I
Uno siempre tiene una visión contaminada de sí mismo. La malogra la experiencia, la travesía de los años, la irrefutable convicción de que no tenemos nada más a mano y de que muy difícilmente habrá algo a lo que amemos más salvo (estoy completamente seguro) a los hijos. Dicen que para amar a los demás hay que empezar por uno. No tengo en eso duda alguna. Me quise ya de pequeño y ahí ando, a la chita callando, concediéndome los placeres que puedo y cuidando de que nada malo ni nada de lo que pueda arrepentirme me pase. Discreto en ocasiones, nada o muy poco sutil la mayoría, me manejo estupendamente en el oficio de no aburrirme y abro y cierro puertas según me conduzcan o no a donde sé que me voy a encontrar el placer primario, la esencia del asombro, el disfrute de lo que me apasiona.
No sé si me conozco porque las cosas van cambiando y lo que ahora se ataja y se domina mañana es una sustancia huidiza a la que apenas sabemos dar nombre. A pesar de toda este lecho de fragilidad con el que sirvo mi persona sé bastante de mí y se algo de los demás. La paradoja con la que me he levantado esta mañana es que no conozco casi nada al yo que escribe. Al que fabula. De ése no tengo información fiable. Incluso sospecho que es otro y que ahora mismo no tengo claro quién de los dos está a la vista. pero suele pasar que pierde mi parte rutinaria, la que va al pan y sale de paseo, la que se viste para ir al trabajo o guarda las cosas de la compra en la alacena. Gana el capitán Ahab a la caza de su bestia blanca. Gana el letraherido, el enviciado de historias, el que expresa su sencillo deseo de vivir de lo que escribe, aunque trabaje en lo que me gusta y de esa actividad pague los recibos habituales. Acepto que es un mal volunto de martes de navidad. Que la cabeza ociosa liba donde no debe. Que hay en el mundo asuntos que requieren atención de la buena y no este precipitado casi libidinoso de mi intelecto. Que cuando el demonio no tiene nada que hacer con el rato mata moscas.
No sé si me conozco porque las cosas van cambiando y lo que ahora se ataja y se domina mañana es una sustancia huidiza a la que apenas sabemos dar nombre. A pesar de toda este lecho de fragilidad con el que sirvo mi persona sé bastante de mí y se algo de los demás. La paradoja con la que me he levantado esta mañana es que no conozco casi nada al yo que escribe. Al que fabula. De ése no tengo información fiable. Incluso sospecho que es otro y que ahora mismo no tengo claro quién de los dos está a la vista. pero suele pasar que pierde mi parte rutinaria, la que va al pan y sale de paseo, la que se viste para ir al trabajo o guarda las cosas de la compra en la alacena. Gana el capitán Ahab a la caza de su bestia blanca. Gana el letraherido, el enviciado de historias, el que expresa su sencillo deseo de vivir de lo que escribe, aunque trabaje en lo que me gusta y de esa actividad pague los recibos habituales. Acepto que es un mal volunto de martes de navidad. Que la cabeza ociosa liba donde no debe. Que hay en el mundo asuntos que requieren atención de la buena y no este precipitado casi libidinoso de mi intelecto. Que cuando el demonio no tiene nada que hacer con el rato mata moscas.
II
En breve será dos mil los días en los que llevo anotando cosas en este dietario. No lo celebraré de ningún modo especial ni lo reseñaré a modo pomposo en la columna de la derecha de la página. Lo diré en el reservado de los amigos, en la barra de un bar, a quienes entran por aquí a diario y dejan su huella cuando les place. Quizá sea eso lo que extraigo de estos dos mil días de exposición pública, la posibilidad de darme y de que otros se den, la construcción de un libro compartido, aunque sea yo el que lo edite. Lo han escrito o lo escriben Álex, Ramón, Miguel, Felipe, Tomás, María, Joselu, Araceli, Francisco, Ana, Pedro, Mycroft, Juan, Miguel Ángel, Rafa, Isabel o mi padre, Pepe, que se pasa por aquí, en su ocio de jubilado feliz, todos los días a ver qué ha escrito su hijo. En ellos resido cuando salgo. Luego están los visitantes fortuitos, los que acuden un poco sin propósito, a los que agradezco la entrada y les pido que vuelvan, claro. Uno escribe para que lo lean. Se puede expresar más líricamente, pero no con esta contundencia. En esto de escribir hay mucho de que hablar o mucho que escribir. Metalingüística, ya ven. El espejo que devuelve la imagen sin explicar nada de lo que la imagen esconde.
El escritor es un pervertido. La suya, su perversión, es de tipo fantástico. Coge la realidad y la estruja. La asfixia. La estira. La endulza. La convierte en otra cosa. La pervierte. Una vez la realidad es otra cosa, en ese enseñarse que el escritor formula, es cuando se ofrece como verdaderamente es. Así al menos lo veo yo en los otros escritores, en los poetas de verdad, en los que hurgan en lo visible y llegan a lo que no lo es. Llevo dos mil días (y de esos días las más de las veces sus benditas noches) ofreciendo un cuerpo invisible que quizá se ve demasiado a las claras. Digamos que estoy en el escaparate, dejándome ver, pero no es realmente yo el que se ofrece. Es un yo enmascarado, uno que se ha arrogado la facultad de ser otro. Tal vez ser otro sea la única forma de ser uno mismo. Todo esto lo digo en voz alta y me lo voy pensando conforme lo voy escribiendo. Al ir dejando caer palabras, como piedrecitas por un camino, voy encontrando el camino. Dejen el comentario al cerrar la lectura del post, por favor. Debería contestar más rápidamente de lo que lo hago o con más ardor postal, pero a veces me falta tiempo. Lo he dicho muchas veces: no se puede vivir y escribir a la vez. Una cosa, en cierto sentido, estorba a la otra. Se complementan y se molestan. Se necesitan y se repelen. En ésas estoy. En ser Ahab a ratos. En saber que uno puede ser Ahab y perseguir ballenas blancas cuando le apetece. Están ahí. Las miro de noche y me miran.
El escritor es un pervertido. La suya, su perversión, es de tipo fantástico. Coge la realidad y la estruja. La asfixia. La estira. La endulza. La convierte en otra cosa. La pervierte. Una vez la realidad es otra cosa, en ese enseñarse que el escritor formula, es cuando se ofrece como verdaderamente es. Así al menos lo veo yo en los otros escritores, en los poetas de verdad, en los que hurgan en lo visible y llegan a lo que no lo es. Llevo dos mil días (y de esos días las más de las veces sus benditas noches) ofreciendo un cuerpo invisible que quizá se ve demasiado a las claras. Digamos que estoy en el escaparate, dejándome ver, pero no es realmente yo el que se ofrece. Es un yo enmascarado, uno que se ha arrogado la facultad de ser otro. Tal vez ser otro sea la única forma de ser uno mismo. Todo esto lo digo en voz alta y me lo voy pensando conforme lo voy escribiendo. Al ir dejando caer palabras, como piedrecitas por un camino, voy encontrando el camino. Dejen el comentario al cerrar la lectura del post, por favor. Debería contestar más rápidamente de lo que lo hago o con más ardor postal, pero a veces me falta tiempo. Lo he dicho muchas veces: no se puede vivir y escribir a la vez. Una cosa, en cierto sentido, estorba a la otra. Se complementan y se molestan. Se necesitan y se repelen. En ésas estoy. En ser Ahab a ratos. En saber que uno puede ser Ahab y perseguir ballenas blancas cuando le apetece. Están ahí. Las miro de noche y me miran.

3 Indicios de vida exterior:
La cabeza ociosa liba donde no debe, pero si no libara, quién leería estas reflexiones? Encantado de llegar por aquí de cuando en cuando, y leer tan a gusto.
Un saludo.
Felices pascuas, compañero.
Participo, lo seguiré haciendo, de tu libro escrito sobre la nada. Quedan miles de capítulos por escribir. Enhorabuena por completar el tercer escalón de una larga escalera.
2000 visitas. Hoy. Un abrazo.
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