26.7.11

El viejo y la muerte


De Hemingway aprende uno a apreciar la concisión, ese ramalazo sin adorno de genio enfrentado a un mundo en el que sólo cuenta la épica, la furia, el músculo. Cuesta substraerse del personaje y entrar únicamente en el escritor. Los hay que construyen personajes de ficción de menor rango dramático o lírico o psicótico que ellos mismos. Gente por lo común afectada por dolencias que otros ni siquiera advierten. A Hemingway le afectó un padre suicida y una madre opresiva. No creo que se precise el concurso de estas circunstancias para forjar un escritor como Hemingway. Tampoco que haya que irse de este mundo después de haber paseado por el lado salvaje durante los días en que vivimos en él. El abismo siempre cobra su peaje. El de Hemingway no se palió con el reporterismo o por la literatura vivida a ras de sangre en la Cuba precastrista o en la España de la espantosa Guerra Civil. El veneno anduvo por ahí adentro hasta que el alzheimer galopante o los miles de daikiris, martinis, vodkas y whiskies terminaron de estragar el cuerpo de este estajanovista de la escritura, preocupado siempre por escribir mejor. Contaba que podría medirse en un ring de boxeo con ciertos escritores a los que admiraba, pero que había otros (Tolstoi, Chéjov) con los que no duraría ni un asalto. Todo lo medía en términos de músculo. La propia fiebre que le condujo a visitar como un peregrino los sanfermínes o que le hizo practicar la caza, la pesca en alta mar o sentirse como en casa en un frente bélico, sintiendo a diario la gloria y la infamia. Las batallas se producen siempre en el corazón, debió pensar. Por eso no pudo resistir (quién sabe) que el suyo se adormeciera o que la enfermedad le restase hombría, capacidad para afrontar el peligro, salir indemne de su influjo y sentarse en una buena mesa de madera, sacar su máquina de escribir y registrarlo todo. Se construyo a sí mismo por encima de lo que dejó escrito y selló al modo en que los escritores cierran sus tramas la vida que tanto amaba y que tanto le había entregado.
Anoche volví a leer algunos cuentos suyos. Me sentí defraudado en parte. No me estremecieron como antaño. Pensé en que hay tener cierta edad para dejarse apresar por la violencia de un escritor, por su magnetismo animal, marcado en frases lacerantes, en escondidos secretos que uno desvela a medida que se hace con los símbolos y con los trucos de la escritura. La de Hemingway era de un laconismo proverbial, de ése al que uno se afilia de más joven porque reconoce que el buen escritor (el de verdad, el mineral y el honesto) no se esfuerza en absoluto en lo que hace y lo deja ahí caído a beneficio de la parroquia habitual que espera la revelación de la dicha. Decía que me sentí defraudado en parte. También me pasó con Borges, con Cortázar, con Poe, con Lovecraft, con London. Con toda esa alta literatura que agarré al principio de todo y con la que me sentí en deuda eterna. Sigo estándolo. El que está sintiéndose un poco ya viejo y cansado tal vez sea yo mismo. No es una dolencia caprichosa, útil para cerrar este escrito: cambiamos conforme crecemos, no tenemos a veces nada que ver con un posible yo que fuimos, no está, desapareció en el combate desigual de los días. Vean a Ernesto amenazando al personal con la escopeta. Está escribiendo. En su cabeza está montando frases, hilvanando una trama, buscando un título para un cuento.

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9 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué bien te queda todo lo que haces, cabronazo.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Me queda flojo, amigo. Me queda íntimo para quienes entran ya con la sonrisa puesta. Gracias. Nos vemos en nada. Cerveza adjudicada.

Ana dijo...

No pasé del viejo y del mar y de un poquito de París era un fiesta. No he sido nunca un lector de los buenos, pero he querido conocer a todo los clásicos, quiero decir. Sí, una lectora del montón, pero estoy de acuerdo contigo conque Hemingway es más personaje que autor. Anoche precisamente hablaron de él y de sus visitas a España en la radio y me encantó. Casualidad leer hoy esto que has escrito, Emilio. Un saludo desde la costa, por fin... Por fin.

Me he traído dos libros. Stephen Kings (La cúpula) y Pérez Reverte (uno antiguo: La reina del sur). Ya ves, literatura de playa, no ?

Tomás Fdez. dijo...

No es santo de mi devoción el viejo violento. El viejo y el mar es un tostonazo. Se comió la vida y luego la vida le pasó factura. Los artistas no saben vivir, pero mueren estupendamente.

Francisco Machuca dijo...

Un texto grande,amigo,grande.No recuerdo en donde leí que papá Hemingway se voló la cabeza al darse cuenta que había perdido demasiado tiempo en posar en las fotografías de trincheras y otros rodeos taurinos,en vez de cuidar su literatura,que al fin y al cabo,es lo que queda.

También para tí un fuerte abrazo amigo y buen verano.

Rafa dijo...

De una actriz de Hollywood de pec hera abundante, dijo que ra la única mujer que al ducharse no se veía los pies. No me acuerdo cual, es normal.
No tengo remedio.

Juan Herrezuelo dijo...

Siempre preferí al poético Fitzgerald y al barroco Faulkner. Ese laconismo con el que Hemingway escondía nueve décimas partes de lo que quería decir le dejaba a merced de una mala traducción, como él mismo estaba a merced de su propio personaje. No le perdono, por cierto, el trato que le dispensó al bueno de Scott, que tanto le admiraba. En los tres, al cabo, horadó el alcohol túneles de decadencia, y él se pegó un tiro por las mismas razones que se lo pegó Juan Belmonte al año siguiente: porque después de bailar con el riesgo toda la vida se iba muriendo de vejez. Un abrazo.

Ramón Besonías dijo...

"No creo que se precise el concurso de estas circunstancias para forjar un escritor". Disiento en parte. Todo es personal en literatura, pese a que el estilo, el tema, la retórica, busque rutas intrincadas desde las que engañar a la memoria. Lo que sí es cierto es que no hace falta ser "maldito" para ser escritor. Aunque al Ernest le sienta bien ese traje mediático de escritor que crea ficciones como excusa para no pegarse un tiro, o ese otro de macho yanqui que relata la vida pulsando las pasiones que la mueven. No merece interés el corazón que no late, y fuerte, en una eterna fanfarria diástole-sístole.

el hijo de tm dijo...

Tengo la impresión de que la serpiente se mordía siempre la cola. El escritor necesitaba al personaje, y viceversa. Cuando el personaje se disipó, el hombre se metió un tiro. Ya está. Mucho alcohol, mucha fiesta, mucho riesgo, y luego, nada. Una vejez sedentaria, inaguantable. Pasa esto a mucha gente. Imagino.