24.7.11

Este azul

Poseo la habilidad de abstraerme y recluírme en mis cosas, en la creencia de que estoy bien abastecido de ficción como para esquivar el imperio de lo sensible, de lo que la realidad nos tiende a modo de reclamo. No sé si esta fuga conviene siempre. Sé que es fantástica cuando uno la busca de veras y la encuentra. No habiéndome aburrido casi nunca, no he sentido en ninguna ocasión pereza para abrir un libro, perderme en la historia de una película o acudir a quienes tengo a mano (los amados, los amigos, los allegados) para no sentir el pánico de no saber qué hacer. Dice hoy Caballero Bonald en El País que tiene la impresión de que la infancia ocurre en verano. La mía ocupa algunos veranos y algunos inviernos. Uno de los placeres más adictivos que existe es apoltronarse en un buen sillón (de orejas, mullido, hondo como el alma de un personaje de Macbeth) y sentir piernas arriba el cálido abrigo de un buen brasero. Si a este aliño sentimental le integramos un día de lluvia, uno de esos días grises, un día norteño, como dice mi amigo K., la sensación de no poder ser más feliz es indiscutible. Ahora, mientras escribo, observo un inconsciente cielo azul. El azul mágico de los azules primordiales, ese azul sin eventualidades que imagino uno eterno, como si ningún rastro de nube pudiese variarlo, modificar su entera perfección, ese inmutable atrezzo cromático que ahora me ilumina.
Observo tejados ocres, el mar a poca distancia, palmeras de verano puro, toda la consistencia impasible del día ofrecido como un don primario, pero el cerebro posee sus leyes internas y procede a su antojo, libando lo que le place, entrando y saliendo caprichosamente de mis vicios a sus vértigos, impidiendo (en todo caso) que se malogre la inocencia sobre la que construyo a diario mi estar en el mundo. El cerebro es un pobre iluso, en el fondo. Los billones de células nerviosas que soy me hacen sentirme un emperador de cuento. Dentro del cerebro, cabeza adentro, a ras de todos los secretos y de todas las revelaciones, el hombre es un dios. Y en alguna habitación sin amueblar, despejada de distracciones, guardo el azul del verano de la niñez, los paseos por un paseo marítimo a la caída de la tarde, recién abierto el mundo. Eso es a lo que se refiere Bonald. Probablemente el verano fija con más entusiasmo los azules y los verdes inagotables, pero ahora (qué quieren que les diga, soy caprichoso por naturaleza, no tengo orden, me lo dice mi mujer) pienso en mi infancia en la calle Jaén, en Córdoba, despertando un sábado por la mañana, abrigándome como debía y saliendo con mil juegos en la cabeza, sin pensar en la temperatura del cosmos, desprovisto de los argumentos disuasorios que después, en la edad adulta, arruinan tantas aventuras prodigiosas. Hay veces que no me aclaro, por supuesto. La memoria es un vértigo y una fiebre. Uno la domestica como puede, la adiestra para que no se haga perezosa y pierda fuelle, brío, la rutina formidable de volver a contar las cosas de vez en cuando. Escribo para que no se me pierda lo que amo. Busco las palabras para apuntalar la piel que habito, precioso título (por cierto) para la última película de Almodóvar. Confío en las palabras. Cuando me faltan, en el momento en que no acuden si las llamo, flaqueo, me pierdo en el azul impecable, en la abstracción sin propósito del universo considerado como un mapa de mi cerebro.

3 comentarios:

Rosa Luque dijo...

No te entiendo y te entiendo. Pensar en el frío pasando calor o viceversa, el caso no estar nunca contento con nada. Así somos. Yo me parezco un poco a ti en otros asuntos. Adoro mi casa cuando estoy fuera. Cuando estoy en ella solo se me ocurre "volar", buscar otros sitios, viajar, todas esas cosas. El azul es precioso. Un saludo

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

No me entiendo ni yo, Rosa. En ese no entenderse salen mejor las cosas. Improvisadas, valen el doble. Un saludo.

Rafa dijo...

Un poeta, siempre lo he sostenido, un poeta, Emilio. Déjate de prosas, dedícate a publicar en Hiperión y corta.