
I
Narrar es hacer un palimpsesto absoluto. Narrar es transgredir, violentar a quien lee o a quien escucha, agredir a quien se presta a modificar su estado en el mundo. El que escribe también está violentándose, modificando un ánimo para conducirlo a otro. Leer es siempre un riesgo porque no se tiene la certidumbre de que se vaya a salir con el mismo apero sentimental o intelectual con el que se entró. Leer es hacer un palimpsesto inverso. Leer es ser transgredido, aceptar ser violentado, pedir esa dulce agresión que consiste en empezar una travesía siendo uno y saliendo siendo otro. Salir al día, mirar por la mañana el sol y pisar la acera es, a su modo, un ejercicio literario.
Narrar es hacer un palimpsesto absoluto. Narrar es transgredir, violentar a quien lee o a quien escucha, agredir a quien se presta a modificar su estado en el mundo. El que escribe también está violentándose, modificando un ánimo para conducirlo a otro. Leer es siempre un riesgo porque no se tiene la certidumbre de que se vaya a salir con el mismo apero sentimental o intelectual con el que se entró. Leer es hacer un palimpsesto inverso. Leer es ser transgredido, aceptar ser violentado, pedir esa dulce agresión que consiste en empezar una travesía siendo uno y saliendo siendo otro. Salir al día, mirar por la mañana el sol y pisar la acera es, a su modo, un ejercicio literario.
II
Visitando un nuevo centro de educación, qué mejor lugar para filosofar en clave doméstica, hablaba con un amigo sobre la importancia de educar en el hipertexto y caí en la cuenta de que la realidad funciona con idéntico chasis contextual que la red. Que vamos libando de aquí y de allá, abasteciéndonos de códigos, descerrajando lo real y habilitando un espacio nuevo, necesariamente hostil, en el que depositar el deseo de ir más allá. Porque, al fin y al cabo, todo se resume a esto: a querer saber más, a indagar, a compartir, a fundar un territorio en el que podamos reconocernos actores de una trama común. Narrar, en los tiempos en los que estamos, es proyectarse al mundo y sentir que esa proyección afecta de alguna forma toda proyección vecina. La otredad, la cercanía del prójimo: ése es el verdadero sentido de las cosas.
III
El blog, cualquier blog, este blog en concreto, es un instrumento, un modo fiable de representación en el escenario recién creado. Hay que repensar lo clásico y renunciar a hacer literaturas comparadas: leí anoche (nuevamente) a Góngora y me dormí en ese limbo perfecto de palabras que se engarzan y se abrazan y se pierden y vuelven luego a encontrarse para producirnos el asombro que quería Aleixandre. Bien: toda esa fascinación metalingüística, de orfebre infatigable del verbo, no es posible ahora. Pienso en la escritura actual y en cómo esquiva esas poéticas trascendentes, de altísimo voltaje semántico. Prima la experiencia, el lenguaje que se deriva de lo vivido, el sencillo discurrir de los acontecimientos poetizables, la cáscara liviana, el peso de lo light frente a la contundencia metafórica/cognitiva de esa otra poética ya condenada.
IV
Lo que ahora estamos viviendo es una revolución absoluta. Lecturas muy triviales de los acontecimientos recientes, todos alojados en el paradójico, democrático e invisible panel de las nuevas tecnologías, podrían desvirtuar el verdadero sentido de esta nueva cruzada post-teológica. A lo mejor el terror a lo nuevo viene de esa renuncia tácita a ver a Dios debajo de los hilos de la Red. La literatura cyberpunk abastece de suficientes argumentos como para tomar muy en serio esta trivialización de la religión como ortodoxia y el abrazo a eso que algunos han denominado new age y que consiste, muy sesgadamente escrito, en la creación de un nuevo depósito de esperanza mística o metafísica o transterrenal que no se base en metáforas ancestrales, en creaciones de otros que ya no están y sí, muy al contrario, en contenidos contemporáneos, nacidos hoy, contextualizables, convertibles (a poco que se piense) en un nuevo folclor digital, material de muy escaso volumen ideológico, que no precisa inmersión cultural sino algunas señas meramente mediáticas, los restos de la cultura fragmentada a la que no queremos apegarnos porque implica un gasto que no estamos dispuestos a hacer. Engolfa más el apetito sensible la caterva infame de golosinas pestilentes que adornan el escenario interesado del negocio: engolfa más Telecinco, engolfa más la tertulia rosa de avatares irrelevantes de gente aburrida que se cuenta y se recuenta las cicatrices de la vida, las inventadas, las ciertas, y va y las cuenta para que el espectador, el usuario doméstico arrebujadito en su butacón aséptico, contemple el sexo de la simplicidad. Engolfa la carne mostrada como mercancía, derramada y blasfema, sin vocación de trascendencia, pero he aquí, oh sonido de las monedas en el bolsillo, oh trasunto bursátil, que el negocio se nutre con estas sutilezas de lo precario.
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