31.3.11

Gramáticas

I
en tardes como ésta una hemorragia cándida y dulce vacía mi cuerpo, desaloja primero la voz, luego me arresta en el hueco del sueño, ahí hago sutiles navegaciones elementales, cubro distancias de azúcar, paisajes de plástico, extensiones que a mi paso se ondulan y arquean, se pierden en un punto y súbitamente aparecen luego en otro, turgentes, plenas, respirando con un pulmón de dios, con un pulmón secreto, el aire sublime de toda esta pereza increíble

II
no obstante agoniza, enmudecida por el vértigo de los días, la inspiración , la soledad salda cuentas atrasadas con el poeta a solas con su palabra, el poeta no tiene otra cosa que palabra, la palabra escoltando palabras y siguiendo una ruta que casi nunca da en el blanco de la idea, pero la merodea, la asedia

III
la noche con alas como un arco tensado sin júbilo ni excesos galopa furiosa la espalda, mi espalda, furiosa, encabritada y libre, cercada por el aire, libando la piel, hurgando adentro, buscando el alma en la carne expuesta, abrevando la voz en la superficie perfecta de un gemido

IV
el tren medita perderse en la distancia y no es a morir a lo que van los ríos a la mar

V
al alma la astilla el tiempo o su eco, la voz es una estría, la piel es una sílaba suelta

VI
uno se va muriendo sin darse cuenta, uno se va yendo sin aviso, uno deja de ser uno y pasa a ser una breve sustancia, olvido, la tímida evidencia de un gesto, uno se queda al final en gestos, en la noticia de que en esos gestos es en donde realmente estábamos

Volver a Capra después de Pulp Fiction



Esta manera de hacer las cosas ya no se lleva. No sé qué tendría que pasar para que volviésemos al blanco y al negro, a los títulos de crédito sin que una sola imagen de la cinta se colase por debajo. No sé cómo podríamos volver a 1.934. Si una vez llegados a destino, querríamos volver a este 2.011 zarrapastroso y de vaudevil. Si este cine de ahora tiene algún Capra que nos asista. Si hay algún William A. Wellman. Si un Lubitsch. Un Whale. Un Ford. Parece un rap.Volver a Capra después de Pulp Fiction.

30.3.11

El ministerio de la belleza



Bendigan los astros al numen, concedan la gracia infinita y el agradecimiento eterno a quienes comprenden que lo único que merece la pena en este mundo no es el amor ni la paz en el mundo. Es la belleza la que hace que el mundo gire y el universo respire por todos sus agujeros. Siento contradecir al gran Dante, pero no eso es lo que hace que la maquinaria ruede. El amor, la paz en el mundo y los altares de los dioses en sus templos dependen de la belleza. Es la belleza la que escribe la trama, la que pulsa las cuerdas invisibles con las que el corazón bombea la sangre que mueve los cuerpos. Esa es la única religión. En ese credo habito. Por esa belleza el sol sale a diario y la luna en la calle Bourbon, en New Orleans,  y en la mía, Mediabarba, en Lucena, se llena de sombras y de peregrinos perros.
Anoche escuché a Sting cantar por Armstrong una de esas canciones absolutamente impecables en las que uno querría desaparecer. Comprendí de cuajo los misterios del cosmos, accedí a un bienestar completo en nada parecido a ningún otroy acabé por razonar los motivos del que cree en un dios, en el más allá, en la transverberación de las almas y en la salvación del espíritu. Sí, un feligrés blasfemo, sin dios, sin más allá, sin alma que reverberar, pero untado con la misma brea, extremedamente a gusto conmigo mismo, en paz y en libertad, a salvo del mal y a cubierto del tedio. Creo que es peor aburrirse que pecar. Soy el feligrés absoluto de mis vicios, el inquilino total de mi causa.

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29.3.11

La última canción del mundo



Hay pocas canciones que me llenen más que ésta. Hace más tiempo del que quiero recordar escuché a un amago de amigo, es un decir, lamentar la escasa calidad de los divos del rock en lo que es voz, en la calidad del instrumento natural con el que se expresaban. Creo que no hay nadie que cante como Joe Cocker. Y posiblemente, a pesar de la cantidad de clones que la industria oferta para cubrir la baja de los antiguos en los hits parades, no haya nunca otro. Nadie va a cantar You are so beautiful como si se fuese a morir en la última línea. Está bien, ahora que lo pienso, hacer algo como si fuese lo último que se vaya a hacer. Está bien, concluyo, hacer algo como si uno no tuviese otra cosa que hacer en este bendito mundo. Joe Cocker canta You are so beautiful como si fuese la única canción del mundo. Como si ya se acabase el tiempo. Como si no hubiera más allá.

28.3.11

Tres veces Chesterton (con coda dedicada)



Cabalgaré sobre la pesadilla pero llevare las riendas.
G.K.Ch.



Ayer
En La pesadilla, artículo parecido en el Daily News hacia 1.900, Chesterton explica que un cuerdo puede tontear con la locura, pero no es recomendable dejar jugar al loco con la cordura. Defiende la fascinación de cabalgar sobre las pesadillas, divisar en la bruma del sueño escandaloso al monstruo tenaz, saberlo juguete de nuestro desvarío y volver después a lo real, contento de fantasía, extasiado por la visión del mal, aunque aliviado al descubrir su carácter falso, fingido, montado en un escenario que no existe. Nightmare, pesadilla en inglés, obedece desde la propia entidad lingüística a ese carácter poético de lo vivido en los sueños. Nightmare, formada por dos vocablos: night, noche, y mare, yegua. El cuerdo puede vivir el delirio del sueño, pero el loco no puede soportar la realidad. Lo real desquicia. Podemos ver bestias extraídas del mismo infierno a nuestra vera, en la ficción consentida, en la literatura, en la religión, en el tapiz del cine, pero nuestro espíritu no es capaz de enfrentarse a un perro al incidente de un perro atropellado por un coche delante nuestra. Puede ese espíritu, vuelvo a Chesterton, contemplar el horror siempre que no sucumba a la fascinación de adolarlo. Los débiles (sostiene) son los que veneran a dioses temibles y desconcertantes. 

Hoy
Los dioses que se veneran hoy son franquicias. El terror de hoy en día es frívolo. Lo anticipaba Chesterton a principios del siglo XX. En la frivolidad, el terror es un elemento de la tragedia, un ingrediente que acelera o retrasa la trama, que la afecta y la concluye o la deforma, pero no es el músculo que la hace vivir. El dios al que hoy se hace reverencia es un dios inalámbrico, uno inofensivo, carente de los atributos de las deidades de antaño, incapaz de cumplir las expectativas metafísicas del usuario. El cielo bendito con el que se pactaba el trato de la fe es ahora un Iphone. En lo tecnológico, en ese seguro territorio de nanoverdades, se edifica la moral de la plebe. Al poeta se le ilumina el numen con hipervínculos. El dios al que se rinden tributos está en dentro del algoritmo del google. Si Chesterton levantara la cabeza, apesadumbrado, reaccionaría con estupor. Tendría miedo, no sé si terror puro. Y sería un pánico atroz, sí, pero sutilísimo porque la naturaleza de estos demonios es enteramente fantasmal. No son gárgolas ni son pavorosas criaturas descritas por un Lovecraft comido de opio: son códigos binarios, son espacios virtuales, es second life, es facebook, es twitter, es toda ese reino infinito en donde las pesadillas se solapan, se entrecruzan, se lastiman y se retiran para que entren otras a beneficio del mercado. Ese es el dios único y plenipotenciario: el Mercado. Pero Chesterton, el tunante, el ladino, creo que ya sabía todo esto.

Mañana
Mañana el caos será patrocinado por una empresa de cosméticos emocionales. Venderán odio y lujuria y paz. El mundo de los sentimientos, el que gobierna la forma en que compramos, en que nos relacionamos con el mercado, habrá sido rediseñado a nivel neuronal. Los libros de autoayuda habrán desaparecido por completo. Lo siento por los nietos de Coelho y Bucay, de verdad. La gente se limitará a someterse a una sesión de optimismo o de genio o de mansedumbre y bastará un pago en un terminal virtual incrustado en su córtex cerebral para que el tránsito de un estado emocional a otro sea satisfactorio. Chesterton, caso de que levante por segunda vez la cabeza, buscaría una taberna del Soho y se metería una pinta de cerveza y luego otra más. Buscaría a su dios en el fondo de su alma y se dejaría mecer por los vapores vivíficos del alcohol. En el sueño, en ese país sin gobierno, buscaría un caballo bien sano. Lo montaría y se alejaría por la bruma. Libre. Buscando monstruos. Sintiendo en el pecho la libertad de poder batallar al mal en su propia casa. Cuerdo en la locura. No al contrario.

 Coda
Ah, y en este post no he citado a Jiménez Losantos. Trabajo me costó, amigo Miguel, pero al final no sucumbí al poder de las tinieblas, al maligno malignísimo...

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27.3.11

Tell the waitress I'll come back...



Ali dances and the audience applauds
Though he's beathed in sweat he hasn't lost his style
Ali don't you go downtown
You gave away another round for free
Me, I'm just another face at Zanzibar
But the waitress always serves a secret smile
She's waiting out in Shantytown
She's gonna pull the curtains down for me, for me
CHORUS
I've got the old man's car,
I've got a jazz guitar
I've got a tab at Zanzibar
Tonight that's where I'll be
Rose, he knows he's such a credit to the game
But the Yankees grab the headlines every time
Melodrama's so much fun
In black and white for everyone to see
Me, I'm trying just to get to second base
And I'd steal it if she only gave the sign
She's gonna give the go ahead
The inning isn't over yet for me
CHORUS
Tell the waitress I'll come back to Zanzibar
I'll be hiding inthe darkness with my beer.
She's waiting out in Shantytown
She's gonna pull the curtaains down for me, for me
CHORUS

Mi corazón tendría la forma de un zapato si cada aldea tuviera una sirena...




La realidad consiste en pequeñas partículas en aparente caos que, al mancomunarse, forman manzanas, destornilladores, párrocos de pueblo o libros de Federico Jiménez Losantos, pero debajo de la realidad, justo donde las partículas se pierden en su vértigo, hay un inframundo delirante en el que pasan cosas indescriptibles. Esa microrealidad abastece, sobre todo, la imaginación de los escritores de ciencia-ficción y de los físicos cuánticos, que viene a ser la misma asombrosa cosa, pero está a la orden del día que el ciudadano normal, el que hace cola en la charcutería y se enoja cuando a su equipo le meten cuatro el domingo, termine por entusiasmarse por esta vida subreal que engolosina su prosaica actividad sensible y la convierte en épica.
La realidad es un objeto de estudio inescrutable, a pesar de todo: siempre hubo ese afán por navegar las estrellas, empresa  tan fascinante y, al tiempo, tan absurda, pero nada es susceptible de ser conocido enteramente. Ni siquiera el más sencillo de los objetos que nuestros sentidos nos ofrecen. Ir al espacio y buscar conexiones cósmicas y túneles de luz en el oscuro confín no garantiza que en casa seamos más felices. Pero no estamos hablando de felicidad sino de viajes. Los chinos, no vamos más lejos, ya se han dado hasta su garbeíto cósmico. Lo que pasa es que fatigan las galaxias y hurgan en su oscura materia secretísima y desatienden asuntos más domésticos como la leche infantil o la censura informativa. Quien haya leído China ha leído bien, pero puede el amable lector colocar en ese paréntesis el nombre del país que le apetezca. No sé yo si los ciudadanos finlandeses se maravillarían si su gobierno tirara al espacio, pero me da que están más preocupados por otros asuntos y no permitirían que sus gobernantes perdieran la cordura de una manera tan flagrante, y eso admitiendo que la renta per cápita de ese rincón nórdico no es escasa y da para esas excentricidades. 
Al ciudadano chino encantado con las proezas astronaúticas de sus compatriotas, abrumado por la dimensión histórica del asunto, ni se les pasa por la cabeza pensar en la precariedad que padecen en otros órdenes de la vida. La microrealidad o la suprarealidad niega la realidad, la ningunea, la incapacita para ser referente de ningún estudio sociólógico: para eso está la carrera espacial o la carrera atómica. De atomo, se entiende. Viene todo esto a decirnos que a un ciudadano de un país en apuros (cuál no lo es hoy) le ofrecen un episodio de Star Trek y me lo tienen contento un año. Si se amotina, si exhibe su deslealtad con las consignas del régimen, le cierran el blog o le callan el pico bajo la amenaza de algún tormento medieval todavía vigente.
En España estamos lejos de crear un Ministerio Galáctico. Nos preocupan asuntos más terrenos y el espacio exterior importa escasamente cuando el interior todavía no está compartimentado como debe. No cabe en cabeza que el gobierno (éste, otro, el que venga, el que regrese) invierta en lo que, por tradición histórica, por idiosincrasia, no nos incumbe en demasía. Pero igual estoy equivocado y el poderío de un país se mide en estos términos. Mis conocimientos no pasan de la pasada rápida por los titulares de la prensa y la escucha (más o menos pausada) de algunas tertulias radiofónicas. Y ahí todavía no he percibido yo signos de que la realidad española baje o suba, se obceque en buscar el universo más alto o se empecine en escudriñar el universo más bajo. Soy un ignorante. Ojalá quienes gobiernan mi ignorancia no lo sean.
Yo soy de un pensar más regionalista. Me suelo fijar más en los asuntos del corazón y advierto que al músculo lo estamos atrofiando con el gris paisaje de amores con el que lo entretenemos. Le damos pasiones digitales, le ofrecemos pastelitos cibernéticos y le contentamos con mínimos hallazgos emocionales que, en muchas ocasiones, provienen de un nuevo amigo en el facebook o de una búsqueda satisfactoria en el jodío algoritmo del google. Si al corazón del siglo XXI le ponemos enfrente un tocho de Balzac le dá un síncope. Se viene abajo. Se atora. No entenderá, por falta de entrenamiento, por pereza pura, por tener en desuso el asombro, la empatía con el dolor ajeno, con las pasiones de los otros, todo eso que la literatura se ha encargado de transmitir durante siglos. Vamos a hacer justamento eso: hacer que Balzac sea reconducido y lo vendan a tutiplén en la Fnac. Que sea portada de los suplementos de cultura. Que el gobierno insista en el hecho de que la literatura (la de Balzac en concreto, pero podría ser la de Proust o la de Mann o la de Chéjov) puede crear ciudadanos más sensibles. Una vez la sensibilidad se ha instalado por ahí adentro, el que la posee dificílmente podrá dejar de sentirla y no se verá tentado de engolfarse con mediocridades. No verá La Noria. No verá cine ínfimo y tendrá un criterio poético a la hora de comprar una corbata o un kilo de manzanas. Una vez estamos letraheridos (me encanta la imagen de que las palabras hieren y sanan y vuelven a herir otra vez) no hay vuelta atrás. Nos da igual conocer el espacio exterior porque el interior es abismal, no es navegable en cien vidas y cambia a diario, abriendo galaxias de asombro y de apasionamiento nuevas. Vamos a leer a Flaubert esta noche. Vamos a dormirnos con Poeta en Nueva York abierto por ese poema en el que la niñez era fábula de fuentes y un cristito de barro se parte los dedos. Qué hondura. Qué felicidad más inextinguible. Y da lo mismo que tiemble el facebook y tengas dos solicitudes en espera y tu muro arda. Puede que arda por amor y esté letraherido. Sí, el corazón en llamas, la vida en vilo y lúbrica...

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25.3.11

24.3.11

Un mapa



Por estas calles creció mi infancia y en ellas fui el adolescente conchabado con sus vicios sencillos . Los cromos. Las canicas. El fútbol en las plazas. Las calles como refugio. Todavía sé perderme en ellas y sentirme dichoso y pleno. Al fondo siempre está la recia certidumbre de que no hay destino alcanzable sino pequeños hitos que manuscriben la biografía rutinaria. Desde el aire no reconozco absolutamente nada, aunque identifico cada cosa. No es mi ciudad, siendo la única que de verdad tuve. No soy yo el que mira, y sin embargo estoy en la mirada y me representa. No estoy dentro ni en momento alguno he sido feliz en este rinconcito del mundo. O lo he sido ingenuamente, de un modo primario, brusco, íntimo, sin dobleces,  al modo en que los animales lo son frecuentando jardínes y repitiendo esquinas. Zozobra y desorden. El irse buscando y encontrando en lo que uno recuerda. Palabras que difícilmente explican el escaso afecto que le tengo a la nostalgia y, sin embargo, la cantidad de tiempo y de palabras que dedico a manosearla. Soy un sentimental. Ya he escrito esto muchas veces en este diario que rindo. Un sentimental con un arsenal de agradecimientos. Algunos, en una mirada repentina, en la primera opción del corazón, provienen de estas calles. Cada uno tendrá las suyas. Pero éstas son tan mías. Hace unas semanas las paseé nuevamente. Las pisé con intención. Las sentí nostalgia y óxido. Las creé otra vez en mi cabeza. Las compuse y las rehice. El mapa absoluto del alma.

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23.3.11

Elizabeth Taylor: In memoriam



He visto todas las películas que hoy, en los telediarios, han nombrado para hacer honores a la diva muerta. Desde Mujercitas a La gata sobre el tejado de zinc. Caliente. Eso lo omiten en el transvase hispano. Tiempos difíciles los de la censura del Caudillo. Se quemaban con las palabras. Luego dormían con pesadillas. A mí la señora Taylor me hizo disfrutar del cine bautismal de mi adolescencia de TVE2. Ahí crecí: en ese territorio de la banda del UHF. Vi a una actriz grande, peleona, con carácter. Al pensar en ella no puedo dejar de pensar, en cierto modo, en Katherine Hepburn. Vivieron de forma distinta. La Taylor se comió el mundo y se tomó ocho maridos en los postres. La Hepburn se recluyó en el amor intemporal al ebrio Spencer Tracy. Pero uno cuenta lo que ha leído, lo que deduce de los fotogramas. La vida es otra cosa. En todo caso, como siempre, celebraremos a capricho de cinéfilo sus películas. Descansará en paz. No lo dude nadie.

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Valente


Cántico 
Fe  en la palabra, en lo que la palabra abarca y no expresa, en la extensión exacta en donde la palabra proclama su reino, lo tendido a modo de vínculo entre el vacío y lo revelado. Fe, digo, en la armonía, en el alfabeto, en la sílaba, en la materia oscura y purísima, la materia intrascendente, la abrasada por el  caos, la que inútilmente sangra y tiembla para ser rescatada y puesta al servicio de la belleza. Fe en el corazón fundado en el asombro, mecido en el asombro, ocupado entero por el asombro primero con el que el mundo fue hecho. Fe implacable, fe lúcida, fe lírica, fe total. La fe izada al distinto cielo, volada sin discurso, a punto de sobrevenirse en luz. La fe como un nudo de misterio en el poema. La fe en los días sucesivos, en los días venideros, en los días de la ceniza y del salmo. La fe cruzando un desierto y su secreta desolación sin nombre.

Tiniebla
Dos mil once. Estoy solo frente a la única muerte posible. Toco el centro del dios y oigo el ruido que hace mi alma adentro cuando contemplo este ocaso en el espejo. Solo inclinado hacia lo que soy, ensimismado en la serena vigilia de lo que arde y no se extingue. Solo y gris, vaciado de contenido, ofrecido al silencio como un signo puro. Solo, embebecido y cándido, inocente como la música de las estrellas, solo, en tiniebla, ardido y solo, comprendiendo en la soledad el significado de la pérdida.


22.3.11

Spain


A veces pienso que esta es la España a la que más se inclina mi imaginación. La he tarareado las veces suficientes como para creer que esta melodía de Chick Corea representa lo que siento hacia el país en donde nací y en el que vivo. No espero que se acepte como himno ni que los jugadores de La Roja se cuadren, aprieten la mandíbula y se pongan en trance cuando la orquesta la haga sonar en los estadios, pero conozco a más de uno que sentiría un temblor en la boca del estómago y notaría erizarse la nuca al principiar sus notas. A mí hay muchas cosas en esta vida que hechizan mi imaginación. Siendo como soy un alma dispersa, desatenta al orden, indisciplinada y caótica, agradezco la gracia de lo espontáneo, esas briznas de júbilo inmediato que te alcanzan y te ocupan adentro de modo que durante esos breves instantes no existe otra cosa en el mundo y, por supuesto, no existe ninguna otra cosa mejor. 
Por eso Spain me produce ese fulgor inefable. Hay un estado de ánimo que precisa Spain. Spain como un acontecimiento emocional de primer orden. Spain como la constatación de que el amor existe y mueve el sol y también las estrellas. Spain como una revelación metafísica. La asocio a lugares concretos, a pubs impregnados de nicotina, a tabernas jazzeras y bluseras del pueblo, en donde se juntan cuatro o cinco alucinados y alaban durante dos rondas enteras el bajo tal o el piano cual. Echo en falta a mi amigo Antonio Linares. Podíamos estar horas  discutiendo sobre un riff de Jimmy Page o sobre si Otis Redding hacía blues o rhythm and blues o soul o una compota perfecta de géneros . Lo veré pronto (espero) y le diré que Spain es desde ahora el himno con el que más me identifico. Espero que no haya cambiado mucho. 
Mi natural disperso tiende a estas cosas. En mi memoria íntima de las cosas, celo material muy sensible. Nada extraordinario, por otra parte, eso que digo sentir. No me hace un ser especial. Soy en todo rutinario, soy muy normal en muchos asuntos. Supongo que ante Spain todos los que amamos la belleza (un cierto tipo de belleza) nos comportamos de forma parecida. Sentimos parecidas sensaciones. Exhibimos parecidos gestos. Soy un sentimental en lo mío, soy un tierno hacia adentro. Ante la belleza, apostado frente a su presencia, me siento débil y también único. Contrariamente a lo que he escrito antes, en algunas piezas de arte, viendo algunas películas, leyendo algunos libros, escuchando algunas músicas, me contemplo desde un afuera inenarrable y me encuentro feliz, insólitamente en armonía conmigo y con el cosmos. Como si fuese un viaje astral y en esa distancia sin palabras alcanzase un punto sublime de equilibrio. Sí, sé que desvarío. Es que de fondo, al tiempo que escribo, escucho Spain en una de sus muchas y portentosas versiones. En esta ocasión la de Tomatito y Michel Camilo. Spain es un refugio. Físico. Moral. Merced al Spotify, tirando de discoteca propia, hice el otro día un CD de versiones de la pieza de Corea.
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21.3.11

El zombi


Nueva York abre hoy al alza. En Wall Street es en donde se libran las batallas diarias. Se agrieta el interior de la tierra, la madre natura iza un mar sobre un país y los números en las pantallas azules se mueven. El barril de petróleo de calidad Brent es el dios plenipotenciario. La mascarilla del japonés de la fotografía obedece al hedor de los números. Uno puede pensar que lo mueve la fuga radioactiva, pero es el índice Nikkei el que lo está matando. Probablemente tenga un par de pisos a medio pagar y su puesto de trabajo en una fábrica en la periferia de Tokio esté al cierre o en suspensión de pagos hasta que el temporal amaine. Al sujeto de la mascarilla lo que le duele  es el aire viciado de un mundo que se agrieta adentro y en la superficie. Es un zombi y tiene gestos de zombi. Cree que todavía es humano, pero la mascarilla lo ha convertido en otra cosa. De hecho no basta quitársela para que el efecto demoledor de su uso desaparezca. El peso moral de la mascarilla se arrastra de por vida. Una vez que hemos colocado la prótesis en el rostro, a medida que la piel se hace al contacto áspero de esa mezcla infame de plástico y tela baratos, la vuelta atrás no es posible. Pasa igual cuando uno pasa hambre. En las penurias, el cuerpo adopta una actitud hostil contra la realidad. Una parte del cerebro registra el dolor y jamás lo olvida. Se queda ahí, en mitad de la masa gris, en ese territorio abismal, grabado a fuego. Por eso los números de la pantalla azul que vigila al zombi gobiernan el mundo. Son como el latido del cosmos. No me extrañaría que existiera un club de afectados por el índice Nikkei. Una nómina triste de convalecientes de tsunamis, terremotos y apocalipsis bursátiles. Los de las mascarillas mentales. El lustroso equipo de damnificados habitual.

20.3.11

Menos mal


Hemos tenido suerte. Entre los muertos del Japón no hay ningún español. Nos hemos librado de una desgracia. Los muertos que salen en primera plana en los periódicos son siempre muertos antológicos, muertos clásicos, muertos enciclopédicos. La muerte es un píxel quemado. Uno de los problemas de la alta definición es que restituye una imagen perfecta y la muerte se exhibe con una calidad irreprochable. Muertos de un cromatismo lírico. Muertos sin aristocracia. Muertos sin épica. Muertos sin pedigree. Porque la épica es materia noble que sucede en países muy historiados o en novelas de género. Los muertos, los sacrificados, son siempre estadística, números en un parte radiofónico. Los del Japón no son como los de Haiti, pongo por caso. Cuando el terremoto devastó la isla caribeña, aquí no se cerraron fábricas ni los restaurantes exóticos dejaron de ofrecer el rico sushi. En Japón no ha habido bajas españolas. Menos mal. Lo dicen siempre así en el telediario: no ha habido ningún español en el listado de bajas. Y entonces me he tomado el postre francamente aliviado. Siempre hay incontinencias que te incomodan la digestión, me ha dicho K. mientras pelaba una naranja. Siempre hay un desaprensivo que te cuenta cómo va el mundo. Uno de esos que se esmera en el recreo de las palabras, con empeño en no escatimar ninguna de las dimensiones de la tragedia. Estamos abastecidos de tragedia. Nos la abastece la vida sin pedírselo. Pero por esta vez no ha habido muertos españoles. Nunca suele haberlos. Quizá estamos bendecidos o es que viajamos poco. El texto, me dice K., lo guardas para otro cataclismo. Tampoco habrá difuntos patrios. O habrá pocos y se les dará a los pobres los más altos honores de Estado. Los míos siguen a refugio del desastre.  Ahora de pronto me ha dado por pensar en qué son míos. Cómo no lo son los japoneses.  De hecho  mi ocio depende más de ellos que de nadie. Voy todas las mañanas al trabajo cargado de circuitos facturados en Japón. Soy un cyborg. Eso es otro asunto. El que nos ocupa, el triste, ha tenido hoy en la televisión un saludable latiguillo: no se conocen víctimas españolas. Mi país no lo diezma el cólera ni lo cubren las aguas del mar izado por un seísmo. Vayan pensando qué lo está devastando...

Un rumor de novela


Mi colección clandestina de fotografías de pin-ups la guardo en un cajón en el que antes hubo facturas y albaranes y que ahora está parcialmente ocupado por cartas del banco y por un par de folletos de viajes que amenizan el tedio cuando se tira un fin de semana entero lloviendo o cuando se va la luz y no puedo encender la televisión para aturdirme con los concursos y con la bazofia de los famosos. Las guardo con mimo y las miro sin prisa. No preciso el ritual que algún lector morboso podrá imaginar. Me basta sentarme a la vera de la ventana, en el viejo butacón de papá, retirar los visillos y que la luz del sol revele el prodigio de sus cuerpos. Ahora que estoy solo no necesito esconder los vicios. Poco tengo que ocultar ahora. Vivo en un tercer piso de un cochambroso edificio de alquiler al que mis padres acudieron cuando algún oscuro negocio les robó los escasos ahorros de una vida entregada al trabajo. La casera respeta el dolor y me confía la ficción de que un día la vida me traerá una mujer rolliza y hacendosa, que me ame y me traiga el equilibrio que, según pregona a quien se tercia, no poseo. A medida que nos conocemos, más caigo en la locura de reventarle la cabeza con la guía telefónica o con el mango del paraguas. Están tan a mano en el umbral de la puerta que no entiendo cómo no me he cargado ya a la vieja. Tengo una novia flacucha que nunca llevo al apartamento. Se llama Alma y cuando la abrazo pienso en todas las heroínas de Balzac y pienso en las hambrunas que asolaron Londres cuando Jack El Destripador empezó a escribir su contribución a la Historia de los Asesinos en Serie. Normalmente comienzo besando a Alma y termino atrapado en el empeño de borrar de mi cabeza las salpicaduras de sangre en las paredes y en el noble mobiliario victoriano. Cuando Alma me ve así, aturdido, desatento y prófugo de los cariños que me da en el cuello y en el lóbulo de las orejas, se enciende muchísimo y pierde el encanto de sus formas menudas y su voz como de peluche perdido en un atasco en Manhattan...

El texto lleva quizá veinte años entre papeles y ha salido esta mañana, en una de esos zafarranchos higiénicos que a veces ocupan los domingos. Lo he visto más o menos claro. Nunca será la novela que confié escribir. Me falta tiempo y también convicción. Más eso segundo. Pero me ha encantado encontrarlo. Ver cómo comenzaba. Nunca obtuvo un desenlance. Debería haber un lugar en donde se arrumben, orgullosas, las novelas inconclusas. No sé. Esta no tenía ni título. Sólo la frase con la que arranca metida a fuego en mi cabeza y la necesidad de airearla y clavarla en una historia.



Balada triste de trompeta: Sangre, memoria histórica y circo


A Álex de la Iglesia me lo figuro siempre encerrado en una habitación atestadas de cómics y de muñequitos de la saga de Stars Wars. Semeja uno de esos niños que se han hecho hombres por fuera, pero manteniendo a recaudo, por si hace falta sacarlo a paseo, al infante. De hecho, Balada triste de trompeta, aparte de una hipnótica función dramática, es un muy serio y preciso texto sobre la pérdida de la inocencia. Al Álex en clausura pop, enfebrecido de héroes de la Marvel y viñetas de Ibáñez, atento al cine de la Hammer que dieran en la matinales de su barrio o en cine fórums universitarios, le interesa sobre todo indagar en la naturaleza violenta del amor, en su frondosa superficie, erizada de aristas, comida por el odio y por la envidia. Sólo que al director no le basta con ofrecer un fresco friki, una historia sobre otra parada de monstruos al modo en que lo fue La comunidad o El día de la bestia: lo que en verdad persigue es desmontar cierto cine canónico, clásico, emperrado en mirarse a sí mismo y no extralimitarse. Balada triste de trompeta es un subidón de adrenalina. Una vez que has suspendido la credulidad y te sientes parte de la peripecia dramatúrgica, acude el vértigo. Y De la Iglesia se olvida de cumplir con casi todos los preceptos y pierde la vergüenza y la mesura. Aquí hay excesos. Muchos. Algunos son más justificables que otros. 
Pesimista, grandilocuente, exhibicionista, De la Iglesia es el director más esperpéntico del cine español. Suma a lo grotesco un ventajista plus de academicismo y da a la cartelera películas de una corrección formal absoluta y de una fragilidad narrativa evidente. El impecable envoltorio esconde un contenido tóxico. Es tanto el veneno que acaba por aturdirnos. Hay un momento en que uno se plantea esa suspensión de la credulidad a la que se ha decidido respetar. La detiene porque la truculencia y el ardor pulp (uno ve a Tarantino en escenas sueltas, a Peckinpah y a Fuller) derriba la cohesión de lo contado, la convierte en una metáfora excesivamente libre, de escaso afecto por la mesura. No habiéndola, Balada triste de trompeta cause siempre un asombro absoluto. El mío vira sin pudor de la fascinación, que es visual sobre todo, y la repulsión, que se adentra más en el orden narrativo de las cosas. 
Los payasos enamorados de la trapecista, perturbados por unas y otras razones todos, es la excusa para contar una Historia Reciente de España, incluyendo un mordisco a la mano de Franco, el vuelo colosal de Carrero Blanco y un hitchcockniano cierre de la función con los protagonistas izados a la cruz del Valle de los Caídos, que hace de monte Rushmore castizo. Esa Historia se justifica con un magnético prólogo en el que se asientan todos los conductos morales que sostienen el tono retorcido y violento del film: estamos en los estertores de la Guerra Civil y las milicias (de un o de otro bando) derriban la función, cercenan la risa de los niños y la estoica honradez de los payasos y los mete a todos en una orgía de odios y de sangre de la que nunca saldrá el niño Javier (un portentoso, absolutamente brillante Carlos Areces) y que durará varias décadas. La España de 1.973 de tosco trazo que retrata De la Iglesia es la consecuencia palmaria de aquel desastre: el desmoronamiento del régimen franquista, la hambruna moral e intelectual de un país ralentizado, sumido en tinieblas, abocado a no despertar jamás de la mugre y del hastío funcionan como atrezzo histórico formidable. 
Hay mucho cine español dedicado a hurgar en las heridas de la Guerra Civil, pero esta versión se esmera en el humor más visceral, en lo grotesco y en lo zafio, en recrear un espectáculo visualmente inconmensurable, sostenido por un elenco de actores soberbios, pero que se fractura en lo narrativo.
Deslumbra y aturde, confunde y seduce, Balada triste de trompeta es un ejercicio de libertad absoluta en el cine español y quizá únicamente por esa marca de fábrica deba apreciarse en toda su excesiva extensión. Las alucinaciones no siempre ensamblan bien en un todo novelístico: valen como gags dramáticos, como piruetas circenses que duran cinco minutos. En eso es en donde De la Iglesia ha fallado. Pero eso de fallar es muy relativo. No siendo ésta una película que este cronista de sus vicios piense rever en mucho tiempo (cansa, agota, crea un estado de excitación considerable) ha sido con diferencia la que he visto con más entusiasmo.

19.3.11

Ya ha empezado



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Muy breve reseña del Cristo que manaba sangre por un ojo / Redux al hilo del los acontecimientos

El Cristo manaba copiosa sangre por un ojo así que pusieron un barreño debajo. Una vez bien colmado, buscaron otro y luego desclavaron al Cristo de la pared y lo metieron en una alberca vacía. Podría seguir manando sangre un mes que no la llenaría, pensaron, pero en el término de unas horas el Cristo acabó flotando en su sangre. La alberca se desbordó y la sangre anegó una huerta de tomates sembrada a la vera. Algunos vecinos, los más osados, decapitaron al Cristo, pero el ojo no cesaba de manar sangre. Probaron a sajar el ojo. Fuera de su cuenca, como indignado por la afrenta quirúrgica, el ojo vertía un infame caño. Al ojo transgresor le dispararon con una escopeta de caza, lo pisaron con recias botas de campo y hasta probaron a enterrarlo un par de metros bajo tierra, pero la sangre siguió su curso y empapó el suelo, dos metros más arriba. Alguien dijo que el ojo estaría mejor bien lejos y que él mismo se encargaría de transportarlo, aunque tardara años en el regreso. Como un hobbit  humanitario. Un rastro de sangre informaría del camino. Otro sugirió que el mar se tragaría el ojo: que la sangre se confundiría con la espuma. El mar, a poco de aceptar la ofrenda del ojo, se tiñó de rojo y una manta de peces muertos alfombraba las olas. Las olas de crin roja. La sal roja. Los peces rojos. Años después la tierra entera enfermó de rojo. El agua de las fuentes, roja. La leche materna, roja. El aire, al levantarse el viento, se hizo también de un rojo suavísimo que impedía ver con la claridad de antaño. Y un día el ojo cejó en su empeño y el cauce cesó. El mar recuperó el azul. La leche adquirió el blanco primitivo. Los campos fueron verdes. Nadie nunca refirió la historia del ojo que manaba sangre. En el pueblo tácitas leyes exigían el silencio. El olvido.
Donde se levantaba la iglesia que celaba al Cristo hay ahora una bolera del tamaño de un campo de fútbol y la juventud del pueblo la llena los sábados en busca de sudores y de broncas. Los libros de textos en las escuela omiten este episodio. Una facción terrorista desgajada de un grupo ya casi extinto aireó la ficción de tener otro ojo, a recaudo, custodiado, anestesiado a la espera de despertarlo y teñir otra vez de rojo la faz entera de la Tierra. Los Cuerpos de Seguridad del Estado rastrean con sofisticada tecnología ciudades y pueblos, carreteras y campos baldíos en la esperanza de dar con el ojo bastardo. La Santa Iglesia Católica hace ruedas de prensa de vez en cuando y se empecina como puede en la teoría que el Ojo no es cosa de ellos y que ese Cristo al que de pronto le manó sangre de un ojo no les incumbe. Cualquiera puede esculpir imágenes, aducen. Grupos católicos de base entonan alegremente canciones en las que el Ojo es metáfora del signo de estos tiempos de zozobra y de decaimiento. Los pastores, en el púlpito, aprovechan el temor a otro tsunami para recabar más adeptos. Están vertiendo cemento a las chumeneas nucleares en Alemania y en Japón. Sospechan que el apocalipsis vendrá en forma de ola gigante y se comerá los reactores y nos convertiremos todos en zombis. Estamos volviendo al trueque en las plazas de los pueblos. Vamos camino de las cruzadas. El Santo Grial será el Ojo Terrible del Cristo Sacrificado. Hay quien afirma que el auténtico está en los sótanos del Vaticano. Iker Jiménez lo ha visto. Está preparando un especial sin censura con invitados ya contaminados.


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18.3.11

Mantra / Redux (I)

No creo en el napalm, en las encíclicas, en los prospectos, en los libros de viajes,en Carla Bruni, en la censura, en el petróleo, en las fronteras, en los best sellers, en los tsunamis, en los ansiolíticos, en la disciplina ciega, en los despertadores, en los cuarteles, en Michael Bay, en la velocidad, en los libros que no se leen, en César Vidal, en la vanidad, en el pecado, en los manuales de autoayuda, en los chats, en el dodecafonismo, en los Beatles, en Rubén Darío, en Jiménez Losantos, en Bucay, en Coelho, en el teatro leído, en las guías de viajes, en el hip hop, en la ópera, en los lunes, en el afterpunk, en las pústulas, en la vida eterna, en el nacionalcatolicismo, en el dolor, en la derecha del Padre, en la Santísima Trinidad, en los paréntesis, en la enfermedad, en Bucay, en Coelho, en el capitalismo salvaje, en el socialismo utópico, en los fascismos, en las corridas de toros, en el nihilismo, en la dedocracia, en las instalaciones artísticas, en el apocalipsis, en las pistolas de juguete, en los linchamientos, en Guantánmo, en las dietas, en la banda ancha española, en la ortodoxia, en que no estamos solos en el mundo,en los agujeros negros, en el gulag cubano, en la publicidad en televisión, en la televisión, en la barbarie machista, en la SGAE, en la Santa Inquisición, en el abuso de la estadística, en el antropocentrismo, en las trincheras, en las hipotecas, en la oración, en los sótanos, en la física cuántica, en la macroeconomía, en los números rojos, en la insuficiencia coronaria, en el hambre, en la abstinencia, en la soledad, en la edad media, en la pornografía, en George Bush Jr., en los testamentos, en los escombros, en la muerte de la novela, en los haiku, en los finales felices, en la inteligencia artificial, en las cámaras de gas, en la tabla periódica de los elementos, en el milagro de los panes y los peces, en Dan Brown, en las matinales de Telecinco, en Pollack, en Bucay, en Coelho, en las medallas, en Fernando Arrabal, en los bozales, en las cadenas, en el cine boliviano, en las plañideras, en el leninismo, en las lentes de contacto, en la cerveza sin alcohol, en las contraseñas, en las facturas, en la gente que no te mira a la cara cuando habla, en quienes hablar frívolamente de sus pasiones, en la brutalidad, en Bucay, en Coelho, en la metástasis, en los domingos por la tarde, en Hugo Chavez, en el café quemado, en la apatía, en Intereconomía, en los cláxons, en el índice Dow Jones, en el colesterol alto, en los huesos rotos, en la vida más allá de la muerte, en los atascos, en el pecado original, en Gran Hermano, en Betty Misiego, en el vudú, en el I Ching, en la jaqueca, en las tinieblas, en el carbono catorce, en la misoginia, en la Conferencia Episcopal, en los barrotes, en la leche desnatada, en los autobuses a hora punta, en la política exterior norcoreana, en los nacionalismos, en Bucay, en Coelho, en las esquelas, en la ley antitabaco, en los lunes, en las listas.

17.3.11

Gene


Sigo en La plaza de los Caballos, en Priego de Córdoba, en esa hipnosis emocional. En una de las paredes del salón estaba Hendrix, estaba una señorita preñada hasta los ojos y estaba la Tierney en esta fotografía mansa y reflexiva. Estoy (en una recreación narrativa) en 1.991, entrando muy tarde a casa, en la que vivo solo y en donde casi no aparezco, contento de cháchara y de elixires, encendiendo la luz, mirando la pared antes de subir las escaleras y refugiar mil dolores pequeños de cabeza en  el sueño  reparador. Sigo, en parte, en ese bucle fantasmal y nocivo, crápula y lírico, pero sé fingir que es ficción, que la fotografía de Gene Tierney no ha dejado de ocupar un slot mental, un hueco en el inventario doméstico de imágenes perfectas. Ésta lo fue, lo es, lo será. Inexplicablemente perdura. Toda la belleza del mundo perdura sin razón.

16.3.11

Ana del velo


Ahmadineyad contribuyó anoche sin pretenderlo  a que Ana Pastor, la soberbia periodista de TVE, fuera trending topic. Antes de la entrevista yo no tenía ni idea de eso del trending topic. Hoy lo entiendo. Viene a ser como una abeja zumbando por el aire, una abeja oída en todo el mundo. Quizá Irán no permita el paso de abejas. El magnífico diálogo (fue más eso que una entrevista ortodoxa) reveló la madera de heroína de un profesional. Reveló también lo difícil que es entablar una conversación con una pared. Tener los arrestos suficientes como para mirar de frente al enémigo y decirle: estoy en tu casa, pero ni se te ocurra pensar que soy inferior a usted o censurar lo que opino. Es cierto que el periodista nunca debe ser el protagonista de la noticia, pero ayer (por encima de la tozuda versión de la realidad del entrevistado) lo fue de un modo magistral. Involuntario, a decir de Ana Pastor, pero de verdad que soberbio. Uno disfrutó al modo en que se disfruta cuando la razón vence a las tinieblas. Fue flor de un día: trending topic, abeja zumbando un minuto por el orbe para que la audiencia (el twitter, el facebook, la madre que parió a todos los hilos de la red) observe el vuelo majestuoso. 

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El asombro es el algoritmo que agita las tripas de la máquina.

 I
Los datos relevantes son los que trascienden siempre. Oímos la biografía consentida, pero se impide accesar al material íntimo, al vuelo doméstico, al orden natural de los vicios que mueven la sangre. No soy lector de diarios: rehúyo ese contar fidedigno con el que algunos libros intentan venderse. Soy un voyeur emocional, una especie de intruso legal y deseo que el que narra su vida no la estropee ateniéndose a la verdad que la condujo. Prefiero siempre la mentira. Prefiero el fingimiento, soy de los que se turban con la rendición de los excesos y me aturde (me espanta, me aleja) el relato veraz, todo esos capítulos que pueden ser verificados. Por eso no leo biografías. Hay a mano novelas como para negar el tiempo y el mundo y abrirse (o es cerrarse) en la trama que manejan. A veces he pensado en eso. Es una sensación incómoda incluso calibrar la posibilidad de que  la felicidad a la que uno aspira en este mundo proceda únicamente de lo libresco, del épico (en el sentido de heroico, de mítico) universo cinematográfico. Me siento infinitamente más cómodo en la ficción. Acepto suspender la credulidad. Es más: agradezco que se me suspenda de modo transitorio y se me instale, es un decir, en ese territorio inocente en el que creemos completamente lo que, en otras circunstancias, a ras de realidad, no aceptamos. 
Fui un disciplinado alumno de Ciencias hasta que razoné la primacía absoluta de la ficción. Es más hermosa la metáfora que la ecuación. Aunque habrá quien sostenga que la realidad se construye metafóricamente y que las metáforas, vistas en detalle, diseccionadas hasta no poder ahondar más, son artefactos lógicos que celan en su interior algoritmos, enigmas vestidos de ciencia, pero extraíbles a un discurso poético, alentados por la magia de las palabras. Si no hay magia, si el asombro no está presente, no hay emoción ni hay aprendizaje. El asombro es el motor que mueve el mundo. Dante se lo contaría a Beatriz y le explicaría la semiótica del amor puro en estos tiempos del facebook. El asombro es el algoritmo que agita las tripas de la máquina.

II
Refería Fernando Savater, en unas jornadas educativas organizadas en un instituo de mi localidad, que la ciencia, incluso la más árida y de más gris envoltorio, debía contar una historia. Que en la propia tabla periódica de los elementos, en su interior encriptado, debe haber una historia. Varias. Sigo pensando en eso casi  a diario.  No es estrictamente un pensar sino más bien un sentir, un hecho emocional que no se maneja por los mecanismos de la razón. Existo por variadas y muy convincentes razones, pero disfruto de esa existencia por la posibilidad de escuchar historias y de contarlas. Vuelvo al argumento inclasificable: al boscoso engendro de mis vicios. No tengo tiempo para asimilar todas las historias que quiero escuchar. Me falta tiempo para hacerlas mías. Es más: es posible que sepa encontrarlo, tal vez dé con la fórmula para estrujar los días, pero carezco por completo de la voluntad precisa para elegir con acierto y no perder el tiempo en toda esa medianía que en ocasiones nos circunda. ¿Todo el tiempo viendo películas de Ford o de Wilder o de Rossellini? ¿Leyendo a Cortázar o a Poe o a Musil? ¿Escuchando a Bach o a Petrucciani o a King Crimson? Supongo que no. Nos podemos asilvestrar con un capitulito de CSI o moviendo el pie con una pieza de Madonna. Es de hecho mucho más sencillo. Requiere una involucración menor. Estamos destinados a involucrarnos cada vez menos en la realidad. La poseemos, pero no la soportamos. Cansa pensar. El que piensa, como decían Les Luthiers, en un número formidable, pierde. Cultura para todos en su horario habitual de las dos de la madrugada...

15.3.11

Irse gastando

 
 
Cuando uno ha aprendido a deslindar autor y persona la lectura es un acto limpio al que no contamina la experiencia previa, el rumor, el bagaje biográfico. Tal vez debiéramos entrar así en la cultura: desprendidos de toda contaminación mediática, ajenos a cualquier información que pueda afectar al hecho singular de la lectura. Llega un momento en que se acepta que ese reto no se puede franquear con facilidad. Ahí abdica y lee con absoluto desparpajo, con fruición pura, pero manejando las etiquetas que bucean bajo la superficie del texto. Por eso me encanta curiosear librerías y comprar material cuyo autor me sea un completo extraño. Lo hago también en música. Me cuesta mucho en cine. Alguien con más profundidad y perspicacia psicológica que yo podría contarme qué tipo de usuario soy y hacia dónde camina mi perfil intelectual, caso de que dentro de mi cabeza ronrronee algún tipo de brizna de intelecto que pueda servir para el experimento.
Hubiera dado algo bueno, algo de verdad querido, por haber asistido a la presentación de algún libro de Charles Bukowski. Y esto contradice por entero todo lo expuesto en el párrafo anterior. Sólo hay que ver la fotografía y contemplar el espectáculo vibrante de bourbon, nicotina, genio y destrucción moral. De este mejunje puede salir un texto perfecto o, al menos, uno lo suficientemente bueno como para cambiarnos un poco la vida. La literatura, al cabo, pretende eso: procurarnos historias con las que distraernos. Nada más busque el amable lector en los casuales libros que le caigan entre manos. Una distracción, un ameno (y ya es bastante) pasar el tiempo mientras nos vamos gastando.


14.3.11

El presente brutal


Uno se concentra ferozmente en algo, desatiende la rutina de las cosas, dedica toda el tiempo del mundo a ese asunto, renuncia a la realidad o hace que la realidad se acomode al propósito que persigue. Constata brutalmente el presente (que es un título fantástico de una novela) y percibe con absoluta limpieza la fe que alienta sus pasos. Hay veces que pensamos en algo y configuramos el alma para que únicamente ese algo exista. Todo a lo que afanosamente nos entregamos carece de interés para el universo. Sólo a nosotros mismos nos concierne. Es nuestro e incluso es razonable pensar que sólo en nuestro interior cobra sentido y vive. Ni siquiera trabajamos la certeza de que ese empeño, ese objeto luminoso, alto, noble y hermoso en el que creemos con ahínco, perdure en el tiempo, sea útil para los otros y nos justifique ante esos otros. Nada de eso nos importa de verdad: sólo deseamos conseguirlo, poseer su rotunda evidencia.
Algo así debe ser la religión. Eso debe ser (pienso) la fe en un Dios, la certidumbre de un mundo mejor después de éste, la confianza en que viviremos para siempre a la Derecha del Padre y que nuestras obras en la tierra nos abrirán las puertas de un provisorio cielo. Uno se concentra ferozmente en Dios, desatiende la rutina de las cosas, dedica todo el tiempo del mundo a ese Dios, renuncia a la realidad o hace que la realidad se acomode al propósito exacto del Dios Perfecto que ha encontrado. Constata (después, ay, irremisiblemente) el presente brutal y percibe que a pesar de todo el vigor de su fe no tiene claro si habrá lugar para él en las alturas o si la renuncia a vivir como querría tendrá recompensa en el más allá. Sostiene que se vive bien en la incertidumbre. Todo manejado por el asombro.Oyendo a Dios en el pecho, pero sin reconocer la música del latido.

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E.L.O.: Discovery


Era un patio de colegio, el mío, Fray Albino, calle Doña Aldonza, Campo de la Verdad, Córdoba. Y unos amigos intercambiaban cromos de Santillana y de Roberto Martínez. Por ahí ya podemos dar una fecha a este episodio de mi entrañable adolescencia. Yo me preguntaba si la tabla periódica de los elementos podía garantizarme una Navidad perfecta, de esas con regalos bajo el árbol y una película de Frank Capra en la 2. Qué bello es vivir puede valer, claro. Pues entonces mi amigo José Peña Ojeda, que no tengo ni idea en donde se halla en este milenio, me enseñó la cinta de cassette (existían, sí) que cambió mi vida. No es una exageración, aunque por mi carácter fantasioso y por mi ascendencia cordobesa, propenda a la hipérbole y me sienta cómodo en ella. La cambió al punto de que todavía hoy (algunos-muchos- años más tarde) me conmociona el recuerdo y la ingesta audiófila de violínes y de baterías joviales, de coros cristalinos y de canciones monumentales de la época dorada de The Electric Light Orchestra. Lo eran Shine a little of love o Midnight blue o The diary of Horace Wimp (mi favorita entonces y ahora y no otra cosa que una versión más pop del Ob-la-di Ob-la-da de Lennon y McCartney). Discovery fue el disco bautismal de este cronista de sus vicios. Le podemos añadir Breakfast in America de Supertramp y Regatta de Blanc de The Police. Ninguna mala forma para empezar en el negocio sentimental de la música. Más tarde compré la cinta que me enseñó El Peña. La oía en una cassette lamentable de marca conocida pero gama bajísima, que tenía en la mesita de noche de mi dormitorio. En el cajón, revuelto con lo que suele esconder un cajón de una mesita de noche de dormitorio, Discovery, en rutilante cinta de cromo, para que el sonido fuese más esplendente. Yo no lo noté. Tras la cinta llegó a casa el Lp: vinilo para mi Stibert de papá, una reliquia de cuando Fraga demostró al mundo que las playas de España no tenían residuos tóxicos sino suecas en bolas y hoteles comiéndose el paseo marítimo. Los años imponen después su tasa, pero este disco de la ELO, gloriosa ELO, no ha rebajado su capacidad de emocionarme, de darme el placer que me dio entonces. Todavía enumero las canciones del disco. Cuáles estaban en la cara uno, que cerraba Horace Wimp. El grosss, como un tren desbocado, en la dos. Y no será jamás posible olvidar algunas conversaciones de patio de colegio alrededor de la música, encerrados los de siempre, en un rincón, junto a la pared que daba al estadio, a la sombra de unos árboles, decidiendo cuál era el mejor corte. A Chacón, nos gustaba llamarnos así a veces, por apellidos, le flipaba Last train to London. ¿A ti, Segu, cuál te gustaba más? En fin... Arranco el lunes con violínes...

Luna



A esto le dedicó Pink Floyd uno de los discos canónicos del rock de los setenta. Hoy acabo de ver la cara oculta por primera vez. La he mirado con atención. Fascinado, he pensado en la licantropía y en un poema de Borges recomendando mirarla por si es la última. Mi ignorancia en estos asuntos de la ciencia no me permite otro comentario que el poético. Es hermosa la piedra lunar. Ahora pienso en Wilkie Collins. En Víctor Manuel, cansado de mirarla. Uno va dando tumbos. Ahora oigo sonar cien relojes. Ya saben. Uno se debe a sus vicios.

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13.3.11

Tengo un tsunami en la cabeza

Hay vidas que están asociadas al cine más que a casi ninguna otra cosa. La mía es una cultura más cinematografica que libresca. He visto infinidad de películas y he leído muchos libros. El cine golea a la literatura y conforme me voy haciendo mayor (esto es una cosa tangible y escasamente relevante) advierto que la diferencia entre lo que dedico a una actividad y a otra irá a más. Leo con fruición, pero hay noches en las que prefiero dejarme caer en el butacón y evadirme de la realidad dos horas con John Ford, con Álex de la Iglesia (anoche vi Balada triste de trompeta) o con Claude Chabrol. Tengo tantas películas atrasadas, tanto cine por ver, que debería recluírme en una habitación oscura un par de años y salir robustecido de historias, de enseñanzas vitales, de esa moral firme y fiable que el cine provee a quien se lo toma absolutamente en serio. Soy como soy, en parte, gracias a las miles de películas que he visto. No hay día en que algo que suceda a mi alrededor no tenga su relato paralelo en el cine. Dicho de otro modo, la realidad se alimenta de cine. Anoche volví a ver, fascinado, enternecido, anestesiado por todo ese cine catastrofista al que uno propende de vez en cuando, el tsunami devorando Japón, la lengua de agua invadiendo las casas, las carreteras. Y sentí el pálpito de que aquello lo había visto antes. Justo hace un par de semanas, cuando entré en la sala grande y Clint Eastwood me contó (me lo contó al oído y al ojo también) que los efectos especiales pueden subordinarse militarmente al guión y contribuír con eficacia al desarrollo de la trama. 
Veo menos cine que nunca y leo menos libros que nunca. Escribo más que nunca. Pienso más que nunca. Estoy en ese limbo impreciso (todos los limbos lo son por ser imprecisos y por ser frágiles y por no tener reglas que los expliquen ni gobierno que los administre) en el que pierdo miserablemente el tiempo pensando en qué hacer en lugar de ser más expeditivo y acometer algo y hacerlo con presteza. Me agobia la sensación de que el tiempo se acabe. No me va a importar morir, irme, retirar mi presencia de los otros, perderme en el limbo fijo de la nada. Qué importa perder el infinito futuro si ya te perdiste el infinito pasado, escribieron los griegos. Importa no seguir oyendo historias. No ver las cercanas, las de los hijos que crecen, las de los padres que menguan, las que forjas alrededor del amor hacia tu pareja o del amor hacia el universo. Yo amo el universo. De pronto esta mañana de domingo me ha traído la dolorosa cercanía del tiempo. La imposibilidad de conocerlo todo y de disfrutarlo a capricho. Estoy abrumado. Necesito un desintoxicación cultural. Tal vez retirar esta página. No tener que rendirme cuentas de lo que hago (y por extensión hacer de esa rendición un episodio público de exhibición a los demás) y registrarlo todo en un sitio tan hueco como éste. 

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10.3.11

Barracuda show





 1
En este disco duro marca Seagate, modelo Barracuda, de un terabyte de capacidad, montado y atornillado en Tailandia, embutido en un chasis de rígido aluminio negro marca Woxter, comprado en una de esas superficies que se encienden de fanáticos los sábados por la tarde, caben todos los caballos de John Ford. Nada hay más cinematográfico que un caballo galopando en Monument Valley, en blanco y negro, fundido con una música épica, avanzando sin síntomas de cansancio, perdiéndose en la distancia, que es el lugar natural donde se pierden todos los hermosos caballos del mundo. En esto pensé cuando lo miré, despejado de cables, expuesto al ojo cómplice, en la mesa quirúrgica.
2
En este disco duro marca Seagate, Barracuda, Woxter, un terabyte, tailandés, rígido en aluminio negro, caben todos los travellings de Coppola,  los mafiosos de Chandler, las ubres ubérrimas de Meyer, el doctor Manhattan en el borde de todas las galaxias, la Ealing y la Hammer, la HBO, las andanzas de Huckelberry Finn, el vampiro de Düsseldorf, el planeta de los simios, Ripley en el Nostromo, McClane en el Nakatomi, el maquinista de la general, los muertos de Huston, McFly en el Delorean, el conflicto de los hermanos Marx, los chicos del coro, Charlie abriendo una tableta dorada de chocolate, un par de helicópteros arrojando napalm en cinemascope, el Nota en una bolera, el skyline de Manhattan, Baby Jane, Eddie Felson viendo sudar a Minnesota Fats, Rick Deckart bajo la lluvia infinita, Harry Lime en su propio entierro, Kurtz en el corazón de las tinieblas, Jack Torrance hocicando con una hacha, Antoine Doinel en un patio de escuela, Frank Booth inhalando mala leche, Norman Bates blandiendo las notas de Herrmann, Sam Spade investigando la naturaleza de los sueños, Mrs. Danvers descorriendo unas cortinas, Tony Montana diciendo fuck you, Travis Bickle mirándose en un espejo, Rufus Firefly enarcando muchísimo las cejas, Harry Powell con la palabra amor tatuada en sus dedos, Cody Jarrett en la cima del mundo, Sean Thornton con una gabardina gris en una Irlanda mítica, C.C. Baxter entrando y saliendo de los ascensores, Rick diciéndole a Sam que la toque una vez más, Norma Desmond fumando, William Munny a caballo, Dorothy volando en una habitación, Atticus Finch hablando sobre la dignidad, Vincent Vega en un jukebox. Uno más: Jacques Perrin, repasando los besos cortados por el cura, al final de Cinema Paradiso.
3
En un disco barracuda, abierto, presentado sin pudor, cabe esa felicidad extrema.

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Un robo egipcio


La realidad se enmaraña con la ficción. No hay travesura creativa que iguale a los vericuetos narrativos de la realidad.
Dicho de otro modo: ¿qué hacían las monjas con esa pasta indecente en un armario, en fajos de quinientos, en bolsas de plástico? ¿Estarían a punto de entregárselas a los pobres?
El azar desbarató la noble capacidad de ahorro de un claustro de monjitas. Los cacos revelaron la trama oculta.
Pensé anoche, al enterarme de la noticia, en los que desvalijaban los sarcófagos egipcios.
Pensé: los cacos egipcios saqueaban las tumbas, pero las riquezas hurtadas volvían a circular. Al menos volvían a circular. Eso pensé anoche al escuchar en la radio la historia de las monjas ahorradoras.
Pensé: material literario para Tarantino. En mi facebook (es la primera vez que escribo en mi facebook) alguien apuntó a Almodóvar. Yo inclino mis preferencias a un Álex de la Iglesia iluminado. Sin Sinde que lo atore.
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8.3.11

Pascal, Borges y yo muchas veces

I /La suspensión de la (in)credulidad

Hoy he conocido la apuesta de Pascal. Viene a decir más o menos que es preferible creer en un Dios que no existe a no creer en un Dios que sí existe. A estas alturas de la trama metafísica que uno va deshilvanando día a día lo de Pascal suena a divertimento semántico, a chanza paralingüística. Como si la filosofía misma capitulara ante la propia inercia de sus pesquisas y se desentendiera de manejar la inteligencia. O todo viene a ser eso: la supresión de la inteligencia como instrumento para entender el mundo. Se entiende mejor a través de la poesía, de las infinitas posibilidades creativas de la lengua, de los preceptos discursivos de Moga del posta anterior. Desde ese escenario se entiende la reflexión de Pascal. Veo a Dios y lo conozco si no pienso en él. En el momento en que lo pienso deja de existir y no hay manifestación suya aprehensible por nuestros sentidos. Algo así pergeñó otro enredador de metafísicas como era Borges. La filosofía deja de ser un modo de comprender la realidad cuando se embosca en juegos verbales. Pero quizá sean precisamente esos juegos del intelecto verbal los que justifican la filosofía. Que todo viene a ser un mecanismo de evasión. El lector de filosofía hace lo que el lector de ficciones: procede a suspender la credulidad. Vuelvo a Borges: sostenía que la metafísica era una disciplina de la literatura fantástica. La poesía es una rama de la ciencia cuántica.

II/ Ego plus ultra

Soy la versión mejorada y adulta de mí mismo. Un ser dotado de un número razonable de certezas. Soy la suma de todas las incertidumbres que esas certezas no son capaces de responder. Soy el responsable de todo lo que nunca soy. Y soy un teólogo de mí mismo también. Uno interesado en la naturaleza semántica de todo lo que existe. En ese sentido soy un filósofo de la única causa que conozco: el tiempo interactuando en mí, el tiempo a mi servicio, todo el tiempo del mundo pensado aquí adentro, en mi corazón soberano. Soy la versión dispersa y contradictoria de alguien.


7.3.11

Los poetas

Relación de reflexiones acongojadas

La poesía no sirve para nada.
La poesía es un arte obsoleto, que corresponde a un estadio primitivo de la evolución de la cultura, y que sobrevive, fuera de lugar y del tiempo, en sociedades mecanizadas, indiferentes al hecho verbal.
La poesía es anacrónica y carece de sentido. El poeta resulta tan necesario en nuestro mundo como el fabricante de miriñaques.
Los poetas se consideran muy importantes, pero su importancia social es nula.
Nadie lee poesía, ni siquiera los poetas.
Muchos editores de poesía tampoco leen poesía.
Si los poetas desaparecieran, no pasaría nada.
En una comunidad hablante de más de cuatrocientos millones de personas, no habrá ni cinco mil genuinamente interesadas por la poesía.
Se escribe demasiada poesía.
Se publica demasiada poesía.
Nadie compra poesía.
Se escribe poesía porque se es infeliz. Los poetas están llenos de complejos, inseguridades y miedos. Con la poesía pretenden que los quieran más. La poesía es una gran muleta.
La gran mayoría de la poesía que se publica es muy mala o, simplemente, carece de interés.
Muchos poetas no saben escribir. Algunos tendrían graves problemas para aprobar un examen de gramática elemental.
Todos los poetas se consideran genios.
Todos los poetas esperan que el mundo reconozca –y recompense– su genialidad.
Ningún poeta está satisfecho con el reconocimiento que obtiene. Todos piensan que el mundo no les ha dado lo que merecen. Todos creen, en cambio, que el reconocimiento logrado por los demás poetas es superior a sus méritos.
Todos los poetas esperan que los demás alaben su poesía.
Los poetas sólo se leen a sí mismos.
La incultura poética de los poetas no conoce límites.
Todos los poetas esperan que los demás poetas les regalen los libros que han escrito, pero que compren los suyos.
Las reuniones de poetas son terrarios.
Las lecturas de poesía son aburridísimas.
La gran mayoría de actos que giran en torno a la poesía –congresos, encuentros, talleres– son aburridísimos. Su único interés radica en que permiten establecer contactos que luego permitan medrar a los poetas.
La mayoría de los críticos de poesía son pésimos. Algunos son analfabetos. Muchos son poetas.
La crítica de poesía sólo se practica para beneficiar a los amigos del crítico o para perjudicar a sus enemigos. El crítico siempre tiene en cuenta sus propios intereses cuando escribe. La crítica desinteresada y objetiva no existe.
El crítico siempre habla de sí cuando habla de los demás.
Los editores subordinan con frecuencia sus decisiones a razones mercantiles que no tienen nada que ver con la calidad del texto. Muchos no saben nada de poesía.
Casi todos los editores se dedican a la edición de poesía para compensar u ocultar su fracaso como poetas. Cuando pueden, se autopublican.
Muchas revistas poéticas son obra de grupos de amigos sin ninguna relevancia literaria, que funcionan sin criterio ni profesionalidad algunos.
Casi ningún premio de poesía vale nada. La mayoría satisfacen intereses locales, editoriales o tribales. Muchos están amañados.
Los poetas suelen integrarse en grupos, frente a los que se constituyen otros grupos. Esos grupos suelen enfrentarse ferozmente. Los novelistas no se constituyen en grupos.
Todo poeta que se inicia como poeta alternativo y crítico acaba integrándose en la estructura del poder.
Es fundamental no indisponerse con los poderosos –críticos influyentes, editores importantes, altos funcionarios culturales, directores de fundaciones o universidades de verano–, aunque sean poetas nauseabundos, sujetos despreciables o retrasados mentales. El capullo de hoy es el mandamás de mañana.
Los poetas nunca dicen lo que piensan. En las presentaciones de libros o actos públicos sobre otros poetas, hablan bien de ellos, aunque los consideren horrorosos.
El poeta es un ser desproporcionado y patético.
Yo soy poeta.
[Publicado en Letras Libres, núm. 53 (febrero 2006), Madrid, pp. 83-84]
Publicado el 5/3/2009


Yo añado la cita que hace unos días ocupa el extremo superior derecha de este blog. La de Valente.
Yo, al modo de Moga, sin serlo, también soy poeta.

6.3.11

R.E.M.: Collapse into now


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Una amiga que tuve decía que R.E.M. era la mejor banda de rock del mundo. Era la época de la pujanza mediática de Losing my religion y en todo pub que se preciara sonaba Out of time al completo sin que el disc jockey (que en el pueblo en el que yo vivía era el mismo que despachaba gin-tonics y ponía almendritas en un plato) se saltara las piezas lentas como Low (mi favorita de ese álbum) o Texarkana. No sé qué pensará ahora: yo los venero, venero su inspiración y hasta su falta de inspiración. Los discos malos de la banda son piezas de orfebrería comparados con algunos de los que atiborran las estanterías y las listas que generan las radio-fórmulas.  En treinta años R.E.M. han facturado quince discos. No sé si la mejor banda de rock del mundo, pero han mostrado cartas y han insistido con honradez para pasar al menos a una de las páginas más memorables del rock del último tramo del siglo XX y de este (febril) comienzo del XXI. Recuerdo las cintas de cassette con Murmur, Green y Document, que yo recuerde. Out of time era un CD. Era aquélla una época en la que uno veía un CD y lo tocaba y lo registraba: buscaba el tesoro escondido, la certeza de que adentro había placeres absolutos. Yo entonces era todavía hijo del vinilo, pero el hijo se dejó pervertir por las nuevas tecnologías y cayó en la compra de un reproductor de compactos. Mis primeros CDs fueron Out of time, el Brothers in arms de los Dire Straits y Songs from the big chair de Tears For Fears. Por ahí andan. Revueltos. Mezclados con miles de discos más. Pero al escuchar Shiny Happy People o Near Wild Heaven o Low (ya insisto: mi favorita todavía) siento una punzada y la punzada pone en marcha la melancolía. La memoria es un bicho cabrón: lo dice K. Lo subscribo yo. Ahora vamos a lo que vamos.



Collapse into now: 

No hay concesiones a la nostalgia: la banda de Stipe se despide casi definitivamente de la mediocridad, de los tiempos medios imprecisos, se despide de la huella triste de Around the sun (qué poco cuajado fue) y se instala en la misma boca del cañón. Tenemos R.E.M. para mucho tiempo: lo atestigua esta colección de canciones. Porque no hay unidad, no existe una hilazón: son trallazos de rock (Alligator, That some one is you) o baladas sin forzar, de ésas que no caen en el empalago ni en la solemnidad fingida. Llevo un par de buenas escuchas y probablemente tendría que haber esperado a un par de ellas más para rendir esta reseña, pero estaba haciendo cosas que no me llenaban del todo. Y ésta sí que me llena por completo. R.E.M de regreso. Stipe, Bucks y Mills  en mi Ipod con material nuevo. Sí, ya sé que se me ve de momento la querencia, el afecto, todo eso que un buen fan atesora y saca en fiestas privadas. Y como todo buen fan sé a estas alturas que parte del disco ha sido grabado en un estudio legendario, uno en el que Bowie grabó Heroes o U2 su Achtung, baby. Sé que no es tan ruidoso como Accelerate (aunque algo estalla por ahí en el corto minutaje)  ni que contiene cortes épicos como en Automatic for the people. (Uberlin es el Drive de este colapso). Sé que Stipe echa en falta la mandolina (ay cómo me gusta Losing my religion) y que ha vuelto a usarla (Oh my heart). Sé todo esto y todo me conduce a pensar que cuando le haya dado unas cuantas vueltas más (dos son poco, Rafa) tendré que abrir otra vez el editor del blog y corregir algo. Sumar frases. Tal vez aminore el entusiasmo. El de ahora está bien arriba. Disco nuevo de R.E.M. Definitivamente el domingo ha sido bueno conmigo. Mañana le doy más mimos. Ah me quedo con Uberlin. Con Alligator bla bla bla. Y ahora tiro a ver al Madrid sin CR7. Dijo alguien que la religión era cosa de domingos. Precisamente hoy no lo discuto.

addenda:
la pinta de Stipe con gafas de pasta y barba pelirroja cerrada me hace pensar en un profesor de Filosofía que tuve. Creo que no desentonaría en un campus universitario, paseando por los jardínes libros de Hume y de Kant, charlando con los alumnos sobre la política exterior de papá Obama y tomando chupitos de bourbon en los bares del barrio.

addenda dos:
no es posible, ni a base de insistir y de insistir una vez que se han extenuado las fuerzas, hacer una portada más horrorosa...
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R.E.M. - ÜBerlin (Video)

4.3.11

Walteradicto


Soy walteradicto. Es una adicción que no precisa medicarla. Lo bueno de Fringe es que hace que la ciencia se convierta en magia. Lo dice el propio Bishop en uno de sus arrebatos teológicos. Fringe es un thriller metafísico. Lo pensé anoche cuando de pronto advertí las ganas que tengo de inyectarme la tercera temporada. No soy el único. En casa tengo un par de adeptos más. Adepto: adicto. El lenguaje es el único que me entiende.

La trama

Con los años el peso de la conciencia adquiere proporciones inconvenientes. Te oprime el estado de ánimo y te arrumba en un miserere de lánguidos monosílabos y de ojos nublados por la injusticia del mundo. No es posible asidero alguno. El tiempo es ese juez estricto que no consiente frivolidades y rebana el pescuezo frívolo de todas las cosas buenas que tiene la vida. Abres la prensa con la peregrina idea de que sólo vas a mirar las páginas culturales y tal vez algunas crónicas deportivas, el eclipse imposible del Barcelona de Messi o la última bravata del showman Mou, pero te das de bruces con el caos y terminas ensimismado en una niebla de conceptos, en la certidumbre de que las cosas, a poco que se empecinen los de siempre, pueden ir a peor.  
Comprende uno con rubor que las noticias son una trama más del mercado, que ha barrido a la democracia y ha instalado una jaima en los parlamentos de Europa. Comprende que todo es un burdo montaje, un rumor para movilizar al personal frente al televisor y que los patrocinadores de los rumiaderos del corazón hagan caja y entretengan a base de estiércol sentimental y falsó reportaje periodístico la pereza intelectual del personal, que bosteza mientras sube la gasolina y los ciudadanos se afilian a la banda ancha para descargarse el mundo por Youtube. Mientras tanto los pronósticos sobre el final de la civilización occidental, largamente instalada en el cánon del orden y del progreso, conduce a que visionarios con púlpito, micrófono, columna o barra de bar larguen su apocalíptica visión del asunto. Me incluyo graciosamente en esa caterva de iluminados de barraca de feria.  El día menos pensado nos despertamos encabronados en demasía y achacamos la úlcera o el dolor en el pecho a cualquier titular de prensa. De ahí a las barricadas morales no hay mucho trecho. No tengo ninguna duda de que, con el suficiente empeño, las distancias imposibles son franqueables.

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3.3.11

Tete



Escasamente encasillable en la hechura de un jazzman, más cercano a la aséptica pinta de caballero inglés del yanki Bill Evans que del exotismo de otros genios del piano como Herbie Hancock o Keith Jarrett, Tete Montoliú nació en el lugar equivocado. Suele pasar. Tal vez a Franco no le engolosinaba el jazz. No, corrijo: a Franco no le gustaba el jazz. Tal vez esa música oscura de difícil tarareo no se amoldara a las estrecheces de una España abrumada por la precariedad cultural y enganchada al folclor y al lucimiento de la bata de cola y las castañuelas místicas. Dios, que estaba a la Derecha del Generalísimo, tampoco se avenía a bendecir el jazz en aquellos tiempos. En el otro lado del charco, Dios sí que arrimaba su divina anuencia sobre esa música, aunque la aristocracia blanca, los que perdieron la guerra y la riada de esclavos abominablemente esclavizados al algodón y a la miseria, no viera con buenos ojos esa "música del diablo". Si Montoliú hubiese nacido en Manhattan, habría tocado mucho más con Dizzy Gillespie, y su nombre, que aquí apenas resuena en la memoria del pueblo, ocuparía más entradas en cualquier búsqueda que le exijamos al mayúsculo Google. Entraría, con letras mayores, a la nómina de pianistas impedidos, que exhiben alguna tara física y, sin embargo, la compensan a fuerza de genio: George Shearing (ciego como él) o el inmortal Michel Petrucciani.
Es bueno recordar su porte regio, ahora que ha pasado algo más de diez años de su muerte, sus discos, su modestia y también su vocación a prueba de adversidades. Su ceguera le procuró una sensibilidad formidable, y no es un tópico.
Aficionado al Barcelona, solía no perderse partido alguno. No iba al campo: se enganchaba a la radio y no perdía detalle. La leyenda, aureolada de una más que creíble certeza, dice que una noche, en su ciudad, atacó Round midnight, la inmortal pieza de Thelonius Monk, su adorado Monk, con un pequeño y discretísimo auricular alojado en su oído.
Junto a Niels O. Pedersen, al bajo, y Bill Higgins a la batería conformó un trío memorable que retrotrae al buen aficionado al trío de Bill Evans (Scott LaFaro y Paul Motian) en los primeros sesenta, antes de que las drogas lo devastaran y se dedicara, atormentado y solo, a vivir de su numerosa renta jazzística y sacar el dinero que le permitiera morir a placer de su vicio más íntimo, pero ésa es otra historia. Montoliú murió de cáncer de pulmón a una edad provecta y fundamentó su maestría en un exacerbado amor a la música. Amó el blues, amó la canción catalana y escuchaba, en privado, a The Beatles y Frank Sinatra.
El 24 de Agosto (ayer: no pude escribir la reseña en el día exacto de la efemérides) de 1.997 se fue de este mundo en el que fue feliz, imagino. Tampoco soy amigo de privilegiar la biografía de los mitos por encima de su magisterio artístico. Borges debió ser un repelente de mucho cuidado, pero escribo porque leí El jardín de senderos que se bifurcan y un poema del ajedrez que antes recitaba bien de memoria y del que ahora sólo acierto a enhebrar versos sueltos.
Los discos de Montoliú, no muchos, la verdad, reposan en las estanterías de mi colección como un tesoro excepcional. Acudo a ellos con cierta frecuencia. Todavía me sorprende que este hombre genial - tal vez el mejor músico que dio el siglo XX en España - no haya tenido la repercusión mediática merecida. Creo que el inventario documental de sus actuaciones es paupérrimo. He hurgado en la red, madre de todos los secretos, y es prácticamente imposible encontrar, vía Youtube, pongo por caso, el suficiente alimento visual para aplacar el hambre de mito que su figura crea.
La desolada España que le dio la espalda tampoco ha corregido los errores con un homenaje digno ahora que se cumplen estos señalados años de su muerte. Alguna nota suelta en prensa. Un esbozo raquítico en un telediario. Su música no vende cientos de miles de discos. Tampoco su cara de funcionario de alguna administración del Estado. Hay reclamos de mayor valor para ocupar el jodido prime-time de la sacrosanta Televisión y su aborregado inventario de mediocridades.
Dexter Gordon, Elvin Jones, Ben Webster, Sonny Stitt, Joe Henderson, Chick Corea, Herbie Hancock, Roy Hargrove, Hank Jones, Chet Baker, Roland Kirk (ciego también), Stan Getz, John Coltrane, Dizzy Gillespie o Stephane Grappelli tocaron con él. Alguno me dejo fuera, seguro. Blues for myself suena de fondo mientras escribo esta pequeña nota tributaria. Tampoco podemos olvidar la serie The music I like to play, que fue con la que me inicié en su música gracias a un programa de Radio-3 (Viva la radio con cerebro).
Manuel Vázquez Montalbán, al día siguiente a la muerte del genio, escribió otra mucho más sentimental y profunda.

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