31.1.11

Días

Hay quien descree de la felicidad y se obstina en ganarse a pulso la fama de escéptico. Alivia pensar que a escondidas, a cubierto de los que los miran y en la cerrada estancia de su intimidad, se entregan con júbilo a los mismos vicios que nos procuran felicidad a los que no descreemos de ella y, bien al contrario, nos obstinamos en hacer que todos los demás se enteren. Por eso salimos a la calle, visitamos a los amigos, quedamos en los bares, compramos libros, hacemos de la rutina de los días un festín en la mayor parte de los casos. En la otra parte, en los días en los que no hay festín, hay resignación, sabia resignación, diría yo. Días de no salir a la calle o de salir lo justo. Días sin amigos, sin bares, sin libros, días que no son festín casi de nada, salvo de la sensación de estar cumpliendo un peaje por todos los otros días, los luminosos, los arrimados a la alegría, los días con Coltrane, los días con Wilder, los días de sol, los días de lluvia, los días a los que bendicen los astros y los días que se ofrecen lúbricos, altos, nobles, limpios. Y uno vive en la confianza de que hay días de esa textura esperándonos, ahí afuera, en el territorio improbable del tiempo.

29.1.11

El riff de Proust




Un amigo me confesó que había oído Layla en una escena de Uno de los nuestros, la fabulosa película de Martin Scorsese sobre la mafia. En realidad lo que yo recuerdo es la inmortal coda de la pieza. Luego oyó la versión que Clapton hacía en Unplugged, el directo en la MTV que reflotó su alicaída carrera discográfica. La primera vez que yo la oí fue en el pub Tempo, en Priego de Córdoba. Era la típica época en la que uno buscaba el nombre de Dios en el fondo en el fondo del vaso. La época en que el mundo giraba con una precisión matemática y el aire olía a Borges y a besos y a whisky de doce años.
Antonio Linares me inició en un género que desconocía: el rock y el blues acodado en la barra de un bar con una cerveza en la mano y todo el tiempo del mundo para dirimir si un riff era bueno o si un solo de batería era mejor. Horas de libertinaje artístico, de completa fluidez del alma. Oigo Layla como antes. Sigo con el whisky doce años y a veces veo a Dios en Escocia, en el tintineo de los cubitos, en la noche acribillada a a preguntas, aunque esa visión (sentida en un arrebato etílico) dura un instante. Igual la mística funciona minúsculamente: uno oye a Dios en un instante, y de pronto deja de escucharlo. Y más tarde regresa, nítida, la percepción de la divinidad. Dios es un jinete pero no hay caballo. Dios es el gozo sublime que asiste al alma pero no hay alma. Cuando uno en este estado de cosas, en la retórica o en la mística, baratas y vanas las dos, torpes y prescindibles ambas, es mejor dejar de escribir, no contar con palabras el milagro de estar vivo y de esta exigencia de contarlo. Ya digo: se va en ocasiones la cabeza, se pierde, se enreda en hilos que no le incumben, a los que no alcanza.
Tener a mi lado a Layla esta noche, en Córdoba, en mi casa de la calle Utrera, es de algún modo regresar a todo aquello. Pensar en Antonio, en el Tempo, en el Boli, en la secreta posesión de la ebriedad, en el vértigo secreto de la vuelta a casa, en mi placita de Los Caballos, haciendo mentalmente el riff, desafiando el aire con un punteo imposible, pisando esas calles sagradas de la Villa, en 1.990, reconciliado con el júbilo, con la carne, con el intelecto (fue una época de lecturas voraces, fue el inicio de un maravilloso tiempo de unión con las letras) y también con uno mismo. Está bien sentirnos hospitalarios con nosotros mismos. Darnos, hacernos el bien a sabiendas, procurarnos placeres con total premeditación. Esta noche de enero, entrando en un domingo imagino que lluvioso, gris, de esos que tanto me gustan, pienso en Antonio, en lo absurdo de no plantarnos un día en Granada y acodarnos en una barra de bar (el suyo vale, El rincón de Federico, junto a la catedral) y escucharle despotricar contra los obispos y contra el Real Madrid.

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27.1.11

Sinde


Se legisla mal el limbo, se organiza mal su inventario: anda todo ahí adentro como en desaliño, en el umbral de dos mundos, en vértigo, en una vigilancia obscena, inasequible al desorden, enfebrecida. El limbo no es aquí el ardid cartográfico forjado en las Escrituras sino la Red, que es también una religión a la que confiamos la salvación de nuestras almas. La Red, ya saben, es el país global, pero no hay otro país debajo o los hay de un modo fragmentario y casi irrelevante. Al modo imperialista, pero sin sacar el sable ni poner el tanque en las avenidas, la Red ha invadido este mundo, lo ha colonizado, lo ha convertido en su súbdito manso, ha izado sin ruido una bandera molesta, una sin dueño. Aquí hay quien la quiera domesticar: darle letra a sus colores, ponerle música al viento que la agita. Pero este limbo no se deja gobernar, no hay quien lo legisle. Y la gente razonable pasea sus calles junto a pervertidos y los nobles de corazón comparten con los retorcidos youtube, facebook y twitter. En esa alegre comandita de zonas de recreo, conviven las metáforas de Lorca con las actas del Estado, los textos sagrados con los textos impíos, el coño de la Bernarda con el cerebro de Einstein. Está Sinde con la policía cibernética de escolta y están los internautas (oh qué legión de depravados, oh qué obscenos, oh qué ladrones). Y yo me acuerdo cuando en los alegres ochenta iba a casa de mi amigo Manolo y echábamos la tarde grabando en una espléndida platina Philips, que todavía recuerdo con emoción, discos de Queen y de Led Zeppelin, de Depeche Mode y de Yes. Eran las descargas de antes. Lo de ahora (muy reduccionistamente traído) es que no vamos a casa de Manolo a pillar unos discos en cintas de cassette TDK de 90 minutos (un disco por cara en el mejor de los casos) sino que entramos en el limbo y encuentramos mil manolos invisibles, generosos, anónimos y pulcros, que ofrecen el mundo sin objeciones. Y encima hasta se paga un canon por el disco duro en el que volcar toda esa música. Sí, ya sé que éstas son cosas serias y que parezco de chacota. Sí, lo sé. Y los que mandan, los que legislan, los que vigilan el orden y cuidan de que nadie lo malogre, no entienden (cómo van a entender) que en realidad lo que hay detrás de la pantalla, en ese cosmos invisible, son manolos a mansalva...Diremos sí a todo. Ganará la cultura. O al menos un tipo de cultura. Otra, según quién esgrima las razones y cómo las sostenga, perderá. Nada que me quite esta noche el sueño.
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25.1.11

La cuerda invisible


I
Eleva Muñoz Molina, en una entrevista que leí recientemente, a la poesía como el único instrumento del escritor para depurar su escritura. En eso de la depuración, en limar, en desprender el texto de las asperezas que lo engordan y lo perjudican, no tengo yo prontuario al que acogerme. Escribo a brochazos. Tengo una especie de vértigo creativo que me empuja a escribir y me busco un rincón en donde verter (en realidad es un depósito la escritura) lo que me ha llegado en prenda, el material sensible que el azar o la suma de muchos azares ha confiado a mi voluntad. Se admira al poeta por liquidar esa propensión al exceso, al relleno sin propósito. No sé si hay novelas escritas con intención poética. Imagino de qué pecan, sospecho de las razones por las que el lector de novela rehuye del lenguaje demasiado lírico. Pero también veo como iguales a los que echan en falta licencias por lo común atribuídas a la poesía, lectores involucrados en descerrajar la rutina de la trama con instrumentos metafóricos, con voluntad poética, echando mano de la pura esencia de la lengua. Se trata de contar una historia, pero no estaría de más que la historia emanase poesía. Otro asunto que tampoco domino es cómo novelar la poesía. Cómo hacerla trama. Lo difícil, quizá lo imposible, sea hacer que la poesía sea esa ficción pura confiada a la novela para explicar lo real. El genuino fin de la creación poética no es el narrativo: prefiere la concisión, el indagar en los símbolos, la búsqueda de un territorio semánticamente limpio.

II
Ahora pienso en Bill Evans como poeta: me refiero al pianista de jazz, pero escuchado y sentido como un poeta. Pienso en Evans con sus gafas de pasta, vestido funcionarialmente. Traje pulcro. Corbata. Pienso en su aspecto de corredor de bolsa o de agente inmobiliario. Evans poeta en Waltz for Debby, cayendo en la cuenta de otra narrativa que discurre a la vera de la narrativa ortodoxa, esto es, las notas de la melodía, el desplazamiento matemático de las notas. Evans dios de las ochenta y ocho teclas creando universos alternativos. Evans en el umbral exacto en el que se produce el asombro. Ahí: cercándolo, investigando la periferia, pulsando la cuerda invisible. Y el jazz, a diferencia de la novela, puede mantener durante un tramo largo la parte mecánica, de discurso, y la otra, la que no se deja conducir sin que un poco del alma del autor se enseñe, se ofrezca y, en la entrega, se pierda.
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23.1.11

El discurso del rey: La flema más pulcra


Admira uno la maestría británica a la hora de retratar su esencia patria. No conozco otro país que la exhiba de una manera más impecable. Son estos ingleses gente de artesanas maneras que pulen la fonética y oscilan entre el engolamiento teatral y el uso masivo de los adverbios en la pompa sintáctica que tanto aman. Yo mismo adoro el inglés y hasta me vale para pagar letras y vicios, pero acepto la existencia de un reverso tenebroso y es entonces cuando rescato de mi expediente emocional el amor por ese idioma y la necesidad (a veces intolerable) de meterme entre pecho y espalda dramas de Jane Austen y películas de James Ivory, ensayos de Chesterton y hasta películas del lumpenproletariado filmadas en los cuarenta y aireadas por la inefable Ealing. Partiendo de esta declaración de principios (dispersa y más voluntariosa que eficaz) supondrán el placer con el que voy al cine a ver películas como El discurso del rey. Luego sale uno decepcionado, aunque haya estado absorto, paladeando las palabras, discurriendo sobre lo contado, intentando descubrir la esencia ésa de la que antes hablaba. En El discurso del rey hay toneladas de convención y hay lagunas escandalosas. A veces vemos destellos de gran cine, aunque fijado casi exclusivamente en la demoledora exhibición del talento dramático de dos actores en estado de gracia, y en otras creemos estar asistiendo a un telefilm de altura, pero televisivo al cabo, aunque lo televisivo (en este arranque de siglo) esté ganando terreno, perdiendo su mala prensa y ganándose el corazón (el mío ya lo tienen merced a una decena de series antológicas) del otrora cinéfilo de butaca y fila siete.
La cinta de Tom Hopper (Elizabeth I y Damned United, que no he visto) carga su principal baza en lo teatral, en la más que digna batalla dialéctica entre dos personajes enfrentados por cuna y por atrezzo. El aspirante a rey, el príncipe fonéticamente tarado, está magistralmente representado por un Colin Firth que se afianza en papeles hondos (Tom Ford, Un hombre soltero) y el terapeuta amateur, el actor de segunda con un corazón muy grande, recae en un Geoffrey Rush ya habitualmente antológico, uno de esos actores que no ganan adeptos por papeles rutilantes, taquilleros al máximo, pero que labran una filmografía ejemplar.
La trama es previsible y la intriga es casi nula, pero la obra de Hopper engancha por sus maneras, por ser honesta hasta el desmayo óptico y no prometer nada que luego no entregue fielmente. Entrega limpieza: el film no se enreda en argumentos accesorios, no pierde el tiempo en lo que no es preciso para avanzar en la mínima trama que lo sustenta. Plana, austera, escasamente interesada en grandilocuencias narrativas, El discurso del rey no tiene apenas aristas, no posee nada que la aparte del logro al que aspira. Los hermanos Weinstein saben muy bien qué terreno pisan y cómo facturar una película perfecta. Ésta, sin serlo, lo es de un modo absoluto. Narra una amistad y lo hace apoyándose en una fricción, en la que se establece entre dos mundos en colisión: el de la realeza, que retrata de un modo muy realista, incisivo a veces, ácido también, y el del ciudadano de a pie, el afincado en su rutina, el que ve a la monarquía como alienígenas. De esa fricción nace una relación sólida, que se hace acompañar por una travesía histórica muy agradable de ver, componiendo un retablo doméstico, sin excesos intelectuales, de una parte de la Historia del siglo XX.
El discurso del rey es cine de calidad, de ese tipo de cine que en plan tsunami cultural sobreviene de cuando en cuando, una de esas cintas de factura irreprochable, de contenido familiar y hasta didáctico, tallada con mimo, majestuosa, precisa, limpia. Se las ve con complacencia, convencidos de estar asistiendo a una función modélica, pero se las recuerda después con tibieza, sintiendo adentro (y tal vez sin atinar muy bien a razonarlo) que todas las grandes virtudes advertidas en su proyección han adelgazado su grosor, se han resuelto ineficaces para hacer perdurar el asombro primigenio. Ganar lo va a ganar casi todo y va a hacer taquilla. La flema británica, la casa real y la reputación de los intérpretes asegura que haga caja y consiga alguna que otra mención honorífica. No es injusto. En el fondo, no es injusto.

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Vértigo, fiebre y olvido

Vértigo. Vértigo y fiebre. Vértigo, fiebre y olvido. La cultura moderna se deja envolver de vértigo, se enmaraña de fiebre y se acuna en olvido. Consumimos más que otra cosa. El consumo es una palabra a la que han malogrado su supervivencia en el apartado noble del diccionario. Vivimos en una espiral alucinante de ofertas y nos aturde la posibilidad de poder exprimirlas todas. Es el aleph borgiano a precio de saldo en el Carrefour. La sociedad construye ciudadanos de una cultura mórbida: los alimentos del espíritu no han cuajado en el espíritu y se han derramado sin orden. El cerebro está intoxicado. El disco duro está lleno y no sabemos qué material borrar para disponer de más capacidad y seguir atiborrándonos de archivos. Luego nunca miramos esos archivos. Vemos una película, pero no la pensamos. Leemos libros, pero no los interiorizamos. Leemos prensa para estar al día, pero sólo rozamos la superficie de las noticias. Nos valen los titulares.
El malestar de la cultura está en las redes sociales, en cómo han configurado una sociedad hueca, falsamente engarzada por una invisible trama de afectos. Pero debajo del estado del bienestar en el que dicen que estamos hay un runrún de zombis. Igual ésa es la razón por la que ahora los no-muertos triunfan en las carteleras, en las series, en las novelas. Si hasta han hecho una novela en la que atrofian la prosa de Jane Austen y la convierten en un rap gótico, en una mixtura infame de vísceras y modos victorianos. En el vértigo se vive mejor. En la velocidad, en la fiebre, en el olvido. En el facebook ebrio. En el twitter ebrio. En todas esas cuentas a las que confiamos nuestra intimidad o en donde vertemos un yo escindido, un yo que no es el nuestro y que izamos en público en la creencia de que somos parte de algo importante. Lo que buscamos es amor, en el fondo. Pero nos damos de bruces con el vértigo, con la fiebre, con el olvido. El mundo es una superficie comercial que abre incluso los domingos por la mañana. Entra, coge, paga, consume, desecha, regresa. En sus pasillos se construyen liturgias que antes eran patrimonio de los sacerdotes y se oficiaban en un templo. Creemos en el dios de los objetos, en una deidad rudimentaria y caprichosa que atiende nuestras súplicas y nos ciega a conciencia. Cegados, convertidos en zombis, recorremos las estanterías, llenamos el carro, vaciamos la cuenta, vamos al trabajo, ejecutamos la ceremonia gris de una rutina formidable. Más vértigo, más fiebre, más olvido. Y cuando el Estado desatiende las estanterías y no nos da plata que gastar pensamos en lo equivocado que está el mundo, en la falsedad de los ídolos que hemos construído. En tiempo de crisis surge el individuo ético. Lo decía ayer El Roto en su tira genial de El País: un tipo pedía una revolución é-ti-ca. Pedía una moral. Pero la moral va en contra del mercado. Y quien manda es el dinero. Nunca más que ahora. Y en ese hilo de las cosas, en esa intoxicación espiritual, pedimos que se nos restituya el confort perdido. Queremos que la superficie comercial no cierre locales. Pedimos vértigo. En ese territorio qué felices somos. Ya habrá tiempo de pensar. Yo ya estoy empezando a flaquear y cada día me cuesta más hilvanar estas palabras en este hueco del espectáculo.


21.1.11

Inmoral


I
Al pueblo se le conduce mal cuando lo aturden a leyes. El buen pastor cede con esa amplitud de miras de quien sabe que aprieta, pero prefiere no ahogar. Al pueblo llano, el que se junta en las barras de los bares o el que sale sencillamente a pasear, no le vienen bien trajes anchos ni tampoco prendas justas, de ésas que hacen peligrar la respiración y malogran sibilinamente la salud. El buen pastor condesciende, calcula los riesgos y legisla con prudencia, limpio de maniobras arteras, consciente de que su oficio (el pastoreo) depende del rebaño al que se conduce. O al menos así debe ser en una sociedad democrática. Ésta en la que vivimos lo es sobradamente o en esa ilusión vivimos los que disfrutamos de su existencia. Lo que pasa es que el pueblo está en hartazgo, vive en un cabreo casi continuo y el buen pastor no razona ni entra en diálogo con quienes oprime. Crispado, desocupado, indignado, el pueblo se enerva a la menor de las provocaciones.

II
La desafección del pueblo hacia sus gobernantes se muestra aquí muy a las claras en el uso del pinganillo en la Cámara Alta. Los plenarios no se entienden y ahora se van a entender menos. Esperpéntica, patética, kafkiana, grotesca, la historia del pinganillo evidencia el vacío absoluto de nuestra clase política. Estando el patio como está, viendo cómo crece el malestar y sospechando lo malo que es el hecho de que siga creciendo, se entretienen (los polìticos, digo) a entretenerse, en gastar lo que no se tiene (12.ooo euros por sesión) y en abastecer a la ciudadanía de razones para que se les mire con recelo, se les escuche con tedio y se les tenga un respeto cada vez más bajo, rayano en la falta casi absoluta de respeto. Y es malo que un ciudadano no crea en quien le gobierna. Está probado que las sociedades se atrofian cuando dan la espalda a sus gobernantes y se creen (con razón, sin ella) en dueños de su destino en lo universal, en lo doméstico, en todo pequeño rincón de la vasta geografía de sus deseos. Y lo del pinganillo (además) contradice, de entrada, el texto de nuestra Carta Magna. Lo hace en el momento en que traba la normal comunicación entre iguales. El artículo 3 de la Constitución de 1978 reconoce en su apartado primero la oficialidad del castellano en todo el territorio del Estado.
Quizá la Cámara Alta sea un territorio extranjero en el que pueden desoírse normas tan elementales de convivencia como la de usar un idioma común. Entiendo yo poco de modelos de Estado y, visto el panorama, menos quisiera uno entender. Entiendo de afectos, de palabras compartidas y de la música que acompaña esas palabras. Imagino que la distancia entre un parlamentario vasco y uno español, reducidos al campo acústico de un auricular en el oído, es enorme y amenaza con hacerse más enorme todavía. Hay algo de inmoral en poner trabas al sencillo acto de entendernos. Y esa inmoralidad alcanza al pueblo, que se asquea del extravío y pide sin idioma alguno que la razón, esté donde esté, sea liberada y vuelva a cubrir de serena inteligencia y de limpio respeto este país de siempre, el nuestro, el que se dice español a la vera de la bota de Iniesta y que no lo es, en modo alguno, en cientos de otros asuntos de mayor importancia. Oír catalán, gallego o vasco en el Senado es una anomalía fonética. Imagino que habrá catalanes, gallegos y vascos que aplaudan el gesto, pero en la calle, que es una tribuna pública inmejorable para catar el sentir de un país, no hay traductores. Se habla catalán o gallego o vasco porque el que está escuchando lo reclama, lo entiende y lo acepta. Si no miramos a quien tenemos enfrente, si nos importa bien poco con quién estamos hablando, cabe la posibilidad de que tiremos de un idioma imprudente y al vasco le hablemos en inglés y al que nació en Toledo le contemos nuestra vida en bable. Y costando un yescal. Inmoral.
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18.1.11

Dennis Hopper, fotógrafo


Quizá este Dennis Hopper, el que fatigó los moteles de comarcales y los festivales de blues con su cámara en ristre, no sea el guardado en la memoria de la mayoría de los que alcanzaron a apreciar su trabajo, pero leí que era precisamente ése el que él deseaba que perdurase. Esta instantánea se llama Biker couple y era especialmente apreciada por Andy Warhol. Está fechada en 1.961, es decir, antes de Easy Rider y del boom del carisma atormentado del actor, mucho antes de Blue velvet y de su triste travesía por el cine de palomitas, que es en donde hizo la pasta que tanto le gustaba. Aun con todo no es Dennis Hopper el que importa. Imaginamos al fotógrafo detrás de la lente, desmenuzando lo real, vigilando la realidad, registrando el vértigo y la fiebre, considerando la posibilidad de estar contribuyendo a una especie de inventario del caos y también de la belleza. Amo la fotografía que cuenta historias, la que permite hurgar adentro y extraer un hilo, una trama, el discurso de lo posible perdiéndose en el discurso de lo que no lo es. Por eso esta fotografía de Hopper es tan hipnótica. Porque inventa donde no hay. Pura literatura. El amante de los Smiths (o cualquier atento y sensible memorialista de las portadas de los discos) recordará esta foto en un recopilatorio de la banda. Ahí es donde yo la vi por vez primera hace ya muchos años. No sabía que era de Hopper. Saberlo ha sido el regalo de hoy.

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17.1.11

El gordo contaba las historias como nadie


Una de las pocas certezas que manejo es la de no dar casi nada por sentado. Cree uno estar en posesión de la verdad y luego, vista la realidad, usados ciertos instrumentos para descerrajarla, se descubre que no la había. O incluso llegamos a la idea de que la verdad no es nada en lo que podamos confiar. Es mejor involucrarnos en la ficción. Pensar lo real como guonizado. Tener fe en lo fabulado. A veces he pensado en lo aburrida que sería la vida sin historias. Precisamos que nos narren. En la antigüedad, había un fervor por la palabra. Al principio, la palabra la tuteló la Iglesia. Ese rapto la hizo perdurar en una época en que gobernaba la barbarie. La literatura se arrogó la posibilidad de instruir. De instruir deleitando. En ese deleite, en el arrobo puro de la historia, el pueblo edifició sus mitos. Algunos rivalizaban con los forjados en los evangelios. Otros los secundaban. Ahora es la imagen la que conduce las historias. Nos hemos convertido en espectadores, hemos dejado de ser (en parte, afortunadamente) lectores. Contra la imagen no hay batalla posible. O la hay trabajosamente. El novelista lo es en la medida en que ha recibido una educación visual. Hay más referencias a John Ford que a Marcel Proust. Nada que objetar a ese viraje en las preferencias estéticas. Este es el tiempo del relativismo. Moral, estético, intelectual. Gana el ojo. Por ahí se abre paso, sin esfuerzo aparente, la fascinación por el arte. Seduce lo que vemos. Luego vestimos ese vértigo con palabra. Como muchas noches, una vez que se apoltrona uno en el sillón, pensé en qué hacer. Leer, ver cine. Ganó el séptimo arte. Me dejé llevar por la imagen. Al acostarme, mecido por los vapores del sueño, imbuído en una especie de placentera quimera, en ese instante en el que la conciencia se abisma en el sueño, me prometí leer esta noche. Como una expiación. Como si lavase alguna culpa. Es muy probable que a eso de las diez me deje caer en ese sillón y enchufe un DVD o tire de disco duro (ay qué maravilla de cacharro) y vea algo de Hitchcock. Sí, creo que esta noche toca Hitchcock. El gordo contaba las historias como nadie.


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16.1.11

Otra vez Rayuela


Leí Rayuela a trompicones, sospechando que le sobraban páginas o a mí me faltaba talento. Leí Rayuela por estricta recomendación académica. O la leí porque no podía seguir viviendo sin haberlo hecho. En esa edad los riesgos se miden en términos heróicos. El mío fue la monumental historia de Cortázar y todavía hoy me siento en deuda con aquel arrebato épico que me procuró placer como pocos libros han hecho en mi vida lectora. Recuerdo sentirme reconciliado con las letras y también con el mundo, recuerdo (esas cosas ya no me pasan) sentirme un poco mejor persona, más hospitalario, más sensible, más en sintonía con la bondad cósmica, cuando cerré el libro, aspiré aire y miré al infinito por la ventana, turbado todavía por la magia de Cortázar, hechizado, vencido, ganado a la causa del amor a la literatura. Confieso que la volví a leer años después y no sentí ninguna de esas íntimas revelaciones. Pero un secreto y eficaz mecanismo de defensa me impidió razonar las causas de ese déficit de entusiasmo y pasé página.
Esa primera vez la leí de corrido, a la manera clásica: empezar desde el principio y terminar en el famoso capítulo 56. El tablero de dirección ofrece una lectura más lúdica que entonces me pareció fascinante y ahora (veinte años después) me parece un laberinto. Hace mucho tiempo que he negado a mi ocio la lectura de novelas gruesas, espesas: prefiero perderme en breviarios. Será que no tengo el tiempo que tenía antes o será que mis vicios son ahora otros y me cuesta (segundo juramento) afrontar la lectura de mamotretos faraónicos. Ahora ando con Canetti y sus aforismos y estoy disfrutando una enormidad. Asuntos profundos pero embutidos en un formato leve.
Son ganas de hablar o son ganas de escribir, pero ahora son ganas de leer y acometo (tercera vez) la lectura de Rayuela. Iré a saltos, como quería Don Julio. Iré con la conciencia quemada por las lecturas anteriores: nadie baja dos veces al agua del mismo río, sentenció Heráclito. Ningún libro es el mismo nunca. Ningún verso. Ni siquiera uno lo es. Yo no soy el que era. Ni de cerca. El nuevo lector de esta Rayuela de 2.008 ha visto el 11-S, las tecnologías p2p, la victoria de España en un Mundial, la consagración urbi et orbi de David Bisbal, el abandono de todo tipo de fe en la bondad de las religiones y posee también convicciones de la que antes carecía: ser padre es un acto de responsabilidad fantástico, la educación de los jóvenes es clave en la acometida de una sociedad más justa y ecuánime, menos fanatizada por los idealismos totalitarios, más apasionada por las artes y por la belleza y por todo lo que conlleve algún tipo de apropiamiento cultural. Ser maestro tal vez condicione más cosas de las que uno sospecha en un principio. Supongo que todo eso tendrá alguna influencia en la nueva fascinación. Inevitablemente me acordaré de Rafael Roldán y de Auxiliadora Salido, de Luis Sánchez Corral, que nunca leyó mi página, y de Juan Luengo, de mis años en la Escuela de Magisterio en Córdoba y de los bares en donde, jubiloso, abría mi libro y devoraba peldaños de esa escalera formidable.Ahora no lo leeré en una mesa apartada, frente a algún ventanal, bebiendo café, escribiendo notas en una libretita, fumando distraídamente Chester. Leeré el tocho siendo otro. Siempre se es otro. Diariamente. Guardamos rasgos de lo que fuimos. Nos reservamos la facultad de ser un yo del ayer, uno fiable, reconocible por los demás, pero es falso.

15.1.11

Sex and drugs and rock and roll, oh yeah

I
Paradójicamente, todo lo que etiquetamos como obsceno en los demás puede, a conveniencia, resultar virtuoso en nosotros mismos. O bien al contrario. Depende de manejar la historia de un lado o de otro. En esto de someter el comportamiento ajeno al ojo propio hay siempre un hedor indiscreto a hipocresía. Última visión de la anomalía moral: nos causa estupor que una mujer dirija los mandos militares, pero vemos con absoluta normalidad que sean las mujeres (desde antaño) las que eduquen a nuestros hijos en las escuelas. Ya se sabe: en la antigüedad franquista (es decir, hace mil años) una mujer no podía ocupar puestos de responsabilidad en la banca o en las altas esferas de la empresa, pero sí que podía conducir la educación de los banqueros y los empresarios del futuro. Las letras españolas, en sus cargos académicos, tienen poca inclinación a aceptar mujeres. Lo hacen, lo pregonan, pero la chicha interna es que hay pocas y no parece que ese asunto vaya a cambiar en breve. La literatura, en España, como el brandy, como los toros o como el fútbol, parece que sigue siendo cosa de hombres. No hablo de los libros en los que las editoriales confían ni tampoco del gusto libresco del español que se gasta su dinero en el placer de leer: es ese búnker de endiosados que administran el español y es la forma en que controlan la cuota femenina. Más: el mundo religioso (salvo la monjita en su clausura y la catequista en sus comuniones) es de hombres. Es el espíritu macho el que gestiona la salvación del alma, la que intercede ante Dios para que no se descarríe. Será que si la mujer preside el culto y lo guía, el hombre, tentado por Satanás, caerá en pensamientos nefandos, tendrá deseos impuros y tendrá el corazón desbocado, en pecado, loco de lujuria.

II
Volví a ver anoche 20.000 leguas de viaje submarino, versión Richard Fleischer, 1.952, con Kirk Douglas, James Mason y un extrañamente normal Peter Lorre, alejado del turbio mequetrefe que el cine negro nos ha regalado esplendorosamente. Ha sido ver la película sobre la mítica novela de Jules Verne y tener claras algunas de las cosas que antes tenía por ingobernables por mi enclenque cerebro. El Capitán Nemo me ha parecido una especie de Obama inverso, un héroe deconstruído, una especie de mártir del pesimismo antropológico que ha decidido vivir en su Nautilus, bajo el mar, a salvo de la miseria y de la cochambre moral de sus convecinos terrestres, a pesar de que el tal Nemo podría salvarlos del quebranto que sufren. En un momento de la película, el capitán confiesa a uno de sus prisioneros (en este caso, el intelectual, el más ilustrado y humanista, el prestigioso biólogo marino Pierre Aronnax) que la raza humana dejará de ser mezquina, ruín y cainita cuando no exista el lucro y nada se reduzca al severo código del comercio, en el que todo se articula en torno a la ganancia o a la pérdida del dinero. Así que la cruzada, en el fondo, que desarrolla el abnegado emperador del submundo marino es contra el capitalismo, al que ahora sesudos hombres trajeados están reflotando, reformulando o reseteando en todas partes del mundo. Ninguna de las espontáneas combustiones de lucidez de las historiadas neuronas de los hombres de Estado planteará la defunción del sistema, la demolicióm completa del modo en que vivimos y de cómo hemos convertido la democracia en un juego de divisas consensuadas. Seguimos a bordo del desastre, pero vamos a coserle los rotos y a darle inyecciones de optimismo para que no termine muriendo por agotamiento, incapaz de cauterizar las heridas abiertas, parecen decir. El capitalismo será obsceno, o no será, parafraseando a Breton y su proclama a favor de la belleza.
El capitalismo será, en el fondo, una bestia políglota y un veneno detestable, pero en cuanto se hunde unos centímetros en el fango de nuestros despropósitos o se va desagüe abajo por nuestra incompetencia en su gestión acudimos al rescate y lo elevamos de nuevo a su posición de dominio. Y en estos casos sí que ahombramos ingenio y le dedicamos tiempo y fondos reservados y líderes. Sé que al final, en 20.000 leguas de viaje submarino, el personal del Nautilus se inmola y los prisioneros huyen en una barcaza...

Coda lúdica
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La macroeconomía es un calamar asesino, amables lectores: uno del tipo que se encarama a la cubierta del Nautilus doméstico y que pone en apuros la mística de Nemo, sus veladas de placer abisal mientras cachalotes retozones fatigan las aguas frente a sus ojos insensibles. Menos mal (ay) que el arponero Ned Land (veamos: un vividor, un superviviente, un mercenario del instinto puro) abrió las tripas de la bestia y le extirpó (permítanme: con saña) el corazón pendenciero.

14.1.11

Más ratas que libros


Ya debe haber más libros que ratas: lo leí en un artículo de un suplemento dominical. La frase me desagradó, pero no la he olvidado. El libro es un instrumento de belleza y de conocimiento, un prodigio entre los prodigios, aunque se le niega con frecuencia su dimensión exacta, su absoluta condición de objeto mágico, poseedor de atributos divinos y valedor de todos los progresos que ha facturado el hombre para su estancia en la tierra. Aunque hay más libros que ratas y, en consecuencia, más escritores que pulgas. Escribe todo el mundo y todavía hoy en día dura el tópico del poeta intoxicado por los efluvios del verbo rimado. Existe la creencia de que el poeta es un ser ajeno a los avatares del mundo, únicamente iluminado por la enjundia de su oficio. Así que debe haber más poetas que chinches. Nada más inútil que un escritor. Salvo las ratas.
A este blog lo mordisquean cientos de ellas cuando lo cierro. En las horas en que no estoy actualizándolo se confabulan para desconfigurar la plantilla. Anoche pillé a una deshaciendo una entrada a base de pequeñas incisiones. Debía ser una rata de casta superior porque las otras la miraban con recelo, con respeto, esperando que el apetito de su hermana mayor fuese saciado y algo del festín quedara para ellas. No dio tiempo. Abrí las tripas del blog y todas las ratas huyeron. No sé dónde se esconden. Tal vez en el disco duro de mi ordenador. Mi amigo K. leyó que las ratas poseen inteligencia. Que se mancomunan y dirimen qué hacer para perpetrar sus empresas. La mía es evitar que contaminen mis escritos. Lo consigo a duras penas. Ahora mismo noto un ruido en el panel central. Se están envalentonando. Blogs antiguos han sido pasto de su voracidad. Prefieren blogs como el mío: páginas sin vigilancia alguna, desprovistas de la seguridad que otras poseen. Ahí se recrean. Esto es sólo el principio. Bien mirado es mentira que haya más libros que ratas. Se los están comiendo. K. sostiene que así se ilustran. Las hay que componen sonetos. Los declaman en reuniones secretas. Por timidez todavía. Ratas enciclópedicas que se jactan se nombrar todos los Nobel de Medicina sin trabucar sílaba alguna. Ratas de un hondo pálpito poético que se turban al adentrarse en un soneto. Ratas, en fin, doctas, pulcras, algunas, dignas de cántico, habiendo otras insidiosas, delincuentes, hechas a malograr el trabajo de uno, a reventarlo, a conducirlo al vértigo mismo del fracaso. Estas palabras son una colaboración mutua.
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13.1.11

Yo no ardo


El Papa afirma que el purgatorio es un fuego interior. Cauto, sabedor de que un exceso de información aturde a la plebe, no ha añadido que el cielo también lo es. O el infierno. Quizá más extremosamente. El cielo y el infierno son territorios del alma. Uno los va moldeando en vida antes que no corra la sangre por las venas y el corazón deje de latir. El que cree se avitualla de mística y de esperanza y exhibe su convicción de que después de esta vida hay otra. Arguiñano, que es la antítesis gestual del Papa, entre fogones, cortando esto y lo otro, derramando aceites en sartenes y canturreando boleros, dijo que no le apetecía en absoluto pasar la eternidad en el cielo. Lo dijo en boca de un personaje de uno de sus chistes al que de pronto descubrimos entre nubes de algodón, limpio de culpa, liberado de la carga del pecado, brincando entre iguales, saludando con júbilo infantil. El infierno, en cambio, era áspero y era deliciosamente peligroso. Reclamaba el socarrón cocinero vasco (lo de cocinero es un añadido: Arguiñano es un showman total) la bondad de la intriga, la porción de desorden que todos en el fondo del alma deseamos para no aburrirnos en demasía. El cielo tiene que ser soso. La teología, a lo visto en estos arrebatos cartográficos de Su Santidad, está convirtiéndose en una materia de naturaleza voluble, que se acomoda con pasmosa facilidad a lo que los tiempos van exigiendo. Éstos son de relativismo, de confusión, de quebranto moral. Y en ese guiragay blasfemo y nihilista conviene de cuando en cuando sacar a la palestra pública estas topografías del pecado.
El cielo, el infierno y el purgatorio está en el corazón humano. El mío confiesa su absoluta falta de confianza en la necesidad de ser salvado. El infierno en la tierra no es el laicismo salvaje ni el espíritu descreído que parece amenazar los sólidos pilares de la Santa Iglesia. El infierno está en los teletipos de las agencias, en tres encapuchados berreando la paz, en el paro brutal, en la violencia doméstica, en la infracultura que galopa la tdt, en todas esas cosas que se alejan del sentido común, de la inteligencia, de la tolerancia, de un ideal universal de justicia que no tiene nada que ver con creer en un dios o en cinco al tiempo. No está el mundo para creer en el más allá: este acá está huérfano de optimismo. Pero claro, siempre habrá quien sostenga que está mal precisamente porque no se cree en que hay algo más. O que el quebranto extrae del hombre su más íntimo ser religioso. El purgatorio, de momento, a lo dicho por el Papa, no es un lugar: está dentro, es un fuego interior. Yo no ardo. Me consumo aquí en vida, ajeno al fuego interior salvo que esa llama invisible lo sea en un grado tan sutil y exquisito que mi sensibilidad (acunada en otros vicios, sembrada con otros abonos) no la ha traspasado. No me cierro, no me pongo terco en estos asuntos. Si el cielo, al menos, tuviese su intriga, su trama azarosa, pero me temo (hay indicios en los créditos del discurso evangélico) que en ese limpio paraíso sin aristas la vida (la no vida, en fin, como se llame) revestiria pocos encantos. Basta que una cortina de trompetas celestiales me invite con hipnótico ardor al festín de las almas más puras. Yo me dejo convencer con una facilidad pasmosa. En lo que es la metafísica no tengo todavía certidumbres durables.


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12.1.11

Jeff Buckley / Grace

(1966-1997)

Mi disco de estos días es Grace. Relevante, trágico, triste, solemne, maduro, jubiloso, melancólico, clásico, ácido, sensible, radiante, joven, limpio, adictivo, angustioso, metafísico, etílico, bohemio, catedralicio, poético. En las diez canciones de Grace están todas las octavas del alma humana. Como si el mismo Shakespeare mudara su piel de bardo celestial y se vistiera de rockero de los noventa, enchufara la guitarra y probara el micro mientras mira de reojo a la banda a la espera de que empiece el show. El de Buckley fue efímero: murió ahogado en un río de Memphis., el río Wolf, el río Lobo, como si fuese una película de Ford. De fondo, al parecer, sonaba Whole lotta love de Led Zeppelin. Antes de esa fuga prematura, Jeff Buckley hizo historia en la música del siglo XX con un solo y absolutamente formidable disco. Uno de esos que te acompañan toda la vida. No sé cuántos discos son así: fieles, inmarcesibles, izados al olimpo de las cosas perfectas a las que el tiempo no perturba. Un clásico debe ser justamento eso: algo ajeno al vínculo del tiempo, ligado de una forma espiritual a cualquier generación que acceda al conocimiento privado de su belleza. Grace posee esas cualidades en grado extremo: ejerce una trabazón emocional como pocos discos que yo haya escuchado logra. No hablo del mito del Buckley muerto trágicamente ni de la hipnosis del artista sacrificado prematuramente, expuesto a las frivolidades de la adoración ciega.


A Buckley se le adora por este disco, se le adora por la versión del clásico de Cohen (Hallelujah) a la que impregna de un halo de ternura y de desgarro absoluto, se le adora por una voz privilegiada como pocas (Antony Hegarty, Freddie Mercury) capaz de ascender limpiamente, sin aparente fractura, la escala y proporcionar texturas inéditas. Eso es Grace. Todo eso llevo escuchando los últimos días en casa, en las calles, yendo o volviendo del trabajo. Lo descubrí por azar. Conocía la obra de Tim Buckley, padre de Jeff, tenía incluso en cinta alguno de sus discos. Leí que el hijo tenía un disco maravilloso. Fue hace unos diez años. El azar siempre es el que ilumina las zonas oscuras. Me faltaba registrar el asombro. En el fondo escribir es un acto notarial: uno registra el asombro y lo rinde. Grace abastece de asombro hasta el desmayo acústico, permítanme el exceso verbal a estas tempranas horas de la mañana.
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7.1.11

Banal, tosco, hueco



El esfuerzo de pensar murió un poco a final del año pasado cuando los tiburones de las compañías se zamparon una pieza pequeña y poco rentable llamada CNN+. La engulleron sin pudor a sabiendas del agujero que iban a dejar en la fauna de un mar proceloso y a veces cainita llamado periodismo. El periodismo televisivo se llama también La Noria. Lo emite el tiburón que se ha zampado al pez y exhibe la distracción zafia de unos cuantos contertulios que se visten de serios y de entendidos y se limitan únicamente a ofrecer banalidad, carnaza visual, toda esa subcultura del esparcimiento que es, a lo que que parece, la que la sociedad requiere y la que santifica los estudios generales de medios. Burda, tosca, la televisión ha representado con absoluto desparpajo algo que sucede a diario en la calle: gana la diversión, pierde la instrucción. Y no es que uno deba sustituir al otro: basta con que convivan y haya en el espacio público (la televisión en cuestión) zonas en donde ambos alimenten a quien quiera hocicar en ellos. A mí en particular me ha dolido que la CNN ya no exista. No porque pasara horas delante de su bucle infinito: lo que verdaderamente lamento es la defunción de las tribunas. Que los oradores (esperemos que no sean charlatanes de feria, embaucadores, agresivos tahúres de barcaza) pierdan la batalla contra los bufones.
La sensibilidad queda un poco herida. Asuntos como este dan cuartel al morbo, alientan la mediocridad, reflejan el sesgo cínico de un mundo irremediablemente abocado a trivializarse sin freno. Una vez que hayamos instaurado del todo el imperio de lo trivial no hay vuelta atrás. No sabremos entender los mensajes elaborados, querremos pan y circo a tutiplén, exigiremos de nuestros gobernantes raciones masivas de cultura de bajo calado. La otra, la cultura de la razón, la del titánico esfuerzo por crear un mundo de ciudadanos libres, capaces, difícilmente manipulables, habrá muerto. Las escuelas no podrán combatir este veneno dulcísimo y gastarán el entusiasmo de los docentes en agotadoras jornadas pedagógicas que tendrán casi un único punto: la creación de una inquietud, la de pensar en libertad, la de buscar la distracción sin renunciar a la reflexión. ¿Para qué queremos ciudadanos reflexivos? Posiblemente para hacer de este mundo un lugar más feliz. Lo que ahora nos venden como bienestar, es decir, ese tropel de canales en la TDT y el universo inagotable de las redes sociales y de la web 2.0, no es nada más que relleno mediático. Hay tanto que no hay matices en lo que se ofrece.
Después de la muerte navideña de la CNN vendrán otras. No se trata de que la televisión llene de sesudos programas de debate en los que intelectuales muy amenos sean contratados para educar al vulgo. Tampoco de renunciar a una cuota razonable de mediocridad o de trivialidad. En lo trivial, en la expresión sencilla de lo más acendradamente popular, también hay dignidad y se puede hacer televisión popular sin caer en la vulgaridad y el impudor. Se trata de que no primen los otros, los banales, los huecos, los que no duran después en la memoria ni forman a quienes los ven. Eso de la formación intelectual no depende sólo de la familia (ay la familia) ni por supuesto de la escuela. Forman los medios. Se desatienden los problemas porque no poseemos el bagaje intelectual para discutirlos o se atienden mal porque hay asuntos que nos exceden y a los que no sabemos poner la semántica precisa, la que explique lo que pensamos y no lo que hemos escuchado en un debate y de pronto parece que es nuestro, que lo hemos pensado y verbalizado nosotros mismos. Así andamos. Confiando en que la televisión eduque y dando al futuro una población alfabetizada, pero carente de perspectiva, interesadamente arrojada a una vía estrecha, muy iluminada, ricamente adornada con golosinas visuales y hueca al final. De una oquedad peligrosa. Y puede que hasta los barómetros ésos de audiencia les den la razón a los tiburones y GH24, el subproducto destinado a cubrir el dial de la CNN, sea rentable. No lo dudo.
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6.1.11

La mitad que falta


La maison en petits cubes, Kunio Kato, 2.008





No sabemos qué va a pasar, pero tampoco sabemos que pasó. Se te cae una pipa al fondo de la memoria y cuando bajas a recuperarla te encuentras contigo mismo. Está también la posibilidad de que uno sea una mitad y al fondo de esa memoria, en el sótano, donde el agua ha invadido los muebles, esté la mitad que falta. Hace tiempo que no veo en doce minutos (ni en cien) una historia de tanta belleza y contada con tanta emoción. O al revés. Que la emoción guía la travesía y se llega a la belleza. Es un regalo de Reyes que no ha pasado por caja. Son los mejores. Busquen el código del youtube y manden el vídeo a sus amigos. Le querrán más. Yo lo encontré aquí, y soy feliz por eso. Ojalá nos regalen belleza siempre.
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Nicotiana tabacum / Prontuario con humo



I
Los indígenas americanos no pensaban en términos sanitarios: fumaban para procurarse placer y para conectarse con la divinidad. El tabaco se inhalaba, se masticaba, se inspiraba por la nariz y sus hojas servían en ancestrales ritos mágicos y religiosos. La magia es una especie de religión sin decodificar del todo. La costumbre reprobable de meterse humo en el cuerpo la introdujo Walter Raleigh en Inglaterra: fue decapitado con una pipa que se fabricó en Virginia y que manoseó febrilmente hasta que la cabeza dijo adiós al tronco. Rodrigo de Jerez, marino de la Santa María, puede ser el primer europeo que cayó en el vicio de fumar. No perdió la cabeza al modo en que lo hizo Raleigh, pero la iglesia lo encarceló por practicar algo pecaminoso e infernal. Molière, en su Don Juan, escrito en 1.665 hace decir a uno de sus personajes que nada es igual que el tabaco, es la pasión de la gente honesta; y quien vive sin tabaco, no es digno de vivir: no sólo alegra y purga los cerebros humanos, sino que instruye las almas en la virtud y se aprende con él a ser un hombre honesto. Urbano VIII, un antecesor de Zapatero, prohíbe el tabaco en el interior de los templos, excomulga a quienes lo hacen incluso afuera y hace que su guardia persiga a los que lo aspiran en las cercanías de las iglesias. La primera construcción industrial del mundo fue La Real Fábrica de Tabacos de Sevilla. Al finalizar el siglo XV el Estado funda la Institución del Estanco del Tabaco cuyo fin es la recaudación de impuestos por liar y fumar las hierbas americanas.
II
Oscar Wilde escribió: Un cigarrillo es el tipo perfecto de placer perfecto. Es exquisito, y nos deja insatisfecho. ¿Qué más se quiere?. Una de las mejores frases sobre el efecto del tabaco la regaló un predicador jesuita llamado Jakob Balde: una ebriedad seca. El humo es la peste moderna. Balde, de vivir ahora, constataría que el peso del humo puede más que todo el peso del paro porque el Estado, al menos este Estado, se obceca con más denodado ardor en las políticas prohibicionistas que en las creacionistas. Destruyen más que crean. Le dan a Wilde argumentos para escribir una obra maestra sobre el poder absolutista del Estado, aunque se vista de progresismo y de bienhechor de una (ilusoria) felicidad social.
III
El apestado moderno es el fumador, un individuo razonablemente pacífico, que no desea el cáncer a nadie salvo a sí mismo, que paga sus impuestos y compra en los estancos o en las máquinas el objeto nefando con todos los beneplácitos del sacrosanto dios del mercado y que, una vez abierta la cajetilla y encendido el perverso cigarrillo, pasa a ser pecador, delincuente, pervertido, todo lo malo elevado a una potencia escandalosa. Leí una vez, no sé dónde, que la vida es corta, fumes o no fumes. Lo malo, lo que no entra en la razón, es que lo lucrativo convive con lo prohibido y gane la caja del que amonesta a quien le compra. Hay una vehemencia casi enferma en satanizar al fumador y hay cruzados en plena calle que se arrogan el derecho a limpiar el aire. Valdría más que se abrieran otros frentes y tuvieran la misma cohesión social: imagino más rentable, en plan comunitario, en el orden normal de las cosas, vigilar que la televisión siga desatendida por parte de quienes mandan. Estaría bien que no se pusieran en marcha ciertas leyes de rango secundario hasta que otras de más perentorio cumplimiento no diesen visos de funcionar fiablemente. Se dispensa a la cadena de televisión de hacer estricta observancia de ciertos códigos éticos y no emitir en horario principal - digamos- programas en donde guayabos de planta apolínea se tiran los tejos y comercian con la carne, ofreciendo al infante limpio e inocente (sí, ése que no es conveniente que vea a los adultos fumar) un modo de comportarse, una manera de vivir, que roza la pornografía. Al menos un tipo de pornografía semántica, que es también un negocio y sobre él funcionan gran parte de los grandes medios de comunicación de masas. La masa, la que fuma y la que no, está siempre a expensas de los administradores de turno. Éstos de ahora se conjurametaron para construir una sociedad perfecta, pero marraron: no es posible el bienestar absoluto, no es ni siquiera necesario vivir en un mundo ideal en donde nada se extralimite y en donde ninguna circunstancia esté fuera del control de quienes las estabulan y las vigilan. André Gide murió cerca de los noventa sin dejar de fumar ni de escribir. Consignó: Escribir para mí es un acto complementario al placer de fumar. El que está envalentonado con esta nueva forma de vivir el tabaco (o de no vivirlo) podrá argumentar que fume cada cual en su ámbito privado. Y podemos extender ese razonamiento a otros territorios de lo social. Hay muchas cosas que hacen los demás que nos molestan. Algunas pasan de la molestia a la irritación. Una vez se está irritado hay un paso muy pequeño a la violencia. No una física, una gráficamente muscular, sino una violencia sintática, dialéctica. Que no es mala, al cabo, siempre que de ese conflicto de intereses surja una vereda por donde discurrir hasta que uno de los bandos admite el error de sus razones y abdique. En esto del tabaco se abdica con cierta dificultad. Uno cree que los bares son una especie de templo. En ellos nos desembarazamos de muchas de las máscaras que llevamos y nos sentimos confortablemente refugiados en un país prestado, en un limbo perfecto en el que todo está a nuestro servicio. Por eso duele especialmente que el fumador no pueda ejercer en ese reducto íntimo el placer que lo devora y por el que paga religiosamente lo que el Padre Estado desee marcar.
IV
La vida es placentera y es hermosa cuando nos hace aceptarla sin pensar en el reverso tenebroso, en la niebla que la corteja y que nos conduce (irremisiblemente) al abismo, al negro fin en donde ningún reloj marca las horas. Así que uno se inmola a capricho, se entrega con fruición al veneno con el que desea partir. Le asiste el mercado. Ya sabemos a esta altura del metraje de la película que el mercado es la religión moderna. Le rezamos, le ponemos velas, le pedimos que no nos asfixie en demasía y esperamos, en su gracia infinita, que el más allá sea siempre una vejez agradable, libre de cargas éticas excesivas, razonablemente bendecida en el saldo de la cuenta de ahorros. Lo demás es literatura. La de Thomas Mann, que sostiene en La montaña mágica que fumar es un placer sublime. La de Ramón María de Valle-Inclán, que cabalgaba sobre su pipa de kif y extraía del humo rosado el encendido verbo y la gracia socrática del ritmo de su corazón avinagrado. La de Jean Cocteau, obsesionado por el opio, comido de opio, convertido en un fumador convulso que prefería curarse de la inteligencia en vez de sanar en su vicio. La de Antonio Machado, que solía llenar hasta el colmo los ceniceros de los bares en donde tomaba su café pequeño y escribía sus versos.
V
Yo fumo pasiva, activa y accidentalmente. La culpa de esa adicción no la tuvo el humo en el cine. No fue gracia de ver a Rita Hayworth en Gilda sujetando el cigarrillo con esa rara perfección griega. Tampoco haber visto a Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses, una diosa decrépita que fumaba tabaco turco marca Abdullah. Ninguna ilusión fílmica liberó mi yo fumador escondido y lo alumbró al mundo. Fumé con ambición hasta que dejé de hacerlo con el mismo empeño. Volví a fumar esporádicamente y no he dejado de hacerlo en los últimos quince años. He fumado oyendo a Billie Holiday en un nirvana alucinatorio a las tres de la madrugada en bar provinciano y sencillo, cegado de humo, yo mismo convertido en un templo cerrado y perfecto. He fumado viendo portadas de jazz en el que los músicos a los que adoraba fumaban: Mingus, Monk, Reinhardt, Ellington, Baker, Gordon, Coltrane, Davis, Evans, Baker. Yo no podía tocar jazz pero podía emparentarme a ellos compartiendo un placer secreto. Quien desee relegar a Mingus a un plano secundario, diga Bogart, diga todo el bendito cine negro que no podría existir sin el humo que Raleigh trajo allende los mares, hace quinientos años, ya saben.
VI
El único cuento que Juan Carlos Onetti escribió sin fumar se llama El pozo. Lo escribió en una tarde, sin apenas retoques: lo hizo a modo de desahogo. En los años 30 se trasladó a Buenos Aires y estaba prohibida la venta de cigarrillos durante el fin de semana. El acopio de tabaco del viernes fue escaso y el hambre de humo alumbró el cuento. Durante años no concebí leer la prensa sin un buen paquete de tabaco cerca. Lo ideal, la conjunción perfecta, consistía en una barra de bar, un día de lluvia y un café humeante. A ser posible sin compañía. El cine siempre contribuyó a endiosar el tabaco. Pienso ahora en que sé para qué sirve el emboquillado contra la pitillera o, en su defecto, la mesa más a mano o incluso la esfera del reloj, que es lo que yo solía hacer en mis tiempos de fumador semiempedernido. Las volutas imperiales del tabaco han llenado escenas fantásticas de cine del alma, aunque después las autoridades adviertan que el cine puede matar y que la literatura de Juan Carlos Onetti debiera eliminarse de las estanterías porque contiene nicotina y el mismo Onetti, con su aspecto enclenque y enfermizo, parece también estar hecho de esa sustancia volátil, quebradiza, tóxica y lírica, según desee el amable lector hacer inclinar la balanza de los vicios.
VII
El humo es cinematográfico y la política de la corrección nunca se dejó engatusar por la estética. A los que administran los gustos y las fobias, la exacta cópula entre la prudencia y la estulticia, les va de maravilla en eso de manipular a la siempre cordera masa. Algunos fumaron porque Humphrey Bogart fumaba.
VIII
Y fumaban (o todavía fuman) Henry Miller, Rudyard Kipling, Joseph Conrad, Albert Camus, Gabriel García Márquez, James Joyce, Bertold Brecht, Orson Welles, Johnny Winter, John Wayne, Pancho Villa, Robert Louis Stevenson, Frank Sinatra, Ringo Starr, Man Ray, Keith Richards, Herman Melville, Dean Martin, Bob Marley, Charles Mingus, Pablo Neruda, Groucho Marx, Paul McCartney, Bob Dylan, Thomas Mann, Pablo Picasso, John Wayne, Sterling Hayden, Dirk Bogarde, Frank Zappa, Louis Armstrong, Peter Bogdanovich, Debra Winger, George Simenon, John Huston, Joaquín Sabina, John Ford, Django Reinhardt, Marx Ernst, Marlene Dietricht, Mae West, Josephine Baker, Honoré de Balzac, Rita Hayworth, Audrey Hepburn, Carl Gustav Jung, Joni Mitchell, Herbert Mancuse, Antonio Gala, Gloria Swanson, Carole Lombard, Guillermo Cabrera Infante, Pio Baroja, Camilo José Cela, Josep Pla, Alejo Carpentier, Max Aub, Russ Freeman, Greta Garbo, Dexter Gordon, Ava Gardner, Andre Gidé, Ramón Gómez de la Serna, Albert Einstein, Michael Caine, Freddie Mercury, Chet Baker, Peter Lorre, Jack London, John Fitzgerald Kennedy, Eugéne Ionescu, George Harrison, John Lennon, Miles Davis, Bette Davis, Sean Penn, Fernando Pessoa, Edgar Allan Poe, Cole Porter, Luis Cernuda, Mark Twain, Raymond Chandler, Bertrand Russell, Sigmund Freud, Sergio Pitol, Juan Marsé, Ángel González, Enrique Vila-Matas, José Manuel Caballero Bonald, John Coltrane, Bill Evans, Claudio Rodríguez, William Faulkner, Winston Churchill, Jorge Guillén, José Ortega y Gasset, María Zambrano, Dámaso Alonso, Antonio Machado, Pedro Salinas, Juan Benet, Terenci Moix, Jaime Gil de Biedma, Charlie Parker, Fidel Castro, Octavio Paz, William Somerset Maugham, Lord Byron, Oscar Wilde, Javier Cercas, Charles Baudelaire, Guillaume Apollinaire, Charles Bukowski, Luis Buñuel, Sean Connery, Julio Cortázar, Gary Cooper, Coco Chanel, Che Guevara, Marcelo Mastroianni...A todos los he visto fumar en alguna fotografía, en algún recorte de prensa, en televisión, en la pantalla. Quizá el atinado y amable lector tenga otros insigne comedores de humo. Holy smoke, lo dijo Cabrera Infante. Ah, y Charles Laughton, en Testigo de cargo, casi cometía asesinato por echarse un buen puro entre pecho y espalda a riesgo de irse a la tumba en la ventada. ..Pero ahora fumarían en casa, lejos de quien pueda verlos, apestados, delincuentes. Sólo queda que lo prohíban del todo: sería la única medida razonable. A la espera de ese suicidio financiero, el fumador es el afectado. La cartografía de su felicidad ha cambiado radicalmente. He visto hoy un bar de mi sacrosanto pueblo, uno por lo común atestado de vejetes alegremente despeñados en el fumeque, vacío de clientelea. Digo vacío. Estaba el dueño, a quien conozco, sentado frente a un inmenso televisor de plasma. Desde afuera se veía la imagen: uno de esos programas de televisión que azuzan al personal y crean conflictos más allá del espacio normal en donde los conflictos suceden. El pobre hombre, aburrido, limpio de humo, lloraba por dentro. No se veía, pero eran lágrimas. Pensaba, quizá, en las razones argüídas para izar este velamen prohibicionista ahora que arrecian tormentas y convendría más no botar barco alguno. Pero en esto, oh lector ya aturdido por tanta letra, hay tantas opiniones como dueños de pulmones. Los míos, que son de un fumador ocasional, están reclamando su porción de tertulia. Ya. Hoy estoy de un poco cívico subido. Qué le vamos a hacer.
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5.1.11

Abriendo un pecho que no es mío

Escribo en vez de leer. Leo en lugar de salir a pasear. Veo cine cuando podía tomar café en un bar. Leo en vez de escribir. Salgo a pasear en lugar e leer. Tomo café en un bar cuando podía ver cine. Los días son cortos. El tiempo no nos sacia. Uno persevera en sus vicios y la realidad ejerce el virtuoso plan que un dios rudimentario y caprichoso le encomendó en algún oscuro principio de los tiempos: incomodarnos, no servirnos, agazaparse en la sombra y darnos palos cuando menos lo esperamos. Soy trascendente, uno novicio, recién adiestrado en el abismo: tengo el ánimo metafísico, tengo planes nobles para mi alma, tengo la sensación de que soy único y de que estoy malgastando miserablemente el tiempo escribiendo cuando podía leer en lugar de estar paseando o viendo cine cuando podía estar tomando café en un bar, pero soy más feliz cuando dejo la metafísica y sencillamente me dejo vivir y no disimulo la felicidad absoluta de esa certeza. No estoy casi nunca absolutamente feliz con nada de lo que hago si me paro a pensar en qué estoy haciendo. Lo ideal, lo que he concluído que puede liberar mi poco satisfecha mente, es no pensar en que hacemos sino hacerlo. No escribir sabiendo que estamos escribiendo y razonando los motivos de la escritura. No leer sabiendo que leemos. Vivir un poco sin metafísica, aunque en el fondo todo se deje gobernar por la metafísica. Vivir como si fuesemos incapaces de hacer otra cosa. Como si vivir sin tramas subsidiarias, escasamente interesados en llegar adentro, en conocer quién mueve los hilos de esta trama, eso del dios que detrás de dios la trama empieza que hace tiempo me sabía de memoria y ahora, quién puede decirme las causas, ya no recuerdo. La sensibilidad es una especie de tormento. La inteligencia es una especie de tormento. En el caso de que yo sea sensible e inteligente, en ese modus operandi fácilmente desmontable, admito que alguna vez he disfrutado muchísimo la metafísica. He sentido un quebranto dulcísimo en el pecho. He hablado con algún dios sin que intermediara Rouco ni los evangelios de los libros de misa. He sido deliciosamente blasfemo al mirar al infinito y haberme sentido elegido para entender alguna brizna del argumento metafísico absoluto. Lo natural no es la metafísica: lo sencillo hubiese sido no escribir, no dejar constancia de nada para que luego pueda echárselo a uno en cara o para que los demás sepan cómo soy sin que yo tenga idea de cómo son ellos. Me gusta ese desorden moral: el ofrecerme, el darme, aunque como el tahúr enamorado de su manga sonría hacia adentro al pensar que escribir es siempre una impostura: que estoy abriendo un pecho que no es mío.
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3.1.11

Hemos visto mucha televisión

No será, pobres poetas, pésimos inventores, un Apocalipsis espectacular, una gran fiesta con fuegos artificiales místicos y revelaciones trascendentales, en un cielo digitalizado, sino una caída completa en la banalidad, un ocaso de la grandeza, un hundimiento total de la vida en su sentido moral y un eclipse de la inteligencia en las simas de la trivilialidad más absoluta y absorbente, como un programa de televisión eterno.

Juan Francisco Ferré, Providence


Coincido en que el fin del mundo tal y como lo conocemos (oh adorados REM, cómo echo en falta un disco de verdad) será como el que programa Ferré en su novela Providence. Un vaciado de lo que una vez fue noble y hermoso y culto en tarros vulgares en donde merodean las moscas. La forma en que el mundo hará clic y se cerrará en un espasmo cósmico no tiene nada que ver con el cine de Michael Bay: está más en sintonía con los reality show, con Belén Estebán ocupando la portada del suplemento dominical de El País, con el afecto que el capital le tiene a la mediocridad, con el abrazo pervertido con el que algunos medios sellan la fidelidad de los adolescentes y frenan la invasión de abrazos más limpios, con toda esa penosa evidencia de que están vendiendo mierda pero la visten con oropeles, le dan formato digital, la codifican con un carrusel hipnótico de golosinas que, una vez desencriptadas, saboreadas, masticadas y digeradas, son evacuadas con unánime ardor por todos los poros del cuerpo.
El hambre, la guerra, la sed y la peste, los cuatro jinetes del apocalipsis clásico, están al alcance: basta coger el mando a distancia. Hambre de arte, guerra contra la belleza, sed de metáforas (ay qué quemazón dejan dentro) y peste catódica atufando la sala de estar familia, en donde se reune la familia y subscribe el pacto tácito de silencio frente a la pantalla, consumiendo bazofia, dejándo que la intuición y la inteligencia y el asombro se atrofien, entren en un estado entre la catatonia y la estulticia pura y dura. Porque hay que dejar esto claro: la imagen inocula su toxina con pasmosa rapidez, se aloja en el córtex e invade la personalidad entera, dejando a observadores poco combativos, vaciados, complacientes. Y hasta la muerte en los telediarios la patrocina un sponsor. Lo decían Cadillac, un grupo de pop formidable, de los que ya no hacen, en los llorados (ay) ochenta: hemos visto mucha televisión.



1.1.11

Día primero

Comencemos este nuevo año en plan trotskista: la felicidad es un invento comercial. Quizá hace unas decadas, antes de la Segunda Guerra Mundial, fuera simplemente una emoción, un subidón de armonía vital y buen rollo, pero hoy es un placebo publicitario. Se me ocurre que comencemos el año reivindicando la tristeza y el desasosiego como amigos íntimos de la felicidad (precapitalista). La amargura de la lucidez como única compensación de quien desea ser feliz sin mediación del merchandising. Amen.


Ramón Besonías

Yo no he comenzado el año en plan trotskista. Ni siquiera he sentido un subidón distinto al que sentí hace una semana o en pleno agosto. El buen rollo no se si lo practico a entera satisfacción de quien me rodea. Procedo, no obstante, con cautela, con armonía, en la creencia de que vivimos en un mundo complicado y no conviene bajar las armas. Las mías son débiles, las mías son frágiles. Lo que uso para descerrajar todos esos obstáculos provienen casi siempre de los vicios privados a los que encomiendo la felicidad que deseo. La felicidad es un invento comercial: es posible. En este primera mañana de este enero gris en Córdoba, lluvioso, he salido a dar un pequeño paseo y he visto un chino abierto. No celebran año nuevo así que despachan ositos de peluche y pilas alcalinas con el entusiasmo íntegro, con los ojos despejados de sueño, sintiéndose los primeros en la línea de salida del mercado.
La tristeza, el desencanto: quizá valgan esos asideros para arrancar el año con un temple exótico. No tengo resaca: no bebí, no dancé, no hablé hasta por los codos, no fumé por todo lo que no lo haré en días venideros. Triste, desencantado: mirando el futuro como una fuente inmensa de inspiración, quizá. Triste y desencantado se crea mejor, eso lo tengo muy claro. En la alegría, en esa alegría que reclamaba anoche en el vértigo de las felicitaciones a los amigos, el numen está incapacitado. Le llamaré con frecuencia, le pediré instrucciones para escribir. Sé que no voy a dejar de hacerlo. Es la única patria en la que creo, es el único lugar en donde me siento a salvo de las inclemencias del corazón. Sí, el mío late y late con entusiasmo, pero lo acechan lobos. Escribir en este año recién despejado. Escribir como si no lo hubiese hecho jamás antes. El trotskismo de mi amigo Ramón lo dejó para el decenio que viene.

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