ya avanzada en el momento en que se observa. Picasso ya contó algo. Rembrandt ya fijó una manera de pervertir lo que la naturaleza le ofrecía. El observador se dedica a seguir la senda, que está obligadamente ya marcada, abierta y en disposición de uso. Lo que se fotografía preserva un momento que de otra forma se perdería, se convertiría en pasto de la memoria pura, que tiende a deformar a su antojo lo que tutela. Man Ray fotografiaba lo que no deseaba pintar, las cosas que tienen ya una existencia.

Me gusta mucho el ardor con que Muñoz Molina habla siempre de la fotografía en sus sueltos de prensa cultural. No comparte la mezquindad con que algunos teóricos fijan la fotografía como un reino frío y fortificado contra el mundo, en un club exclusivo, en una secta dotada de la pertinente jerga, del imprescindible hermetismo. Al que ama la fotografía le gusta saberse partícipe de un privilegio que, en cuanto manifestación artística, no está al alcance de todo el mundo. El fotógrafo sabe que está contribuyendo a la construcción de un imperio de los sentidos, uno invisible, que se materializa en cuanto el ojo avisado, el que entiende los códigos y los patrones, los vicios y las técnicas, contempla el papel impresionado, aunque sea en una pantalla o en una televisión de última generación.

La jerga que nombra Muñoz Molina es fascinante: fascina por lo que tiene de precisa, por lo que abarca y hacia dónde se dirige.  Barthes, en su oficio, en ese hurgar en lo real y en ese subvetirlo, es un poeta, uno que no es indiferente a nada de lo que le rodea y se declara observador universal, paciente detective, obrador de un masa sensible que opera bien adentro de cada uno. Al pensar en Barthes pienso en mi maestro Luis Sánchez Corral y en cómo echo en falta conversaciones sobre la ficción y sobre la metaficción, sobre la violencia de la fotografía y sobre la prosa de Haro Tecglen en los bares que rondaban la Facultad, pero no hay ninguna fotografía que me permita no distraerme con los recuerdos y abrir únicamente los que de verdad produjeron el milagro de la palabra, de los gestos, de esa vida que ya no existe y que hizo probablemente que la de hoy sea como es, sin más.

Quizá se retrata el alma. Eso pensaban los antiguos, los primeros, los que dejaron el daguerrotipo y vieron la maravilla de la cámara fotográfica y cómo podían escribir la luz, detener el tiempo, todas esas cosas que en principio están fuera del alcance de uno y sólo se reservan a las deidades o a los poetas finísimamente dotados de sensibilidad y de genio. No creo yo en otra alma que no sea la que me asiste cuando la belleza me ronda. El alma es ese misterio que nos acerca a lo mágico. Yo he visto el alma de muchas personas alojadas en su retrato, en su cara entre otras caras, en su figura engañada entre otras figuras. El alma que yo conocí vuela de la fotografía a mi cerebro y me convence de que la instantánea es en verdad un mundo hermético al que sólo el portador de la llave, el obrador de la causa de la magia, se le permite entrar. He visto desfilar historias que no existían en mi conciencia y que estaban ahí alojadas, en la foto, en el teatro de las sombras compartido, secretamente custodiado en una caja de zapatos, en un disco duro, en un marco expuesto a la vista de todos, en las páginas de un libro, como un marcador emocional que nos guía y se convierte, a su modo, en un personaje más de la trama.

No tengo una gran cámara de fotos. Ni pienso tenerla. Soy de los que no sirven para hacer grandes fotografías como tampoco soy de los que puedan escribir una novela  (constancia, ay, dedicación plena, de la que no dispongo) o embarcarse en aprender a tocar un instrumento. Todo eso ha sido intentado y en todo he advertido obstáculos. Algunos, insalvables. Está bien que escriba de vez en cuando, en este balcón público. Esa es mi única contribución a la creatividad universal y tampoco sé si la ejerzo con oficio o es tan sólo un entretenimiento sin propósito, un registro, uno de esos diarios que escondíamos con empeño y que escribíamos a hurtadillas, privando al mundo del ser sentimental que en el fondo éramos. No tengo (decía) cámara de fotos de altura (como la que se gasta mi amigo Rafa, con objetivos escandalosos y precios de susto, da igual el orden) pero manejo una compacta más que competente (una Leica) con la que salgo de vez en cuando. Me limito a fijar instantes. La zambullida en el agua. El brindis en la mesa del bar. Los amigos fumando en la puerta del restaurante (ay ZP, qué sacrificio con los rigores de la canícula en el sur) o la de los hijos al pasar de los años, como testigo casi involuntario, del paso marcial del tiempo, de cómo nos vamos haciendo viejos, de cómo a lo que nos entregamos se hace rico y nos deja a nosotros bien pobres, como escribió Rilke. Mi pobreza es fantástica. Buscada. Advertida en su decurso y paladeada. Una pobreza que no precisa recursos ni patrulla de rescate. Admiro el trabajo ajeno y no siento ni vocación ni deseo de forjar yo uno mío. La aprecio, mi pobreza, en la medida en que me permite disfrutar de un arte sin tener que practicarlo, sin sentirme obligado a vivir en los dos lados, a sentir lo que se siente en ambos. Escribir hace mejor lectores y viceversa, me decía K. en una ocasión. No sé si ese argumento, que comparto a medias, sirve para el fotógrafo o para el pintor o para el que filma una historia de zombis sin haber echado un vistazo siquiera a la obra de Romero.

Hay una inclinación natural a lo sensible que no precisa de academicismos: se salda con ese numen misterioso que extrae lo deslumbrante de lo que en apariencia es rutinario y sencillo. Como el agua manando de la fuente de la foto de mi amigo Rafa. Eso ha provocado que escriba. Se lo debía. En un bar del centro de Córdoba charlamos de lo divino y de lo más acendradamente humano, decantando birras, fumando sin abuso, mezclando a Charlie Parker con Juan Luengo.




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