30.4.11

Elogio de la birra


                                                      
 Tengo a mano cuatro o cinco nombres de amigos a los que le vendría de perlas el slogan del cartel. Yo mismo podría incluírme en esa noble lista. Está escrito: al recto proceder del alma se accede a veces por senderos extraños. Y si no está escrito, lo está ahora. Salud. Agiten sus jarras esta noche por la boda real británica o por la beatificación del Papa Wojtyla o por la debacle blanca en la Liga de Campeones. Yo no brindaría por ninguno de los tres, pero es cosa de pensar una razón para alzar la jarra y seguro que acuden cientos, no crean. Uno brinda por lo que le viene en gana: lo de menos es el motivo del brindis. En fin..
.Brindo por el algoritmo de google, que me permitió hace unos días dar con un amigo perdido en el insondable cosmos y que de pronto, oh arcanos, oh cielos con albornoz, apareció en una línea de texto. Ya nos hemos contado los hijos que hemos ido teniendo en estos años de ausencia, las mujeres que amamos y las veces que  cantamos, ebrios, en inglés defectuoso,  y ahora seguro que se estará tronchando por la ocurrencia del cartel. Va por él. Feos los dos, aunque habrá género de más escaso afecto al ojo ajeno, seguro que el concurso de la cerveza algo hizo para aliviar nuestra natural inclinación a la dulce carne. Gracias por estar por ahí todavía, Anto.

Cafres, ignorantes, delincuentes


Banalizar lo religioso no es afianzar lo laico. Decapitar tallas del siglo XIII en una iglesia de Burgos no es una evidencia de un estado infame de las cosas y no se debería tampoco acudir al libro de los conflictos y consignar otro lance bélico más entre creyentes y descreídos. La afrenta al patrimonio artístico comparte la misma cepa destructiva que la que hace que un ciudadano normal (sea la normalidad lo que quiera que sea) pierde los papales, caso de que haya papeles y tenga dentro algo bueno escrito, y se ensañe con un animal, torturándolo hasta que da el último gemido. Bestias todos ellos, incultos sin matices, cafres por inclinación sanguínea, delincuentes vocacionales, natural born killers.
El ateo de ahora es un iletrado en asuntos teológicos, lo cual es una aberración lógica. La suspensión de la credulidad en los misterios de la fe era en otros tiempos una postura de vida, un credo al modo en que también lo es el inverso, el que concita la fe y practica los mandamientos de la iglesia. Siendo todos filósofos, algunos lo somos con más entusiasmo, cuidando con más esmero de los detalles especialmente delicados, afinando la música de la discrepancia, pero sin descalificar a quien no oye nuestra melodía.
Lo grave del despiece de la obra no es que cueste ahora una buena pasta su arreglo, si es que hay arreglo posible, sino el coro animal de tarados que jaleará hasta el desmayo sináptico la obra de su (falso) conjurado, si es que iban al mismo hilo patológico, la tristísima sensación de saber de la existencia de esa banda de alucinados, de ignorantes, de activistas del despropósito que no saben ni siquiera en donde tiene la cabeza propia, si es que alguna cabeza existe encima del indispensable cuello. La ajena, la decapitada, estará pronto en su noble asiento, pero algunas que pasean las calles no merecen la sangre que las riega. Y no hace falta una titulación universitaria en Bellas Artes o en Historia para, si no admirar, al menos respetar las manifestaciones artísticas de lo único que es verdaderamente nuestro, por encima de ideologías, de credos y de modas: el pasado.
 

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29.4.11

Chess & Jazz



Ver este originalísimo tablero de ajedrez y reclutar un ejército de jazzmen. La idea (imagino) no rebosa originalidad, pero no hay quien me quité el gustazo (enorme) de fabricar esa ilusión. Tampoco soy un genio si reparto la batalla entre músicos blancos y negros. Peones, caballo, alfil, rey, reina apuntan directamente a batería, bajo, trompeta, saxo y voz. Este matrimonio entre piezas e instrumentos es hasta cierto punto aleatoria, pero contiene un cierto orden. La reina debe ser una voz, por supuesto. Ese argumento no se rebaja a ser negociado. El rey pedía un piano (mi instrumento favorito en jazz) o la belleza (contundente) del saxo. Ganó el saxo. La batería es una especie de peón organizado, que tutela el movimiento de todas las demás piezas. El piano es la torre: movimientos largos, enérgicos, que ocupan todo el espacio melódico, que es el tablero. La trompeta y el bajo se repartieron, sin excesiva discusión, el alfil y el caballo. Hasta aquí la parte justificativa. El placer viene ahora. Si todos los aficionados al fútbol llevamos un seleccionador dentro o eso, al menos, dicen, yo me pido ser una especie de demiurgo jazzístico, un creador de ilusiones, un dios caprichoso que abandona (a capricho) sus criaturas sobre la tierra. Una última observación antes de entrar en esta golosa materia: el bajo pujaba con la guitarra por aparecer en la lista de instrumentos. Si gana el bajo es porque es pilar de la construcción musical. No así, por cierto, la guitarra. De todas formas, a título meramente lúdico, me permito colocar en esa posición del tablero al guitarrista como si fuese, en el capítulo deportivo, un reserva al que acudir en caso de necesidad. En todo caso, han dolido en el alma algunos sacrificios. Al final del post me entrego, ufano, gozoso, a colocar todos los nombres que no han colado en la lista.
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A la izquierda el lado blanco. El negro, a la diestra.
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Buddy Rich /Batería /Art Blakey
Bill Evans /Piano/ Thelonius Monk
Jaco Pastorius /Bajo/ Charles Mingus
Chet Baker /Trompeta/ Louis Armstrong
Anita O'Day /Voz/ Billie Holiday
Stan Getz /Saxo/Charlie Parker
Joe Pass /Guitarra/ Wes Montgomery
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Otros genios en el banquillo. Uno por pieza.
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Peter Erskine /Batería/ Elvin Jones
Tete Montoliú /Piano/ Bud Powell
Charlie Haden /Bajo/ Scott La Faro
Maynard Ferguson /Trompeta/ Miles Davis
June Christy /Voz/ Ella Fitzgerald
Michael Brecker /Saxo/ John Coltrane
Django Reinhardt Guitarra Grant Green
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Rebatan, aporten, opinen sobre la conveniencia de la elección, sobre los olvidos, sobre los sacrificados. Yo mismo, autor de la criba, tengo mis propios arrepentimientos, pero salvo alguna pieza concreta como el piano o la batería, de la que no albergo duda, todo es canjeable

28.4.11

Hipocrás y palíndromos

            
                               A Luis Sánchez Corral, que
                               me dio clases de amor a la
                               Literatura. Ya no está.
                               A Juan Luengo, que siem-
                               pre hace fácil lo hermoso.
                               Maestros ambos.


Dábale arroz a la zorra el abad es un palíndromo, o sea, se lee tanto a diestra como a siniestra: sin pérdidas, sin alteración. Creo yo que hay en esta hermosa lengua nuestra, tan boscosa y fértil, pocos palíndromos, pero ahí está la zorra, imán de ociosos. Hay quien se emboba con estos hallazgos: quien consagra su talento o su versatilidad creativa en hurgar así la maraña del idioma. Llevo toda la mañana con el empeño (dignísimo, no me lleven la contraria) de dar con algún palíndromo nuevo: empresa baldía. Se me dio mejor aquel día en el que me propuse no pronunciar la “o” o ése otro en el que me prohibí tajantemente los adjetivos y entraba enla oficina, es un decir, yo soy maestro de escuela, con un desconcertante “días” que puso a un compañero de poco rizo imaginativo a mirarme con gana de mandarme a la santa mierda. Hay gente verdaderamente fascinada con estos juegos léxicos y se consagran a su revelación como quien predica el amor a la filatelia o quien fatiga las calles en busca de una señal que anuncie la gloriosa venida algún salvador de los cielos.                                           
Dudo que estos ejercicios vayan más allá de la frivolidad: no dejan de ser malabarismos semánticos y no dan tal vez otro beneficio que entretener el café con los amigos o publicar, a beneficio de bibliógrafos de lo inútil,  Los mil mejores palíndromos de la lengua castellana. Ignoro si el turco posee también estas excentricidades filológicas, pero no tengo ningún motivo para pensar lo contrario.
Manolo Villegas, mi amigo del alma, mi compañero de despacho, ya he dicho que soy maestro, se pierde en los diccionarios a la caza de vocablos raros. Tiene en casa miles de libros formidablemente instalados en anaqueles de grueso tomo. Posee rarísimos volúmenes sobre la Mecánica de los fluidos y novelas a lo Corín Tellado. Me dijo ayer si conocía el hipocrás. “Ni idea”, respondí. “Es una bebida de vino, canela y azúcar”, confirmó con cara de haber descubierto algún planeta y tener delante la plana mayor del Nacional Geographic. “Una sangría menguada”, apostillé. En adelante pediré hipocrás en los bares en lugar de té o de cerveza, bebidas excesivamente ligadas a una tradición que el lenguaje debe remozar. Manolo se ha obstinado ahora con los palíndromos. No duerme: le roba horas a los cuadrantes de la oficina. Abandona a la mitad las conversaciones ante la sospecha de que un palíndromo nuevo ande agazapado en lo que vamos diciendo. Yo soy feliz con mi hipocrás. Mañana me abstengo de pronunciar verbos en pasado.

Poe nunca falla / Never more



En estos días de escaso pan y fútbol sin freno está el pueblo como anestesiado, se le nota pizpireto, contento de que el azar o la suma de muchos azares le haya manumitido de los mil dolores pequeños que lo asfixian y le haya puesto en pantalla y en cuatro ocasiones un espectáculo bélico de primer orden, uno de esos enfrentamientos en donde se demuestra la existencia de una raza superior y se manifiesta a la luz pública las carencias de otro que, al menos durante hora y media, fue inferior y no tuvo ni la fortuna ni el talento para merecer el triunfo. Soy un aficionado razonable al fútbol y valoro al alza el sencillo gesto de dejarme caer en un butacón, abrir una buena botella de cerveza y perderme en el juego. No soy un consumidor de diarios deportivos, pero los ojeo en la barra del bar y me dejo llevar por el vértigo frívolo de las dolencias de los astros. Sigo pensando en esto lo que mi abuela me recomendaba: no te enfades, piensa en si te van a dar de comer o no ésos que corren.
No he hecho porra para hoy, pero habría puesto un digno empate. De hecho así diseñó Mou el partido. Le han echado a Pepe Bauer y Messi se ha desbocado. En eso, en el genio, La Pulga le saca a CR7 cuatro o cinco cabezas. Lo único triste (siendo uno un poco merengue) es que se haya cerrado el suspense. Se acabó el interés para la vuelta. El entrenador portugués ha triunfado en la rueda de prensa. Lo predijo Pep. Yo soy de Pep en ciertas cosas. En otras soy de B.B.King, de Poe o incluso del tío Jess en sus años cafres. No me quitará el sueño esta noche la debacle blanca. Suena bien, en todo caso: debacle blanca. Las palabras son las que al final triunfan. El martes próxima, en la vuelta en Barcelona, me saco en casa una bandera con un cuervo en la tela. La izo y la ondeo. Luego explico con tranquilidad los argumentos si alguien me pide cuentas.
Never more.

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27.4.11

Drag queen / Redux

              
Habiendo alumbrado ya prodigios suficientes, triunfado en los negocios, siendo padre que ejerce y al que aman y respetan, conocido por su talante serio y su estimable firmeza de carácter, se reivindicó un buen día frívolo y  hasta un punto crápula, entró en un drugstore y llenó un carro de dimensiones imprudentes con rímel, con lencerías, con moda parisina cara. Luego llegó a casa. Se cuidó de que no anduviese nadie arriba ni abajo. Voló, ufano, feliz, exultante, al dormitorio. Se miró en el novicio espejo e improvisó un mohín, uno almibarado y juguetón en el que nunca le reconocería absolutamente nadie. Un gesto como de niña traviesa y enamorada a la que se le hubiesen caído del delantal todos los postres del sábado. Más tarde se sonrió satisfecho y entregó la tarde a refinar posturas antes de que viniera su esposa y le pillara en un desliz con el colorete.

26.4.11

Jabón / Redux

                       
                              A Auxy Salido, porque el borrador fue escrito en su casa y en veinte años no
                              ha cambiado mucho.

Florencio Giménez nació en una pompa de jabón. En  el momento de su alumbramiento, la madre hacía sus abluciones en el bidet de mármol rosa con grifería cuello de cisne comprado en Paris en su luna de miel. La tiritera que produce nacer en una pompa de jabón le regaló un catarro del que jamás logró recuperarse del todo. Cada estornudo arrojaba una pompita diminuta (y a gusto de las féminas, coquetona) de jabón y levantaba el asombro de quienes participaban del singular fenómeno. Cuando Florencio, a la temprana edad de doce años, tuvo su primera eyaculación, una pompa enorme de jabón lechoso, amasada una vida entera en la fontanería de su hombría, inundó el cuarto de baño, se estrelló contra el espejo y lo impregnó de una sustancia viscosa que, sin ser semen, tampoco era jabón. Una desmesurada misantropía, causada por las inclinaciones higiénicas de su madre y por el mal efecto que sus consecuencias tenían en quienes, absortos, las miraban, hizo que Florencio apenas saliese de casa. Se hizo a leer cuanto caía en sus manos: libros de antropología, de Derecho Romano, de Biología Molecular, de Historia del Arte Grecorromano, de Arte Mesopotámico.
Harto de leer, decidió un día escribir su propia historia. Antes tenía que comprobar si había, en el ancho mundo, en el ajeno trajín del capricho de Dios, un caso idéntico o similar al suyo. Días antes de que aquel catarro mal curado lo privara de una explicación racional vio un titular en una gacetilla amarillista que mamá solía comprar. Refería la existencia de un hombre ecuatoriano (o del Perú) que nació en el vaho del grito de su madre, cumplida ya, molesta por los rigores del esfuerzo y aterida por el intenso frío de la Cordillera de los Andes. La carta que le envió era un inventario prolijo de una vida. Su madre, consternada por el desenlace, depositó con mimo, con amor, la carta del peruano (o del ecuatoriano) sobre su mesita de noche. Una fina película de vaho impedía  que el sello (de unas montañas sobre un cielo blanquísimo) quedase fijo y mientras rumiaba sobre la pericia de la Estafeta de Correos –una carta así acaba con el sello caído y no hay emisor, destinatario o carta– miraba a su hijito, amortajado, quieto, serio en la caja. El destino es bicho cabrón, sentenció, circunspecta. El azar arruina una vida antes de que eche a andar. Dan ganas de mirar a Dios a la cara y pedirle cuentas por lo precario e infame de la trama. 

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Curso de lingüística general / Redux

A Antonio Sánchez, juntador
carismático de palabras, amigo del alma.

Lo más fácil es juntar cuatro o cinco palabras en una frase y esperar unas horas a ver qué pasa. Hay palabras feroces que se bajan de renglón y acaban a pie de página en una soledad que conmueve muchísimo. Otras se arriman, blandas y cómplices, a donde buenamente pillan y parecen alemanas por su desmesura y exceso bizarro. Un día cogí cinco verbos copulativos. Los metí en una caja de zapatos sin zapatos y los zarandeé un rato con entusiasmo y travesura. Durante tres o cuatro días oí unos ruidos suaves, algunos musicales; otros, entrecortados y como minimalistas, daban una  limpia sensación de cansancio. Hubo hasta un jadeo ,o lo que yo imaginaba que era un jadeo, que alteró muchísimo a mi madre. Ese día me habló de cuando era joven y mi padre la cortejaba, pero eso es otra historia y no debo ser yo, celoso y cauto para lo mío, quien la cuente. A lo que iba: cuando abrí la caja encontré once verbos. Uno, recién alumbrado, olía todavía a letra inocente, sin pulir, a letra con su melaza vírgen preservándola del vértigo de las horas. Si la empresa tiene un alcance mayor y metemos cincuenta adjetivos superlativos en un cajón de la mesita de noche, suele pasar que el sueño se nos presenta espeso, levantisco, reventón de persecuciones por callejones oscuros como de West End. 
Un amigo me contó que su empeño en esta vida es mezclar palabras de varios idiomas en una media de señora, pero no le prestan ninguna  y a él igual reparo le da comprarla que pedírselas a su madre o a su hermana, ya talludita y sin novio con el que fatigar parques. Yo le he ofrecido la media de mi abuela, pero sabiendo a qué me puedo exponer y qué explicaciones tendría que dar he preferido no insistirle y esperar que mi ofrecimiento no prospere.  Le conté lo altamente satisfactorio que es  acariciar lomos de palabras concupiscentes. En el trasiego de dedos por la altura accesible de las sílabas, las palabras concupiscentes gimen dulcísimamente. En uno de esos gemidos es posible gemir con ellas y alcanzar en simétrica coyunda un vuelo de calambres en el interior del escandalizado pecho. Le he contado esto, se lo he recomendado con viveza, pero ha desistido. Es tímido y no se lanza como debiera a cercar el placer desde el placer mismo, el éxtasis desde su sensible centro de mando.
Por puro amor al peligro, probé dejar caer ocho palabras polisílabas sobre un espejo. Los espejos (la cita no es mía) son abominables porque vienen a duplicar la realidad. La palabra fantasmagótico , que no existe en los diccionarios, cayó boca abajo y se la vio sangrar por una sílaba muy débil que tenía. La palabra aromaterapia, que sí está pero no se me queda nunca para qué sirve, cayó boca arriba y, de súbito, fue cubierta por una preposición muy lúbrica que la sobó con delectación en la tercera consonante, de modo que la palabra infló su vientre y alumbró allí mismo unas vocales extra lindísimas que fueron escurriéndose por el doble corazón del espejo hasta desplomarse sobre el suelo, que estaba ocupado en ese momento por nueve o diez frases adversativas en búlgaro antiguo que nadie entendió. 
Lo más hermoso del mundo es partir una palabra en pedacitos y observar el  comportamiento de esa ruina semántica. Hay letras que jamás vuelven a dejarse querer por el tacto untoso de otra letra. Al quinto o sexto día del declive, la letra así arrumbada se embebe, se retuerce, manifiesta síntomas de que está muy enferma y pronto va a dejar de colaborar en la formación catedralicia de una palabra.  Ver morir a una letra es una experiencia tristísima comparable únicamente a la mutilación de un sintagma o la supresión de una tilde en una palabra aguda terminadaen en e. Yo ya me he resignado a soportar estas experiencias y no hago esfuerzo alguno por reprimir el dolor o contener el llanto. Un llanto cercenado por la razón propicia otro llanto oculto que no puede ser cerrado de ninguna forma. Anoche lloré por un verbo llano que murió de frío. Ahora mismo tengo el corazónp artido por la fuga de unos adjetivos que tenía yo en mucha consideración y delicada estima.  Ni los míos, tan pendientes de mis cosas, han sabido consolarme. Nada me conforta salvo tal vez una caja de zapatos nueva que zarandear cuando nada me divierta.

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25.4.11

Russell, Dawkins, una tetera y Dios

"Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana que gira alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie podría refutar mi aseveración, siempre que me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña como para ser vista aún por los telescopios más potentes. Pero si yo dijera que, puesto que mi aseveración no puede ser refutada, dudar de ella es de una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana, se pensaría con toda razón que estoy diciendo tonterías. Sin embargo, si la existencia de tal tetera se afirmara en libros antiguos, si se enseñara cada domingo como verdad sagrada, si se instalara en la mente de los niños en la escuela, la vacilación para creer en su existencia sería un signo de excentricidad, y quien dudara merecería la atención de un psiquiatra en un tiempo iluminado, o la del inquisidor en tiempos anteriores".

Bertrand Rusell en Is there a God? 

"La razón por la que la religión organizada merece hostilidad abierta es que, a diferencia de la creencia en la tetera de Russell, la religión es poderosa, influyente, exenta de impuestos y se la inculca sistemáticamente a niños que son demasiado pequeños como para defenderse. Nadie empuja a los niños a pasar sus años de formación memorizando libros locos sobre teteras. Las escuelas subvencionadas por el gobierno no excluyen a los niños cuyos padres prefieren teteras de forma equivocada. Los creyentes en las teteras no lapidan a los no creyentes en las teteras, a los apóstatas de las teteras y a los blasfemos de las teteras. Las madres no advierten a sus hijos en contra de casarse con infieles que creen en tres teteras en lugar de en una sola. La gente que echa primero la leche no da palos en las rodillas a los que echan primero el té"

Richard Dawkins, El capellán del diablo

Dylan apóstol


No tiene cara de la que fiarse. Da la pinta arrabalera de mafioso fronterizo que hubiese hecho las delicias cinéfilas a Orson Welles para Sed de mal. Él mismo, Welles, se hubiese sacrificado. Hubiese dicho: Bobby, es tu papel, esmérate en el texto y déjate llevar. Sobre todo, déjate llevar. Pero Dylan jamás fue un actor. Tampoco un cantante. Sí fue un trovador, un poeta, un alma atormentada que se reconcilia con el mundo y consigo mismo revisando a diario la piel americana, el atlas provinciano de un país que es como un cosmos para quien sepa navegarlo. Dylan no es de este mundo. Vino a la tierra de las barras y de las estrellas para escribir un evangelio. Quizá por eso se convirtió el buen hombre. No porque viera la luz sino para desprender la suya mejor.

24.4.11

Soy una rana que no ha leído a Pynchon


Me desalientan las novelas inasequibles, pero eso debe ser porque mi cerebro está paralizado por lecturas banales y ando a la gresca conmigo mismo por avanzar y entrar en un universo libresco de más hondura. No he leído a Pynchon. No he leído a Roth. Tampoco a Updike. Así que cualquier intelectual al tanto de la moderna literatura de masas podría decirme que no estoy en el mundo. Y verdaderamente no lo estoy. Son más las cosas que no conozco que las tengo a salvo en mi memoria. Pero incluso eso último que acabo de escribir es desmontable: nada hay a salvo en la memoria, todo se entrecruza de incertidumbres y terminas pensando que lo real está atravesado de ficción y viceversa. Me encanta la palabra viceversa. Me encanta escribir de pie como Roth. Eso me lo ha contado hoy el suplemento de El País, Babelia. Lo leo todos los domingos. Los suplementos culturales de los periódicos de postín en España salen los sábados, pero yo los leo en domingo, que es el día en que se deben leer periódicos. Si pudiera, me tiraría el domingo entero leyendo la prensa nacional. Desde que pongo el pie en el suelo hasta que vuelvo a meterlo entre las sábanas. Tengo dos pies, pero no sé por qué se escribe siempre en singular cuando se hablan de los pies menos en la expresión muy noir de salir con los pies por delante, que no entendí nunca bien del todo. Así que aquí estoy delante de Babelia, hojeado, ojeado, sin entrar en detalles. Esperando que mañana se ice el día y el sol informe de la mecánica íntima de las estrellas. Tampoco sé nada de astronomía. Ni siquiera de la razonable. Me quedé en eso de enseñaros mi trocito mejor. El de trovador de su causa. El del poeta manumitido de todos los lectores. El del soldado secreto que libra una batalla con Dios a diario y la pierde un día y la gana otro de modo que al final no sabe si Dios está de su lado o en su contra. Ando erguido y ando solo. Me pesan las palabras en el pecho. Las noto oprimirme el plexo braquial. Cuando escribo plexo braquial pienso en ranas. En charcas infestadas de ranas. En ranas cojonudamente grandes croando una sinfonía batracia. Vivo como las ranas. Ninguna de ellas ha leído a Pynchon, a Roth ni a Updike. Yo soy un buen lector de periódicos. Sobre todo los domingos. Mañana me disculparán si escribo sobre lo que acabe de leer. Normalmente los escritores hacen eso: escriben sobre lo que tienen más a mano. Incluso Pynchon, imagino. Igual leo a Pynchon y me desanimo. Se me inunda el plexo braquial de incertidumbres. Dios se me pone más en contra todavía. O yo más en contra de Dios. Van a permitir que cierre el post y me busque un alivio para mi ansiedad. Esto de no ser nada más que un trovador de mi causa ya me está hartando. Será cosa de ir pensando en escribir menos y leer más. Empezaré con Pynchon. Vicio propio es su última novela. La recomieda José María Guelbenzu en Babelia. Vicio propio. Traducción de Vicente Campos. Tusquets Editores, Barcelona, 2.011. 424 págs. 21 euros. Croo sin que nadie me observe. La fronda de la ficción pynchoniana, en voz de Guelbenzu, requiere de ranas audaces. Buenas noches a quien ande por ahí a estas horas de la noche. Aquí todos croamos.
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22.4.11

El cielo, el infierno, el limbo

Papetti





No hay portada de Fausto Papetti que no haya engolosinado mis años mozos, ésos en los que medio centenar de tentaciones revoloteaban el sentido común y anulaban toda posibilidad de que la inteligencia, caso de que alguna allí anduviera, tomara parte en el combate. Anulado por esa iconografía concupiscible, imaginaba que el futuro sería un solo largo de saxo con un ejército de violínes tutelando mi ingreso en el reino de lo carnal. Pensaba que la felicidad consistía en ver desfilar jacas de Ipanema tímidamente vestidas, dúctiles amazonas de mi delirio adolescente.
Ya se sabe: en esas edades, el pecado sucede siempre en las novelas de Clark Carrados  y en las películas de Mariano Ozores, pero de vez en cuando hay ocasiones en las que está tan a mano pecar que no se puede hacer otra cosa. Al menos en esos años. Algunos o muchos después, la realidad busca a Kafka y regala fiebres y migrañas y letras de coche y tal vez algún quebranto en lo político, pero cuando el azar te regala una portada de un disco de Fausto Papetti se renueva el caudal de afectos, la sensibilidad adormecida y desaparece de cuajo la angustia existencial, el peso formidable de la injusticia que te impide conciliar el júbilo familiar y eso tan vago que consiste en la armonía del cosmos. El cosmos está jodido: lo jode la barbarie canalla de los extremismos y la falta de luces de unos y de otros. El cosmos, aunque ahora Marte invite a pensar en cabalgadas siderales y en franquicias del Hilton exquisitamente diseñadas por marcianos, descarrila sin que ninguna brida firme lo frene en seco. 
A Fernando Pessoa, al que vuelvo siempre que puedo, se habría sentido identificado con este mejunje moral de facciones antagonistas que comparte, en el fondo, idéntica pasión por los mismos placeres: suficiente ancho de banda, protagonismo mediático, palomitas a las diez cuando el cine apaga las luces de la realidad y el proyectista acciona el play de los sueños. La película de estos tiempos no se parece en nada a una portada de Fausto Papetti. Tiende más a emular las gloriosas portadas de Yes en los setenta: aquellos mundos irracionales, de topología intoxicada de formas delirantes. Entre una y otra iconografía me quedo con las portadas del intrépìdo saxofonista italiano, que parece un clon de Jesús Gil. Cosa de la hípica del momento. 




Papetti, pertrechado de valor, ahondando en la cultura, se atrevió con la inmortal pieza de Vangelis para Blade Runner. La recuerdo en el 127 de mi tío en alguna de nuestras jornadas de gastronomía campestre subiendo a Los Villares. Recuerdo la melodía afrutada de Papetti y los goles en la SER. La memoria tiene en ocasiones estos caprichos. Pero la escucha, treinta años largos después, no resiste mucho. Sigue uno mirando con perplejidad las mozas ligeritas de ropa y no puedo evitar volar a las gasolineras de los setentas, ah gloriosas gasolineras de mi ingreso en la adolescencia, y todas esas cintas de cassette que azuzaban el ojo y pedían un jadeante cómprame, llévame contigo a un lugar secreto y cierra los ojos. Al paso que vamos, con estos tiempos de escrupulosa vigilancia del padre Estado, prohibirían semejante desparrame cárnico en los stands de los bares, en las estaciones. Alguna militancia feminista también terciará en la discusión legal. Espero que el banco de imágenes de Google no las borre. 

20.4.11

Antes del Día del Libro



I
Hay gente que va de extra por la vida. Sabemos que hay un rodaje y que están dentro de cámara, pero sus gestos son irrelevantes y no tienen parlamento alguno. Gente que patrulla los días como el que ve pasar nubes. Gente a la que un napalm misterioso les ha borrado toda capacidad de asombro. Les da igual que gobierne la derecha o la izquierda, que las imágenes que ametrallan los informativos conviertan la barbarie en cultura popular. Consienten, además, que el apocalipsis, en forma de calentamiento global o en forma de analfabetismo social, les vaya comiendo terreno. De pronto se ven en mitad de la batalla: la que no era suya y ahora súbitamente les tiene de protagonistas, de héroes forzados (todos de alguna forma lo son) que acaban por involucrarse tanto que pierden la vida en el noble empeño. Viene esto, aunque no lo parezca, a propósito del Día del Libro. No es exactamente el día del Libro: tal vez sea el día de la Soberanía de la Inteligencia o el día del Imperio de la Imaginación o el día del Reinado de la Cordura.
Como el libro es un objeto y puede ser confundido con una piedra o con un bufanda o con un cuchillo de cortar jamón es conveniente situar la realidad del libro, su trabajo lento en la forja de una sociedad justa y de pensamiento sano y constructivo. K. sostiene que tampoco los libros garantizan nada: Hitler leía y ya se ve a qué punto de dislate mental llegó y cómo esa voracidad lectora (mal asimilada) le hizo un matarife con estudios. Decía mi suegra que el desalmado instruído es más desalmado que el que no tiene argumentos ni razones para sus actos. Duele que vivamos tan a prisa, tan mal. Duele que sepamos la naturaleza de la bestia y no le hagamos frente con las armas que la anulan.
En un país donde se escribe más que se lee es muy difícil que la lectura sea algo más que un accidente. Sólo leen los que escriben, si es que les queda rato. Y si hay lectores sin pluma (entiéndase esto como debe ser entendido) es un accidente también. Bueno, el mejor de los accidentes, en todo caso.  Incluso algunos escriben para quienes les leen, y no es una perogrullada: el lector de Jorge Bucay se administra la prosa del salvavidas argentino en la certeza absoluta de que tras la ingesta va a sentirse más feliz y más en sintonía con los astros y con el secreto equilibrio de la naturaleza; el lector de Jiménez Losantos (los habrá, no hay duda) se inocula vía óptica el veneno bulímico del agitador de fonética arrastrada.
En política pasa algo parecido: toda la gente que va a un mítin de Rajoy no oye lo que dice Rajoy. Ni el que a uno de Zapatero se presta a pensar lo que le cuenta Zapatero. Se va en tropel a esas reuniones, se acude en masa para ser signados por la oblea formidable de la mediocridad. Yo estuvé allí, se puede decir. Se oye, en fragmentos, la prosa que hemos escuchado antes. En política, a diferencia de la literatura, se avanza hacia atrás. Hay confirmación del mensaje, pero no existe asombro. Quizá esté en la sustancia de la política no incluir el asombro como ingrediente, pero a mí me sigue entusiasmando la creatividad, la obra abierta, el puente entre las orillas.
Tenía yo un amigo que coleccionaba libros como el que busca caracolas en la orilla del mar y luego las guarda en una caja muy bonita que esconde en un baúl tapado por una manta en un sótano o en un ático. El amigo de marras no sólo compraba libros por la sonancia del título o por la pompa del escritor: también compraba discos. No le falta un ejemplar de cada género. Miraba la prensa especializada y no perdía ocasión de adquirir lo último en jazz o en clásica, el más reciente ensayo de Marina o la novela recién salida de imprenta de algún Nobel indio cuyo nombre jamás se atrevía a pronunciar. Lo mejor del caso es que mi amigo tenía (hace tiempo que no le trato) la rarísima y más que admirable habilidad de hacer ver a los demás que sus libros o sus discos eran los que moldeaban su carácter. Hacía rentable cada peseta (no había euros entonces) gastada en cultura, pero mi amigo no era capaz de estar sentado frente a un libro más de veinte minutos. Bien amortizados minutos, supongo. 
Me confesó que ese tiempo le bastaba para tener una idea sustanciosa del asunto leído y doy fe de que le vi en más de una ocasión disertar sobre lo que, en verdad, a la luz de sus confesiones y a la pericia de mi sana capacidad de observación, no tenía ni puñetera idea. Él era, a su modo, el extra y el protagonista de la historia de su vida. Así que el Día del Libro, fiesta de los sentidos y de la cultura como máxima expresión del acervo sentimental de un pueblo, no garantiza casi nada. Da lo mismo que las Bibliotecas Municipales (en mi pueblo hay una que está funcionando muy bien) saquen historias a la calle y pongan en los semáforos poemas de Carlos Marzal, que ya está en mi facebook, oh fatum, oh gran negocio del azar. 
II
El libro, el magnífico libro, el ladrillo sobre el que se edifica la voluntad de permanencia y de vigencia de la Palabra, continuará su batalla íntima, doméstica, sorda y cruda contra los enemigos de siempre y contra los que acaban de llegar a la plaza. Estos tiempos de banda ancha y de fast food cultural no permiten que alberguemos muchas ilusiones. Ver a un niño leer todavía sorprende cuando debería sorprender justo lo contrario. Así nos va. Así mi amigo, hijo de su tiempo e hijo de sus vicios y de su pereza, puede pavonerase de lecturas que han leído otros, pero que él, ufano, victorioso, hace suyas sin que nadie se percate del timo. Estará en la Feria del Libro del pueblo en donde viva (hace que no lo veo) y comprará un tocho de relumbrón. No lo meterá en bolsa. Durante un tiempo, en su vuelta a casa, lo exhibirá. Como el que lleva un cinturón de marca. Un Rolex. El libro como indicador de prestigio. Sólo eso.


Perversión


I
Todas las edades tienen sus perversiones. Si a la vida le extirpamos el punto canalla sería otra cosa, pero no una vida, una travesía. Hay quien se maneja estupendamente en la grisura, en el vacío existencial de un mando a distancia virtual que les conduce por todas las estancias de la existencia. No comprenden que haya un departamento que no esté activado por uno de esos botones que extiende el mando en su cara amable. Tengo un par de buenos amigos que no se salen del guión con el que fueron instalados en la rutina de vivir. Debe ser cosa del ADN o de la mercancía genética con la que nos vistieron nada más terminar papá y mamá de intercambiar los fluidos corporales previsibles. Si uno confía en el azar, en la administración invisible de las cosas que nos van pasando, no hay problema: el guión se va rehaciendo, introduciendo personajes nuevos, comprobando que el riesgo no es materia extirpable y que vivir, a la sazón, produce más vértigo que otra cosa, aunque el vértigo se convierta en algo familiar y capeemos la circunstancia extrema de su condición. Yo no sé vivir sin vértigo, pero una sobredosis aturde. En ese sentido quizá vivir sea gobernar la cantidad de vértigo que manejamo.
 II
El tedio digital puede conducir a un estado de extremo cansancio moral en el que el usuario ya no discierne la realidad y la confunde con extensiones holográficos de la pantalla de su ordenador. A mi amigo K. se le ocurrió meterse en pupila una temporada completa de Los Soprano que tenía en su disco duro. Lo hizo con muy leves interrupciones. Ir al servicio. Atender a su madre por el teléfono. Me confesó que es mejor ese subidón de ficción que la caótica ración de realidad en la que fragmentados la vigilia. La maquinaria del capitalismo monta un minibar en cada esquina, regala pendrives de muchos gigas en el dominical y atrinchera una industria farmaceútica detrás de cada estornudo. Así no es de extrañar que interese más (infinitamente más) que el ciudadano de bien, el que paga sus impuestos, vota en los días señalados y paga la academia de inglés de sus hijos esté bien abastecido de mercancía fungible. Es mejor que se apoltrone en el sofá favoritos, el de orejas que compraron en unas rebajas, y administre la tarde en base a una temporada completa de Los Soprano que decida salir a pasear y recorra las calles y fatigue las avenidas por el placer sencillo de sentirlas cerca y gastar alguna energia en el poco explotable empeño. El capitalismo reparte sus golosinas como el camello regala sus toxinas a pie de colegio en busca de potenciales clientes del inefable futuro. Se trataría, en el fondo, de asegurar unos ingresos, aunque éstos no lleguen de inmediato y precisen de un rodaje.
III
La televisión culmina el adocenamiento. La televisión es el familiar perverso al que confiamos el entero cometido de entreternos, hacernos la vida más fácil y conducirnos, ya uniformados y abastecidos de bazofia consensuada, al catre conciliador. Su perversión consiste en que no exige a sus usuarios formación intelectual al modo en que sí la solicita la lectura. A K. le fulminó Tony Soprano. Así me lo confesó. No es lo mismo el cansancio que entrega Rocco Siffredi a pleno rendimiento, tunelando traseros, ocupando con su hombría el trayecto que la naturaleza consagró a la ingesta de víveres, que el cansancio que entrega Sánchez Dragó en su pompa de orador orfebre a punto de perderse en sus propios jugos semánticos. Los tiempos que estamos igualan al semental italiano y al libresco showman español. Los dos dan de comer a unos cuantos que, en su divina inteligencia, han diseñado un formato en el que caben esas dos formas de entender el entretenimiento popular. Hoy no toca hablar de Bucay.
IV
Este decaimiento moral de la sociedad del bienestar que nos han ido regalando los gerifaltes del mundo viene de perlas para evaluar el grado de perversión que hemos estipulado como razonable. No hay refugio en el que esconderse. Ni embajada de la inocencia en la que resguardarte. Culpables hasta el desmayo, convictos de pasear las calles y contemplar sin dolor el dolor visible. Confinados al dudoso placer de ocupar las horas para no sentir en demasía la angustia existencial de saberlas vacías. Así vivimos, así cerramos de noche los ojos y nos entregamos, ufanos en nuestro útero externo, al sueño reparador. Y en el sueño nos dejamos matar y matamos. Y en el sueño, ya libres, liberados de la crisis que nos ahoga y de la soledad que nos persigue, encontrar la luz y saber que nos ampara. En el sueño, lejos de la realidad cansina, contemplar el extravío de esa luz y admirar el prodigio sencillo de las cosas, pero eso no entra en el discurso de la máquina y el proyeccionista tiene instrucciones muy precisas del modo en que debemos ver la trama. Ni Hitchcock lo hubiese dirigido mejor. Es admirable el engaño.


19.4.11

Hoy en Barra Libre...


Entren en la Barra Libre. Hoy invito yo. Pueden también clicar en la imagen de la barra lateral. Las dos puertas acceden al mismo local.

18.4.11

El marido de Nora Barnacle


Nora Barnacle, la esposa de James Joyce, no leyó nunca Ulises. No como Joyce hubiese querido. No como Vila-Matas lo ha leído. Nora Barnacle se acostó con el autor de Ulises, le habló en los parques, le escribió cartas obscenas (es sabido que Joyce era un salido absoluto), le confió sus dolores y hasta le planchó los cuellos de las camisas, pero jamás se animó a ir de la mano de Bloom por las calles infinitesimales y mitológicas de Dublín. Lo que nunca sabremos es qué parte de la vida de Nora Barnacle pasó inadvertida para James Joyce, qué trazo de historia personal e íntima no reconoció a diario, al acostarse con ella, al pasear los parques bajo la lluvia, al escuchar al pie de la cama el relato minucioso de sus dolores, al verla planchar los cuellos de sus camisas. Nunca sabemos estas cosas y es probable que no haga falta saberlas.

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17.4.11

Domingo de Sinatra



Todo lo que la industria fonográfica y las mentes pensantes de Hollywood hagan para que la figura de Frank Sinatra resplandezca como debe es poco. No ha habido un personaje en el siglo XX que acuñe más leyenda. Cantó algunas de las canciones más hermosas de la música popular de ese siglo y las hizo tan inefablemente suyas que no es posible (sencillamente no es posible) escuchar Night and day (en cualquier versión, y hay cientos) sin que su voz resuene en la cabeza en una especie de eco cómplice. Además a Frank se le entendía todo. Cantaba en inglés, pero daba lo mismo. Las palabras sonaban limpias, altas, fuertes. La música era una invitada porque el oído a quien prestaba atención era a la voz. El Sinatra de la voz perfecta tutelaba a un Sinatra mundano, amigo de las fiestas, cómplice del amor (como en tantos canciones confesó) y de las trampas que el amor ofrece a quienes lo adoptan como medio de vida. Sinatra fue un enamorado, en todo caso. Uno expresado a la máxima potencia.
Una buena parte de los ochenta de vida que un Dios en forma de Jack Daniel's le concedió fue entre las sábanas de mujeres hermosas y frente a orquestas rutilantes, haciendo lo que nadie jamás hizo mejor que él: cantar. Este crooner asombroso ganó, entre canción y canción, tres Oscar, dos Globos de Oro y 10 premios Grammy, pero este tributo sencillísimo de fan absoluto no hablará de cine. Se preocupará, sin acierto, de airear qué formidable showman era y qué vida tan fabulosa tuvo.
Este crápula bajito y concupiscente, enamorado del swing y del bourbon, detestaba cantar My way. Prefería el cancionero de Cole Porter, los años dorado de la Columbia, el prestigioso sello que se rindió a sus pies durante varias décadas. A mí me salvó la vida en varias ocasiones. La primera (tal vez) fue en la adolescencia cuando estuve a punto de tirarme al pop descarriado de los artistas de varietés del momento y escuché, en casa de un vecino, Cheek to cheek. De inmediato, le pedí el disco. Era una caja de cartón infinita. Contenía un libreto y 8 discos (vinilos, se entiende) absolutamente adictivos. Los grabé en algunas cintas de cassette Tdk que no conservo. Recuerdo que hasta me aficioné al inglés con la ingesta masiva de esas cintas y la escucha (repetitiva, obsesiva) de esas 80 o 90 canciones.
El inglés, veinte años después, es el oficio que paga mi factura de ADSL y la hipoteca de mi casa.  Todavía sostengo que es Sinatra quien me empujó a aprender inglés. No hubo vocación  académica ni tampoco hubo profesores (ay) que me inocularan el amor a esa lengua prodigiosa. Después de ese acto heroico hubo algunos más. Años después, haciendo el servicio militar, quiso el destino (bicho cabrón donde los haya) que un compañero de fatigas llevara unos CDs de Frank en su petate viejo. Qué placer más absoluto, delirante, metafísico y surrealista escuchar Days of wine and roses o They can't take that away from me o (una de mis favoritas) Angel eyes en mitad del campo de maniobras (Sierra del Retín, Cádiz) a donde los esforzados mandos militares, allá ellos con su cañones de Navarone, nos enviaban a salvar la patria y justificarles la nómina. Qué ebriedad aristocrática ir por esos campos de Dios o de Marte, vestido de verde, oyendo en unos escondidos cascos New York, New York. Sintiendo cabeza adentro, proyectándose sin fisuras hacia el alma, esté donde esté, la idea sobrenatural de que el mundo no se acababa en el barro de mis botas, en el cielo gris de un domingo aciago, tirando a deprimente, convertido en un agujero en el tiempo y en el espacio, como si fuese un relato de Ray Bradbury o de Philip K. Dick.
Este domingo de hoy no es aciago ni se escora al gris. Tampoco deprime ni me conduce a ningún agujero interdimensional. Estoy en pijama y escucho a Frank mientras Alonso sigue muy atrás en el pelotón de la Fórmula 1, mis hijos desayunan en la cocina y mi mujer habla por teléfono.  Pero La Voz sigue teniendo la facultad de transportarte a otro lugar. No importa qué estado de ánimo tengas.  Lo que Frank Sinatra consigue como casi ningún otro es que la realidad mengüe, se concentre en un punto, adquiere una elasticidad inédita, se abra, se cierra, puje y termine por hacer que te cuestiones las cuerdas invisibles del cosmos. Cómo están hechas. Quién las trenzó. Sí, ya sé que estoy un poco mal de la cabeza. Frank Sinatra no es un emisario del mas allá, uno de esos gurús que te hacen ver la naturaleza arcana de las cosas, pero quién me roba a mí el escalofrío de placer absoluto que ahora tengo. 
Lo de aquí es un arrebato de fan, ya lo he dicho. Creo que Frank Sinatra, junto a Van Morrison o Bill Evans o Chet Baker, son los músicos que yo haya podido escuchar más. Vuelvo a ellos insistentemente. Me descubren siempre territorios nuevos. Uno de ellos sigue vivo y haciendo discos (unos buenos, otros mejorables). Los otros tres andan por algun lupanar tóxico sin privarse de nada que pudiese colocarlos un poco. En mi corazón o en mi infinito agradecimiento está su música. Y va a seguir así hasta que yo también sea infinito en la memoria de alguien. Amen. Hoy es Domingo de Ramos, digo de Sinatra...Yo, a falta de cofradías que escenifiquen mi deseo, procesiono esta tarde al maestro en mi cabeza. La de cosas que caben dentro de una cabeza. Lo retorcida y maravillosa que puede llegar a ser a poco que se la adiestre.


(De fondo, al tiempo que cierro el post, suena I've got you under my skin una vez más)

16.4.11

La condición del fantasma



En cierto modo no están o lo están de un modo aleatorio o fragmentario o intermitente. Entran y salen de la cosa pública como algunos personajes del cine negro entran y salen de la escena del crimen. A éstos se les podría listar un parte de bajas, pero dudo que exista político que duerma sin que una nube de bajas le asfixie el sueño y lo despierte a mitad de la noche, empapado en sudor, presa de espasmos, en plan yonki sin reservas en la mesita de noche. Las bajas no son cadáveres alfombrando desiertos lejanos. Tampoco son las que cubren las estadísticas de los teletipos. Son bajas económicas, bajas sentimentales, ese tipo de bajas que pueden conducir al desquicio a una familia que no llega a fin de mes o que no llega ni siquiera a un cuarto de mes, que es una semana mal contada. Nada reprochable, en todo caso. Hace política el que quiere y sabe los riesgos del oficio, el peso gigantesco que conlleva y lo expuesto que se está  a que todo el mundo tenga derecho a opinar sobre ese oficio. En el fondo, no es la clase política la que está ahora poco valerada: son algunos de esos políticos, son algunos de los que detentan esos fantásticos puestos de mando.
Estos de la foto ya no están, pero durante el tiempo en que movían carteras y daban ruedas de prensa hicieron su trabajo lo mejor que pudieron. Quiénes somos nosotros para dudar de que fuesen obreros obstinados, profesionales juramentados a conducir a sus países al mejor de los mundos posibles. Pero las pruebas hablan en su contra. En general, una vez que un político ha dejado su maletín y deja paso a otros, siempre hay pruebas que echar en cara, parados inesperados, empresas desmanteladas, todo ese previsible nomenclátor de errores que luego heredan los ciudadanos y que marcan la historia de uno de esos países. Hace tiempo que no sabemos nada de estos enchaquetados, pero cualquier día es bueno para que uno dé una conferencia sobre El Futuro del Estado del Bienestar en un mundo globalizado en un inglés neardental y el otro sea fotografiado en su rancho de Tejas o haga decir a sus abogados que en modo alguno piensa dejar los Estados Unidos para sufrir la afrenta de que una Corte Internacional revise su mandato y le pronuncie la palabra guantánamo a menos de un metro de sus narices. Por eso se mantienen un poco al margen del circo de la política.
Salen de vez en cuando, hacen como que están, que vigilan el curso de los acontecimientos, pero en realidad hace tiempo que decidieron poner tierra de por medio. Tierra es un recurso facilón, pero quién sabe en dónde están, en qué apartado rincón hacen vida familiar, salen de paseo con sus familias, van al cine o de compras a un gran supermercado. Y no es que el hecho de haber tenido esos grandes puestos de responsabilidad les prive del sencillo placer de salir de paseo o de ir de compras los sábados a última hora. Hicieron lo que hicieron lo mejor que pudieron, claro está, pero ahora prevalece la condición de fantasmas. Inevitablemente viven en otra realidad que no es la nuestra. Quizá ésa es la razón por la que se obligan a salir de cuando en cuando y dan conferencias o se dejan fotografiar junto a unas vacas. Tendrán un gabinete de asesores que les recomiende hacer esto o esto otro. Como buenos soldados escucharán con atención y harán caso de lo prescrito. Suena a enfermedad eso de prescribir cosas. Otro significado del verbo prescribir es el que hace referencia a la extinción de un derecho o de una deuda. Quién sabe las que tienen estos. No más que otros. Cosas del cargo. Qué difícil es conducir al pueblo hacia su destino. Pronto tendrán a otro miembro ilustre de la cofradía de los próceres de la patria. Le están mandado mensajes. No creo que tengan facebook público.

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15.4.11

2k


Kafka no era Kavafis. Uno se censuraba todo entusiasmo y concebía el viaje como una postura de riesgo ante la vida. Harto de ser un funcionario gris, uno encerrado en una montaña de papeles grises, decidió ser Grigori Samsa y se despertó bestia, insecto, criatura inferior y oscura. Puedes ser en vida Kafka o ser Kavafis, pero lo que no sabes es si en los preparativos algo imprevisto va a torcer tus propósitos o si en la travesía el azar, que Borges no aceptaba, va a confiarte todas sus malas artes. 
Kavafis pedía que el viaje fuese largo en su poema a Ítaca y disfrutaba con la posibilidad de que la ruta se confundiese con sus sueños. Me lo recordaba un amigo en la barra de un bar hace un par de viernes. Qué cosa más curiosa: hablar de Kavafis en una barra de bar, contar el itinerario secreto de la belleza de unos versos. Todos tenemos una parte de Kafka y otra de Kafavis. Un miedo inconfesable a perdernos en el tráfago de los días y, por otra parte, un deseo irreprimible por perdernos en ese tráfago y confundirnos en su asombro formidable, en su caterva de almas hechas de incertidumbre y de zozobra. 
Hay quien quiere la vida como un contrato donde todo está registrado y nada está sujeto a la indeterminación y quien pide que el viaje sea largo y nunca tengamos certeza del destino. Los dos hacen de linterna, al modo en que lo hace la filosofía, para indagar los primores de lo real. Es ésta la función del escritor. La blonda sensual de los poemas de Kafavis no es el apesadumbrado documento casi notarial de la prosa de Kafka, conjurado a revelar la alienación y el absurdo del hombre en la sociedad que lo engulle.
En las repisas en donde alojo los libros en mi casa he visto que La metamorfosis, el viaje entomológico y existencial  de Samsa, descansa lomo a lomo junto con una Poesía completa del griego, bizantina y helenista, vital y paganizante. He pensado que ambos libros sufrieran la ficción de intercambiar sus páginas, de contaminarse en la soledad del anaquel, ajenos a las manos del lector, que sólo de vez en cuando recae en su formidable existencia. He pensado que Kafavis mutara a Kafka y en sus poemas pesase el frío del funcionario centroeuropeo que no acaba de encontrar su sitio en el mundo. O que Kafka consintiese la influencia de la sensualidad alejandrina de los versos de Kafavis. He ojeado ambos libros y todo sigue igual. Samsa es Samsa y la belleza inconmovible de los versos del poeta griego esperan la llegada del goloso lector que los disfrute.También las personas permanecemos inalterables. Como libros apilados en estanterías.
No es fácil dejarnos contaminar por las experiencias ajenas. Nos desenvolvemos con las toscas y pobres maneras que nos proporciona la experiencia personal, pero no siempre sabemos indagar, con la linterna del poeta, en las venturas y desventuras de los demás por si en ese ejercicio de novelización aprehendemos algo que pueda abastacernos de júbilos distintos y de miserias compartidas. La Historia está repleta de casos similares: pueblos que se juramentan en la salvaguarda de unos principios morales inasequibles al retroceso, al descubrimiento de que afuera hay vida y que late con idéntico pulso a la nuestra. A lo mejor esta reflexión sobre dos libros que se tocan en una estantería de mi casa termina convertida en una reflexión sobre los nacionalismos. Empieza uno a escribir y nunca sabe en dónde va a acabar lo que escribe. Pienso ahora qué podría pasar si Lovecraft se arrima a Bécquer. Si Chesterton a Nietzsche. Si por obra del azar o la suma de muchos azares Bucay se contamina de Canetti. Ay, olvidé que no tengo ningún libro de Bucay. No pienso remediarlo.

14.4.11

Todos los grillos creen en Dios



  A Juan Carlos Estepa, que lo escuchó en el bullicio de una feria (once more).
  A Miguel Cobo, obstinado en lo suyo, en sus vicios de letras, en su río de vida
(y sin conseguir ni siquiera hoy que escriba menos en mi blog).
  A Ana, de la que sólo sé que se deja caer por aquí con frecuencia y escribe lo primero que le viene en gana, sin pensar demasiado en nada. Ojalá otros aprediéramos.
  A K., que siempre escucha sin aparente cansancio todo lo que cuento y nunca me cuenta en detalle lo suyo.

En el año de gracia de 1.688 y en la muy noble y venerable ciudad de Toledo nace Vicente Jesús Sotomayor y Villamediana. Educado en la estricta observancia de la fe, devoto de misa y lector  precosísimo de vida de santos, procuraba no pisar el abundante número de grillos esparcidos como plaga en el patio de su casa. Por más que la sangre le pidiese una escabechina, atento a la mirada estricta del Altísimo, Vicente Jesús se reprimía y pensaba en el momento en que  Dios arrojó sobre el mundo a todos los santos grillos. Quién era él, también creación Suya, para arrebatarle la vida a las demás criaturas. Entendía que así , siendo cuidadoso y mirando por dónde pisaba, no incumplía ningún mandamiento ni  se ganaba la reprimenda de sus mayores.  Los grillos eran también obra del Señor y no existía motivo para contradecir el prodigio de sus actos.
A fuerza de esquivarlos, empecinado en girar el cuerpo y gobernar el paso, el niño Vicente Jesús tomó como  ábito involuntario y, a la postre, pernicioso, andar con una muy ligera inclinación del torso, en particular, que le obligaba, a su pesar, a dar unos saltitos ridículos alrededor de los insectos para desplazarse a conveniencia sin que el trayecto contrajese la muerte de ninguno de ellos.
El párroco, Don Ramiro Céspedes, le conminó a que anduviese sin esos torcimientos que le hacían parecer lo que no era y despertaban entre las malas lenguas del pueblo argumentos para rumores y razones para insultos. Trajo entonces Vicente Jesús al criterio del cura  la causa de su proceder y la creencia de que Dios le observaba sin reprobar ninguno de sus actos. El párroco, campechano en sus consejos, viejo y conocedor de los vericuetos del alma humana, vino a decirle que Dios no reparaba en minucias y que pisar un grillo o una manta de grillos no ofendía  su Obra ni escandalizaba a su Divinidad. Que todos somos hijos de Dios, pero que su amor no ha sido repartido proporcionadamente y hay hombres y hay conejos y grillos y hasta moscas que no tienen el mismo escalafón en la mirada atenta del Padre. Añadió que podía, en adelante, matar cuantos grillos le  viniesen en gana sin que esa inclinación homicida alentase forma alguna de pecado y que insistir en tan piadosa conducta hacia la turbamulta asquerosa de grillos de su patio devastaría quizá ya para siempre su espalda y terminaría jorobado o arrumbado en una silla sin moverse por mor de ese inquietante vicio.
Al día siguiente el patio de la casa del niño Vicente Jesús Sotomayor y Villamediana era un batiburrillo informe de alas y  caparazones negros, de cabezas perversamente machacadas y de ojos negros escorados hacia el imposible limbo de los grillos muertos. Como no todas las acciones que hacemos convencen por igual a todo el mundo, Vicente Jesús descubrió que aquella matanza novicia no era del agrado de su madre. No por la caridad  cristiana, que no faltaba, sino porque a la postre, cometida la fechoría, desarmado el ejército infame de  bichos, el patio quedaba hecho un desastre, un espectáculo baboso de cuerpecillos crujiendo en el silencio blando de la noche.
Así que Vicente Jesús, hijo obediente y recto, bueno por encima de egoísmo, regresó a su excéntrico paso y volvió a ser el Mesías de aquella algarabía de criaturas. El párroco, al tanto de la renovación de tan fea costumbre, le reprendió severamente. Durante un tiempo, Vicente anduvo en el frágil e incómodo lugar de no tener opinión propia así que su ingenio obró el milagro de dar con una solución que contentase a ambos. Quizá también al Señor, que todo lo ve y todo termina expuesto a su criterio. Grillo que matase, grillo que recogiese del suelo y guardase en una vasija ancha de barro que haría las veces de túmulo cóncavo de grillos inevitablemente sacrificados. Una vez que la vasija estuviese llena la arrojaría a la fértil tierra de Castilla. Como si de un enterramiento protocolario se tratase.
Este episodio juvenil, baladí y tal vez frívolo en el fondo, marcó indeleblemente el alma sensible de Vicente Jesús y treinta y poco años después, en las selvas del traidor Amazonas, siendo Capitán de un regimiento de Artilleros de su Majestad el Rey, acabaría  recordando los grillos del patio mientras se entregaba, varonil y heroico, a esquivar, con desigual fortuna, con saltitos torpes, los cuerpos ensangrentados, devastados por la pólvora y mutilados por la toledana espada, de la población indígena que alfombraba, como grillos, la tierra glauca de la selva.
Y el Señor Nuestro Dios, en su Gracia Infinita, le habló al capitán Sotomayor en sueños, pues así en ocasiones se manifiesta según tenía entendido. Indio que matase, indio que arrumbara en un carro y arrojase después a la fértil Amazonia, luego de bendecir  su alma impía, en algún remanso del río, a la sombra, a salvo (mayormente) de las inclemencias y los rigores de los dioses astros.





Una (muy breve) reseña de las mujeres pembote / Redux

“Una mujer pembote micciona erguida para emular a su hombre, para emular al hijo, al abuelo. El orín caliente resbalado muslo abajo las protege de algunas enfermedades tropicales. Una mujer pembote que no miccione erguida para emular a sus varones termina atacada por una caterva asombrosa de males que minan su salud con furia incontenida. Se le descuelgan los pechos a temprana edad y la lozanía del rostro se muda en un caos de sombras y arrugas. Las mujeres pembote, al desposarse, juran que no traerán mujeres al mundo. Si caen en el error de alumbrarlas, juran que las educarán conforme las educaron a ellas y con arreglo a los designios de su dios, que es un árbol milenario que preside la montaña. El árbol divinizado no consiente que las féminas de la tribu miccionen, como sucede en otros poblados, en cuclillas. Las virtudes del orín caliente derramado muslo abajo hasta el mismo pie ha producido una rica literatura de transmisión oral (los pembote son ágrafos) que se recita en plenilunios para conciliar más gratamente el sueño en una suerte de nana tribal y ruidosa que también posee la facultad de espantar demonios, despertar en los adultos el apetito carnal y ahuyentar fieras de la jungla. 
Otro episodio de consecuencias literarias es aquél que fomenta la banalización absoluta del sexo. La mujer pembote propende a buscar hombre estable que la colme de hijos, pero vive en lícita mancebía lúbrica y fornica con impudor y hasta en público. Es pieza habitual ver un corrillo de muchachos que observa a una pareja entregada, en una sombra, a la vera de un cauce, al amor. Cuando la mujer pembote deja de ser fértil, se la destierra a la linde del poblado donde crece, asalvajado, el cuyampembote, la flor de los deseos. Masticada, hace que vuelva el menstruo para que todo sea como antes y el destierro concluya. El hombre pembote tiene el único deber de satisfacer sexualmente a la mujer pembote. Un collar estrambótico al cuello delata al hombre incompetente. Cuando el conquistador extremeño Ricardo de Guzmán devastó, hacia 1.540, la aldea pembote, unas cuantas mujeres lograron huir y fundaron, río arriba, un poblado. Los hombres, con el tiempo, fueron obligados a miccionar en cuclillas para emular a sus hembras y el árbol-dios fue cortado y quemadas una a una todas sus caprichosas cortezas.”

(Tomado del diario del abad Nuño de Balboa, 1774)

13.4.11

Cultura para todos en su horario habitual de las dos de la madrugada...


Leí alguna vez que es malo sufrir, pero bueno haber sufrido.  Lo dice mi amigo K., al que hace tiempo que no traigo al Espejo: Se aprende de las heridas.

I
Las advertencias acompañan, se dejan oir pero el acto valiente del espectador es contaminarse de estas impurezas, pringarse, hocicar su ortodoxia y probar esta cosecha de perdedores o de inútiles o de vagos que lejos de estimular la infinita capacidad de asombro de quien asiste al hecho artístico prefieren abonarse, sin pudor, enganchados al clic de la caja registradora, a la pereza mental, a cierto grado de desgana intelectual que acaba por convertir la obra facturada (un libro, una canción, una película) en basura, en basura encantada de ocupar un hueco en las estanterías de los grandes almacenes y en los sueños colectivos de un público también abonado a la pereza, a la falta de escrúpulos morales y a la sencilla inobservancia de la regla dorada de este negocio tan particular: entretener sin insultar.
II
Hay literatura mala y eso que hace la sombra de la buena se alargue y conforte más. Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre. Cito a Rilke, un poeta de mi adolescencia estética al que todavía acudo de tiempo en tiempo. El poeta malo no se vacía, no alcanza ningún grado de pobreza. El poeta bueno, el que alumbra prodigios, el que asombra, el que rasga la capa más interna del lector más cómplice y se queda allí, cosido al alma, residente de esa emoción purísima, vive siempre en una orfandad perfecta.
III
El crítico, ese ser en continuo feedback emocional, varado en sus contradicciones, cabeza y corazón en perfecta zozobra, sufre en silencio. Como unas buenas hemorroides. Su dolor, en todo caso, sería el aviso de navegantes desavisados. Los otros no precisan bitácora alguna. Como un genealogista que agotara libros de registro municipales, archivos hospilatarios, fondos de iglesia o sótanos familiares para encontrar restos, huellas, migajas de un antepasado ilustre o de un lejano tío crápula y pendenciero, el crítico acude siempre a la Historia, al mapa de lo que sabe y arroja al lector, ese ser hipotéticamente cómplice y objeto último de todo este desvelo, su riqueza que luego, lo dijo Rilke, deviene pobreza. Así andamos. Sufriendo para después arrojarnos a la felicidad. Viviendo a diario la vida ofrecida como un regalo. Siempre.
IV
Anoche, bien tarde, leí (casi del tirón) Mortal y rosa, el libro más triste y más hondo de Francisco Umbral. Qué hermosa tragedia. Qué belleza escondida en el envés de las palabras. La literatura, la buena, la que se queda en el alma, la que no nos abandona ya nunca, produce una felicidad imperfecta, como debe ser. Todavía llevo al hijo muerto del poeta Umbral, luego qué fue Umbral, a qué se afilió, en qué se convirtió, en el pecho.

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El futuro

Lo que de verdad seduce es el futuro. Al pueblo llano, al iletrado y al curtido, al experimentado y al plúmbeo, lo que les pone es el vacío narrativo, los espacios en blanco en el mitad del texto más o menos previsible. Sin embargo, el futuro es una trampa formidable. Tal vez lo sea más manifiestamente en tanto no existe. Los hay que lo han ninguneado, vejado, negado o sublimado hasta el paroxismo de la fe, pero esa confianza en el porvenir no delata otra certidumbre que el cansancio en el presente. La trampa consiste en vender lo que no está ni tiene visos reales de que en efecto pueda estar. Esa vigilia hecha de zozobras y de hipótesis esotéricas es la que ha sustentado la historia de todas las religiones. El paisaje de la trampa se eriza de profetas, de estadistas del apocalipsis, de gurús del caos que oyen el lejano retumbar de las trompetas celestiales en su blackberry y exhiben las credenciales de su oficio, que suelen ser los habituales tecnicismos de resonancia clásica que hablan de la muerte y de la vida después de la vida. Con esa golosina espiritual se ha abastecido la historia de la espiritualidad humana. Cada uno ejercita el alma como le conviene. Quienes no reparan en que existe y quienes no actúan sin que opine.
Anoche habló del futuro un teólogo en una emisora de radio. Lo oí en ese franja fragilìsima de tiempo en la que ni estás dormido ni despierto y que algunos poetas matrimonian directamente con la muerte. Apenas percibí argumentos vagos. Igual lo eran y no era mi fatiga lo que me apartó de entenderlos. El teólogo hablaba del futuro como única tabla de salvación. Antes de que me venciera el sueño, creí entender que el léxico apocalíptico es el que más conviene. También los políticos agitan soflamas y airean cantos de revolución cuando advierten que los sondeos les son desfavorables o cuando sospechan que esa estrategia puede darles votos. Lo dijo ZP. Lo hacen todos. Agrit prop, se llama: agitación y propaganda. Agitación con cobertura mediática. El drama conviene a la escena pública porque lo dramático esconde un componente de sentimentalidad pura, no contaminada por los avatares de la moda ni de los intereses humanos. Lo estableció Lenin, pero ahora lo invocan militancias de todo el espectro político. O religioso. Asusta, que algo queda, parecen decir.
Tal vez el futuro da miedo y por eso ha sido el arma definitiva de muchos imperios: imperios de la fe y de la carne. Todos se han dejado embaucar por la belleza perfecta de lo que no puede ser medido, guardado, sellado, mostrado. La fe es la inteligencia chantajeada, escribió Bertrand Russell. La política tiene algo de fe trufada de burocracia. Educamos en las escuelas para que el ciudadano del futuro (otra vez el más allá irreducible a la razón) sea capaz de sobrevivir y de medrar sin tener que esperar la bondad de los dioses de la cosecha. Educamos en las escuelas (y sospecho y espero que en la familia también) para que el futuro no sea un territorio de penumbra sino un campo abierto y limpio de incertidumbres. Podemos esperar a lo sumo que las incertidumbres que sobrevivan sean las estrictamente inevitables y ninguna de ellas la rubrique la superchería, la mediocridad o la incultura de quien no se siente dueño de sus actos. Lo que de verdad seduce es el futuro, lo que no podemos registrar, lo que se escapa a poco que pensemos tenerlo ya cogido. Lo saben los curas y los políticos. 


12.4.11

El niño del atlas


Cuando era niño, me encariñé de un atlas de modo que aprendí a leer nombres de ciudades búlgaras o de ríos franceses a la vez que aprendía a leer las primeras palabras en nuestro bendito castellano. En mi porosa memoria se iban acumulando gato, Vladivostok, pluma, perro o Idaho sin que ese absurdo mejunje semántico me causase zozobra alguna. En el patio del colegio sacaba el atlas, que era un tocho bien gordo, uno de Santillana, y pasaba el dedo por los Urales mientras que mis amigos jugaban al fútbol, a lo lejos, mirándome como el bicho raro que supongo que era. Con mis gafas de pasta, mi flequillo enhiesto como un surtidor de Versalles y una delgadez extrema que años después compensé fantásticamente, el niño con el atlas era un ejemplar curioso, al menos. Sabía las capitales del mundo y memorizaba todos los países de la costa pacífica de América. Los profesores me ponían a prueba para pillarme en un desliz cartográfico y hacerme perder la aureola de niño sabelotodo y empolloncete que daba vueltas a todos los demás en tantas cosas. Imagino que el empeño de mis maestros era noble: si lograban bajarme de ese pedestal de alumno imbatible los demás niños me dejarían jugar al fútbol con ellos. Era una didáctica arriesgada, pero la animaban razones humanitarias.
Buscaban lo que ahora se llama normalización social o socialización o cualquier acuño filológico de nuevo implante que sirva para evidenciar la bondad del juego y de la actividad comunitaria en estas edades. Ahora que soy maestro entiendo alguno de aquellos razonamientos, pero pienso también que el niño del atlas no era empolloncete ni tampoco un sabelotodo repelente. La culpa la tuvo el atlas. Si en lugar de que a mi tío Alberto se le hubiese ocurrido regalarme el libro de los mapas me hubiese regalado un libro con todos los cuentos de Perrault, no habría sabido que el Gánges desemboca en Calcuta y sí, muy al contrario, me hubiese enrrollado con historias sobre gatos con botas o niñas que se pierden en los bosques y el diablo les azuza un lobo malo y, en el fondo, salido.
La infancia es un cajón de dimensiones pantagruélicas al que le podemos añadir miles de ingredientes. Nunca sabremos qué saldrá, pero hay que tener la voluntad de que los niños estén (ahora más que nunca) pegados a los libros. No tengo yo certezas sobre lo que hubiese pasado si en esos primeros setenta hubiese habido treinta canales de televisión, diez plataformas de videojuegos y línea ADSL. Emilio, a los diez, con banda ancha: no puedo n i imaginármelo. Tal vez no hubiese tenido en mi diccionario sentimental las palabras Volga y Macchu Picchu. Quizá (esto son especulaciones dominicales) no sería ahora maestro. Lo soy por los libros y por Frank Sinatra, ya lo escribí aquí una vez. Lo soy por la literatura y por el cancionero de Cole Porter. El infinito amor a los libros y el infinito amor a la música hicieron un maestro que intenta que sus alumnos encuentren el libro mágico que les salve del tedio y los llene de maravillosas fantasías.
Yo no era especialmente notable en nada salvo en mapas. Y razono aquí que fueron esos mapas los que me rescataron de una realidad que no me llenaba enteramente. Fue el atlas el  que me confesó, en privado, sin excesiva retórica, que fuera de mi casa pequeña en la calle Jaén y fuera de las vetustas paredes del colegio Fray Albino había un mundo. Los mapas lo son siempre del corazón. Uno es cartógrafo de su alma. Dentro de la fantasía de un niño hay bosques y hay cielos infinitos, hay estrellas y hay selvas en donde se ciernen mil amenazas, pero de vez en cuando hace falta ponerles nombres a todos esos lugares. Tener la facultad de poner un dedo sobre la hoja y saber que debajo del dedo está el Amazonas o las calles de Londres. Qué asombroso poder. Qué hermosa fuga.

11.4.11

¿Dónde están los indios?



Calígula, ebrio de poder, nombró procónsul a su caballo. El político también se sale en ocasiones con exabruptos de esta guisa: elige a lerdos para cargos de hondura y tacto. Todo se viene entonces a regir por principios de extrema provisionalidad por mor del interés electoral y de los plazos que dan los años de gobernancia. Sabemos que quienes nos gobiernan van a terminar por irse: por eso les brindamos el amable voto. Igual se lo damos porque consentimos que ellos hagan el trabajo sucio que a nosotros no nos place y al que no estamos enteramente preparados. El político ocupa ahora en el imaginario colectivo una preeminencia hasta ahora inédita. Hasta el ciudadano con menor capacidad retentiva y menos interés por la materia de la cosa pública sabe quién es el Ministro de Defensa o el Portavoz del Gobierno. En las fiestas de barrio o en las tascas de fin de semana, untado de tapa y caña, se esmera en imitarlos.
Umberto Eco alumbró la teoría de la cosificación, o la pulió, no tengo ahora bibliografía a mano. Se trata de rebajar a cosa o a polvo o a nada, como diría el poeta, la ideología, el pensamiento político, la razón incluso. El fútbol fue inventado por algún lord inglés metido en faldas que vio en este deporte noble de patadas y masas enfervorecidas por la victoria de los suyos un método fácil y contundente para que el pueblo llano, el votante de calle, no anduviese en exceso pendiente de sus cogitaciones. Bajo la bandera de las ideologías fracasadas ( la derecha qué es, la izquierda ya no es nada ) los partidos políticos del hoy en día hacen, más que política y gestión de lo público, literatura y fórums de mesa camilla. La prosa del gobernante la desmembra luego el columnista inspirado y la convierte en zafia morralla de charlatán de feria. Luego llega otro columnista de inspiración todavía más profunda y acalla las trompetas de Jericó de quien antes se ganó la atención del pueblo. Y siempre hay una pistola más rápida. Esto ya nos lo enseñó el cine. La vida imita siempre los viejos westerns. John Wayne tiene escaño en el parlamento.
Mándalos al infierno, dice la fotografía que ilustra la entrada. Clint Eastwood es la oposición. El juez de la horca da con la maza en el tapete para que sus ilustrísimas no acudan al insulto y permitan que unos hablen y otros, aunque indignados, encabronados y en eterna estado de mala leche, escuchen. Los indios. ¿Dónde están los indios ?

10.4.11

El espejo del alma



Más que Dios, atento siempre a las inclinaciones más sinceras de sus hijos, la cara de este hombre parece que se la puso un ángel caído. Uno de esos de ocupan las mejores páginas de la literatura gótica. Uno a sueldo de Dan Brown. El ángel sin glamour ni fotogenia. La mía no sé a estas alturas quién me la dio. En el fondo, la suya, ésta, poco importan. Pero a veces cómo entorpecen.

Jueves Ateo



Una cosa es ser ateo o agnóstico o no comulgar con los preceptos de la ley cristiana y otra tomar las calles y azuzar a los unos contra los otros. La mal llamada procesión atea convocada para el Jueves Santo en el centro de Madrid es un acto beligerante, sin sustento filosófico, destinado a jalear a los militantes despiertos y a sacar del letargo a los dormidos. La militancia en asuntos teológicos debería quedarse adentro: uno profesa la fe que desea o no profesa fe en absoluto, pero respeta al otro, al que no comparte lo nuestro. Lo del Jueves Santo en Madrid no es una festividad atea; ni siquiera está al servicio de la discusión entre gente razonable. Los que la convocan se afilian sin ambages al extremismo. Abandonan el sentido común y sólo se dejan llevar por instintos bastardos. No siendo yo feligrés de ninguna iglesia y sintiéndome un descreído convencido en todos estos trasuntos del alma, me declaro ahora dolido, sencillamente alarmado por el ensañamiento con el que se debaten en este país las ideas. Ahora religiosas, pero mañana judiciales o políticas o incluso deportivas. Faltará cultura, faltará didáctica. A poco que nos descuidemos, si siguen las cosas escorándose hasta estos extremos no deseables, terminaremos pintando en las paredes de las iglesias, interrumpiendo la misa con soflamas nihilistas, prendiendo cerillas en las alfombras que van al altar. 
Tiene esta España nuestra una poco noble tradición iconoclasta. Somos por naturaleza, por herencia cultural o por adherencias totémicas de todos los pueblos que nos han impregnado durante milenios, una nación desobediente, de fácil contento anímico, de gentes crecidas al sol y al dictado orgánico de la tierra. De misa de doce y vino a la una, de rezo público y pecado privado. Lo único que no desea el español es que se le desactive el itinerario festivo de santos y de procesiones, de vírgenes bajo palio y primera comunión con ropa de marinerito. Sabe en el fondo de los peligros de un país de un materialismo salvaje,al que extirparon todas las imágenes y del que borraron a golpe de procesión atea los lazos metafísicos con un Dios vivífico, atento a los quebrantos de sus hijos y convertido en mentor, en protector, en la invisible razón que excluye todas las demás razones.
Una cosa es que se retiren los crufifijos de las aulas o que a uno se le pongan los pelos de enhiesta punta cuando ve a los jerifaltes de la curia hablar en público y soltar por esa boca carpetovetónica exabruptos y absurdos varios y otra bien distinta es que se invade el territorio de lo más acendradamente suyo, que es el culto, la creencia en el más allá, la legítima manifestación de sus credos. Creo que la libertad de conciencia, si no está bien legislada, puede conducir a que la cohesión social se tambalee. Mi religión o mi ausencia de religión no debe rozar la religión o la ausencia de religión de los demás. No está escrito en ningún sitio fiable y consensuado por todos que mi visión del paraíso tenga que coincidir con la visión del paraíso de los otros. Puedo elegir que mi dios sea un router, un algoritmo de google o un solo de guitarra de Jimi Hendrix. Esa elección no me descalifica. Tampoco que mi vecino elija a un santo y acuda a diario a misa y se entregue allí al completo dominio de su alma. Le dolerá ver una procesión de hostiles. Al hostil, en cambio, dudo que le duela (si no se exceden, si no caen en la misma barbarie, si no se afilian y sacan a la calle sus hordas bárbaras, que también las tienen) la legión de fieles que anima los templos y llena las calles. Yo no voy con entusiasmo a ver pasos de Semana Santa. No me emociono ni me siento sensible ni frágil delante de la figura de Jesucristo. Acepto, sin embargo, la emoción de mi igual. Caso contrario, en el momento en que me oponga en demasía, tardaré poco en ver cómo se mofan de que adore los riffs de Jimi Hendrix y de que rece al cielo (esa abstracción, ese arcano) para que no abandone y me dé sensibilidad para seguir disfrutando de mis días en la tierra.

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