14.12.11

Dar

Me gusta la emoción ancestral de los regalos, su capacidad de conmover, el espacio de promesas que preludian las cajas cerradas, envueltas en colores atractivos, ofrecidas con protocolo, mimo, afecto o amor puro, relucientes y pulcras, como al corriente de que nos esperan. Siempre pensé en que hay vida en los objetos. La hay de un modo precario, sutil, inapreciable, latiendo secretamente en una estantería, en un anaquel o en un cajón. La vida privada de los objetos es una extensión de la de sus dueños. Hasta entendería uno que el regalo en sí mismo, en sus adentros de sustancia sensible, considera al que lo acepta, evaluándolo, formándose una opinión de quien se va a convertir en su dueño.
Me gusta la parte orgánica de los regalos, su apresto de cosa viva, que narra sin que exista el concurso de una gramática. Al modo en que viven las fotografías, los regalos se transforman también en un instante en el tiempo, en uno de esos instantes extraídos de su  hábitat metafórico e instalados en otro, susceptible de lo más genuinamente humano. Luego está el hecho incontrovertible de que quien verdaderamente regala es quien ofrece el presente y no quien lo recibe. Estoy de acuerdo sin margen de duda. Esa certidumbre garantiza, caprichosa y casi voluptuosamente, momentos indescriptibles de esa felicidad que consiste en dar, en el sencillo acto de entregar una parte de nosotros, bien calculada y sentida. Porque el oficio de elegir qué regalar es sutil como pocos. Requiere destrezas que a menudo no se dominan. En el caso en que uno verdaderamente se plantee acertar con lo elegido y no el mero cumplir precisa también un conocimiento meticuloso del homenajeado. No basta, ya digo, saber cómo es y qué gustos tiene.
Pero lo complicado, lo que en muy raras ocasiones se acierta plenamente, es en regalarse uno a sí mismo. En la antojadiza voluntad de darse un pequeño homenaje privado. En salir. anoche,  a pasear con  los conciertos de Brandeburgo de Bach en la versión de Ron Carter susurrado a un volumen disciplinado en los auriculares. En comprar una cerveza exquisita, difícil de encontrar, y buscar un momento particularmente relevante para escanciarla en un copa honda e historiada. En ver cine negro en la hora en que todos duermen. En darse un atracón de Kind of blue. En tomar café en una terraza, leyendo la prensa, departiendo con amigos sobre lo mundano y sobre lo sublime. En recabar a la familia al completo y comer fuera de casa. En estar solo de cuando en cuando y sentirse uno hospitalario consigo mismo. Dar. Ya lo hemos dicho bien claro: darse. Ahí está el regalo primero, el que crea la posibilidad de que existan todos los demás.


7 comentarios:

Joselu dijo...

Cuando te escribo me pongo de fondo Kind of blue, o sea que imagina estas palabras torpes con el fondo de So what. Yo también me doy atracones de kind of blue, y me gusta más regalar que recibir regalos. De hecho me hacen muy pocos. Es difícil regalarme a mí. Sólo sé yo lo que ansía mi espíritu que suele ser remansos para ser, para pensar. alejándome de las controversias y la vida conflictiva y frenética. Estar solo es esencial. Y estar acompañado, pero lo uno y lo otro son solidarios.

Fex dijo...

No soy tan sibarita, pero ojalá lo fuese. Como tengo poco tiempo aprovecho al máximo, supongo que como cualquier con un poco de cabeza, lo que tengo, y selecciono mucho cómo reparto mi ocio. Leo poco para lo que me gusta, y escucho música en cascos también. No soy de Kind of blue, pero sé de qué habláis. Bueno, un buen post.

Francisco Machuca dijo...

Creo que fue Hemingway quien dijo que sólo es tuyo una cosa cuando la has dado.Hoy la gente da poco,muy poco,y creo que es porque hoy son las cosas quién posee a las personas.

Amigo,amigo,tenemos que encontrarnos.Tengo cosas que darte.

Rafa dijo...

Siempre nos regalamos a nosotros mismos aunque se de el regalo a otro. Es un aserto antiguo, que suscribo.
El mejor regalo que me he dado nunca no es material, sino ese que dices de pasear con música. Yo uso clásica. Hoy he recorrido mi pueblo con el piano de Chopin.

Rafa dijo...

Siempre nos regalamos a nosotros mismos aunque se de el regalo a otro. Es un aserto antiguo, que suscribo.
El mejor regalo que me he dado nunca no es material, sino ese que dices de pasear con música. Yo uso clásica. Hoy he recorrido mi pueblo con el piano de Chopin.

emilio calvo de mora dijo...

Me regalo Kind of blue con mucha frecuencia. El arranque solemnísimo de So what preludia ya un goce absoluto. Sabe uno lo que viene, lo conoce y disfruta de esa certeza. Decía Borges, ah mi Borges, que solo es nuestro lo que perdimos, Joselu. Estar solo es una maravilla poco apreciada a veces. Claro: uno tiene que tener un regreso, un billete de vuelta a los nuestros. En fin. Escribir, en cierto modo, es un viaje a uno mismo, a esa soledad buscada. Un abrazo.

Fex, todos somos sibaritas de alguna manera. No hacer falta ser de Kind of blue para saber que se siente cuando escuchas que la música que te eleva. Elevarse, eso es.

Borges, lo decía antes_ solo es nuestro lo que perdimos, lo que no tenemos. El asunto es que no se tenga porque se entrega. Entonces, Francisco, es más nuestro, es un regalo que se comparte. Para siempre. Amigo, amigo, tenemos que encontrarnos, es cierto. Tenemos cosas que decirnos. Un abrazo.

Rafa, el aserto es antiguo y es cierto. Pensé en él, en citarlo, al hacer el post. Un saludo. Ah, la clásica es Kind of blue también

Isabel Huete dijo...

Reconozco que no me interesan demasiado los regalos materiales, salvo que me pregunten qué quiero y entonces siempre escojo algo que me resulta útil, necesario. Las sorpresas me desconciertan porque casi nunca aciertan y me resulta espantoso tener que sonreír y decir que "me encanta" algo que yo nunca me compraría. En cambio, soy muy "regalera" y disfruto regalando, pensando siempre en el otro, intentando acertar para que no tenga que pensar eso que yo pienso, para que no se sienta frustrado. Es difícil este asunto de los regalos, lo considero casi un arte. Yo me regalo mucho, chorradas sin apenas valor pero que me entran por los ojos, siendo una excepción los libros y la música, con los que no se puede jugar a frivolizar. En todo caso a mí me gustan más los regalos de afecto: recibir una sonrisa inesperada, un beso inimaginado, unas palabras nunca dichas, una mirada fortuita, un respeto silencioso a mis silencios... Me encanta la soledad y, quizá, el mejor regalo que me pueden hacer es no interrumpirla. Evidentemente, esto último en las presentes fechas va a ser imposible.