31.5.11

El plan



Hay un orden secreto de las cosas que maniobra a hurtadillas y hace que todo se conjure a su beneficio. No busque el amable lector un logotipo que lo represente. Tampoco una cabeza pensante que lo administre. Se trata de una colonización invisible. Ya no recurre el invasor a ejércitos y armas sofisticadas. No se le ocurre alinearse o desalinearse con otros bandos en conflicto para conseguir sus propósitos. El plan consiste en inocular cultura. La industria cultural, servida en dosis pequeñas, convirtiendo al usuario en un adicto. Vale la filmografía de Walt Disney o el catálogo completo de los Red Hot Chili Peppers. JFK pasado por Warhol o el Tío Sam señalándote con el dedo. Porque tú eres el elegido. A ti se te ha escogido para recibir la tromba de contenidos. En ese pack antológico van el león de la Metro, el blues del delta, la generación beat, el napalm con Wagner sobre el Mekong, la pelvis de Elvis, el parche de John Ford, el jazz despeñándose alma adentro, Cody Jarrett en la cima del mundo, las hamburguesas de triple piso del McDonald's, el bourbon de Kentucky, Central Park, el cañon del Colorado, la autopista 61, los motoles con psicópata, Clark Kent abriéndose el pecho para que asome la S mayúscula, el águila calva, la Estatua de la Libertad, O.K. Corral, Jimi Hendrix en Woodstock, el puente sobre aguas turbulentas, King Kong, Buster Keaton descarrilando, Bonnie and Clyde, la ceremonia de los Oscars, las calles de San Francisco, el rock alrededor del reloj, el Delorean de Marty McFly, el estrangulador de Boston, las barras y las estrellas, el gordo de Minnessota, el pantalón vaquero, la consturcción del ferrocarril, Indiana Jones, la Dimensión Desconocida, la Marvel Comics Group, Perry Mason, Las chicas de Oro, Falcon Crest, Kunta Kinte, Apple, Tara, todos los libros de Dashiell Hammett, el pop, el rap, el hip hop, el big bang, el be bop, el just married (que vi el otro en un coche por las calles de mi pueblo), los taxis amarillos, los zombis del Thriller, los comanches, Russ Meyer, Bob Hope, la Garbo, Sunset Boulevard, Morrison cantando The End, Corleone teorizando sobre el honor, la Coca-Cola, Bob Dylan con gafas negras, Poe en un callejón.... (el amable lector puede ampliar el listado ad infinitum) Pero no quiere uno a veces escapar. Se siente cómodo siendo invadido. Pienso en esa escena magistral en La vida de Brian en la que se comenzaba por criticar a los romanos y luego se encendían los argumentos favorables.

30.5.11

Por Bogey



Lo quemaron medio millón de whiskies. Lo leí el otro día y no se me ha ido de la cabeza. De la cabeza a veces no se van las cosas irrelevantes. Que medio millón de whiskies y un severo cáncer de esófago se llevara a este tío enjuto, cabezón, huesudo y arrastrado en el habla (hay que poner DVDs en versión original, tirar de subtítulos y disfrutar con su deje un poco gangoso y reptil) entra en mis planes. Quizá porque habrá cientos de miles de tíos como él que se perdieron en el alcohol y dejaron este mundo temprano. Vi morirse a un amigo que se sucidió a base de gintonics y de blues a media tarde. No es una frase bien montada ni estoy en plan poético. Hoy he pensado en Bogart y en el suicidio asistido que supone ponerse ciego de alcohol desde que abre el día hasta que se despeña en el horizonte. Y al pensar en servirme un whisky como a veces suelo, viendo una película, ya en casa, ajeno al tráfago de la rutina, confortablemente sensible, he pensado en estar ingiriendo un arma letal. No me ha afectado. Me lo he despachado más que a gusto. Sólo me ha incomodado el fondo del vaso. Como si desde allí Bogey me mirara y me recriminara. Como si un acceso repentino de pudor me dijera lo inconveniente de darle cuartelillo a los pocos vicios que tiene uno. He brindado secretamente por él. No ha sido, seguro, la primera vez. Esta, en todo caso, ha sido consciente.

Mentiras dirigidas

Por lo general, salvo alguna noble excepción, no suelo dejarme entusiasmar por las opiniones de los que escriben. Se les desmadeja el ego y saturan al incauto que, las más de las veces, únicamente acude a la llamada de su escritor para conocer a la persona detrás del autor. Las biografías me parecieron siempre literatura tan arrimadas a la realidad, de tan escaso afecto a la invención, es decir, a su primordial ingrediente, que no me llenan. Prefiero la realidad impostada de un bloguero al que no conozco que la realidad impuesta de un escritor al que admiro. Suele pasar incluso que me fatiga ese saber que no pido, ese acudir a la casa y husmear los dormitorios, saberme autorizado a abrir los cajones y mover las prendas íntimas buscando, más que objetos previsibles, alguno sorprendente, relevante, útil para fantasear con la posibilidad de entender mejor los libros de su dueño, la escritura que vierte. Nunca he sido fácilmente impresionable. Bien quisiera lo contrario. Abrir de cuajo la boca y permitir que la información recién adquirida modifique la información antigua, la de las historias urdidas por un señor del que no conozco absolutamente nada, excepto tal vez una cara, una adscripción a un movimiento literario o, a lo sumo, un contexto que me faculte para el disfrute completo de su obra. Las obsesiones de los escritores son parecidas a las de los lectores. El que lee, de un modo absolutamente mágico, es también un escritor. Uno inmóvil. El que nota el peso de las palabras en la cabeza. El que se siente conmovido o angustiado o violentado por el peso de las historias. Hay historias que no precisan un nombre detrás, una autoría. Esa literatura invisible es la que últimamente me interesa más. Tal vez en eso radique mi creciente interés por buscar blogs en la red y emboscarme en lo que otros como yo avanzan sobre lo que sienten. Yo mismo, influenciado por esta repentina inclinación casi arqueológica, he pensado de repente en cambiar el tono del blog. Hacer una especie de diario muy falso, muy verdadero, muy personal. Lo mentido, lo real y lo que resulta de mezclar esas dos texturas de la invención pueden producir textos interesantes. Iré viendo si alguno mío, una vez releído, me parece asunto volcado por otro. Como si no me perteneciera. Es más: ojalá consiga que todo esto que a diario entrego sea, en el fondo, un material ajeno. Una mentira dirigida. Por otra parte me cansa este hablar de mí continuamente. Cierto que no poseo a nadie más cerca ni del que tenga un conocimiento más exacto, pero esto, llevado a un extremo, no debe ser bueno. Perdonen si molesto.

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Simpatía por el diablo



Tengo absoluta confianza en la bendita bondad del mal. La tengo desde que consentí en que la ficción guiase una parte considerable del rumbo de mi vida. Siendo como es una vida exenta de peligros, escasamente involucrada en el riesgo y confiada enteramente al patrocinio antológico del azar, miro las vidas de los demás como si escudriñara en ella aquéllo que no es posible escudriñar en la mía. Poseo los suficientes recursos intelectuales, estéticos, morales y sociales como para prescindir de esa querencia hacia el mal, pero he llegado a la conclusión de que la maldad, al menos en la ficción, en el aparte inventado para distraer el ocio y amenizar las noches, es más atractiva. He visto siempre al malo con ojos que nunca dediqué al bueno. He cortado mis lazos de complicidad con una película al comprobar que el malo no estaba a la altura o que el bueno lo era en un grado superlativo, incómodo.   ( seguir leyendo en Barra Libre)

26.5.11

Las palabras del vértigo y las palabras de la fiebre

puro
por lo visto es posible todavía la pureza, negar la pérgola vistosa de las palabras, discurrir argumentos muy nobles, ver en cada hijo de puta suelto por el mundo un bardo, un cómplice, un descarriado al que es posible volver a sentar en el primer banco de la iglesia

las calles me escoltan al sueño
las calles me escoltan al sueño, pierdo la voluntad, el abandono es dulce, el vértigo es un placer que no se deja manejar en palabras, en el vértigo me aguarda el asombro o es al contrario y la fiebre de la sangre, suicida, ciega de colores, me impide razonarlo todo, hacer que la razón fornique con el lenguaje, pero yo soy un poeta y ahora estoy sentando en un bar, leyendo la prensa, pecando como puedo

dinosaurio
caso de que esto acabe como sospecho, enterradme

cátulo
imposible acompañar a cátulo de putas por roma, ya no hay cátulo, roma está intransitable y los burdeles hace tiempo que fueron derribados para que las putas se confundieran con las mujeres de los cónsules y de los palafreneros

tierno
a fuerza de repeticiones, uno se hace a verse ya un punto sensible, se encabrita el corazón en un arcoiris, la noche iza mi hombría, me duermo con un alejandrino en el pecho, espuma distraída que el amor cincela en el aire

todas las vidas que uno ha ido viviendo conduce a alguna parte
bourbon con bach esta noche, scarlatti con ginebra servida bien fría, miles davis con un extra de paracetamol, el mayor de los placeres mientras afuera sucede todo lo demás

me sobresalta la barba en el espejo
me sobresalta la barba en el espejo, el cansancio en el verano,  principiando en las ventanas, asomando su voz en las páginas del día, páginas que no escribo, todas las cosas inútiles súbitamente imprescindibles

roberta pedon
este vicio mìo de pecar siempre en las mismas obscenas cosas, este encendido instante de lujuria a boca llena, este vórtice de luz derramada, sed sin sombra, el adjetivo improbable con el que cerramos el día y los ojos e ingresamos, ufanos, imbéciles, en el sueño, mirando ubres ubérrimas, amores hippies de cuando uno escuchaba jefferson airplane en un walkman aiwa

kavafis tonight
pensar es una actitud de riesgo, una invitación al desorden, escribir es ordenar el riesgo, considerarlo, se vive al margen, se vive afuera, el gran vividor es siempre el poeta, esta noche kafavis

recado de escribir
escribe uno atropelladamente, escribe en la parada del autobús, en el comprobante del supermercado, en pedacitos muy reducidos de realidad compartimentada

La cosecha


confía ciegamente en la cosecha,
la cosecha alumbra prodigios,
mojada de gozos,
golosa en lujuria,
la cosecha carece de preámbulos,
la cosecha no atiende a metafísicas,
nunca obedece,
desoye la luz cartesiana y homicida,
la cosecha,
esto dilo hacia adentro, esto apréndelo,
alumbra prodigios,
conforme a esta evidencia hocica la voz en la tierra,
escucha cómo respira,
ahí en ese pulso de aire tragado residen los dioses propicios,
los únicos dioses creíbles, los demás son figurantes,
no saber al final qué se nos cuenta,
si las virtudes de la cosecha o el morbo de la ceniza,
si el puro embeleso del milagro
o sólo la prevista sospecha de los días,
uno tras otro persiguiéndose,
escalando el corazón,
desmantelando el alma,
cubriendo de incertidumbres las horas,
abriendo de cuajo la mañana,
perdiendo en el combate las armas y los ánimos,
confesándonos
el secreto final de la trama,
la luz enredando sombras al aire,
el aire engañando luces al dueño
de la luz y del aire y de las sombras,
el que escribe
la noticia de la cosecha,
el pulso herrumbrado de sus frutos.




25.5.11

Blues del artista instalado permanentemente en mi cabeza



De todos los Bob Dylan que hay dentro de Bob Dylan el que menos me gusta es el de los ochenta. La paradoja consiste en que esa época fue en la que yo lo descubrí. Luego vino la mirada atrás, la fascinación por todos los discos de los sesenta. El descubrimiento de piezas inmortales. Algunas te acompañan para siempre. Las tienes en la cabeza. Están de alguna forma secreta sin que tú administres su estancia. He pensado que la belleza va a sus anchas por la cabeza de quien la acepta. Que coloniza al sujeto cómplice y desbarata cualquier posibilidad de erradicarla con movimientos sutilísimos. Sobra decir que el portador de ese bendito virus no se percata de la colonización. Yo jamás tengo la certeza de que Bob Dylan está en mi cabeza, pero cuando suena All along the watchtower o To make you feel my love (una muy antigua, una más reciente) me siento vibrar ahí adentro, percibo que la letra de la canción está sin que yo haya tenido la seguridad de saberla. Sé un montón de cosas que desconozco. Ésa es otra paradoja. Sé cuando llega el bajo y cómo el piano se encabrita sin que ese conocimiento esté presente mientras explico verbos irregulares en mi clase de Inglés o elijo una cerveza alemana en el supermercado. Sé también que yo mismo soy varios ejemplares de un solo ser aparentemente indivisible. Me he acostumbrado a convivir con alguno de ellos y casi estoy por decir que el que más me gusta es el del viernes por la noche. Será porque los viernes son buenos días para rocanrolear o para invitarme a salir por ahí y contar con los amigos y sentir pecho adentro a Bob Dylan confesándome lo solo que está. Bob Dylan está solo en el mundo, pero yo pienso en él a diario y no lo sé. Estos días lo tienen a mano en prensa y en los telediarios porque va a cumplir años. Seguro que tiene un disco buenísimo en la recámara. Salvo en los ochenta, Dylan siempre tiene buenos discos en la recámara.



.

No tengo instrucciones

Uno tarda a veces una vida en reponerse de lo malo que le sucede. Cree con ahínco en la injerencia del tiempo, en cómo las días y los trabajos, la rutina y la distancia que da el seguir viviendo, sin duda van a curar el extravío sentimental, el destrozo moral de vivir en tiempos que parecen no ser de uno, sino ajenos, fraguados por otro que no tuvo en consideración nada de lo que yo espero. Pero en ocasiones el tiempo lo único que produce es fatiga, fatiga a la hora de asimilar la imposibilidad de que algo bueno verdaderamente ocurra; produce hastío y hasta ira la constatación brutal del presente, como reza el título (formidable, por otra parte) de una novela que no he leído todavía.

Duele la facilidad extrema con la que nos vamos acostumbrando a vivir con ese dolor en el costado; duele saber sobrellevar la migraña del presente, el caos de lo por venir, toda esa urdimbre invisible de causas y azares que administran el camino por el que discurrimos, llevándonos a territorios fiables, confortables, hechos a nuestra medida, construídos a beneficio exclusivo de nuestro confort, pensados para que no distraigamos la vida sencilla que se nos está ofreciendo por el runrún metafísico, por la mala leche perpetua, por todo esa codicia de bienestar que parece estar escrita a fuego en el alma, que se nos debe por el manso hecho de ser ciudadanos de no sé qué mundo rutilante y hermoso.

Lo leí anoche en una entrevista a no sé quién. Quizá no recuerdo el nombre de quien lo manifestó porque era más importante el mensaje, el texto entresacado, que el nombre o la cara que podemos ponerle. Dijo que había sobrevivido cruzandose de hombros a todo. Dejándose vivir. Lo sostenía con fervor y se advertía una cierta militancia en ese pasotismo ardoroso. Borges, ferviente feligrés de digresiones teológicas, pero de escaso afecto por la divinidad y por la salvación del alma eterna, pedía al Señor cada mañana que le permitiese escalar la cumbre de ese día. Me imagino su voz un poco perruna, dejada y tristona, pidiendo en el zaguán de su finca que se le concediese la dicha de escalar la cumbre del día y de descansar al final de la jornada, feliz y cansado, consciente de haber asistido a otra jornada de penurias y de milagros.

Yo mismo, en fin, considerando la vida tan corta y los placeres tan faltos, he mirado al cielo al salir de mi casa y he creído escucharme entonar una especie de plegaria secreta en la que pido a mi manera, sin empeño casi, como sin prestar atención al vocabulario sino a la música interna del salmo, que el día sea bonancible y que acuda al sueño por la noche feliz y cansado, consciente también de haber asistido a otra jornada de penurias y de milagros. Será que, en el fondo, soy un feligrés más, uno de esos que no comulgan con la práctica, pero que se sienten como en casa manejando palabras como Dios si le borramos a Dios toda adherencia humana, todo vestigio de templo en donde adorarlo, toda evidencia de que aquí en la Tierra se matan los unos contra los otros por hacer valer el Dios que les mira. A mí no me cae ninguno cerca, a ninguno le debo el aire, de ninguno dependo para pertrechar la cumbre de los días, pero está bien la conjetura de uno exista, de que tutele la trama que levantó antaño, en la más remota antigüedad, en el comienzo convulso de los tiempos, en el instante primero cuando todo era inocente.





24.5.11

James Ellroy, un perro rabioso



Dice Ellroy que es Dios el que ha modelado su carácter. Dios y ver cómo mataban a su madre y la fe inquebrantable en su talento literario. Usted aliña ese cóctel psicológico con unas briznas de Beethoven y un amor sobrenatural por su país, por América. Porque James Ellroy es justamente el escritor que dice América unas pocas de veces al día. Me lo imagino diciéndolo en ruedas de prensa, sobre todo, pero también con los amigos antiguos y con los amigos nuevos, en familia. 

La América de Ellroy es autoritaria y es también una América a la que han extirpado la inocencia. Dice de América que perdió su virginidad en el barco que trajo a todos los europeos. En el Mayflower ya estaba el germen de la destrucción, el ocaso de un imperio que estaba a punto de izarse sobre unos pocos de miles de kilómetros de tierra vacía de ideales. La nostalgia como técnica de mercado nos tiene enganchados a un pasado que no existió nunca. Ahí debe encajar Beethoven, el Beethoven que Ellroy pone a la altura de Dios a la hora de edificar su carácter, el que se desenreda en libros muy voluminosos que hablan de la fascinación por el crimen y de un deseo casi irracional por entender las razones de la debacle de una sociedad. 

De él mismo, de James Ellroy, cuenta muchas cosas: las dice en montones de sitios en la red, en archivos descargable en pdf localizables en cientos de blogs y de webs. Dice que no tiene televisión ni ordenador. Más en ese hilo medievalista: no compra prensa, no ha estado jamás a merced del posibilismo logarítmico de Google y sostiene que el cine es una pérdida miserable de tiempo.

Ignoro a qué acude para escribir o lo sé pero no lo acabo de entender del todo. Dónde se documenta. Igual todo está dentro de su cabeza. He llegado a pensar que Ellroy tiene dentro de su cerebro la identidad del magnicida de la calle Elm. No lo rebela porque ahí tiene material para una trilogía nueva. Los escritores que se manejan en plan trilogía no me encandilan. Se le hace a uno un mundo saber que hay tres mil páginas esperándolo. Como si uno no tuviera una esposa y dos hijos, un trabajo y amistades con las que echar cerveza en los bares los viernes por la noche. 

En cierto modo, James Ellroy está encantado de conocerse. Es un personaje fantástico que ni a él mismo se le ocurriría para meterlo en una de sus novelas. Un hijo de puta: eso admite ser. Uno del tipo que hace chistes sobre cebras folladas por leones. A partir de ahí se pone a funcionar el Ellroy carismático y sale un camarero de un hotel fastuoso en donde se aloja en el tour que la editorial le ha montado de costa a costa para promocionar sus libros. Le cuenta un chiste al camarero y registra la gracia que le ha hecho: América es la inocencia del camarero que no sabe nada del mundo y que está en manos de Ellroy para extraer gestos que ilustren la psicología de un personaje. Si no es así, ignoro de dónde saca el muchacho las tramas de sus tochos. 

No sé si me gusta Ellry o no. Llevo la mitad de América. Estoy disfrutando como un cochino asqueroso. De hecho escribo así en este escrito bloguero humildísimo porque la escritura del maestro me ha dejado mella. Escribo hoy como si hubiese nacido en el mismísimo centro de América. En Ohio. Como si me hubiese criado en los años cincuenta en Los Ángeles y acudiese cada noche a los cines de Santa Mónica y a los clubs de Hollywood para ver salir de coches gigantescos a  las diosas con las que sueño a diario. Me está saliendo la novela negra por las orejas. 

Tengo a Ellroy clavado en el cerebro como un tatuaje yanki que pesara cien kilos. Para escribir Underworld USA Trilogy (en inglés suena del carajo, lectores) dice haber contratado una decena de investigadores: son los que le traen la información. Es como si a Antonio Gamoneda se le ocurriera contratar a un par de cientos de adolescentes sensibles, de corazón puro y mirar cándido, para que le trajesen el rumor del invierno en el aire de Madrid, el ruido que hace el amor cuando atraviesa un cuerpo devastado por mil dolores muy diminutos.

Ellroy es patético. Su escritura induce a pensar en lo patético, promueve ideas que rondan el patetismo, se declaran patéticas. Hay fragmentos de América, de la parte de la novela que hasta ahora llevo y que me ha hecho detenerme, respirar hondo y abordar este post salvador y descompresivo, que me parecen más aburridos que malos. Pasa eso: que en el fondo, engancha, pero es una adicción que se diluye a los pocos cientos de páginas. Te desentiendes de los personajes, no tienes morbo por indagar en la vida de Bondurant, en los tejemanejes (no me dirán que tejemaneje no es una palabreja cien por cien Ellroy) del tabloide Hush-Hush, sí, lector cinéfilo, el que aparecía en L.A. Confidential, la cinta de Hanson, ésa en la que salía Russell Crow con cara de pitbull y una mala leche como una montaña de humo islandesa.

Ellroy es americano porque no podría ser de otro sitio. Es más: lo es a sabiendas de que haya nacido en los Estados Unidos. Se puede nacer en Ucrania y tener sangre americana en las venas. Se trata de haber mamado bien los pilares del cine negro y de tener, cabeza adentro, literatura negra y música negra. A falta de negritud, de cine o de libros, de música o de graffitis en las paredes del metro, uno puede ser americano por amar el country o ruido que hace el león de la Metro cuando empiezan las películas.

Creyente con militancia, profeso votante de derechas, se ha divorciado dos veces. Sé que esta manera de conducirme no contribuye a que lea América, la primera parte de la Underworld USA Trilogy, con más instrumentos. Uno lee novelas dotado de una experiencia. Haber leído unos pocos cientos de novelas, no sé si mil, hace que se lea la siguiente con un oficio. El mío no se deja intimidar por la personalidad de quien escribe. En raras ocasiones acudimos a la wikipedia para ver si fulanito ha estado casado dos veces, vota republicano o se le ha visto merodear a la salida de los colegios, buscando mocitas. Leo por el placer de que alguien me perturbe. Quizá votar republicano y tener inclinaciones sadomasoquistas, qué sé yo, pueda hacer de un escritor un escritor mejor. Yo, cuando escribo, suelo contaminarme del cine que veo, de las novelas que leo o de lo que se va aprendiendo al tener vida social y frecuentar barras de bar y colas en la charcutería de mi barrio. Hay un mundo ahí afuera y hay otro en las estanterías, en las baldas en las que alojamos los tesoros que vamos acumulando. Borges. Kavafis. Valente. Cortázar. Poe. Wharton. Highsmith. Chesterton. Melville. Stevenson. Góngora. Kundera. Canetti. García Márquez. Me falta voluntad para meter a Ellroy en esa listado mágico. Leer que es creyente a extremos (según expone en varias entrevistas) o que no comprende que alguien con cierta edad pueda ser de izquierda no altera mi idea principal: la monumental historia que nos entrega en América, su incontrovertible voluntad hagiográfica a la hora de extender una épica ciudadana, un querer voltear las apariencias y entrar con un par de buenas armas en lo íntimo, abriendo heridas, causando otras.

Dice Ellroy que ha pasado algunas horas entrando furtivamente en casas. Igual que ha pasado (literalmente) más de diez horas en bibliotecas, también ha pasado más de diez horas en casas ajenas, abriendo armarios, cajones, buscando ropa interior femenina. El placer consistía, más placer cuanto más clandestino es, en ponerse las prendas en la nariz y buscar el origen del cosmos en la limpia tela. Si ese vicio acrecienta el talento y hace que uno sea mejor escritor, yo no lo seré jamás. No sé entrar furtivamente en casas, pero podría valérmelas. Haber visto tanto cine ayuda siempre. Lo que no entra en mis cálculos, ni siquiera en los más salvajes, en los menos publicables, colarme en la intimidad de los vecinos, abrir cajones, darle a la nariz un papel primordial en la gestión de mis júbilos.

Addenda: Voy a dejar esto. Mejor sigo con mi tocho. Créanme si les digo que valen la pena los veintipocos euros. No sé si dos de los grandes. Aquí no gastamos ese lenguaje. Horas de asueto. Diversión a mansalva. Sangre vagabunda. Un placer a estas horas de la tarde.

22.5.11

Una pedagogía del mal

 
Una de las primeras reglas de la política consiste en no dejar que la verdad eclipse una buena historia. Se lo dice un mafioso ya consolidado, con plaza y con mando en las turbias calles de Atlantic City en 1.920, en plena Ley Seca, a otro de más crédulos afectos, incapaz todavía de manejarse con soltura en la retórica y confiado, como joven, en la autoridad de las armas y del arrojo puro. La frase la pillo al vuelo en el capítulo que abre Boardwalk Empire, la serie televisiva urdida por Scorsese y que hoy, al fin, he comenzado a ver. Otra regla principal de la política, de la política ejercida como instrumento de poder y no como servicio, es la censura de todo aquello que se le opone y que aspira, en el fondo, a evidenciar los malos que fragua y el interés bastardo de esos males en su beneficio. Aquí es en donde empiezo a explicar qué entiendo por censura, cómo afectó esa censura mi crecimiento como persona y en qué punto andamos ahora en este mundo nuestro, globalizado, mercantilizado, convertido en un escaparate fantástico....
 
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21.5.11

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 I
Todas las revoluciones tienen un programa político, un slogan y un símbolo que las representa. Las revoluciones azuzan más revoluciones. El perfil del revolucionario casi siempre se aviene al joven desclasado, leído y sensible, amigo de pasquínes y conjurado a derribar las injusticias y sacrificarse sin  vacilación  por el bien mayor por el que lucha.  Lo equivocado de esta revolución del 15-M es que ha sido demasiado rápida. No ha habido un poso de tiempo que la asiente. Lo otro malo es que luego quedará (me temo) en símbolo de montones de cosas que pudieron ser y en símbolo de montones de cosas que lo fueron muy tímidamente, sin el afecto absoluto del pueblo llano, el espectador, el que no se decide a acampar en su barrio y lo observa todo por televisión, convenientemente desaliñado el mensaje, reducido al editorial del medio que la ha programado. Priman sobre los valores los intereses. Gana el beneficio en lugar de la pedagogía. Se instala en la sociedad la necesidad de un progreso económico ciego, pero no se produce un entendimiento de cómo administrar este beneficio. Lo que hacen estos revolucionarios y lo que van a seguir haciendo es hacer ver. Básicamente están enseñando las fracturas. Están diciendo: El sistema falla, hay que reconstruir el sistema. Por eso los partidos políticos se están frotando las manos. Porque, una vez heridos, no les están dando el tiro de gracia. No están siendo brutales en su mensaje. Están diciendo: Hace falta un cambio. Si no cambiamos, nos vamos a morir en un rincón asqueroso. Los ricos cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres. En ese plan miserabilista.

II
Es difícil compartimentar la ira. No se puede racionalizar el enfado y darle un texto con el que defenderlo en los foros del mundo. Los indigandos, los revolucionariios, los acampados, Izan al aire banderas bien visibles desde lejos, redactan manifiestos que a veces pasan a la Historia y hasta se agencian (a posta o sin voluntad) mártires que conciten después el espíritu de la rebeldía y representen lo que se hizo y cómo de lejos se llegó. Luego están las revoluciones huecas, las que se reproducen por inercia de otras, las que únicamente obedecen consignas muy modestas y las que jamás involucran del todo a quienes las conducen. En esto de ir en contra de algo lo que se ve primero es el entusiasmo. A partir de ahí, desde ese negociado irrenunciable, usted puede derrocar un gobierno o ni siquiera dejar entrever que desea hacerlo, pero se exige al menos ese punto de júbilo, de ilusión, de que algo grande se está forjando y anda uno debajo, a ras de soflama, en la militancia, en la trinchera.

II
Ahora tenemos trincheras en España. Trincheras semánticas o trincheras fonéticas. Trincheras con libros en la boca. Trincheras que resisten el paso invisible de un mal que sólo se ve desde la trinchera, tal vez, pero que nos están enseñando. Las veíamos afuera y parecían que no nos afectaban. El vecino puede hacer lo que le plazca porque es el otro. Bastante tengo yo con criar a mis hijos, procurarles un futuro digno y no malear mucho el mío propio, parece oírse en la calle. No sé yo bien eso del Estado del Bienestar si no es realmente esto que digo: una felicidad coherente, hueca, satisfecha del logro de unos cuantos derechos y consciente de que, en contrapartida, deben obrarse ciertas obligaciones. Lo que no aparece en ningún prontuario sobre libertad y justicia social, en esos panfletos de democracia moderna que los partidos airean ahora que están de campaña es la necesidad civil de que la población se guarde en la recámara un poco de ira, un poco de fe en la función cívica de la ira y de cómo esa ira, esa rebelión, ese conato de revolución o esa revolución ya sin ambages ni disimulos es capaz de reventar el Estado y reformarlo. Todos aceptamos que hay cosas reformables y que ese Estado, el que ahora se exhibe a pulmón pleno y bien está que al menos uno exista, no es un ente lírico ni completo. Este tipo de vida que llevamos puede ser muchas cosas, pero en modo alguno es un hecho inmutable ni está tutelada por la voluntad de unos pocos reacios a que desaparezca.

III
No creo que los indignados, éstos que se adueñan de las plazas y se mancomunan en pasquínes y en cánticos de salvación, alcancen a entender el precio de esta indigación y supone uno, que no está allí sentado ni ha emitido ningún signo de apoyo a los revolucionarios de forma fehaciente todavía, que volverán después a casa con muchas cosas ganadas. Ganarán pese a que al final terminen perdiendo. Ganan por el hecho de haber fundado un movimiento, uno que explica las cosas sin que en esa explicación medie la injerencia de los partidos políticos o del mercado, perdonen la redundancia. Harán que algunos extraigan consecuencias razonables y reconstruyan en su interior la idea de una democracia que consiente extravíos, desatinos y perversiones que no caben en un modelo civilizado de convivencia. Pero es que no convivimos: estamos en un ecosistema al que le extirparon hace tiempo el corazón y que se ha acostumbrando a funcionar sin que concurse la poesía o el amor al prójimo o la libertad pura y sin retórica. Como siga así voy a parecer un fan de Coelho y no hemos venido aquí a eso.

IV
Estos indignados o acampados o atrincherados,  por el hecho de serlo, de dejar que los medios los nombren así, empiezan perdiendo la batalla en el campo de la semántica. Muchos conflictos se pierden en los titulares de prensa. Viene el mensaje ya viciado por el concurso de las palabras que lo explicitan. Indignados, quizá, pero razonables. Nada de lo que ansían está vacío de sentido. Piden que no existan paraísos fiscales, que se prime el empleo juvenil antes que la vigencia de un mercado laboral ampliado hasta los setenta casi, que se modifique la ley electoral o haya democracia dentro de los partidos políticos, que se grave al que más tiene y no al desposeído, que se arbitren mecanismos éticos para conducir los mercados. Pero antes de todo esto, quizá antes de alzar un documento válido que dé cuentas de lo que realmente reclaman, quizá deberían controlar los movimientos peristálticos de la revuelta. De hecho no pueden impedir que algunos descerebrados campen a sus anchas por la acampada y se hagan el harakiri argumentístico y no sepan qué es la Junta Electoral, a qué bestia mitológica se enfrentan o a qué lugar conduce esta algarada pacífica, cómo no, voluntariosa y germinal como una canción de Dylan en Woodstock. Piden con la boca ancha y piden con el pecho limpioy se les llena la revuelta de espontáneos que no acaban de entender el hilo primero de la trama, el motivo prehistórico, la causa genética. Que es posible, al cabo, que no haya alternativa al capitalismo o que los bancos continúen su idilio con el mercado y sean los que verdaderamente gobiernan el cotarro.Que el jefe es el mercado, sí: un jefe autoritario, uno con una sola idea fija en la mente, vacío de ternura. Un jefe que provoca la crisis, asfixia al asalariado y luego, una vez amainado el temporal, vuelve a sus beneficios y prosigue su idilio salvaje con la pasta.

De lo imposible y de lo necesario


Como si no se tuviese ya una idea clara de qué hacer mañana a pie de urna.

Spanish thing

20.5.11

Ghost in the machine

No sé si la realidad, a fuerza de mirarla muy de cerca, se pixela . Se lo pregunté al oráculo y me indexó un ciento largo de páginas en donde dar rienda suelta a todas mis fantasías cognitivas. He probado un par de ellas y he regresado a mi plácida oscuridad doméstica, desencantado. Un spam en mi correo me confirma la idea de que mi ip ha sido fiscalizada y no hay ahora blog que yo visite que no sea anillado, tabulado y considerado peligro potencial. Infiltrado en la realidad, uno tiene que guardar siempre las apariencias. El temor a ser descubierto. La creencia de que hacemos cosas terribles por las que tenemos que ser castigados. Así que cuando me obceco como sólo yo sé en mirar la realidad muy de cerca y descubrir si se pixela o no (macrobloques muy incómodos que perturban la visión nítida y pristina) procuro que nadie me observe. Anoche creí ver una niña con trenzas que me obsequiaba con una sonrisa, pero no es posible hacerse ilusiones. Hay niñas adoctrinadas que informan con prosa metódica y mucha mala leche de las actividades subversivas. La mía lo es en extremo. No se puede ir por ahí buscando el revés de las cosas, el lado oculto, los pliegues más retirados de la blonda. O se puede, pero bajo riesgo de que una niña con trenzas te sonría y archive en su memoria de delitos ajenos tu indiscreción. Entras en una página de filatelia y un anuncio de porno duro se cuela en tus cookies de modo que pareces un salido. Salidos andamos todos, le dije a mi amigo K. Salidos por interés. Entrado no me veo. Me siguen turbando las mismas viejas causas.

Hay niñas con trenzas por todas partes. Van solas y es casi imposible entablar un diálogo con ellas. No se dejan engolosinar con regalos ni se avienen a juegos ni a chanzas propias de la edad. K. ha observado que no hay vida en sus ojos. Yo no he visto ninguna tan de cerca. K. también se ha puesto tozudo en mirar la realidad muy de cerca. Caso de ver los píxels se confirmarían todas nuestras más terribles sospechas. Que el mundo tal y como lo conocemos ha sido suplantado por una creación infográfica. Hace un par de días encontré un recorte de periódico. Noticias de bolsa. Al cogerlo aprecié el mapa de bits. Códigos binarios como fantasmas agazapados en la máquina. K. me ha asegurado que en una ocasión le asaltó la imágen de un pixel muerto, uno sólido e incandescente, contagiando los píxels circundantes, invitándolos al sacrificio digital.
Desde que vi a la niña con trenzas duermo a saltos. Tampoco me ayuda la alergia, este muro que no permite el paso del aire de afuera. Reforzar la puerta y atrancar las ventanas no ha impedido que a veces imagine que los guardianes de la otra realidad (ignoro cómo llamarlos, espero no tener que averiguarlo, tampoco tengo a mano Walter Bishop) ya están en mi casa y cuidan que no alarme a la población con mis conjeturas. K. tiene desconectado el router. Apenas sale de casa. Atiborrado de libros, disfruta de una porción de realidad sin contaminar, pura como el sueño de los ángeles. No sabe qué cosa el tweeter. Qué el facebook. Vive bien sin la injerencia de la información. Dice que le aturde este abuso. Que le apesadumbra en extremo. Que nada de lo que afuera sucede posee un interés que le distraiga de sí mismo. Encapsulado, acapullado, desintoxicandose poco a poco de todo esa tralla de bits que ha ido acumulando hasta que un día comprendió lo inútil de la travesía. K., recapacita, le digo. Hazte una cuenta en facebook. Tendrás cien amigos en una tarde. Les contarás el ruido que hace tu cerebro cuando lees a Musil.

Yo ahora oigo constelaciones, percibo la trama secreta de Dios en el latido infinitesimal de cada píxel, escucho la música de todos los arcanos del mundo, advierto en la respiración de mi Heráclito, mi perro, levísimos ruidos que parecen engranajes de una maquinaria que no ha ensamblado como diseñaron. Ni ladra como hacía. Se me acerca y me olisquea, cercano, pero hemos perdido la ternura de antaño. Cuando termine de escribir este post, desconectaré mi router. Lo miraré como se miran los objetos vacíos. Pensaré que es un vestigio de un vicio vencido. Un vicio, al vencerse, se convierte en un dolor profundo en el costado. Un vicio, al superarse, desaloja el placer y crea una capa gris de rutina que sólo puede ser retirada con la instalación de un vicio nuevo. 

No seré capaz de apagar el router. Me embeleso viéndolo parpadear. Leds convulsos. La vida también discurre dentro de la máquina. Los fantasmas son familiares: no dan miedo, apenas perturban mi ocio doméstico. Incluso aletean, cómplices, cuando escribo. Me da la impresión de que todo ha sido una congestión digital. Me recupero. Insisto en los mismos precarios placeres. Todo se deja llevar por la misma enfermiza rutina de links. Hace diez años no tenía ni puñetera idea de lo que era un link o un blog o un post. Dentro de diez años no usaré el castellano, a este paso. Transcribiré mis emociones en base a algún código algebraico, ceros y unos. Algoritmos en vez de metáforas. El formato es lo de menos, dice K.Su oráculo es todavía una balda sobre la que descansan los títulos memorables de Castalia. Igual no se está perdiendo nada en ese dar la espalda suyo que a veces me irrita tanto.


19.5.11

Sinatra, Ringo y el punctum

Frank Sinatra se relaja en casa con su perro Ringo (Palm Springs, 1965)

De las personas a las que uno sinceramente admira no se entiende que obren al modo en que lo hacemos los demás. Se cree falazmente que viven en una especie de país al margen del resto de los países, un reino encapsulado, una narración más propia de la ficción que ellos representan y no la realidad burda, tosca, terrena al punto de parecer, a la vista de su rango y de su desencanto, mediocre. Vemos a Sinatra en su casa de Palm Springs como al funcionario vuelto a casa tras una jornada de trabajo. Pone los pies en la mesa (olvídense de Aznar en las Azores y piensen más en un John Wayne descabalgado y patrióticamente casero), mira con afecto al perro Ringo, quizá en honor al beatle menos vistoso. Lo que contradice esa visión tierna del bucolismo hogareño es el soberbio aparato de cinta al fondo de la sala. He mirado la fotografía con atención, evitando la prisa, buscando eso que me contaron en un seminario sobre imagen y que llamaban pomposa y cultistamente punctum. Bueno, pues el punctum de esta foto, el punto de fuga o el punto de entrada, la bisagra que hace que la imagen no se escore ni se pierda y mantenga todos los elementos en un sano equilibrio es precisamente ese imponente aparato de alta fidelidad. Amo tanto el hi-fi que no he podido estremecerme pensando en la musicalidad de ese viejo (a esta luz de los tiempos) equipo. Cómo sonaría ahí la orquesta de Tommy Dorsey o la del magistral Count Basie. Cómo empaparía el aire la cadencia lujuriosa de For once in my life, That's life o The girl from Ipanema, que el astro de los ojos azules convirtió en un standard sin que se perdiese (ay qué portento de arreglos, qué intuición, qué sentido de la composición) el aroma a bossa nova. Quizá nada de esto que vemos perdure ahora. No habrá Ringo como no hay Sinatra. Los altavoces estarán desvencijados, convertidos en el chasis de una radio de AM/FM de un obrero de la General Motors en Detroit. Quién sabe. Nunca se sabe. Hasta es posible que esa radio haya restituído en el aire viciado de la fábrica For once in my life o Stormy weather. Don´t know why. There's no sun up in the sky... Cuánto le debo, ay, cuánto me ha hecho y me hace disfrutar este tipo que acaricia a Ringo.

Dossier



yo solo al filo mismo de la única enfermedad posible, 
yo solo, fractura de aire en el aire, mordida evidencia de la tarde abismando su cansancio sin abandono en la página, en los gestos, 
yo tan mío ya sin signos de destrozo, pensando en Kant, pensando en la novia de los quince años, en el almíbar poderoso de los ojos y en la carne alborotando la semilla perdida en el fondo del alma, 
yo por el fuego siempre indeciso, abrevando en la llama, luz que agoniza, 
yo de pronto con la voz de Joe Cocker en el blues del caballo ahogado por el vértigo, en el eterno blues enfermizo, 
yo en la noche improvisada, 
yo con una botella de amor muy puro que voy ofreciendo a los viandantes, gente de azafrán y gente de clausura perfecta, gente que me confía el dolor de las horas, el terrible dolor de las horas, el incendio que provoca adentro contemplar el vértigo, ah el vértigo, el inmarcesible, el vértigo seguido de una luz que turba y de un ejército de sombras, el vértigo en un viernes sin sacerdotes, en un viernes limpio de ceniza y de llanto, 
yo en un cielo de alacranes, 
yo en una turbamulta de alucinados, 
yo en la cola del pan y en la mejilla del piadoso, 
yo en el momento en que la tristeza canta su doble canción sin fundamento, 
yo elevado a todas las máximas potencias, 
yo que mastico versos de Walt Whitman y duermo empalmado de palabras, gozosamente mercenario del júbilo de la carne, 
yo con jadeos y yo gimiendo,
yo que me como mis ojos y escupo alejandrinos levemente tocados de lujuria
yo en jueves de lluvia en Lucena antes de abrir el día y antes de entrar en las horas,
yo como pregunta porque no sé manejarme bien en ser respuesta,
yo ataviado de mí mismo a salvo de los disfraces que se van apareciendo y me miran,
yo en la piel del aire, ardido, precario, proletario, varado en mi ser, sin salir a la calle, sin contemplar el vértigo y la fiebre, sin registrar la travesía que va de lo muerto a lo muerto, sin futuro,
yo con rimel de fonemas, con cuerda de preso íntimo, con vara de mando de yo, aliviado y ofrecido, con toda esa complexión infame de vecino ordinario que sale por las mañanas y compra el pan y recita buenos días mientras va pensando en los avatares y en los calambres, en Chet Baker en Holanda ya muy al final de su vida y en Hemingway en Madrid, escribiendo en un hotel, sintiendo la punzada del toro del caos al borde mismo de la vieja máquina,
yo a mi modo muchas veces yo, el yo consecutivo, el que se desvanece y se iza, goloso de aire, idílico y nítido,
yo catedralicio, espiritual, fingido eco de una voluta de amor muy puro súbitamente abandonada en un sueño,
yo inmarcesible,
yo el impuro,
yo el pagano,
yo el solo,
yo en mi centro exacto, en mi sombra cabal, en mi afecto antiguo, en mi voz sin dios, en mi pecho mío,
yo conjugado en todas las formas del verbo, abierto en canal, expuesto,
yo domesticado,
yo contrariándome, fugándome, explayándome, inventariándome, negándome, vibrándome,
yo con Mishima, con su cabeza cortada, con su ojo nipón y kamikaze,
yo zombi en La Habana anoche,
yo multicanal, dolby surround pro-logic,
yo embelesado en un tríptico de ángeles, ya ángel,
yo en mil novecientos ochenta sin Jorge Luis Borges,
yo aquí enfermizo y prerafaelista, ubicuo y perverso, sentimental y hueco,
yo al borde de mis palabras como una mariposa temblona que olisquea un pétalo y vence la timidez y se zambulle en la esencia panteísta del polen y renace,
yo en mi verdadero flujo cósmico, astilla de una luz de un millón de años,
yo el improbable, el fingido a diario, el convocado por el numen y rechazado por el numen, el que resiste y proclama oh la dulzura, ah la dulzura, pero nada es del todo dulce o nada se endulza, en todo hay que abonar un peaje, un diezmo, la contribución al sostenimiento de los valores eternos con los que uno sortea el vivir, el saberse muriendo, el atisbar en las distancias avisos de ceniza,
yo sobrio esta noche, ya nunca hijo de jack daniel's, huyendo del libro de las horas, dejando atrás el verde, los húmedos verdes de los primeros poemas, los poemas sin asunto, huecos por dentro, de una oquedad vistosa, pero sin semilla, incapaces de alcanzar la plenitud, el holograma de una plenitud,
yo adán, elegido, creado de un soplo, borrado de otro,
yo en mudanza continua, abatido por las circunstancias, cercado por los números y por el frío, hurgando en la tiniebla, feliz sin saberlo,
yo escribiendo,
yo el festivo,
yo el inverosímil,
yo el aterrado,
yo el cronista doméstico, el demiurgo delincuente, el que piensa en la sangre de pato del poeta en Nueva York,
yo en evidencia,
yo en conciencia,
yo en mi algoritmo secreto, en mi pulso hondísimo, en lo que más acendradamente soy y por lo que seré en el futuro considerado,
yo multiplicado, crecido, superado



18.5.11

Los planes


El buen cine negro, incluso el más turbio, el que mejor se empapa de la mezquindad de lo humano, suele dejar caer pasajes melancólicos, restos de alguna historia de amor. Casi ninguna de esas historias están a la altura de la escritura melodramática de un Douglas Sirk o un William Wyler, pero Raoul Walsh o Howard Hawks registraban el mal puro y el amor puro con absoluta continuidad, sin que advirtiésemos la fractura entre esos dos mundos aparentemente enfrentados. No hay tal apariencia: están abrazados. Uno vive del otro. La hondura del buen cine negro (ahora que he empezado a leer America, la primera parte de la trilogía de Ellroy) está en el abrupto concurso de la pasión para justificar comportamientos crminales. Deme usted una pistola, una mujer y metros de celuloide y le hago una película. Alguien dejó escrito eso. Para amar en una buena historia de cine negro no hay que poner ni un solo gesto galante. Ni siquiera hablar al modo en que lo hacen los enamorados. Él le dice a ella que la ama sin perder de vista la carretera y sin dejar que su mente se ablande ante la evidencia de que ese amor puede estropearle los planes. Son los planes los que importan. Todo lo demás es literatura. Otra vez.

Libro de horas / Evidencias de estilo

 I
Hay quien muerde golosamente las horas. Quien se entretiene en imaginar cómo sería mordisquear con delincuente arrobo el pezoncillo purísimo del tiempo. Cómo sería regresar más tarde al tráfago sencillo de la rutina como único asidero sentimental.

II
Hay una tipografía del pecado, una plenitud semántica de arcanos, una evidencia absoluta del vicio arracimado en un gesto, en una baba imprevista que despeja el riguroso labio cuando la belleza cruza, inédita, esplendente.

III
No he tenido yo jamás conciencia de tener una vida interior. Mi alma, caso de que la tenga, consentirá algún exabrupto, una conmoción, una leve anuencia de la presencia absoluta de la dicha. No dispongo en este momento de ninguna otra evidencia de estilo.

17.5.11

El baño de Betsabé (Cornelis van Haarlem)


betsabé
sufre un cáncer sentimental que la postra en un adjetivo y le niega el pan de los días, la dulcedumbre moral de las noches,
betsabé
desoye al augur, se miente en el espejo, sangra obscenas plumas sin amo cuando llora,
betsabé
sueña con cimitarras eléctricas, sueña con caballos desbocados en su sexo igual a un fruto mudo y sabio,
betsabé
de noche revisa los libros de geometría,
se toca el pecho por si las lagartijas le abrieron un túnel,
callada como un vuelo de pájaros en un verso,
betsabé
asciende a su sombra y se proclama inútil para andar las calles y enredarse en charlas que siempre la turban,
betsabé
pierde el brocal de las horas y se deja volar por el envés de su alma hasta tocar el secreto centro del cosmos,
que suele coincidir con un picor centrípeto y orgásmico que la deja exhausta, arrumbada en un punto impreciso entre su soledad y su orgullo,
betsabé
conjuga verbos copulativos sin el concurso del macho,
contrariamente a lo que pueda pensarse el pudor la embarga y no sabe mirarse al espejo sin que un rubor adolescente le adorne el pulso,
betsabé
resuelta en alegría y en vértigo desteje las horas,
se bebe la euforia del instante bendito en que el amor invisible del aire la roza y la excita, se la bebe sin prisa, sacando la lengua hasta que la tensa y le duele la mandíbula,
betsabé
negocia hierbas con la luz, las huele, las mastica,
piensa que dentro le crecen selvas y le cantan pájaros cuando duerme,
betsabé
no cree en un dios que la redima, no cree en un dios que la escuche, no cree en un dios que la abrigue,
el dios de betsabé es una cimitarra de hierro, es un pozo tan hondo que las voces cuentan todos los cuentos cuando caen y se pierden adentro,
cuentos del infinito, cuentos de escombros primitivos, cuentos de lo que no puede ni siquiera ser nombrado,
betsabé
no sabe nada de lo que ha visto,
no sabe de milagros ni de puentes que cruzan dos silencios,
no sabe del fuego primordial ni de las costuras del cielo,
betsabé
hace sangrar al agua,
aconseja al viento que amaine,
cruza la distancia que separa
un ensimismamiento y otro,
el embeleso cabal y la travesía que lo hunde,
betsabé
se aparta, ya bien preñada, se engolosina consigo misma,
se empecina en negarse, en darse a su voz, en ofrecerse
entera y fértil, fértil y entera,
betsabé
estalla pecho adentro,
se deja romper adentro,
mira su ser sin centro,
conoce al dios antiguo de su corazón
secreto,
betsabé
cuenta entonces
el tiempo completo de la cosecha más limpia,
el fruto
divino de su voluntad de tierra

16.5.11

Yo tengo mis propios saltos sinápticos, sr. Hawking



Ojalá el cielo fuese un cuento de hadas. Sostiene Hawking, el eminente, que nada sucede una vez que el cerebro ha dejado de bombear saltos sinápticos. Como el mundo de las fluctuaciones cuánticas me viene ancho como el Kalahari, sólo me detengo a escuchar la música de las palabras. Ignoro si debajo hay un dulce trino de pájaros o notas desafinadas que chirrían alma adentro. Para que yo crea en el más allá o descrea, no preciso ninguna habitación llena de libros seminales, catálogos de ciencia pura como un puñetazo sobre una pompa de jabón. El mundo es frágil y es extraño. Prefiero la forma de entenderlo de David Lynch a la de este sabio absoluto sobre el que poseo un conocimiento demasiado rígido. Me está cansando el buen hombre y ese tintineo suyo de showman cuántico. Quiere poner las cartas sobre la mesa, pero no hay mesa ni hay cartas. Dios, al que busca, no está en una molécula. Tampoco fuera. Quizá está en una metáfora. En todo caso, la historia del tiempo, el Big Bang y los agujeros negros son amenidades de un cerebro con abundancia de saltos sinápticos, un cerebro (pongamos) demasiado irrigado. El mío, ay, está endeble. Se alimenta de frivolidades. Hoy, sin ir más lejos, caminaba por la noche escuchando Foxtrot, el formidable disco de Genesis, y pensé en eso, en las causas primeras del Universo. No sé razonar cómo fui del rock progresivo de una de mis bandas favoritas a los arcanos del cosmos. Ya digo. Saltos sinápticos. De golpe me llegó uno que me dejó a las puertas mismas de la percepción sublime de las cosas. Me duró un segundo. Lo juro. Un segundo.

Hacia otro lado



"Una velada en que todos los presentes estén absolutamente de acuerdo es una velada perdida"

Albert Einstein


15.5.11

El cielo cayó sobre nuestras cabezas


Hace unos días entramos en un vacío digital del que salimos indemnes. Observé mi ánimo con atención y no advertí quebranto relevante. Nada como el día en que perdí un cuadernito de anillas en el que había manuscrito unos sencillos trabajos de amor endecasílabos en la barra de un bar en Córdoba. Todavía hoy pienso en la identidad de quien lo abriese y qué turbación sentiría al atravesar una puerta que no le estaba esperando. Hay puertas siempre abiertas y algunas que no deben abrirse. Así que la repentina interrupción del servicio de la compañía Pyra Labs, la que ofrece a sus clientes la plataforma en la que alojo El espejo de los sueños, sólo me hizo pensar en la posibilidad de una mudanza o en la fragilidad de los soportes a los que confiamos lo que escribimos. Busqué un refugio nuevo y hasta abrí un universo alternativo. Una especie de espejo repetido en el que alojé un breve texto a modo de fundación. Golusmeé en el editor del bicho y vi que, en esencia, no dejaba de ser un hermano bastardo, quizá un poco más sofisticado, del que se ocupa de airear lo que pienso desde hace 1.760 días. Todos esos son los días con sus noches que llevo aquí refugiado. El hecho de hacer balance de ese tiempo me hizo entrar en un maravilloso estado de zozobra espiritual del que no sé si he salido todavía. Pensé en la negación del servicio por mi parte. Yo sería Pyra Labs hackeando mi propio interés estilístico. Yo sería el causante absoluto de que mi pequeño e inofensivo contrato con la compañía de California cesase de inmediato. Yo, al final, sería el dulce suicida, el letraherido que ha decidido, a la vista del descanso impuesto, la prudencia de habilitar un descanso de más hondura.

Indicio de una manera de vivir a la que nos hemos arrojado con quizá excesiva presteza, el cierre inesperado de la rutina de escribir y de poseer un espacio en donde alojar lo escrito hace pensar en la fragilidad del envoltorio, en la importancia que le damos al lugar en donde colgamos (nunca mejor dicho) la ropa que nos ponemos y la escasa relevancia que se le da a la ropa en sí. De mí recuerdo la imagen de escribir en cuadernos de anillas, de los gruesos, en folios blancos que luego metía en carpetas grises o en servilletas de papel en los bares (ay qué placer más clandestino y maravilloso manuscribir en una barra de un bar mientras esperas que el camarero te sirva un café) y guardar con mimo esos papeles. La criba la realizaba muy de tarde en tarde y de ella salía algo que pasaba a máquina. Mi Olivetti Lettera 32 no se fugaba jamás. No le daba por ausentarse por motivos técnicos. Jamás me fallaba. Sé que todo es la manifestación del enfado por lo que sucedió en la Red, pero me sé también asistido por una razón íntima, tal vez no exportable en demasía ni sólida si se la enfrenta con los argumentos de los que defienden (yo me incluyo en ese defensa, sin duda) los alcances de las bitácoras, la certeza de que hay una disciplina tecnológica a nuestro servicio que se ocupa de hacer volar la palabra y que, en el vuelo, no se pierda. Pero el caso es que no hubo vuelo. A pesar del fantástico cielo izado para que el vuelo existiera y festejáramos la noticia del aire.



Gacelas extraviadas en un sueño



Un vértigo de caballos masticando azúcar. Gacelas en la puerta de una iglesia. Una novia doliente y flacucha que tuve. Kiwis sin destripar. Satmo en El Vaticano. La fiebre, el vértigo y todos los calambres morales que procuran los sueños. Lo demás está en la Barra Libre. Sírvanse, una vez más, entrar. Saben que es su casa.

14.5.11

El peso del mundo no es amor

Al principio pesan las piernas, pesa el corazón y pesa el rubor en las mejillas.
El mundo es un secreto y cerrado peso que hace temer fiebres muy altas o un vértigo de algodón dulce alojado en el pezón izquierdo. 
Después adviertes que el camino es largo o que tus ojos se han empequeñecido mucho. 
Vacía la distancia, el espacio huele a confitura de domingo. 
Abierta la brecha entre el corazón y las razones, la vida se mide en ángeles ahogados, ángeles que observan cómo un tren descarrila en una catedral de hambre. 
Dios tutela el ingreso en la boca del lobo.
Es la boca sin palabras que engulle el candor y la primera impresión dulcísima de las cosas. 
Es la tiniebla estallando en la tiniebla, es la luz y me están doliendo todos los huesos del verbo.
Debajo del verbo está el miedo. Debajo del miedo está la sangre.
La sangre a solas escoltando el cuerpo hacia su sombra.
Las horas abriendo en mi pecho un pequeño extravío de caballos.

11.5.11

"Un ovni persigue a un maestro de escuela"


Mal lo del león porque la gente desconfía de los animales en las historias sobrenaturales. La culpa es de los cuentos de Perrault y de los hermanos Grimm. Mal también porque lo vocee un maestro. Está el oficio muy tocado por dentro y por fuera como para que uno del gremio se tire de cabeza a la boca de Iker Jiménez. Mal que no lo registrase. En este mundo de descreídos sólo nos conforta lo que puede volcarse al youtube a beneficio de pánfilos de la metafísica y de frikis de la ufología rústica. Mal al final por la ocurrencia del maestro en acudir a un bar en busca de testigos del prodigio. En los bares casi nunca se concita un universo de espectadores a los que confiar las evidencias más sutiles. Ni siquiera las más burdas. Baste insistir en el hecho de que fue un bar en donde se produjo el avistamiento masivo para que el que escucha eche la atención a otro lado y confirme a sus adentros la naturaleza fantasiosa del relato. Pero la noticia está ahí, en las hemerotecas, y exhibe el protocolo habitual. Hay un lugar de los hechos (Fregenal de la Sierra, provincia de Badajoz), una cronología (junio de 1.976), un primer testigo (el maestro) seguido de otros varios (los clientes del bar), una observación (el platillo parece un león, brama una llamarada fulgurante y se va después de treinta minutos - muchos, a mi parecer - de hipnótica contemplación) y una reacción popular (los integrantes de la corte del milagro explican a los propios y a los ajenos el hecho singular y comienza la comitiva periodística, los sueltos en la prensa y las comidillas en las calles del pueblo). Jiménez del Oso seguro que indagó en el asunto.
Ignoro qué fue del maestro al que un ovni persiguió por los campos. Ni sé si esa circunstancia extraordinaria redujo su prestigio como educador entre la chiquillería del pueblo. Si fue objeto de chanza en los corrillos del patio o si, en la plaza del pueblo, se explayaban las mujeres relatando el avistamiento, inclinando hacia la desmesura y el barroquismo la noticia en sí. No sabemos nada de estas cosas y hasta es posible que nada relevante ocurriese después de la revelación cósmica. Imagino que el maestro saldría con más reparo a los campos y se guardaría de contar avistamientos futuros en prevención de que se le atribuyera alguna sensibilidad de la que carecía o su imagen en la localidad cayese en picado, víctima de la ufología. En veinte minutos salgo a la calle. Iré a mi escuela con el entusiasmo que las mañanas de primavera (alfombradas de pólenes homicidas) suelen, pero evitaré en lo posible mirar al cielo, dejarme sorprender por manchas en las nubes. Y si tal posibilidad acaece, si en un descuido levanto la barbilla y me topo con una nave interestelar acudiré a un notario. El que pille más cerca. Luego que venga Iker Jiménez y alguna marca de postín que desee patrocinar mi hallazgo. No está la cosa para hacer ascos a un extra. Abrimos el miércoles.
.

10.5.11

El mundo como embeleso


Trivial
Fascina la facilidad con la que el tiempo lima todo lo áspero. Produce pavor comprobar con qué malsano y trabajado oficio el tiempo desdibuja la crudeza de algunos actos viles e infames ocurridos en el pasado y los convierte en pasto de la ficción, que es dócil al engaño y transfigura lo real en fabulado. Las cosas a las que embadurna la fábula jamás se toman en serio. Lo que se arroja al tamíz de la ficción pierde su condición de verdad: se hace fantasma. Lo que sucedió en el infinito ayer parece no afectar al tembloroso hoy. No entra en la conversación el vaporoso mañana.

Show
Fascinan las guerras, pero son casi siempre guerras ajenas. Lo que no nos afecta no nos perturba. Vivimos encapsulados, alojados en una rutina confortable que sólo en ocasiones se ve dañada por el concurso inesperado de una fuga radioactiva al otro lado del mundo o por el publireportaje de la Fox en donde los seals localizan, fijan en la mirilla y derriban al malo de la película. 

Mística
Mark Twain dejó escrito que Dios había inventado las guerras para que los norteamericanos aprendiesen geografía. Zanjó el padre de Tom Sawyer y de su colega Huckleberry Finn las derivaciones filosóficas que urdieron Platón y los pensadores chinos de los siglos novicios. Quizá Twain fue el culpable de toda la historia posterior y el colonialismo yanki del siglo XX nació en ese aforismo, en ese desentenderse del drama y reducir a chacota el destino universal de un pueblo recién parido al cosmos. 

Ligereza
Se trata en el fondo de contribuir al ensimismamiento del personal. Tenga usted al público embelesado por el espectáculo, asfixie sus vías de criterio propio y tendrá a un feligrés absoluto de su causa. Habrá fabricado al cliente, que sustituye al ciudadano sin que se aviste discontinuidad entre una forma y otra de representación civil. Vale la ligereza como un comodín. En la ligereza, en la revelación de la superficie, sin hurgar en las capas de abajo, está el estado de bienestar óptimo. Por eso Obama, años después de Twain, el Obama pastor de su grey, el Nobel de la Paz, confía la salvación de su pueblo al temerario Jack Bauer y da las órdenes sin corbata, rodeado de su Estado Mayor, calibrando en una pantalla de alta definición los movimientos virtuales de su ejército hecho un puñado de píxels. Obama ha revelado sólo la información aparente, la irrelevante. Permite que se abra la cebolla porque sabe que todas las capas ofrecerán la misma vacía y aburrida textura. No hay semilla adentro. Al fondo de la cebolla, debajo de cien capas, está el paisaje dentro de sí mismo. Está la entera extensión dramática del universo, pero sin perfiles, huérfana de las aristas con las que se escribe la Historia de verdad. El universo invertido y sin alardes de la cebolla de Obama se obstina en perdurar en su ser, apenas consciente de que afuera lo real insista en lo real y el público, el ensimismado, pide sacrificios y no se contenta con el relato vaciado de contenido de un muerto mitológico que se arroja al mar para que no monten un Graceland sobre sus huesos. Sin semilla, la historia es un documento manipulado, una cebolla infinita.

Credo
Al final se advierte que las guerras no sólo amplían la erudición del personal en materia cartográfica sino que sirven también para fortalecer la fe en un Dios en las alturas. En lo terrible, en lo patético, en lo que de verdad emana tragedia, es en donde Dios encuentra adeptos para su causa primordial. Es en la sangre en donde el hombre fecunda sus mitos. Dicho de otra forma: cuando soy feliz no siento necesidad alguna de escribir. Escribo a diario. Aquí está mi fe incontrovertible. He aquí, oh apóstatas, oh cómplices de mis cuitas, el triste fin de mis inquietudes. Todo por seguir escribiendo.

Una entrevista
¿Qué brebajes le tonifican?
Los vicios del pensamiento.
¿Cuáles son los vicios del pensamiento?
Los que lo predisponen al asombro y a la fascinación sana.
¿Para qué sirve el asombro?
Para que el corazón lata con un sentido.
¿Hacia qué se debe sentir fascinación?
Hacia la belleza y hacia la inteligencia
¿Hay algo más importante que la belleza y la inteligencia?
No, no lo hay.
¿Ni siquiera la fe?
Ni siquiera la fe.
¿Carece usted de fe?
No. Tengo fe en el asombro, en la belleza y en la inteligencia.
¿Y fe en la palabra de Dios?
Soy pagano en asuntos del alma. Todo lo que al alma debe prescindir de metafísica.
¿No hay más allá?
Siento que debo atender sólo a la evidencia. En lo evidente, el más allá es una metáfora, un desear quedarnos, un querer no irnos.
¿No siente usted que para no creer en el más allá no deja de escribir sobre ello?
Absolutamente.


9.5.11

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Volver a Bergman



Pienso en los entierros soportables en las películas de Bergman en donde los obispos no se exceden en las virtudes del muerto ni hacen peligrar la austera convocatoria de duelo sin plañideras. Nada que ver con la fiereza dominical de la parroquia latina, con la crudeza episcopal de aquí. Será el vértigo de la sangre, ese plus de entusiasmo vital con el que los pueblos del sur nos fajamos de la tragedia de vivir. Luego dicen que en Finlandia hay un índice de suicidios escandaloso, pero serán retiradas voluntarias muy discretas, fugas exentas de espectáculo. Un tomarse la vida sin la fiebre y el vértigo con el que aquí la jaleamos. Aquí abajo no azuzamos a diario la muerte contra la vida. Le damos al corazón pocos mimos, pero se establece un afecto a prueba de quebrantos y termina el carácter nuestro por imponerse a las circunstancias, cercándoles, convirtiéndolas en la parte previsible de la trama.

Ayer volví a ver Fresas salvajes. Me intrigaba verla con la perspectiva nueva que supone haberle perdido , en parte, el entusiasmo a Bergman. Debía ser otra la trama del profesor  a punto de recibir un merecido homenaje en su universidad que se sueña muerto en una ciudad despoblada. Lo relevante del cine de Bergman es que es nuevo en cada visionado. Hay matices que no se apreciaron. Gestos que pasaron desapercibidos. Isak Borg, el profesor de repente arrojado a su propia memoria, es un personaje épico. De una épica melancólica, ataviado con pequeños trozos de recuerdos que, a la luz del ahora, recompone y engarza hasta formar una imagen fiable, si es que es posible gobernar el pasado, de todo lo que ya no está. Al final de la travesia, cumplido el trayecto, sacado el DVD de la bandeja y comprobado que el corazón se remansaba y regresaba a su manso estado previo, volví a caer en la cuenta de las razones que hacen que uno se quiera de vez en cuando aislar de Bergman, retirarse voluntariamente del influjo de su cine metódico, limpio, hondo, relevante, puro y apabullantemente trascendente. Atrae el Bergman agnóstico, el que se cuestiona a Dios y no acepta que la muerte lo borre todo, el que dibuja la vida como un acto sencillo, de una mansedumbre hiperbólica, exenta de héroes y de villanos. Aturde ese emboscarse de bruces en la urdimbre del alma, comprender que se nos está vendiendo un instante en la eternidad. Porque una película de Bergman no termina jamás. Se amarra adentro, se adensa, se incorpora a esa red personalísima de nombres y de objetos, de ideas y de emociones que nos hace ser como somos. Pero con tiento, maestro, con tiento...

8.5.11

Quiero un flexo manchego



No soy un lector infatigable. Lo primero en que pienso cuando últimamente compro un libro es si excede las quinientas páginas, digamos. Quinientas es un número de páginas considerable. Luego observo sin prisa la letra. Si no está arracimada y embebecida  y  va de la hoja a mi ojo en un plisplás o si, oh cielos con albornoz, oh gran secreto de las dulces nínfas, la letra se ofrece escuálida, poco ampulosa, jibarizada y pobre. Tiene ya uno sus años y el asunto óptico no es el que era, y hasta ahí puedo contar.

Me emperro con frecuencia con un género y me siento como en casa. Soy capaz de hacer de la tundra ártica un refugio cálido para las noches de invierno, bien arropado en la cama, a la luz cómplice de un flexo estupendo que me agencié hace poco en Ikea. Es más: leyendo esas tramas de Mankell o de Nesbo especulo con la posibilidad de que haya una conexión entre el flexo, inadvertido artilugio que hace su trabajo con esmero y no me falla en mitad de un capítulo, y la propia esencia del relato. Si el hecho incontrovertible de que lo sueco, es decir, algún tipo de contenido molecular impepinablemente sueco, tutele mi ingreso en el sueño noche a noche podría crear en mi alma una especial simpatía hacia el país nórdico al modo en que, después de leer a Dickens o a Austen, dos de mis favoritos, en un sillón de orejas, cerca de una chimenea, uno cree que lo inglés, lo más acendradamente anglófilo, se las ha apañado para penetrar en la corriente sanguínea, accedido al pasmado cerebro e instalado allí, a sus anchas, entre saltos sinápticos y neuronas torpedeadas por imágenes de Bin Laden, de la señora que compra el pan en bata todas las mañanas en mi calle y la beatificación, oh ríos hechos de horas, oh dardos con los que el tiempo nos derriba, del prelado polaco.

La minoría de libros que últimamente me atrae suelen ser prontuarios de moral, recopilaciones de aforismos, toda esa literatura de consumo instantáneo que termina en un anaquel muy alto y a la que se vuelve muy de tarde en tarde o en la casi siempre desagradable tarea de meter libros en una caja, cerrarla con un buen rollo y subirla al trastero. A la penosa circunstancia de que me esté alejando del noble placer de la lectura se añade una de orden logístico: no cabe un libro más en casa. Se acumulan todavía con cierto orden, pero amenazan con desbordar la rutina cartesiana en la que reposan y caer de bruces al suelo o comerle sitio al mobiliario. Leí una vez que un escritor (Javier Marías quizá) poseía un piso que hacía las veces de picadero culto. Allí atesoraba montañas de libros. Habitaciones repletas de muebles con lustrosas baldas. Libros apilados en el suelo, atados con cuerdas, expuestos y vivos, convertidos en emperadores domésticos. Como mis finanzas no permiten que posea más piso del que tengo, contemplo ese alarde libresco como una excentricidad para amenizar la charla en un bar de copas con amigos cofrades de este vicio mío.

Alguien me dijo el otro día: Emilio, tienes que leer La catedral del mar. Consentí dar por buena la recomendación, pero no exhibí el entusiasmo que suelo. Pensé, al hilo del exitoso tocho, todo lo que no he leído todavía y debiera. Pensé en Pynchon, que ayer mismo volvió a lanzarme una mirada lastimosa desde la mesa de novedades de la librería de El Corte Inglés. Ven, cómprame, dame una oportunidad. Pensé en Ian McEwan (mi amigo Miguel me cambió su McEwan por mi McCarthy: todo muy escocés) y en Martin Amis, en la última novela de Rafael Reig y en El Quijote. Y entonces se reveló la verdad. Supongo que las ideas importantes, las que uno cree válidas y de las que se vale para comportarse con los otros y ser bueno y noble y digno en este mundo, se producen a modo de chispazos. No se elaboran metódicamente. Yo, que soy caótico en casi todo y no puedo estar quieto más de horas en un sitio, me debo a esos voluntos del alma y en base a esas revelaciones actúo. Como si fuese la magdalena de Proust, pensar en La catedral del mar y en mi aversión a leerlo (sin base teórica fiable, no tengo interés alguno en meterle mano) me condujo a Alonso Quijano y a su Sancho. ¿Cómo voy a leer una intriga catedralicia, un best seller absoluto, uno de esos libros que regalan en el BBVA cuando dejas treinta mil euros a plazo fijo o domicilias allí la nómina, cuando todavía no he leído de cabo a rabo, voluntaria y gozosamente el libro de los libros, el sublime Quijote de Miguel de Cervantes?

Y llevo desde anoche con el libro en la cabeza. Instalado en la fibra más oculta. Anulando de cuajo otras inclinaciones de mi yo ocioso. Estaré esta tarde viendo a Fernando Alonso, quinto en Turquía, qué rutina,  y una parte de mi cabeza estará pensando en Cervantes, en los libros de caballerías, en Dulcinea y en los molinos que no eran gigantes. Veré después a Nadal medirse con Djokovic (una tarde deportiva a lo visto) y esa misma parte de la cabeza continuará sintiendo con dureza la falta grave de mi apetito lector, la mancha de mi cultura clásica, el pecado impronunciable, el delito mayor de quien se jacta de haber sido lector voraz, bulímico y pantagruélico hasta el desmayo óptico. Sí, el hombre con su flexo de Ikea a la vera de la cama. El que ha dedicado más horas a leer y releer a Borges, a Poe y a Cortázar que a hacer footing por la periferia de las ciudades en las que ha vivido o a hacer de manitas en un sótano, haciendo bricolage amateur para que mi señora presuma de marido.Tendré que comprar un flexo manchego a ver si me inocula el amor al Quijote.  (Conste que he escrito flexo. El queso ya está endiosado en mi memoria gustativa.) Estará ahí, en ese fluído místico de luz, en esa extensión voltaica, el hechizo, el ardor repentino, el deslumbramiento que preciso para dejar de buscar cadáveres en la tundra nórdica y perderme con el caballero de la triste figura por los campos de Criptana.

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7.5.11

Lunares / Redux


En el perigeo, la mujer lúbrica propende a encintarse. 
La criatura alumbrada exhibe en la frente un lunar festoneado cuya visión produce, en quien lo mira en exceso, vómitos, diarreas, evacuaciones unánimes y ubérrimas del alma turbada por esa presencia tatuada.
Las criaturas nacidas por madre lúbrica en noches de perigeo muestran lunares de muy variada forma. 
Los lunares aserrados se localizan en el muslo y en la parte antero-posterior del brazo.
Los lunares hendidos, en el vientre. 
Los acorazonados, en el hombro.  
Los lancelados y aciculados, en la espalda media. 
Los sagitados,en la cima del pubis.
Los trifoliados, en el cuello.
El lunar paripinnado, oculto en la nuca, bajo la melena, produce invariablemente la muerte de su observador.
Todos convulsionan el alma de quienes los miran. 
Todos aturden al que los contempla.
Los nacidos de mujeres lúbricas fecundadas en el perigeo dan la espalda a sus enemigos, agachan la cabeza y esperan, entre la lástima y el odio, a que una suerte de magia los fulmine. 
El finado muere sin dolor y su cadáver revela vestigios inequívocos del desmán, por lo que son piezas de un valor extraordinario para los forenses.


5.5.11

El camino de vuelta a casa / Redux

         
Volver a casa despacio, demorarse en los escaparates de zapatos, pero no nos interesan los zapatos, sólo atisbamos el color, la horma, el brillo, pero no el zapato, casi nunca el zapato, que no está, que nunca ha estado a fuerza de ver únicamente el color, la horma, el brillo. Así ese zapato invisible del escaparate, fijado en todos nuestros sentidos, nos escolta a casa, pero la casa no está, permanece la puerta, el armario para el abrigo en el hall, un pasillo que se antoja siempre excesivo a cuyo fatigado término no es posible encontrar ninguna habitación, pero allí están los libros, los discos. Charlie Parker y Milan Kundera esta noche. Vendrán Parker y Kundera y todas las eminencias que incluyan la letra "k" en su apellido.
Un lejano galope de caballos en la cabeza y la idea insoportable de que no va a haber nadie. Parker y Kundera tan sólo, pero ella se habría terminado por marchar como anunció en tantas ocasiones y ésta de ahora sería la definitiva. Él llevaba los folletos de la agencia bajo el brazo. Cancún. Los fiordos nórdicos. Praga. El circuito por el Egeo. Elige, vida mía. Éstas son las vacaciones que nunca hicimos.
El piso está muy solo. Los días son muy largos. La vida es muy triste, pero lo que se hace siempre más cuesta arriba es volver a casa y abrir la puerta para que no estés y no pueda contarte que vi unos perros con ojos color canela o una señora muy anciana que leía en voz alta versos de Baudelaire en la puerta de una sala de maquinitas. Rimbaud hubiese estado bien. No te voy a contar nada que no sepas. Incluso Gamoneda, mi amor, pero Gamoneda a veces es muy espeso. A ti te gusta más la poesía francesa del diecinueve. En francés, claro.
Yo no leo nunca. Yo sólo soy el que te cuenta las cosas. Los perros. Los versos. La música feliz del azar. Sé que no te has ido del todo. Ahí están los libros. La estantería cómplice de tu insomnio cuando hacía calor y no conciliabas el sueño. De verdad que me da lo mismo que no hables. Sí, ya sé que fue eso lo que nos alejó tanto. Yo tan hablador y tú tan en tus libros, pero no te debiste ir. 
Ahora los escaparates de las zapaterías de vuelta a casa son enormes. Me pierdo en la oferta de chanclas, en los carísimos modelos italianos. Me embobo en los parques, en las avenidas impecables del regreso. No hay luz que no registre mi atención. No hay discusión de enamorados. Todo para que luego me escuches. Cuando me escuchas, cierras los libros. No te has dado cuenta, pero es verdad. Cuando me miras y entiendes que voy a contarte algo, te quitas las gafas, metes el dedo en el libro y me miras como a mí me gusta que me mires. Entonces yo soy el libro. Soy el puñetero libro, mi amor.
Lástima que las historias duren lo que el paseo de vuelta a casa. Una pena que no haya sido yo más libresco. De haberlo sido tal vez no te hubieses marchado. Ahora que no estás, lo entiendo todo, lo veo todo más claro. Empezaré esta noche con Lovecraft. Mañana atacaré Azorín. Musil. Bécquer. Catulo. Como sé que te gusta mucho, no pasaré por alto Miguel Hernández. En alguno he de encontrar las claves que me faltan. En alguna página de algún libro de este salón están las palabras que debo pronunciar para hacer que vuelvas. O a lo mejor después de haber ocupado una vida en leerlo todo concluyo con que no me haces falta. No te quiero. No te amo. No vivo por ti. Ni muero.

La fe / Redux

                 
El amo de la india Violeta pasa las noches en vela. 
Era ya amo siendo niño y tampoco entonces dormía.  
La india Violeta duerme las noches enteras. 
Era esclava cuando niña y dormía igual las noches dulces, las noches completas. 
El amo de la india Violeta tiene la boca llena de remiendos: por las mentiras y por las infamias que por esa boca ha dicho. 
La india Violeta tiene una boca limpia y dentro fulguran astros y titila el firmamento cuando canta. 
Amo y esclavo comparten la misma fiebre. O es una fiebre con dos caras: como si fuese moneda.
El amo ha pensado que estaría bien ser esclavo y poder dormir. Al menos una noche. Una noche símbolo de todas las noches entregadas al desquicio y al quebranto.
La india Violeta siempre quiso ser señora: da  por bueno eso de pasar las noches en vela y tener, Dios así lo querría, la boca zurcida de remiendos.
El confesor del amo, un hombre de fe que nunca ha hecho otra cosa que confesar al amo, y leer libros de santos y mirar horas la cruz en un alto, le ha manifestado que Dios tiene en su cetro el secreto numen de las cosas y da a sus criaturas la vigilia o el insomnio, la miseria o la abundancia según su voluntad y no se debe mudar su deseo según capricho humano.
Todo –ha dicho– para que, no contento nadie nunca con nada, todos alojen en su alma la fe, que provee la idea de que algún día todo será concedido en su plenitud y  el día reventará el cielo de júbilos y de cánticos.
La fe, que es un suspender la razón y llenar el pecho de asombro y de promesas.
La fe, que es un milagro sin matemáticas, un ir y un volver sin desplazar el cuerpo.
El amo ha bostezado, pero la plática del religioso, tan lánguida, tan mentida, no le ha conducido al  sueño.
El amo está roto como un muñeco que lastimara un niño travieso.
Dios en su misterio, caprichoso y rudimentario, deja que sus criaturas se rompan y luego los repara en el sueño, en el limbo perfecto donde no existen los días ni los cubren las noches.