13.10.11

El plan gris

No está la tarde para escribir poemas. Me sale: El cuerpo es un cuerpo bastardo y el aire está enfermo en el aire. Eso he escrito: he cogido la hoja y la he hecho muchos pedazos. No tengo una trituradora de papel, pero debería. Se queda el poema o el proyecto de poema o el amago de poema en una realidad fragmentada hasta el desmayo físico. La literatura en su estado básico. El grado cero de la escritura que querían los sibaritas de la crítica. Bajo la mesa, debajo del teclado hp inalámbrico, tengo una papelera de los chinos. Allí están todas las palabras que no encontraron otras con las que aliarse. Hay días felices en los que no rompo nada y voy acumulando versos sueltos en una carpeta amarilla cuya ruta sé de memoria. Días en word en los que me sobreviene un afecto infinito por ciertos adjetivos o en donde me puedo tirar un par de horas buscando un verso. Hace años escribía sonetos. Creo que sobrevivió uno. Lo tengo arriba, en el trastero, en una carpeta azul con unos gomas elásticas. Está allí, en esa carpeta. No hay nada más. El soneto y la carpeta azul. En el trastero. Cuando llueve pienso en la soledad del trastero y la existencia fidelísima de la carpeta azul y del soneto dentro. El cuerpo es un cuerpo bastardo y el aire está enfermo en el aire. Tengo que buscar una carpeta. O abrir la azul y meter ahí la hoja manuscrita. Escribe uno porque quiere contarse algunas cosas y esta forma de hacerlo (el registro minucioso, el anotado pormenorizado, el inventario fiable) da una paz de espíritu que no se consigue leyendo la prensa, caminando por los caminos que circunvalan el pueblo o tomando cerveza con los amigos los viernes por la noche. Tiene uno la imprecisión habitual en lo que verdaderamente desea. Sólo es nuestro lo que perdimos (Borges dixit) y en ese plan gris hasta que le sale a uno un verso que no le incomoda o un cuento no excesivamente malo, pero incapaz de resistir dos correcciones. 

4 comentarios:

Ana María Lopera dijo...

He tirado tantos versos y tantos poemas enteros que no me extraña que a ti te afee el día un verso suelto, un versito, como dice mi amigo Luisma, muy de allí él, que no te deja respirar ni poder salir con los amigos a hablar de cosas. Cuando uno tiene una cosa en la cabeza, no la suelta, no le deja, no hay manera de regresar al oficio de la rutina, y planchar la ropa o ir al supermercado o trabajar como si tal cosa. Escribir es una putada.
Tú lo haces muy bien.

Miguel Cobo dijo...

No es un oficio el de poeta. El poeta ejerce de oficiante y en esa expectativa atisba una esperanza mientras se desespera: rompe y se rompe; goza y sufre (que es otra forma de gozar). Busca cerrar el círculo hasta lograr que sean sus propios versos los que lo escriban a él:

Donde no escribí nada
y mi voz sonó muda
fue allí donde la noche
se hizo página del tiempo
y se decanta
gota
a gota
con la lentitud de los planetas desorbitados
el océano de la sabiduría.


Sol y dar y dad, hermano

José Luis Martínez Clares dijo...

Las palabras que no encuentran aliadas mueren en soledad. Abrazos

Ramón Besonías dijo...

Escribir no deja de ser una forma singular de digestión. Depende de lo que comas, así te sale la faena. Hay días de estreñimiento semántico, otros de diarrea mental, y si la musa digestiva tiene a bien besarte en la boca, pues agradécelo. Y si no, pues a esperar toca. Los hay que escriben a diario y sin freno, por si la inspiración les pilla en el tajo. Otros, más vagos, se sientan a que un detalle les traiga a la memoria un verso fugitivo.

¡Hay genete pa' to'!, como diría el torero al filósofo.