3.10.11

Matar fuma, por supuesto

                                Quino

 I
La realidad sigue contrariándome. A lo mejor por eso el refugio de la ficción es cada vez más confortable. No hay traje que nos quede mejor ni ventana desde la que se vean mejores paisajes. El inconveniente es dejarnos embaucar en exceso y que después, a partir de la última línea de la novela o del pase glorioso de los títulos de crédito en una película, no deseemos en absoluto regresar a la realidad, que ha estado ahí a la espera, enfurruñada, obstinada en la empresa de dañarnos. Fumar mata, como dicen las cajetillas. (Mi amigo Paco dice que matar fuma). Vivir duele. Lo han escrito los poetas durantes siglos. Lo han contado los que cuentan los cuentos y lo han contado para que no haya forma de hacernos los ingenuos y decir que no sabíamos nada. La vida es como la cajetilla de tabaco con su aviso morturio a la espalda. Todas las horas hieren, la última mata. Y eso se escribió en época de los romanos, que eran por naturaleza vividores, incluso en el pesimismo de la filosofía y en el dramatismo de las guerras que los devastaron.

II
Los juegos de los niños son la ficción en los adultos. Una habitación llena de libros, de arriba a abajo, es como un cuarto de juguetes de un niño. Entrar en una librería es un placer absoluto para un buen lector. Está todo allí. Está el amor y también la tristeza. La lujuria. La intriga. La belleza. Está el corazón repartido entre miles de libros. La misma sensación, tal vez matizada según quién habla y de qué ha estado alimentándose durante todo su vida alma adentro, se puede sentir en un videoclub o en la sección de películas de unos grandes almacenes. Todo está también allí. Compartimentado. Secretamente dispuesto para que el espectador engolosinado pierda el sentido de la realidad y penetre en la ficción. En la fantasía. Donde todo es mentira. En ese juego fantástico. Vivir tal vez deba ser así: concebir el mundo como una librería asombrosa, encontrar una trama fascinante en la calle, en la conversación con los amigos, en el almuerzo con la familia, pero no nos entregamos en ocasiones con la misma hondura. Quizá pensemos que vivir no es un juego. Y lo es. En grado extremo.

8 comentarios:

Laura Camino dijo...

Me voy a fumar un cigarrillo para calmar mi ansia y para celebrar el post.
Es cierto, ficción igual a vida. Saludos.

Joselu dijo...

Sin embargo, mi impresión cuando entro ahora a una librería importante donde se exhiben miles y miles de libros en los aparadores y en las estanterías es la de perplejidad y confusión. ¿Qué significa aquel griterío de voces que se esconden entres los ejemplares y que me reclaman? Soy incapaz de llegar a todos, y, en el fondo, todos son prescindibles pues son incapaces de enfrentarse al mundo real. Hubo un tiempo en que se creyó que la literatura podía transformar la realidad, que era una arma revolucionaria, y ha habido obras muy significativas que han cambiado la forma de ver el mundo. Hoy tengo la impresión de que la literatura está desahuciada, que puede ser un juego potente para los que leen (he dejado de leer absorbido por la tecnología) pero que es perfectamente evitable. De hecho, mis alumnos la evitan con suma eficacia. Nada hay más inútil o desagradable, por los resultados que obtiene, que una clase de literatura.

La literatura ha muerto. Lo que no quiere decir que no haya todavía quienes no se han enterado y persisten en ella. Y se agradece.

Ramón Besonías dijo...

Estupenda viñeta la de Quino. Muy sugerente.

Respecto a tu elogio de la ficción con digna huida, patria virginal de los que no desean crecer, aunque sepan que a estas alturas afeitarse es una obligación, como trabajar y otras rutinas más, poco tengo que decir. Las palabras son un traje que necesariamente se ajusta al cuerpo de quien las escribe.

Anónimo dijo...

Librerías de viejo son las únicas que me entusiasman todavía; las demás, no me interesan. Compro por internet o directamente cargo en mi cuenta libros electrónicos, que en eso siempre fui moderno. El placer de leer los libros antiguos de Castalia o la colección histórica de poesía en Hiperión no la da ningún ereader, pero los tiempos a veces mandan.
Escribes con garra.


Luis Alfonso Martínez

Anónimo dijo...

Manolo:
Gran blog, grande y bueno.
Libros: me fascinan, me hacen sentir que cosas que no me hacen sentir otras cosas. Incluidas las personas a veces. Hasta los perros son más afectuosos que las personas. A veces. Pero los libros siempr están ahí. Son mis amigos. Me has dado de lleno en la fibra sensible. Estoy depresivo y libresco. Jeje...

Mercurius ter Maximus dijo...

Matar fuma... bien por Paco. En ese juego se esfuma la vida.
Saludos.

Fran Barrientos dijo...

Los adultos somos siempre niños, y la ficción nos mete en la piel del niño, como un pie que necesite calzarse con el zapato más cómodo para seguir andando. ¿Cuál es el zapato? El de la infancia, el zapato de las palabras libres y alegres. Gracias por el blog.

Emilio Calvo de Mora dijo...

La rutina es lo que nos hiere o nos mata directamente. De todas formas la novedad, el asombro, la ficción, no asegurando la vida eterna, producen la sensación de que somos eternos mientras vivimos, Laura. Fume a gusto.

La literatura es un juego, desahuciado o no. Siendo juego, funciona. Cambiar la realidad: no sé si es un cometido excesivo. En todo caso, Joselu, posee instrumentos para molestarla, para cear estados de inquietud en esa rutina de la que antes hablaba.
Leer es un placer. Ya está.
Quizá sólo deba ser eso.

El elogio de la ficción, Ramón: debería darse como capítulo en alguna asignatura del colegio. Un abrazo.

Luis, yo también soy de librería de viejo. Hay una en Córdoba, en la Plaza de la Corredera que me condujo al amor a los libros, más incluso que al amor a la literatura. Y es cierto lo que dices, en mi opinión. Los clásicos se leen en libro mejor que en tableta o en ereader. Es curioso, y cierto.

Se lo diré cuando lo vea. Matar fuma muchísimo más que otra cosa. En ese juego se esfuma todo. Mercurius. Gracias por entrar por aquí.

He escrito muchas veces ideas sobre la literatura como juego al modo en que funcionan los juegos de los niños. La ficción, con sus reglas, con sus criterios estrictos de negación de lo real... Sí, Fran. No sé qué zapato usar. El de la infancia está bien para un sábado por la mañana.