30.6.11

Eso es todo, amigos


El reclamo óptico no debe hacer pensar que este cronista de sus vicios va a cerrar durante el verano el kiosko. La confortable pereza del verano no desarma mi constancia bloguera. Rebaja otros asuntos a los que uno se ha confiado durante el resto del año y que, en la mayor parte de los casos, no eran casi en ningún caso nacidos de mi voluntad. Sólo me alivia lo que yo barrunto. Uno hace de operario de lo ajeno con el entusiasmo que puede y se emplea con fiereza en sacar el trabajo por el que le pagan y del que disfruta, pero cuando empieza el verano se ilumina una bombilla íntima y el cerebro doméstico engendra distracciones. Luego, a su término, se entiende que no se hizo tanto como uno pensaba y que la pereza, la bendita pereza del sur, venció como de costumbre. Incluso eso no tiene excesiva importancia. Así que eso es todo, amigos. Mañana empiezo a leer a conciencia. Como antaño. Mañana (palabra refugio de quien no tiene las cosas claras en demasía) preparo el arsenal de películas. Mañana quemo toxinas andando y desandando mi pueblo. Ojalá sea verdad. Débil de espíritu que es uno.


29.6.11

Mi Pepito Grillo



A veces uno pide un lugar limpio y bien iluminado, pero también se arregla con un rincón en el que no le molesten y en donde pueda perder un par de días de su vida sin tener que rendir cuentas a nadie ni que nadie venga a rendirle cuentas a uno. Un lugar para el abandono o para el desencanto. Un hueco en el atlas de las horas para aceptar las cosas como son o para no aceptarlas y gestar un plan que las desbarate. Un pequeño refugio para el arrobo personal del que salir iluminado o en penumbra, aunque a sabiendas del tiempo precioso empleado en alguna de esas dos relevancias cromáticas. Así vivir y así también dejarse morir un poco. Y no malgastar bajo ninguna circunstancia los créditos del alma en justificar la empresa a nadie. Mirar arriba. Mirar dentro. Mirar sin otro propósito que la observación premeditada y hermética. Contemplarse. Leer el día entero. Beber el día entero. Dormir el día entero. Ser hospitalario con uno mismo y no privarse de nada que nos haga sentirnos más felices. Hace tiempo que aprendí que la palabra que más daño ha hecho es felicidad. No existe. Hay días felices. Sería insoportable una felicidad inextinguible. Una de esas sonrisas eternas que no se desbartan con nada. Alegría conviene más. Pero tampoco se puede estar todo el día alegre. Al pensar en esto, en la imposibilidad de estar todo el día alegre, en su inconveniencia más bien, he pensado también en cómo sería lo contrario: estar todo el día triste, apesadumbrado, mohíno, decaído. Y parece un estado más natural la tristeza. Estos días de festejos prevacacionales, de arrebatos etílicos, de parranda y de desatino social merecen un momento gris, un receso, como tomar aire para seguir después la jarana. Mi Pepito Grillo de German Coppini y Nacho Cano, la inencontrable, la que reposaba en algún sótano desvencijado de mi ocupado cerebro, ha vuelto hoy de forma maravillosa. He vuelto a recordar la letra. En realidad nunca se fue. Estaba ahí. Agazapada. Todo está ahí, sin pervertir, sin mover. Hoy, en lo gris, removiendo la palabra tristeza, salió el pan con membrillo de estos dos pirados.

28.6.11

Córdoba 2016





Que Córdoba sea la Capital de la Cultura en 2.016 no dependerá de los cordobeses ni de los que visitan  la ciudad y confiesan lo hermosa que es y la Historia que almacenan sus calles. Imagino que las otras ciudades candidatas manejarán en el fondo parecidos argumentos, pero los esgrimidos por Córdoba apelan a factores de los que las otras carecen. Ninguna exhibe un patrimonio cultural que se le acerque. Ninguna amalgama un crisol de pueblos tan opuestos. Córdoba ha crecido durante varios milenios con una vocación cívica única. Quizá por eso Córdoba sea cultura por encima de cualquier otra consideración: cultura entendida como belleza y como inteligencia. Y mi ciudad es hermosa y el arte da a quien lo observa sensiblidad, inteligencia, felicidad. Ojalá el siguiente post, el que escriba esta noche, festeje la belleza y la inteligencia, la hondura estética, la religiosa y la más acendradamente humana, la que hace que las personas que la habitan o las que acuden a la llamada de su oferta turística se sientan cómplices de un sentimiento también único, difícilmente explicable si no se ha sentido el deslumbramiento de su luz. A oscuras incluso, Córdoba es un prodigio. 

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27.6.11

En lo mío mando yo



Luego dicen que el verano viene flaco de noticias. La de hoy es una repetida, que produce ya hartazgo. No porque no sea legítimo su hondo pálpito ético sino porque se trata, en el fondo, de una que se administra desde la letra del Estado y no desde la palabra de Dios. El orden legal no es el moral y conviene que sigan avanzando cada uno en su parcela. Sucede, no obstante, que el sujeto que se inclina por la moralidad debe cumplir la ley mientras que el otro, ay, el pagano, el blasfemo, el que desoye las admoniciones de la cúpula episcopal (allá ellos con sus barruntos y con sus dogmas) únicamente se siente obligada por las leyes sin que ese cumplimiento le exima de poseer una moralidad, una distinta a la que la Iglesia concibe, por supuesto.
Es cierto que las leyes no son justas por el mero hecho de haber sido aprobadas por las mayorías democráticas, es cierto, pero también lo es que la moral de la iglesia tampoco debe erigirse (por parecidas circunstancias) en un ejemplo de justicia y de modelo de comportamiento. Pasiva o activamente, yo soy dueño absoluto de mi vida. Y debiera respetarse esa propiedad y ese modo de conducir su finiquito. No tengo ningún tribunal celestial que me juzgue. Que se rijan por él quienes crean en que existe. Nada hay en este mundo más privado que las creencias religiosas. Ni nada que sea privado puede ser manifestado como norma de conducta. Por eso el Estado debe deslindarse de esas parcelas de lo anímico y no sólo llamarse laico sino ejercer esa laicidad con el mismo entusiasmo con que los feligreses ejercen su confesión.
Dicen los prelados que la dignidad de la persona queda afectada negativaemente si puede someter a voluntad el cese de la vida. Espero vivir muchos años y acepto incluso que el decurso de esos años hiciera que descreyese en esto que ahora siento tan alojado en mi forma de pensar y que expreso con absoluta confianza en lo que creo, pero sostengo que quizá sea ese acto último el que haga que las personas sean más dignas. En mi vida, en lo que hago y en lo que no hago, en lo que pienso y en lo que dejo de pensar, el jurista soy yo. No hay nada que interfiera en la jurisdicción privada de mi alma, si es que hay alguna adentro, y no hay tampoco ninguna circunstancia que me prive de administrar lo que atañe a lo más mío, que es mi cuerpo. Ningún viciado cuerpo de clérigos va a legislar sobre lo que no les concierne. Porque sencillamente no les concierne. No tienen derecho sobre mi voluntad y sobre el proceder vital que esa voluntad me dicta. Lo tendrán, a seguro que lo tienen, en millones de feligreses y quizá deban explayarse en soflamas y en discursos beligerantes en misa, en un púlpito que domina un teatro de iguales, de personas cómplices. A los que no nos sentimos cómplices, no nos afecta el texto. En nada. Sólo podríamos, en todo caso,(ay, también eso podría ser peligroso si no se gobierna con inteligencia) sentirnos vinculados por el orden legal. En esa legalidad es en donde (quieran o no) nos movemos.
Cómo uno acorte su vida es cosa de uno mismo, valga el perogrullo. O cómo la alargue. Se puede poner tibio de verduras, andar a diario hasta que se le rompan los pies y hacer yoga en el sótano de su casa o puede apostarse en la puerta de los bares (ay, ya no se puede fumar dentro, qué pena más grande) y castigarse a base de licores, de grasas animales y de nicotina a tutiplén. Podemos ver cumplido el plazo de estancia en este mundo habiendo satisfecho lo que más nos convenía o, bien al contrario, reconocer (aunque sea en el instante previo al colapso final) que nada de lo que hicimos convino a que la vida fuese más larga. Uno es emperador de su corazón y asombra (por lo menos el sentimiento del asombro asoma ahí, tímido, prudente y vigilante) que otro (qué sé yo, Rouco Varela, Martínez Camino) lo ponga en duda o se encone abiertamente en negarlo. No tienen autoridad sobre quienes no comulgan con lo que piensan. Ni deberían influir en las decisiones del Parlamento, que es un templo pero erigido para que emane la voluntad democrática de las personas y no, en cualquier cosa, su filiación religiosa. El pobre médico, pagado con erario público, al que involucren en esta práctica médica deberá pensar si acatar o no la ley por la que se está ganando un sueldo o desoírla y acatar la ley moral por la que se rije su corazón. Agradezco, en todo caso, no ser médico en esas circunstancias. El oficio que ejerzo no se impregna de estos flecos de lo moral, pero diremos como aquél dijo: todo lo humano no es me ajeno. O algo así.

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25.6.11

El verano


Las crónicas del verano, sobre todo si se manuscriben a pie de tumbona, tienen siempre un principio activo extra-semántico, una coyunda catedralicia entre el sudor y la cosmética cara, semiótica de saldo para abastecer cursillos aliñados de espeto y cerveza en tanque. El verano triste, en el fondo, con su elenco de mafiosos paseando rubias y coches, como si fuese una canción de Bruce Springsteen, pero sin épica ni corazón, aristócratas de lentejuelas en la conciencia y caravanas de jubilados, todos conjurados a escribir páginas gloriosas, muescas de coppertone y paella de marisco en la tripa, que ahí es donde se esculpen los misterios de la carne, los vicios absolutos y los pecados frugales.

El verano se derrama en los paseos marítimos del mundo, que son como una enciclopedia orgánica del capitalismo y de sus daños colaterales. Verano diseñado para jóvenes aupados al éxito, sofisticados jóvenes con 3G en el bolsillo y visa oro en la cartera, que lampan por encontrar el polvo de la noche en el servicio de un local de copas mientras en los altavoces se fragua la demolición de todos los cánones, la tenebrosa advocación del dios hortera de la evanescencia total. Nada grave, al cabo, porque la vida sigue y en su discurso cabe lo cutre y lo sublime, lo místico y lo burdo sin que, en ocasiones, se advierta fractura visible.

El verano llega como una epifanía del despilfarro, que ya llegará el invierno con sus rigores y todos los maniquíes aquí sublimados se convertirán en obreros de su deudas y madrugarán el odio y la esperanza de que el tiempo, el inexorable, cumpla su cometido y los abandone en la playa del sur junto al chiringuito abastecido de huevos con bacon y alguna guiri concupiscente a la que convencer de lo inofensivo de la caza.

 El verano administra venenos gratos. Qué dulce pereza la siesta, qué lírico el abandono mientras el mundo fatiga sus ecuaciones y redobla los desvelos para que el giro salga perfecto y nada se escape de su ancestral mecánica. Detrás de la evidencia del verano hay un reconocible rastro de trasiego doméstico que exhibe su gallarda oriflama de sombrillas y sillas de playa, neveras enfermas de cerveza y bolsas donde las palas compiten con los rastrillos por presidir el aire caliente del plástico. Piezas clásicas del turista, al cabo. Lo que el mar suministra es esa certidumbre de eternidad, de desalojo del stress. La ficción confía a la realidad su visión apocalíptica de las cosas y el mar lo que acaba entregando en las costas son huestes miserables de africanos que no van a llegar a la Gran Vía ni van a vender discos piratas de Lady Gaga en las calles del mundo civilizado, pero hay un chiringuito cerca de donde escribo en donde la cerveza la sirven directamente de un tanque de salmuera. La cerveza la aliñas con un buen plato de pulpo o con coquinas y el mundo adquiere una redondez inédita. Éstos son los verdaderos placebos, los que te arriman al placer con más diligencia sin que luego quede ningún resto visible de culpa.

El verano fomenta este regreso a lo animal, a la superficie sin limpiar de la Historia, que consiente treguas, agujeros de gusano, hamburguesas king size, sótanos quemados de soledad, óxido de una pureza brutal acomodándose en el envés de las palabras. El amable lector no tenga duda alguna del propósito de este aislado (por necesidades del guión) texto veraniego. Se trata del cronista reconciliándose con la materia de la que están hechos los sueños: se trata de la puesta al día de los mecanismos más sólidos de su formación intelectual, pero ahora el bagaje cultural está embadurnado de la toxina de la pereza, que se ha hecho fuerte en alguna remota región de mi raciocinio y no me permite escribir con soltura sobre lo que acostumbro y me sale del tirón este texto impuro, como casi todos, rebajado a reproche de la rutina, concebido para no perder del todo el contacto con el escritor convulso de una entrada al día durante los últimos seis años. Uno tiene la secreta convicción de que el lector casual, no entendiendo, podrá extraer alguna conclusión fiable sobre el estado mental del autor. El otro, el lector habitual, alguno siempre hay, concederá un receso en las exigencias y me dará la licencia de perderme por una vez en el registro caótico (cuándo fue otra cosa) del verano.

El verano recién aprendido, tatuado de promesas de libros y de paseos, de familia bien cerca y de siestas lujuriosas. La de hoy, aunque bien corta, tuvo un introito estimable: de la casa de al lado, arañando el aire tórrido de Marbella las notas de Gershwin, el Summertime proverbial, versión Fitzgerald-Satchmo. Pensé (como suelo a veces) que hay piezas que escuchas de pronto por primera vez. Da igual que las haya sentido adentro mil veces. Uno siente el alma quebrarse un poco. Ante la belleza, la mía se desquebraja, se abre a trozos, aunque después sepas que todo regresa a su molde previsible y haces una vida del todo mecanizada, amiga de rutinas y de juegos en los que disfrutas lo justo, pero sin los cuales no podrías practicar los tuyos íntimos, esos vicios privados con los que soportas en ocasiones el estrago de los días.

El verano es una celebración de la carne y del alma: el verano conquista el tiempo y lo convierte en una melodía pop, tarareable, consumible en una terraza de paseo marítimo a la que acuden los feligreses de costumbre, los llamados a compartir un deseo idéntico, no escrito. Se cerraron las escuelas, pero abrió el verano. Ya lo dijo la canción: vivir en verano es fácil. Un palimpsesto, eso es el verano.


23.6.11

Un par de buenas tetas vascas


A la razón sin pulir se la engaña siempre con razones de peso porque la cabeza sin suficiente riego de sangre se deja convencer con mucha facilidad y se enturbia el tino y se malea hasta el desmayo la cordura. Una inteligencia mal conducida puede creerse soberana y capaz de afear, malear y pervertir inteligencias menores. Sirva esta reflexión temprana para apuntalar los cimientos narrativos de la historia de mi buen amigo Hilario y de cómo terminó como terminó. El lector avezado sospecha que mal y sospecha bien. Quizá porque dispone de un hábito y sabe que en la mayor parte de las ocasiones el malhechor paga por sus fechorías y el tonto no sale de su tontería. Sabe (además) que cuando un tonto coge un camino, cabe la posibilidad de que el camino termine y él prosiga su invisible curso. Hay tontos de fe probada y tontos ateos, pero ninguno de los dos lo es taxativamente y sólo falta una cabeza con más sedimento sanguíneo para que les lleven y les traigan hacia donde el interlocutor disponga. (sigue en Barra Libre)

22.6.11

Un día de libros y de cerveza

Uno de esos días perfectos en los que divagas sobre teología en la barra del bar y encuentras la felicidad en las palabras, en su mágico progreso aéreo, en su verdad acústica y en su hondura doméstica.
Un día en que llueva como si fuese la primera vez que lloviera y suene de fondo algún disco de Charlie Parker.
Un día en el que no tienes nada que perder y te has comprometido a no hacer cosas de las que puedas enorgullecerte o de las que arrepentirte.
Uno de esos días sin prodigios en los que piensas en trenes o en la novia de los quince años, en algodón de azúcar o en Atticus Finch defendiendo el honor, la dignidad y el amor infinito del cosmos.
Un día de libros y de cerveza.
Un día absolutamente inútil en el que confiar al azar la completa gestión de la alegría.

20.6.11

El tipo grande de los conciertos del Jefe




“Clarence vivió una vida maravillosa. Llevó el amor a mucha gente y fue correspondido. Amaba el saxofón, amaba a nuestros fans y lo daba todo cada noche cuando subía al escenario. Su pérdida es incomensurable y estamos orgullosos y agradecidos de haberle conocido y haber tenido la oportunidad de estar a su lado durante casi 40 años. Clarence fue mi gran amigo, camarada. Su vida y sus recuerdos y su amor permanecerán en la historia de nuestra banda”. 

Bruce Springsteen

Piel de hotel



Una habitación de hotel es a veces un mundo perfecto en sí mismo. Basta salir, recorrer el pasillo gris, ver a los otros inquilinos abrir o cerrar puertas, dejar las llaves en recepción o entrar en la pequeña cafetería de la planta baja con un par de bolsas o una maleta pequeña para advertir que el vértigo y la fiebre hacen guardia afuera y se cebarán contigo hasta noquearte, pero quizá sea mejor no disponer de mundo perfecto alguno. No saber en qué consiste la vida en clausura, la limpieza moral y física izada como un slogan orgánico, ofrecido a los demás como los ejércitos despliegan trincheras. Una habitación de hotel jamás tendría que ser un refugio, pero conozco pocos mejores. El caos convocado afuera refuerza la idea de que adentro no puede ocurrir nada malo. En el fondo la habitación de hotel es una extensión de quien la ocupa. Lo que asombra es que el cliente pueda ir de un hotel a otro y no sienta añoranza de esas pieles dejadas por el camino.

Uno puede habitarlas en la desdicha más absoluta y en la felicidad más visible. Puede amar un cuerpo y creer que en ese ayuntamiento de almas está de algún modo la razón por la que fuimos traídos a este mundo y desamarlo con el mismo entusiasmo, aceptando que ya no late el corazón como solía ni que el amor recorre las avenidas de la sangre como antaño. Puede incluso sucedernos que acojamos el bendito cobijo de una habitacióin de hotel porque no existe una casa que nos espere o porque, existiendo, no la sentimos propia y malvivimos en ella, huérfanos de la maravillosa sensación de haber encontrado nuestro lugar en el mundo; sensación que, por otra parte, yo he encontrado en un sillón de orejas que a a un ventana desde donde se ve mi calle y contemplo el ir y el venir de las personas y el avanzar utilitario de los coches.

A diferencia de la casa de uno, la habitación de hotel impregna de fantasmas la estancia. Ya la vida es una estancia de fantasmas. Vives y resides en donde otros vivieron y residieron. Amas lo que otros amaron. Lloras donde otros lloraron. Mueres sin que ese asunto trascendente sea relevante para el orden del cosmos y para la mecánica íntima de la vida en la tierra. En este sentido, las habitaciones de hotel son como reproducciones a una escala muy pequeña de la realidad que late afuera, pero sigo insistiendo en el hecho formidable que me ha hecho pensar en todo esto y es la encapsulación del tiempo, la sospecha de que el reloj se detiene y de que el tiempo, ese bicho cabrón, se mueve (sí, claro que se mueve) pero de otra manera. Ese prodigio justifica la existencia de los hoteles, la vida derramada en ese espacio bunkerizado en donde abandonas la maleta, te duchas, lees la prensa, descansas sin desvestir sobre la cama pulcra mientras la televisión emite información del exterior, fornicas, sueñas, hablas por teléfono a gente que está muy lejos y pasas resacas formidables, de las que merecen poema aparte.

No creo que exista tampoco mejor lugar para escribir que una habitación de hotel. Una mesa en un bar, apartada, discreta, que permita ver llover tal vez. Lo afirmo y lo defiendo con argumentos rebatibles, pero expuestos con tan amoroso ardor que nadie se preocupar en demasía de contradecirlos. Nunca he escrito páginas memorables y en casi ninguna ocasión he sentido que lo escrito estaba expresado de la forma en que debía ser expresado, sin que faltara o sobrara algo, sin que otro modo de volcarlo mejorase el mío. Pues si en alguna ocasión he sentido esa punzada de orgullo y de apasionamiento con lo trabajado ha sido en una habitación de hotel. En eso prefiero pensar en otros, en Cohen, en el Chelsea Hotel, en ese hombre sin patria o con muchas patrias como para tener que quedarse con una, en el embajador absoluto de los hoteles del mundo y de sus habitaciones íntimas, uterinas, perfectas

El cuadro, cómo no, es Hopper. Bendito él..

19.6.11

Creer y no creer

Unos medran en certezas y otros las van dejando por el camino, convencidos de que una vida consolidada, manejada con el desparpajo de quien todo lo tiene gobernado y previsto, es mejor que una vida mecida a capricho por el azar, convertida en una de esas tramas frágiles que entusiasman a los lectores de novela barata. Pero es que la vida es una novela barata. La escriben muchas manos y, al modo en que se fraguan los episodios de las series televisivas, el nudo se discute hasta que uno se erige como el único nudo posible. En el desenlace operan mecanismos mucho más tenebrosos. El desenlace es, por naturaleza, ingobernable. Da igual que tengas las ideas claras y vayas por la vida en plan rompedor y la palabra triunfo se te dibuje en el rostro.

Lo que me sigue dejando perplejo es la naturalidad con la que los que creen y poseen una fe fiable y sólida afrontan la muerte, la envidiable convicción con la que despachan para sus adentros la pérdida de los que aman en la absoluta seguridad de que están con Dios y allí disfrutan de otra vida en la que ellos también ingresarán. Es verdad que lamento este descreimiento mío en asuntos de esta índole. Mi convicción consiste en la muy gris evidencia de que no hay más allá o, dicho de otra forma, que el desenlace impredecible es el cierre de válvulas total, el cierre innegociable de los saltos sinápticos y del sol brillando en el cielo cada mañana. No hay que pueda hacer para modificar una brizna este sentir brumoso de las cosas del cielo. A veces incluso pienso que me alejo a diario de la adquisición de ningún credo religioso. Me limito a ver el efecto que ese credo produce en quienes me rodean y lo practican. Hago de espectador sano y curioso y me siento también a diario un espectador privilegiado, engañosamente colocado en el lado de los descreídos, pero ávido de aprendizaje, de querer ver lo invisible. Imagino la fe como un deslumbramiento al que yo todavía no he accedido. Uno se enamora sin advertirlo. Cae en el amor (eso lo expresan los ingleses muy atinadamente) a ciegas y, en ocasiones, sale cegado.

Me producen hartazgo los fanatismos. Me aturden. Los hay en lo que se ve y en lo que se esconde. En la creencia de algo maravilloso que nos tutela y nos protege y en la decisión de no permitir tutelajes y ni protecciones y vivir así sin titubeos ni pudor. Siempre he visto grupos de creyentes exhibir con orgullo su fe. Exhibir la falta de fe no es lógico. Tampoco uno se vanagloria de no amar el golf  o el free jazz. Pero ya lo he dicho: estamos en la incertidumbre, vivimos en esa tiniebla. Ojalá que podamos convivir en paz sin que lo que nos mueve el corazón cargue nuestras armas.


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16.6.11

La parte de la sangre de pato





Una de las mejores formas de cerrar el día es recitando un verso glorioso. Los días en los que uno se acuesta osado prueba con Góngora y sale robustecido del empeño. El recitado íntimo de un poema viene a ser una especie de rezo laico. Hace mucho tiempo que no ensayo la mecánica de las plegarias, pero recuerdo mis años de católico comprometido con la representación de su fe. Algunas oraciones son verdaderos poemas, pero el repertorio es ínfimo si lo comparamos con el catálogo de la bosocsa historia de la Literatura. Mañana he pensado en Gil de Biedma. No hay que convertir estos exabruptos nocturnos en hábito, pero el disfrute es grande: la sensación de estar ejecutando algún ritual antiguo, el previsible ardor semántico en la punta de la lengua, la deleitosa (ay) convicción de que el mundo fue, al principio, Verbo y en las palabras existe y que por las palabras lo sentimos. Quien, no satisfecho con un verso, con un par de ellos o con una valiente estrofa, desee recitar el poema entero, no se prive, no le escamotee placeres al intelecto. Dese un festín de metáforas. Embadúrnese de métrica. Haga bandera de la poesía y concédase el gustazo de pertenecer a una raza en extinción. Cuente a los cercanos en qué se entretiene al cerrar el día o al despuntar la mañana. Por último, no se desanime si la empresa no gana el fervor popular y advierte extrañeza o mofa en quienes confía su ardor lingüístico. En absoluto abandone la causa: esmérese en su gesta, adquiera destreza en la elección de los poemas. Yo he probado con Kafavis en mañanas de verano y resulta tonificante. He probado con Machado en días grises de invierno crudo y he encontrado placeres indescriptibles. Reconozco la dureza de Valente, el poco apresto de los versos de Gamoneda, la muy escasa predisposición fonética de un Vázquez Montalbán. Estos inconvenientes no desalientan la llamada de la poesía. La espolean, en todo caso. Ayer me descubrí recitando unos versos sueltos de Poeta en Nueva York. Un transeúnte me miró cuando pronunciaba la parte de la sangre de pato.
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Instrucciones preliminares:
Coge uno el verso, lo mira antes de recitarlo y finalmente lo expulsa del pecho con trompetería fonética. Hágalo el amable lector y percibirá que el aire penetra más plenamente en los pulmones. Se recomienda que tras el arrebato poético no ofenda su inteligencia viendo la televisión o leyendo alguna lectura atrasada de naturaleza más trivial y negociable. Basta Don Luis. Él solito satisface los deseos más oscuros. Los más perversos. Los más crípticos. Los más humanos. Los más altos. Los más limpios. Una ración de Quevedo es igualmente provechosa. Una de Whitman. Una de Borges. El poema del ajedrez es de una ejecución complicada, pero satisface mucho y deja después la cabeza bien rociadita de engimas teológicos. Eso tampoco es malo para abrir o para clausurar el día.

15.6.11

Crónica un seductor adolescente II

... y lo que queda a beneficio de lectores morbosos es la narración de una serie de acontecimientos que más valdría convidar al olvido salvo que, he aquí el milagro de la literatura, se extraiga de ellos alguna enseñanza, alguna tibia siquiera, que adiestre al seductor futuro y lo convierta en un galán, en un ligón, en uno de esos seres que uno envidia en silencio y a quienes querríamos parecernos.


sigue en Barra Libre...

14.6.11

Borges/25




Lo extraordinario de Borges es el primoroso manejo del español, la deliberada y muy calibrada supresion de las adiciones pintorescas. No hay en toda la obra de Borges una línea superflua, un exceso que conduzca a otro destino que no sea la rendición de una trama. Quizá ese amor por la precisión le libró de la molestia de urdir novelas. En los cuentos y en la poética tejió y destejió la historia universal de unas cuantas metáforas. Bien leído, hurgando en los adentros, se advierte que la literatura de Borges aloja en realidad un inventario de símbolos muy escaso. Escribir una y otra vez la misma línea, solía escribir o decir en sus conferencias. Aceptar que son esas escasas referencias las que gobiernan el cosmos. En cierto modo, Borges fue un demiurgo exigente. Y el Creador precisa de un barro que le sea fiel y al que pueda confiar la dimensión de su reino. Es ahí cuando advertimos el magisterio de este tahúr de las palabras. Tal vez no importa otra cosa. Ni los espejos ni los tigres. Ni los sueños ni el hierro de la espada en la que perdura el héroe y su antagonista. Importa la gesta primordial de la semilla, el esplendor sin adjetivos del linaje y de la vana fama que se gana y se pierde en un lance del duelo. 
De Borges queda el ruido de la metafísica, los acertijos que la inteligencia adorna de juegos para que el lector se embosque en cosmogonias y en teologías. Queda el hombre que se propone la tarea de dibujar el mundo y a lo largo de los años va poblando (viene a decir más o menos esto, lo traigo con mala memoria) con imágenes hasta que poco antes de morir descubre, fascinado, un laberinto de líneas que trazan su cara. Quienes afronten hoy aventurarse en los libros de Borges encontrarán obstáculos felices, simas en donde caer es un gozo y de donde sale uno alado, bendecido por la magia de un poeta o de un cuentista o de un testarudo y extraño (se leen las biografías y se concluye que Borges era por necesidad un tipo testarudo y un poco extraño) que se dedicó a pulir el español y a rendir a la posteridad (palabra muy suya y a la que le rendía indisimulado afecto) declinaciones misteriosas de ese lenguaje recién adquirido. A veces (permítanme que sea en esta efemérides un sentimental) leo a Borges como si no hubiese leído nada antes. Parece que todo fuese inmarcesible y nuevo y procurara placeres que son también nuevos y nos hacen sentirnos felices. Quizá (ya concluyo) extraigamos que la literatura, la de Borges o la de cualquiera que al buen lector le parezca digna de manifestarse pura y novedosa, es un refugio y es también un instrumento para descerrajar lo que se exhibe cerrado. Como un himen dulcemente retirado que ofreciera un aleph, un sentirse dios sin haber alumbrado criatura. Y habrá quien se esmere más y sepa más y tenga más razones que exponer y lo haga con mayor hondura, pero no creo que nadie se sienta, al escribir, al contar estas cosas sencillas del corazón, agradecimiento más grande.

Humbert zombi

Vladimir Nabokov es, en la memoria de un cinéfilo, James Mason, Mason arrebatado y sublime, al ver a Lolita en el jardín, coqueteando con el aire, convirtiendo a su personaje  Humbert Humbert en un zombi.
La literatura, la alta y la baja, están sembradas de zombis. En ocasiones incluso la gran literatura es un juguete en manos del cine. Una extensión un poco bizarra de sus más elementales signos.
Y queda la nínfula, la caprichosa mujer sin acabar a la que el azar dispuso la entera inteligencia del amante ciego y exquisito para manejarla a capricho y terminar por retorcerla y arrumbarla en el caos y en la más solitaria de las miserias.
Porque quizá la enseñanza más radical de la obra de Nabokov sea justamente ésa: el imperio absoluto del vicio sobre la tiranía del progreso y de la razón, la metástasis que sufre el alma y afecta progresivamente al cuerpo hasta que Lolita (dígase lo-li-ta) ocupa a Humbert Humbert por completo y lo programa para que se afirme en su sed y se esmere en su adicción impronunciable.

12.6.11

Hanna: Un cuento de hadas de la guerra fría



No recuerdo un mejor arranque de una película que éste y tampoco un aburrimiento mayor en el resto del metraje. En lo que Joe Wright falla es en la voluntad de mezclar lo que no debe ser mezclado, en darle a un thriller de espías un barnizado de cuento de hadas que, a la larga, lastra el conjunto al punto en que el espectador se desconecta, pierde el interés y pide que la opereta concluya y las luces del cine se enciendan. Antes de esa clausura feliz hay un espectáculo a ratos abrumador y en otros bochornoso de lo que no debe ser el cine de acción. Quizá lo que sucede es que no todos los directores saben hacer zapping entre géneros. Wright se presentó con la estupenda Orgullo y prejuicio y hasta la propia Jane Austen hubiese aplaudido la concisión, el espíritu sobrio de una obra eminentemente verbal, plásticamente empalagosa (lo eduardiano es, en esencia, aturdimiento visual, borrachera victoriana) y el magistral uso de los planes secuencia, borrando de la memoria cinéfila los encuadres cortos (aburridos) de James Ivory. De Austen pasó a McEwan, figura totémica de la nueva narrativa inglesa, y tradujo a imágenes la poderesa imaginería de Expiación, una novela monumental en muchos sentidos, que abarca muchos registros dramáticos y que precisa una mano consciente del complejo material que maneja a la hora de registrarla en fotogramas. Todo eso hizo Wright antes de caer en este extraño artilugio multidisciplinar, que no se abraza jamás a ningún discurso fiable y picotea aquí y allí, merodeando la comedia (esa familia hippie), el retrato costumbrista (ese cuadro flamenco) el videoclip orientalista (ese guiño a Oldboy en la pelea en el metro) o la pincelada psicoanalítica (las diferentes incursiones en el mundo de los cuentos de hadas, la querencia a Burton o a Gillian).
Hannah es una cobaya, una de esas víctimas del sistema de las que el cine de acción se encariña y a las que confía franquicias nuevas. Posee momentos impecables y otros imperdonables. Gasta maneras de blockbuster veraniego y no hace ascos por engolosinar a cierta platea exigente, caída en el vicio de acudir a un tipo de cine eminentemente evasivo, de discurso comercial y aliento palomitero, pero que se premia en certámenes y suscita (en ocasiones) el aplauso de la crítica del ramo. Pero Hanna no acaba de cuajar en ninguna de esas promesas que pronuncia nada más abrirse el telón. Ni es cine de acción, convencido de serlo, ocupado únicamente en bordar los tópicos y en no malearse con los usos del cine serio, autoral, más de arte y de ensayo ( que es a lo que tiende el imperio de la Marvel en muchas de sus últimas entregas) ni tampoco se inclina a filmar una historia fascinante de inocencia y de descubrimiento, que podría prescindir de todo el aparato logístico de las armas y de las tundas de palos y recrearse sólo en el dibujo de unos personajes bien dibujados (a decir verdad tres personajes: no hay más, muy bien interpretados además) y atender en exclusiva a la sección melodramática, en la plasmación en imágenes de la entrada en el mundo de un ser absolutamente delicioso, virginal y telúrico, un verdadero hallazgo narrativo que se enfanga a medida que la osadía de la trama se ve atropellada por la falta de imaginación de quien la gobierna.

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11.6.11

Cohen, Borges

Hay vidas extraordinarias de las que no sabríamos elogiar nada, pero que admiramos en lo más hondo y con las que contamos para hacer la nuestra más valiosa, noble, digna o ejemplar. Lo de las vidas ejemplares queda para la novela decimonónica. Son éstos tiempos de zozobra. Lo son de un modo natural. Como si no cupiese en la narración de sus acontecimientos otro modelo que no sea el ajetreado, el espídico, el que se deja querer por la inercia y no considera bajo ninguna circunstancia la reflexión, el estado manso de las cosas y la serena contemplación de lo vivido. No sabemos ensalzar las proezas de la vida de los otros porque no sabemos qué criterio manejar para explicar las razones del elogio. Está en desuso eso de cantar la épica intelectual o estética o social de los contemporáneos con los que vivimos.
Podemos decir, ahora que viene un aniversario de Borges, cosas increíbles sobre gente que ha muerto, pero no entra en nuestro carácter esa hagiografía sentida hacia los que todavía dan guerra o pueden darla. Por eso se explaya uno cuando ve que a Cohen, al que admiro, al que profeso una rendida admiración sin condiciones, le premian a sabiendas de que Cohen va a estar ahí, detrás del premio, haciendo nuevos discos, saliendo de gira, aunque sea para pagar deudas, y educando a un montón de gente nueva que no ha sentido la punzada de su voz cavernosa y melancólica, lírica hasta el desmayo sináptico por lo menos.
Al muerto se le hace un templo si hace falta. Al muerto pertenece la prosa más exquisita. Del muerto podemos decir bondades infinitas. No va a traicionar nuestro entusiasmo con obras menores ni se va a pronunciar de forma imprudente sobre los asuntos sobre los que nosotros tenemos discurso propio. Del muerto se amortiza hasta el polvo que hospeda la lápida. No sé ( o si lo sé, pero no me apetece entrar en materia) si la vida de Borges está por encima de su obra. Probablemente no. Quizá no de una forma tajante y sin aditamentos. Pero he disfrutado hoy viendo la prensa del día, apreciando el esfuerzo editorial por hacer constar que hace 25 años que se fue el maestro. He leído todo lo que se ha publicado hoy en los diarios a los que acudo cuando tengo tiempo de acudir con tiempo a algo. En vida, al pobre Borges, le negaron tantas cosas. Sólo faltó que el cáncer lo devastara en Ginebra. Ahí se abrió la temporada laudatoria. Yo he disfrutado y voy a seguir haciéndolo estajanovistamente con la obra de ambos. Hoy he releído La casa de Asterión. Y he descubierto que ése ha sido el primer cuento de Borges para mi hija. En cuanto tenga ocasión, dejo caer Suzanne de fondo mientras está distraída. Lo dice hoy Boyero en El País: una vez que entras en el universo de Cohen, no es posible la fuga.

9.6.11

Los libros del monstruo


 I
Los libros son objetos extraños. Los que leyó Hitler le sirvieron para aventar una guerra y para exterminar al pueblo judío y los fieles a Woody Allen llevamos años luciéndonos con la ocurrencia de que escuchar a Wagner hace que le den a uno ganas de invadir Polonia. Hay lecturas que pervierten el tino y otras que lo subliman igual que hay compañías que nos elevan como personas y otras que nos abisman al caos y al más retorcido de los comportamientos. Leemos para el disfrute pero también para justificar nuestros actos y los de Hitler difícilmente pueden inspirar otra cosa que no sea la repugnancia y el más emponzoñado de los odios. Y a decir de biógrafos (Ian Kershaw) y a lo expuesto en documentos de la época, el Führer era un lector voraz y un lector incluso con cierto grado de exquisitez libresca porque había pocos libros que se hubiesen librado de sus anotaciones al margen, de sus consideraciones más íntimas.
Lecturas propedeúticas, prosa histórica que le informaba sobre el mundo que pensaba destruir. No leyó literatura: la novela es un género infame (debió pensar) en el que los personajes son títeres bajo el influjo del autor. Shakespeare le fascinaba: ahí era donde permitía que la ficción desocupara su alerta hacia lo tangible. Él mismo creó un género del que fue el autor más renombrado: el exterminio de la razón bajo la tiranía del fanatismo, aunque hubo émulos (Mussolini) y hasta cavernarios ascendentes con la misma bilis como sangre (Stalin).





Así que leer no asegura ninguna bondad. Los monstruos también tutelan libros en sus anaqueles privados: los miman, los repasan, los contemplan como el que contempla un preso al que ha enjaulado y del que se sirve para demostrar, en cada visita al calabozo, del inmenso poder que ejerce sobre él. Libros antisemitas, libros sobre ocultismo, enormes tratados sobre cartografía, vida y obras de Napoléon, todo lo concerniente al imperio prusiano o biografías de grandes personajes de la Historia (emperadores romanos, Carlomagno, monarcas). Todos fueron encontrados, hasta casi 3.000, en una vieja mina de sal a las afueras de Berlin por las tropas aliadas a poco de caer la cancillería. La enorme biblioteca fue enviada a Estados Unidos, y en 1.952 fue acogida de forma ya definitiva por la Biblioteca del Congreso. Otros 10.000 volúmenes se cree que volaron a Moscú. Algún soldado pícaro o mitómano o simplemente buen lector debió apropiarse de unos pocos. El azar o la mano ignorante de algún funcionario quiso que buena parte de esos libros fueran relegados al limbo perfecto del olvido: al no haber constancia manuscrita de que fueran con certeza del Führer se dispuso que no constaran en ningún registro y que no ocuparan la misma categoría que otros que, en cambio, sí exhibían anotaciones caligráficas, subrayados o cualquier otra evidencia de que el propio Hitler los había usado.

Comenta Timothy W. Ryback, máximo custodio de estos fondos y especialista en el legado cultural del Tercer Reich, que hasta había algún pelo de su bigote entre las páginas de muchos volúmenes: rumores que fomentan el sano humor. Como si Indiana Jones mismo mirara de reojo, con ese punto suyo de cínica prepotencia, alguna caja distraídamente abandonada en un hangar o en un sótano de la Administración de Obama y pensara (permítanme la ucronía) que todo ese esfuerzo y ese heroísmo no dejan de ser baldíos, inanes, porque el futuro de la ciencia más extravegante o de la arqueología más deslumbrante, la que no debe ser manifestada sin precauciones, yace en la oscuridad, en los archivos más escondidos, en enormes cajas de madera precintadas por un funcionario gris de un gobierno asustado.


II
Echa uno en falta hablar sobre libros de vez en cuando. Se explaya en temas de menos interés personal, alambica la conversación hasta lo inconeniente en asuntos políticos o de índole religiosa pero desatiende lo meramente libresco. Me acuerdo de cierto amigo al que, al contrario, era difícil sacarle de las novelas que leía y de las que estaba a punto de leer. No desbarataba la trama, no caía en revelar los vericuetos del argumento, pero hartaba, hartaba a veces mucho. Incluso cuando lo trataba (hablo del servicio militar, en San Fernando, en Cádiz) sabía que era un ejemplar irrepetible. Hasta ahí, y ya han pasado más de veinte años de esa estancia obligada en los barracones del Tercio de Armada, nadie le ha igualado ni, por supuesto, superado en erudición, en destreza literaria. No tenía ni idea de lo que era un oximorón y carecía de una sólida formación sobre los periodos históricos en los que se desarrollaban las historias que leía, pero su único interés eran justamente eso, las historias, el asombro que producen, la fascinación pura del relato. Le encantaba Stephen King y detestaba la poesía, que consideraba un género muy menor, indispensable para espíritus sensibles, pero escurridiza para afectos rudos, como el suyo, ávido de emociones fuertes, de retruécanos en los argumentos, de abrumadora elocuencia narrativa. Por eso King era el rey de la baraja. Por eso tenía It en la taquilla, junto al petate y su colección de latas de pulpo en salsa americana.

Al pensar en la inclinación literaria de Adolf Hitler y escribir la primera parte del post, me ha venido al recuerdo este compañero de armas, aunque (claro está) jamás entráramos en batalla. Las nuestras eran de cantina en el cuartel, despachando sábados infinitos, haciendo concurrir en nuestro abatimiento existencial elementos exóticos de Salgari, de Stevenson (La isla del tesoro le apasionaba, en eso coincidíamos)  o de Lovecraft. Poe, en cambio, le parecía superable. Se engolosinaba con la literatura de largo recorrido. No disfrustaba del cuento, del que decía algo parecido a que era un apunte de la novela, un esbozo de novela, un ensayo de novela. Igual le pasaría a Hitler: que la literatura de ficción le parecía un apunte de vida, un esbozo de vida, un ensayo de vida. Prefería la carne de la realidad, el tratamiento objetivo de los asuntos sobre los que podía despachar al día siguiente. Por eso (imagino) amaba a Shakespeare. A Ernst Lubitsch no se le escapó esta querencia bastarda y en su fantástica Ser o no ser hace decir a uno de sus personajes uno de los más memorables monólogos de El mercader de Venecia:


Soy un judío. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos? Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso…” 



 Coda sentimental
A mi amigo casual, el amante de las latas de pulpo en salsa americana, le importunaba el cine. Veía películas, es cierto, pero sostenía que las historias deben ser leídas. Que leer te permite detenerte, pensar en lo que se va narrando, echar hacia atrás la historia y hasta casi recitarla. Hace más de veinte años que no le veo. Supongo que no habrá caído en el vicio de coleccionar libros de Coelho ni de Bucay. Seguirá con King, que escribe con un ritmo endiablado tochos cada vez más hostiles. No habrá visto El mercader de Venecia. La versión de Al Pacino, la última que vi, me vale. Tampoco habrá leído teatro. Seguro que le aburre. Los libros son instrumentos mágicos, objetos extraños. Nunca sabe uno qué inspirarán a quien los usa. Eso en el hipotético y deseable caso de que inspiren algo.


 





8.6.11

Ciencia y ficción


Igual que las gafas deforman lo real o convierten lo distorsionado en real, lo deforme en presentable, me pregunto si habría un dispositivo acústico, un pinganillo adherido al oído, que produjese en lo escuchado el mismo efecto que las lentes en lo observado. Ciencia-ficción before dinner.

La realidad y el deseo

Sigo pensando que es la ficción la que imita a la realidad. José Luis Borau contó una vez que los lujosos interiores que se ven en las películas de Hollywood no existían en verdad. Que los vistos miles de veces en las obras de Douglas Sirk o de Billy Wilder eran invención pura, conveniencia mobiliaria para recrear una trama, creación de un ser superior que dictaba la moda que luego ocupaba las casas señoriales y los suntuosos apartamentos de las grandes avenidas. Una vez cruzada la travesía de la ficción, los interioristas veían la luz de lo real, las casas de Sunset Boulevard, los caros apartamentos que rodean Central Park o que se elevan en las calles más distinguidas de Broadway. Y veían con disimulado asombro que todo aquel desparrame estético había sido ideado por ellos. Puesto en bandeja para que lo registraran, lo recrearan y lo convirtieran en otra cosa, Contrariamente a lo traído aquí, vi pocos días después en televisión un programa que documentaba la existencia de una señora cuya función en el engranaje de la maquinaria de un film consistía en localizar casas. Así que buscaba un salón que cumpliera tal o cual cometido, buscaba una cocina que respondiera a un criterio muy exacto. Un piso en Madrid, desde el que se veía toda la Gran Vía, había servido para una decena de películas. Le habían cambiado unos muebles, lo habían mudado de cortinas y convertido en otra cosa, probablemente, pero era el mismo piso. En esencia, la realidad y la ficción, en ocasiones, se emparejan, se matrimonian, adquieren ese grado de naturalidad aparente con el que a veces la propia vida se enreda con nuestros sueños y no sabemos nunca si vale la una o la otra, si es la realidad la que gobierna al deseo o bien al contrario.

El cine precede a la vida en muchos registros. El talento creativo (o el ingenio) mira a la ficción, la observa en plan entomológico, como rebañando píxels, y luego cae en la cuenta de la existencia tímida y tal vez un poco pacata y triste de la precaria y siempre desmontable realidad. O es al revés, vuelvo a insistir en el mismo brumoso asunto, y el autor se basta con esa observación de lo que le rodea (decimonónicamente) para garabatear el esqueleto de su historia. La literatura, transportable luego al lenguaje visual o reposada en letra o en discurso oral, es la que mueve el sol y las estrellas, a pesar de Dante y muy a pesar de la Conferencia Episcopal, que pondrá ese motor invisible en Dios o en la salvación eterna del alma. La letra, ah la letra. Y si está herida de honda inteligencia y de pálpito sensible, mejor. Esa letra, cabalgada de genio, es la que hace esta vida sobrellevable. Sigo pensando que si no fuesen por todos esos frívolos subidones de ficción, la vida sencillamente no sería soportable. Me satisface pensar que existen operarios que van buscando pisos por la Gran Vía para que Almodóvar filme una escena en la que una pareja se rompe o se ama o se abre el alma y declama toda la obra de Shakespeare en un minuto de inspiración. Me produce todavía una satisfacción que en modo alguna sé explicar la certidumbre de que la realidad está ahí afuera, a la espera de que la monte, la encabrite, la sodomice, la preñe, la insulte, la cape, la convierta en un escenario de mi trama. Yo soy, al cabo, mi propio operario.

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7.6.11

Sin Dios, sin memoria, sin pudor



Paul y Jeanne viven en el centro del mundo, en el principio de los tiempos y no hay nadie alrededor. No existe el metro ni los relojes. No hay palabras distintas a las palabras con las que se explican el vacío, la distancia, el peso insorpotable de vivir cuando afuera se ha fracturado el corazón de las cosas y lo único que se tiene a mano es un cuerpo al que joder, una especie de búnker lúbrico, un templo de carne al que ofrendar todas las plegarias y todos los salmos, todo el verbo de Dios y toda la maquinaria infame del Diablo. Porque en el apartamento en el que Paul y Jeanne fornican y hablan no hay Dios ni necesidad de que Dios acuda y escriture esa relación enfermiza que los dos, ahí adentro, han levantado para protegerse del caos y jadear en régimen de alquiler.  

(seguir en Barra Libre)

4.6.11

El escritor de canciones




 Got some whiskey from the barman,
got some cocaine from a friend, 
I had just to keep on movin'
'til I was back in your arms again.

Guilty, Randy Newman



I/ El autor

Randy Newman es una anomalía, una fractura del sistema que se ha ido consolidando en el paisaje hasta pasar desapercibida. En todo caso, Randy Newman es la referencia absoluta del consumidor de anomalías, de quien pasea a la caza de lo asombroso, de lo que no se amolda a la rutina y se esmera en la disidencia, en lo puramente creativo, en lo sencillamente sincero. Randy Newman es uno de los más sinceros músicos que yo haya conocido. Quizá haya otros y lo sean en más agreste escala, pero uno tiene sus debilidades y este tipo, al que el azar no le premió con su físico o un rostro con carisma, que no se arrimó a las alfombras de la fama ni a los mercados de la pasta gansa, se ha granjeado el aprecio de una hueste fiel de feligreses de su arte.
Quebradizo, esquivo al ruido, como sacado de un tugurio con micrófonos que huelen a cerveza, amigo de cientos de camareros, gourmet del bourbon y de las resacas, Randy Newman oficia como pocos la litugia del artista que enreda hasta extremos a veces insoportables la ley invisible que ensalza el arte y destruye al artista. Rilke lo escribió hace mucho tiempo: Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre. Uno se imagina al genio contratado en un local en unos de esos sábados por la noche que el cine americano ha elevado a la categoría de género en sí mismo.
No busque el amable lector optimismo. No está la fragancia dulce del pop que ameniza los viajes por carretera, consumiendo kilómetros, superando pasiajes. El escenario perfecto para degustar la obra de Randy Newman es justamente ésa: la del bar comido de humo de tabaco, alegremente ocupado por una clientela tan quemada como el encargado de hacerles olvidar la costosa travesía de los días. Por eso a Newman se le emparenta con la noche, con lo oscuro. De letras estremecedoras en ocasiones, ungido por el desencanto, Newman se ha convertido en un fijo de las galas de Hollywood. Pero no sospechen que ese desliz burgués le haya borrado un ápice la sonrisa tabernaria, la creencia en que sólo es posible crear canciones de amor cuando el corazón está destrozado o cuando te han dejado solo, arrumbado en la barra de un bar o sentado frente a un piano, servida ya en la madera la copa, habiendo llamado al numen y recibiendo a golpes de ginegra barata ramalazos de talento, puros espasmos de inspiración.



Tiene un asombroso parecido al noble gremio de esos seres grises, impersonales, exentos de glamour que pasean las aceras, entran en la librería y compran al lado nuestra el mismo libro que estamos comprando nosotros. Pero Randy Newman es un genio, uno de perfil bajo al que le incomodan las efímeras volutas de la fama y que no saca un disco cada año ni está en la lista de esa gente influyente tipo Bono a los que la MTV secuestra, explota y desecha. Uno de esos tipos maravillosos que están tocados por la secreta varita de la inspiración y facturan canciones hermosas que contribuyen a la felicidad ajena. En gran medida, el romántico de Newman sólo busca ser un crooner y pasear su escasamente fotogénico garbo por el Caesar's Palace de Las Vegas o venir a Marbella y tocar en alguno de esos hoteles de muchas estrellas a donde acuden, en verano, George Benson, Julio Iglesias o Lionel Richie, astros del firmamento del pop o del jazz o de lo que les apetezca hacer, aunque infinitamente menos accesibles y de un repertorio infinitamente menos sentimental. Lo que canta Newman es la purga de su corazón herido. Lo que hace Lionel Richie, al que le acepto algunas canciones de su esplendor post Commodores, es la rendición profesional (no lo duden) de un puñado de temas ajenos, universales, tan eficientes como huecos, que arrasan en las radio-fórmulas y topan el Billboard. Newman jamás ha vendido millones de discos. Igual le apartó del estrellato su excesiva filiación a sus vicios. Los mismos que a tantos antes e idénticos a tantos por venir.









 


II/ La canción
Guilty es una de las canciones más hermosas y más descarnadamente escritas que he escuchado. Sin duda.
Pienso ahora en Tom Waits, el santo bebedor Tom waits, en su máscara de borracho lúdico, el alegre bebedor de una lucidez insultante, el histrión capaz de llenar un club privado y encender el corazón de sus íntimos pero que nadie imagina en un escenario en el lugar que luego va a ocupar el crooner profesional, el precintado con oro, Michael Bublé. Jamie Cullum es otra cosa, no crean.
Apestar a ginebra constantemente te puede convertir en un maldito, pero acaba pasándote la inevitable y lacerante factura moral y física. Por eso Guilty es una confesión maravillosa y suena como si la cantara para ti y nadie más supiese de que existe. Eso lo consigue muy poca gente y sólo puedes creerlo en un muy reducido puñado de canciones. Está Randy Newman contándote que está hasta las trancas de whisky, pero que tiene el suficiente coraje como para sentarse en una mesa, manuscribir el dolor que siente y convertirlo en una pieza maestra de la música pop del siglo XX. Y hubo unas cuantas.
La impagable versión de otro santo bebedor (Joe Cocker) no desmerece en absoluta de la de su autor. Cocker cuenta la misma jodida historia, el mismo dolorido puyazo en el alma. Nada que ambos no hayan vivido en carnes propias. Admiro la sobriedad de Cocker porque es un hombre que se ha bebido la mitad de las destilerías de la sacrosanta Escocia. Da igual que luego se vendiera al dólar y comprase finca en Malibú. Es lo mismo que abomine de las drogas o que sólo beba zumo de pomelo. Antes de esa caída en dulce picado al mainstream de la pasta hizo inmortales canciones. You are so beautiful bastaría para que pasara a la historia de esa música del ampuloso siglo XX. Heartaches...


Una adicción

Esta es una de mis adicciones. Leí que su ingesta alivia el asma, pero mi tos de perro no flaquea ni se reduce. Me comen los pólenes, me devastan el pecho, me rajan la voz. Lo de mi amor por esta sencilla cartografía química viene de antiguo. No hay día en que no me la administre ni noche que su abuso me haya robado una brizna de sueño. Al igual que el tabaco, del que no dependo pero al que suelo acudir de cuando en cuando, engolosinado como cuando compraba mi cajetilla diaria, lo relaciono con los bares, con la poesía de Baudelaire, con el cine de Howard Hawks o con las estaciones de tren a la espera de que alguno me lleve al idílico norte de la canción de Sabina. Por supuesto que el norte, al menos ése, no tenía nada que ver con los puntos cardinales. Hoy me he sentido reconfortado por una dosis generosa en la hora en que quizá no haya nada mejor que meterse en el cuerpo. El mío está acostumbrado a mis vicios. Esta adicción la soporta estoicamente. No me ha lanzado ninguna llamada de auxilio. Voy a servirme otra taza antes de que se me pase el efecto psicoactivo de la última.

2.6.11

La revolución distópica / La historia tóxica


I
Me mantengo a distancia de las academias. No porque esté por encima de ellas o porque nada tengan que yo pueda aprender sino por el hecho de que descreo del saber compartimentado, de ese enciclopedismo casi entomológico que hace que una serie de estudiosos (con su parte femenina a la vera, no me distraigo de lo correcto) administren el acervo cultural de un pueblo. Caso de haya que ocuparse de un asunto tan metódico, la cosa no debería pasar de la custodia. Esa distancia que invento no es premeditada. Existe porque mi vida no se arrima al mundo de las academias. Lo que no borra la sensación primera: que me dan grima, que me aturden. No creo (insisto en el descreimiento) que el pueblo debe confiarles la gestión de un material tan sensible. La de la Historia está ahora en entredicho por razones absolutamente objetivas: contrataron a quienes no estaban dispuestos a escribir el texto que se esperaba del cargo que ocupan.
II
No se entiende que hayan rebajado al dictador Franco y sólo se le acuse de cierto autoritarismo. Se falsea la Historia en la barra de los bares, en la intimidad de las casas, en tribunas domésticas, pero no cabe que el calumniador, el sabio irritado que de pronto ha visto la oportunidad de vindicar lo invindicable, escriba bajo nómina del Estado. Que sean nuestros impuestos (no pocos) los que alimentan el barbarismo intelectual. No sé quién es el tal Luis Suárez: una pequeña entrevista en una cadena televisiva de poca audiencia no rinde argumentos con los que forjarse uno una idea más honda.

 III
Rigor, perspectiva: eso se echa en falta en este Diccionario Biográfico Español. No defiendo el pensamiento único: aliento la idea de que se controle qué se ofrece al lector ignorante, al que acude virginalmente a lo que considera una manifestación fiable del sentir de una sociedad moderna, que ha superado con creces las tinieblas que padeció y que se rehace, a poco que la dejen, a trompicones, pero sin malograr el futuro por añorar en demasía ese brumoso pasado. El articulista Suarez tiene (no lo dudo, no deseo lo contrario) feligreses de su causa. Hay foros que le abrirán los brazos y le extenderán jugosos cheques para que airee la ficción de que Franco fue sólo un señor autoritario, pero no es de recibo (sea eso del recibo lo que quiera que sea) que una Academia de la Historia (todo así muy en mayúscula, dándole pompa y circunstancia) le reclame para que firme una de sus partes. Quizá una de las más controvertibles. Lo dicho: academias, ¿para qué servís?

IV
Por otro lado, dejando ya de lado la hagiografía franquista, no sé bien a qué esto de sacar una tanda de libros, veinticinco ahora, otros tanto (creo) más tarde, a precio imponente, sobre personajes que fueron algo en la Historia. Ya que murieron las enciclopedias, no se acaba de comprender con qué razones se ofrece otra enciclopedia más. Muertas las enciclopedias que se liimitaban a acumular datos, podríamos patentar la Enciclopedia Distópica, la que hace las funciones de manual de literatura fantástica, la que ocupa el lugar que deberían haberse ganado los libros de autoayuda. A lo mejor alguien, al leer las bondades del Generalísimo y de sus abnegadas huestes, se siente reverdecido, instalado otra vez en la calle, reclamando derechos. No me extraña que pronto se instalen en Sol y se busquen a algún descerebrado sin información histórica que les tenga al día de cómo funciona el tweeter, el facebook y los sms. Está al caer esa revolución. Pero claro, soy de alcances sencillos y no viví la dictadura en carnes propias. O quizá sí: Franco y yo respiramos el mismo aire durante nueve años. No tuve ningún problema. Tampoco lo advertí en quienes me cuidaban. Lo dicho: qué caso se le va a hacer a quien no ha sentido el destrozo. Ah, oídos sí tengo y he escuchado y leído lo suficiente como para asustarme de que ninguna brizna de ese aire compartido me perjudicase en algo. Ay, qué frágil es la memoria y qué valiente es el olvido.


Leonard Cohen, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2.011



No tengo ni idea qué posee Cohen que no hubiesen visto antes en  Dylan para que los que administran la idoneidad de los artistas, raro oficio, no crean, se hayan inclinado por otro poeta del rock en  la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Las de Leonard Cohen se merecen el galardón porque las hay excelentes y se han mantenido en ese nivel de excelencia durante casi cuarenta años. El jurado ha querido premiar a un cantautor, prescindir de la literatura escrita y darle cartas de nobleza a la oral, a la que se transmite sin el concurso de los libros y adquiere vuelos en la intimidad, cuando uno busca al predicador (la belleza es una especie de fe y requiere de un pastor que la conduzca) y elije los salmos cómplices.

Con los poetas que cantan uno cae en el sencillo error que consiste en mirar más el formato, el envoltorio en el que recoge las letras, que las letras en sí. Leonard Cohen posee un austero modo de contar sus historias de amores vencidos por el tiempo o ganados al tiempo, de hoteles que registran pasiones universales. Leí una vez que a Cohen le está llegando un invierno dulce y burgués. Lo sacan en volandas de los estadios (es un decir) y saca discos estupendos que se ganan el favor de la crítica (no conozco a nadie que, no gustándole Cohen, se empeñe en censurarlo, en negarlo, en reducir una brizna su magisterio) y del siempre veleidoso público. El suyo es fiel. Lo lleva siendo durante generaciones. Parece ser que ése ha sido el argumento principal esgrimido por el jurado del Premio: la constancia en el tiempo, la cercanía a ese concepto resbaladizo e interesado, imponente e insobornable, que se llama clásico. Leonard Cohen es un clásico desde que sacó Suzanne o The partisan.

Maldito a medias, puro a medias, comercial a medias, Cohen ha labrado una carrera indispensable si uno quiere saber qué fue de la cultura en la vorágine del rock, en el tercio final del siglo XX, cuando se izaron banderas experimentales, se soltaron todas las bestias del infierno que es el mercado y se incendiaron los valores inalterables que ahora le han valido para erigirse como el privilegiado escritor de ese año. Su relevancia es sentimental al modo en que lo son todas las que apelan al imaginario de la belleza.  Ha ganado (digamos) el débil, el tapado, el poeta cavernoso de corazón lorquiano y pecho grande como un pabellón de iluminados. Ewan estaba ahí, Miguel, agazapado. Otro año. Gracias por la confidencia. De ella ha salido una corrección de última hora.


1.6.11

Historias del sombrerero loco


El sombrerero loco de Carroll en discos de vinilo en los ochenta. Selling England by the pound. Foxtrot. Nursery rhyme. Uno se da cuenta que está a salvo del aburrimiento a la vista de estas señales. Mira hacia atrás y encuentra los prodigios habituales, los que mantienen a raya al tedio ése del que hablamos. Uno de ellos, uno fascinante, estaba siempre ahí, en las historias medievalistas, de gigantes en los bosques y de atmósferas brumosas que calan el alma como si fuese un aguacero místico. Dio igual que se fuese el genio de Gabriel. Que Hackett probase en solitario discos irregulares, volviendo como podía al sonido ampuloso del que abrevó su talento. Los fanáticos más acérrimos (a veces lo soy, pero no conviene ese no saber apreciarlo y respetarlo todo) hunden a Collins, niegan que salvara la banda y la condujera al primor de los discos en Charisma. Con la Virgin, Genesis se deshizo, se armó de pop, es decir, de una blandenguería de la que antes, en la sublime época de las aventuras progresivas, carecían absolutamente, sin que nada hiciese ver ese dejarse convencer por el billboard, por el público joven, por la industria, que es un monstruo y actúa como monstruo. Hacía años que no veo un buen disco (un buen disco entero) de Genesis. Quizá Abacab, y tampoco. Vi al grupo en Málaga en la gira Invisible touch y brinqué y aluciné como si tocasen las perlas del pasado, pero se decantaron (ay mis vicios quebrantados) por la hornada reciente. No mermó el espectáculo esa renuncia. Tocaron Firth of Fifth y la pieza capital de la época mainstream, Turn it on again. De eso hace mucho tiempo. Era yo un ingenuo. Ahora lo soy en una medida distinta. Ingenuo en otras cosas. Crecido en ésas, quizá. En todas las andanzas de mi alma concupiscible y golosa están los discos de Genesis. En cintas de cassette amorosamente grabadas, en vinilos escrupulosamente mantenidos, en CDs trabajosamente comprados. Todo está ahí. Salvándome del aburrimiento cuando llama a la puerta y hocica su morro gris de monstruo familiar y triste. Y ahora, si me disculpan, cierro el post, me engancho a mi Ipod y salgo a la calle con The lamb lies down on Broadway. En la parte de In the cage suelo caer transverberar, elevarme, sentir como que entro en una especie de pequeño trance. Todo es inapreciable. Puedo estar en la cola de la charcutería y no manifestar ese sublime estado de gracia. Pero juro que lo tengo. Uno se va curtiendo en disimular los vicios, en esconder los estigmas de su causa. Ésta mía es inofensiva. Placentera. Lujuriosa. Ardiente.