20.6.11

Piel de hotel



Una habitación de hotel es a veces un mundo perfecto en sí mismo. Basta salir, recorrer el pasillo gris, ver a los otros inquilinos abrir o cerrar puertas, dejar las llaves en recepción o entrar en la pequeña cafetería de la planta baja con un par de bolsas o una maleta pequeña para advertir que el vértigo y la fiebre hacen guardia afuera y se cebarán contigo hasta noquearte, pero quizá sea mejor no disponer de mundo perfecto alguno. No saber en qué consiste la vida en clausura, la limpieza moral y física izada como un slogan orgánico, ofrecido a los demás como los ejércitos despliegan trincheras. Una habitación de hotel jamás tendría que ser un refugio, pero conozco pocos mejores. El caos convocado afuera refuerza la idea de que adentro no puede ocurrir nada malo. En el fondo la habitación de hotel es una extensión de quien la ocupa. Lo que asombra es que el cliente pueda ir de un hotel a otro y no sienta añoranza de esas pieles dejadas por el camino.

Uno puede habitarlas en la desdicha más absoluta y en la felicidad más visible. Puede amar un cuerpo y creer que en ese ayuntamiento de almas está de algún modo la razón por la que fuimos traídos a este mundo y desamarlo con el mismo entusiasmo, aceptando que ya no late el corazón como solía ni que el amor recorre las avenidas de la sangre como antaño. Puede incluso sucedernos que acojamos el bendito cobijo de una habitacióin de hotel porque no existe una casa que nos espere o porque, existiendo, no la sentimos propia y malvivimos en ella, huérfanos de la maravillosa sensación de haber encontrado nuestro lugar en el mundo; sensación que, por otra parte, yo he encontrado en un sillón de orejas que a a un ventana desde donde se ve mi calle y contemplo el ir y el venir de las personas y el avanzar utilitario de los coches.

A diferencia de la casa de uno, la habitación de hotel impregna de fantasmas la estancia. Ya la vida es una estancia de fantasmas. Vives y resides en donde otros vivieron y residieron. Amas lo que otros amaron. Lloras donde otros lloraron. Mueres sin que ese asunto trascendente sea relevante para el orden del cosmos y para la mecánica íntima de la vida en la tierra. En este sentido, las habitaciones de hotel son como reproducciones a una escala muy pequeña de la realidad que late afuera, pero sigo insistiendo en el hecho formidable que me ha hecho pensar en todo esto y es la encapsulación del tiempo, la sospecha de que el reloj se detiene y de que el tiempo, ese bicho cabrón, se mueve (sí, claro que se mueve) pero de otra manera. Ese prodigio justifica la existencia de los hoteles, la vida derramada en ese espacio bunkerizado en donde abandonas la maleta, te duchas, lees la prensa, descansas sin desvestir sobre la cama pulcra mientras la televisión emite información del exterior, fornicas, sueñas, hablas por teléfono a gente que está muy lejos y pasas resacas formidables, de las que merecen poema aparte.

No creo que exista tampoco mejor lugar para escribir que una habitación de hotel. Una mesa en un bar, apartada, discreta, que permita ver llover tal vez. Lo afirmo y lo defiendo con argumentos rebatibles, pero expuestos con tan amoroso ardor que nadie se preocupar en demasía de contradecirlos. Nunca he escrito páginas memorables y en casi ninguna ocasión he sentido que lo escrito estaba expresado de la forma en que debía ser expresado, sin que faltara o sobrara algo, sin que otro modo de volcarlo mejorase el mío. Pues si en alguna ocasión he sentido esa punzada de orgullo y de apasionamiento con lo trabajado ha sido en una habitación de hotel. En eso prefiero pensar en otros, en Cohen, en el Chelsea Hotel, en ese hombre sin patria o con muchas patrias como para tener que quedarse con una, en el embajador absoluto de los hoteles del mundo y de sus habitaciones íntimas, uterinas, perfectas

El cuadro, cómo no, es Hopper. Bendito él..

5 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

"Hotel, dulce hotel,
hogar, triste hogar,
estatuas de sal,
habitación con vistas a tu piel.

Tú sabes que en el purgatorio no hay
amor doméstico con muebles de skay,
no es que no quiera, es que no quiero querer,
echarle leña al fuego del hogar y el deber,
la llama que me quema cada vez que te veo
me dice que es absurdo programar el deseo,
al cabo de unos años estaríamos los dos
adultos y aburridos frente al televisor."

Otra canallada del gran Sabina, que me ha evocado tu genialidad de esta noche.

Anónimo dijo...

Hago de Miguel y subscribo lo que Miguel escribe. Me ha venido Sabina a la mente y los hoteles, no muchos, pero memorizados a fuego, en los que he estado. Hay una peli en la que sale John Malkovich en la que se vive en los hoteles y se reniega de tener un hogar fijo. Una forma de vivir, sin duda.
En los hoteles uno ama y llora y ríe... y paga. Esa es la parte luctuosa del asunto, pero a veces se paga bien a gusto porque ofrecen un servicio perfecto, perfecto y discreto.
gracias por la memoria...

Esteban Pozo Toledano

Ramón Besonías dijo...

Es un cuadro abierto. La protagonista, en paños menores, lee un pequeño libro, encorvada, sentada en la cama. El pelo bien peinado, como para ir de fiesta. Unas maletas en el suelo enmoquetado (quizá sea una habitción de hotel). Unos zapatos huérfanos. El gorro sobre la cómoda.

Ella está esperando, pero ¿qué?, ¿a qué?, ¿a quién? Como el Godot dramatúrgico, nunca lo sabremos. La espera se abre a una duda existencial, a nuestra propia condición humana.

Por cierto, me encanta este detalle del sol, inundando la nalga de la protagonista. El rostro aparece en penumbra. La identidad ausente, un cuerpo esperando no sé qué.

alex dijo...

Las habitaciones de hotel y el universo son lo mismo en escalas apenas diferenciadas. Son los pequeños gestos, como el compartir un ascensor, saludad a una camarera, recoger las llaves de recepción, husmear en la neverita repleta de pequeños tesoros por explorar, asomarte por una ventana para comprobar que el vértigo se mantiene vivo ahí fuera, son, como decía, los gestos que nos equiparan ante el orbe celeste. Se siente lo mismo con matices tan opuestos como el tamaño de la barba o el número de calzado. Sin embargo, te sientes diferente, como si estuvieses comentiendo alguna falta, al detener tu mundo mientras el del resto continúa su marcha. No se odia ni si ama igual en un hotel que en cualquier otra parte.

Alu dijo...

Me ha encantado, me trae tantos recuerdos buenos. Me pasaría horas mirando a ese cuadro y lo seguiría encontrando tan confortable. A eso llamo yo buen descubrimiento.
Un saludo.