25.10.11

La pieza desnuda



Manet expuso El desayuno en la hierba en 1.863 en una sala subalterna, de rango menor en el galerismo parisino de entonces. La estricta moralidad de la época fue lo que animó al pintor a llevarla a cabo. El arte será convulso o no será, escribió en ese mismo París, mucho más tarde, Breton. La idea de que una mujer desnuda, despreocupada y liberal, compartiera una escena con unos señores trajeados no es indiferente a los tiempos en los que ahora vivimos. La militancia feminista, cierta parte de ella, en realidad, censura este tipo de uso del desnudo de la mujer en un mundo de hombres, como cantaba James Brown en sus tiempos. Cien más más tarde y unos miles de kilómetros más lejos, contemplamos la siguiente escena.


Marcel Duchamp y Eve Babitz posan para el fotógrafo Julian Wasser con motivo de una retrospectiva del ajedrecista, pintor y polemista Duchamp en el Museo de Arte de Pasadena en 1.963. Los cien años entre una imagen y otra (el cuadro de Manet y la fotografía de Wasser) no son una casualidad. Es un tributo, uno de esos guiños que el arte se ofrece a sí mismo, a beneficio del curioso o del entendido. La parafernlia del juego del ajedrez excluye la intervención de la líbido, pero Duchamp le ganó a la modelo Eve Babitz, veinte años entonces, amiga del director del museo y después novelista, las tres partidas que jugaron. Erotómano declarado, ajedrecista semiprofesional, Duchamp debió sentirse feliz hasta el desmayo al combinar esos dos vicios y hacerlos convivir en el mismo plano estético. No miraba al fotógrafo, ignoraba el registro, prefería centrarse en las piezas, en la torre homérica, en el oblicuo alfil y en el rey postrero. Era Duchamp hombre de firmes convicciones estéticas. Sabe que alguien fija los trazos en el tablero. Que su mano mueve las figuras, pero que otra mano, invisible y divina, quizá mueve la suya y la de la dama que se le enfrenta.





Mel D. Cole fotografía en 2.010 a Jesse Boykins III y a una de sus musas para la portada de un disco de rhythm and blues. A diferencia de la imagen de Wesser, Boykins III (no sabemos nada de los otros dos de la saga familiar) mira al fotógrafo y se despreocupa de la partida. La modelo, bien al contrario, se esmera en la jugada siguiente. Sospecho que el signo de los tiempos es la fascinación de la imagen misma. No importa la partida ni la presencia promiscua de la contrincante. Lo que verdaderamente le preocupa al señor Boykins II es que el fotógrafo registre ese momento grandioso que en modo alguno puede perderse como las lágrimas en la lluvia del replicante de Blade Runner, pobre, sin fotógrafo que registrara ese instante sublime. No quedan ya instantes sublimes. Todo se ajusta al criterio de quien hace el retrato. Es la apariencia, el simulacro puro, la certidumbre de que lo vivido, una vez que se registra, perdura y lo confirma en el inventario de todas las cosas que fueron y las cosas que serán. Es el individuo insensible al arte, pero consciente de las prebendas del arte. Ya lo dijo Warhol cuando lo de los cinco minutos de gloria. Eran cinco, creo. No creo que el tal Boykins III sepa de Borges ni puñetera falta que le hace. No es previsible, amable y paciente lector de esta historia rocambolesca donde las haya, uno sea tan poco políticamente correcto. Vaya como colofón icónico la figura inversa, el hombre despojado de sus ropajes y la mujer burguesamente investida con los suyos, el ajedrez convertido en una pieza de arte subversivo ya enteramente bosquejado en sus dos opciones sexuales. Queda a la imaginación particular la posibilidad de que los jugadores entablen la partida en igualdad de condiciones, desvestidos, a la manera en que le gustaba al excéntrico Duchamp.
























8 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

El arte bebiendo del arte. Además, con la debida polémica, porque el arte que no altera a algún polemista se convierte en lacayo de los consensos. Abrazos

Joselu dijo...

El arte será convulso o no será… Llevamos un siglo largo de convulsiones en el arte, tantas que se han convertido en una tradición más. Cuando Manet pinta su almuerzo desnudo tiene una capacidad de provocación extraordinaria a los buenos burgueses del París de 1863. Igual que cuando Alfred Jarry escribió Merdre en su pieza teatral mítica Ubu rey. Hoy la conmoción se convierte en alzar de ojos de los políticamente correctos (que somos todos aunque alardeemos de lo contrario) ante la provocación. La moral burguesa, tan atildada ella, generó una estela de provocaciones contra ella misma. La burguesía es la única clase que se ha rebelado contra sí misma. Los artistas intentan el más difícil todavía en un reto casi imposible. Ya nada hay que nos pueda conmocionar tras ver las imágenes de los últimos momentos de Gadafi, que, más que vejarlo lo exaltan ante la horda de salvajes que lo masacra. Mi hija pequeña veía ayer el telediario y no pude (o no quise) hurtarle esas imágenes de la desesperación del profeta libio. ¡Qué hay que nos pueda conmocionar más allá de diez segundos, si llega?

Marc Fresa dijo...

Malos tiempos para la creatividad a pesar de todo.

Ramón Besonías dijo...

Buena metáfora del arte contemporáneo: cambiar de ropaje los elementos sin variar el producto. Remake Art.

Jesús Garrido dijo...

Bueno yo no establecería esas mitades de las fotos, cómo recuerdo las vacaciones.

Emilio Calvo de Mora dijo...

Bien contado, José Luis. El arte será convulso o no será, dijo otro. El arte como instrumento (arma, si se desea) para remover cosas. Las cosas quietas. Las cosas muertas.

Todo lo que está lo suficientemente visto no asombra, escribió Vicente Aleixandre. Lo de Gadafi, Joselu, es una performance cruel, un hito en las imágenes irresponsables que se dinamitan en los medios. Importa el gesto, trasciende el hecho histórico, pero huelga la representación. Los diez segundos aturden ya.

Malos no son, Marc. Hay momentos gratos. Buenos no sé si lo son tampoco.

El mismo perro con collar distinto, reza el refrán. Remake art: pastiche, también. Bucle, dice un amigo mío, Ramón.

A gusto del consumidor, Jesús. El comprador /el que observa/ decide. ¿Lo de las vacaciones?

Alberto Granados dijo...

Llevo un rato buscando una foto de un partido de no sé qué deprote en que los chicos van en bolas y las chicas vestidas y tan formalitas. Por contrastar.
Lamentablemnte no lo he ecnocntrado.

AG

alex dijo...

La fotografía de Wasser, plagiada hasta la arcada hoy día, es más pura belleza que el elemento transgresor que la mayoría sigue viendo en ella. Es pura, como lo es el cuadro de Manet, sin renunciar al éxtasis que produce la comunión de lo carnal y lo intelectual. El orgasmatrón materializado. La masturbación que recibe uno de los personajes de "El Declive del Imperio Americano", mientras habla de historia y filosofía. En definitiva, la epifanía universal.