25.9.11

Un vacío dulce



 I
Uno no siempre sabe dar la cara o no quiere darla. Está en ese pudor de no darse la antigua convicción de que no es bueno que lo conozcan a uno del todo. Que conviene reservarse, esconder lo que consideramos más nuestro. El escritor, por el hecho de serlo, suele fomentar en ocasiones la idea de que está ahí, expuesto, vulnerable, practicando una especie de nudismo moral, regalando al lector trozos de alma, evidencias de un corazón que late o de un alma que sale del pecho y vuela. El lector no tiene fotografía. Quiero decir que no se da al modo en que lo hace el que lo escribe. No tiene una fotografía reconocible. Ni siquiera una pasada por el photoshop en la que pueda decir he aquí mi cara, pero la he manipulado para que no me conozcáis del todo. El lector, incluso el buen lector, asume también sus riesgtos, pero ninguno es ése. Está bien el anonimato, el ingreso consentido en la casa ajena y el paseo moroso por las estancias, viendo dónde están los muebles, qué cuadros presiden las paredes, qué hay en el cajón de la mesita de noche.  Y luego está el vacío del que se reconoce como actor de una obra de teatro en la que apenas al conoce al público y del que ignora (en la mayoría de los casos) la reacción ante la trama. Un vacio dulce, al cabo. Uno convertido ya en rutina, en acto instalado en el rumiar silencioso de la sangre, en el vértigo y en la fiebre diaria de levantarse, acometer los trabajos ineludibles y querer uno a los suyos de la mejor manera que sabe. En mitad de todo esa travesía de accidentes ineludibles está la necesidad de escribir, vuelvo a repetir, el vicio de abrirse uno y compartir lo que lleva dentro. Será quizá por eso por lo que se escribe, en el fondo: por contar lo que no está a la vista y, en el cuento, en la restitución de ese argumento invisible, convertirse también uno en espectador, en lector, en el voyeur consentido que de pronto está en la platea, atento y goloso de novedades, esperando que algo relevante o hermoso o tierno salga del tiempo empleado en la representación. 

II
Anoche, al ver por segunda vez El árbol de la vida, pensé en el antiguo director de cine, el que ofrecía una autoría, un mensaje personal. Pensé en el director como escritor. Malick es un organismo externo a la industria cinematográfica. Ese anomalía de su perfil no le aúpa por encima de otros directores más integrados en el sistema. De hecho El árbol de la vida, de la que haré en breve un escrito doloroso y largo, en su chasis ambiguo, en su trama cósmica, teológica, panteísta, existencial, parece en ocasiones un libro, un libro de tomo escandalosamente gordo, de ésos que te producen un éxtasis rotundo nada más adquirirlo, pensando en las toneladas de placeres que tutelan sus páginas. Pero todavía no conozco ninguna obra monumental que no ofrezca un débil asomo de mediocridad. Quizá por eso amo el cuento, la sentencia, la cosa de menos envergadura pero idénticos propósitos. Mi amigo K., siempre tan atinado, dice que igual no podía hacerse esa película. Estoy deseando de tenerlo a mano y marear esa perdíz en una barra de bar, contentos de lúpulo y malta, convencidos de la mística y de la óptica.





7 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Mi querido amigo,me tocas en lo profundo.Los vasos comunicantes.La diferencia es que yo estoy más loco que tú y el otro día,andaba yo algo bajo y le escribí una carta a:
http://fmaesteban.blogspot.com/2011/09/carta-corto-maltes.html

Lo cierto es que me respondío y me sentí algo mejor.
El árbol de la vida,ay.Ya te comentaré en otro momento.

Un fuerte abrazo.

Miguel Cobo dijo...

Hubo un tiempo en que desechábamos las fotografías veladas. En la era digital hemos aprendido a reconocernos en ellas, a valorar el negativo como el verdadero espejo del alma. ¿Eso es cierto en nuestro caso? Tal vez este lector juegue con ventaja.
Hace unos días, El Roto dibujaba a dos cirujanos en plena faena se decían algo así como:
-Mira, el alma
-Tú sigue y calla

A fin de cuentas nuestros verdaderos retratos íntimos son hoy las radiografías, las ecografías, las resonancias magnéticas, los TAC...¡Y sus terribles o temidas verdades!

Abrazo, mon ami

Ramón Besonías dijo...

Tu foto revela la dislexia de la vida: el ser se revela en su reverso y la imagen real, la de color, es solo apariencia, cartón piedra, huida.

I'm not here, que diría Dylan.

Joselu dijo...

Supongo que has visto que he escrito -con menor fortuna literaria que tú- sobre la película de Malick. No sabes cómo desearías que participaras en el debate sobre la misma que he abierto en el blog. He invitado a participar a personas de ópticas y edades muy diferentes, algunos residentes en Estados Unidos. Sé que vas a escribir y que la has visto dos veces (como yo). Además estoy revisando toda su cinematografía. Estoy estos días sumergido en Malick. Por eso me atrevo a invitarte con enorme placer.

Un cordial saludo.

Emilio Calvo de Mora dijo...

Mi querido Paco, lo profundo es a veces epidérmico. Hay sensaciones que están a flor de piel, tan a lo raso, tan visibles, que es fácil llegar. Vasos que comunican , locuras que son menos. Leída con gusto tu carta al Corto y pasada a mi facebook para que vuele por ahí más todavía.
Que te vaya muy bien, amigo, mucho.

Estamos en lo que queremos estar, dicho de una forma críptica. Yo estoy velado, fantasmagorizado, envuelto en una cortina de capas a lo photoshop. Pero estoy también en lo que escribo, en lo que no es pixel, sino texto, linea, semántica, ya sabes. El verdadero retrato nunca existe.

Disléxico forever.
La imagen real dónde está, Ramón? Qué es real y qué impostado? Cuándo lo que se imposta, lo que impone a la realidad a modo de avatar o de alter ego o de alias vence al yo original, al ego que lo da todo y luego se queda en nada? En fin... Estoy perplejo, ya sabes.

Mal asunto ése de las fortunas literarias, Joselu. No hay quien dé una opinión que valga, que dure. Son pareceres, afortudanadamente. En lo otro, en la invitación a The tree of life, encantado. Llevo un rato pensando en cómo acometer ese empeño. La verdad es que hace tiempo que no escribo reseñas cinematográficas (hay más de 300 en mi blog) y esta película da juego, dan ganas de meterse en faena, pero hay algo que me frena. Una especie de pudor. No sé. Yo vi hace unas semanas, en agosto, bajo pinos, cerca de la playa, ay, Un nuevo mundo. La reví, quiero decir. Me gustó muchísimo más que la primera vez. Muchísimo más. Hablaremos de Malick. Un personaje, un hombre encerrado en sí mismo, un Kubrick, un Salinger, un Pynchon, un raro feliz.

Anónimo dijo...

yo no escribo, si es que esto es escribir, entonces sí escribo, pero no escribo literariamente, se entiende

no me agobia la escritura, tampoco la lectura

no me agobia la política ni el cine de Malick ni la liga de Mou

me agobia la banda ancha puta de vodafone que es una mierda

jajajajaja

(lo del vodafone es la pista definitiva... my amigo)


Eres mi crack favorito de entre todos los cracks favoritos


Abur messieur ( se escribirá así, digo yoooo)

alex dijo...

Ver dos veces consecutivas "El Árbol de la Vida" es un ejercicio de fe. Fe de la que carezco. Me enamoré del cine de Malick al ver "Malas Tierras" de adolescente. Tras el impasse que supuso "Días de Cielo", "La Delgada Línea Roja" y "El Nuevo Mundo" aumentaron exponencialmente mi querencia por un tipo muy cercano a mí, de esos que se exponen por completo aunque pocas veces exhiba su rostro y deteste las apariciones públicas. Su última película me agotó. Tan enfervorizado me presenté en la sala como alicaído la abandoné. Una hora final delicadamente hermosa no puede solapar el horror de una primera hora bravucona, que pretende dar a entender al mundo lo mucho que Malick tiene por ofrecer. Tanto que el origen del dolor y la compasión se remontan a los mismísimos orígenes de la evolución. Al final todo quedó confuso, entre unas emociones y otras contrapuestas. La vida, en eso Malick acierta, es confusa pero nunca, y en eso Malick se equivoca, explícita como su aterrador e infantiloide final.

Tu foto en negativo es una metáfora superior aplicada al texto.