14.6.11

Humbert zombi

Vladimir Nabokov es, en la memoria de un cinéfilo, James Mason, Mason arrebatado y sublime, al ver a Lolita en el jardín, coqueteando con el aire, convirtiendo a su personaje  Humbert Humbert en un zombi.
La literatura, la alta y la baja, están sembradas de zombis. En ocasiones incluso la gran literatura es un juguete en manos del cine. Una extensión un poco bizarra de sus más elementales signos.
Y queda la nínfula, la caprichosa mujer sin acabar a la que el azar dispuso la entera inteligencia del amante ciego y exquisito para manejarla a capricho y terminar por retorcerla y arrumbarla en el caos y en la más solitaria de las miserias.
Porque quizá la enseñanza más radical de la obra de Nabokov sea justamente ésa: el imperio absoluto del vicio sobre la tiranía del progreso y de la razón, la metástasis que sufre el alma y afecta progresivamente al cuerpo hasta que Lolita (dígase lo-li-ta) ocupa a Humbert Humbert por completo y lo programa para que se afirme en su sed y se esmere en su adicción impronunciable.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Mi historia con Lolita es sumamente particular;imagino que eso sucederá con muchos libros a mucha gente, pero la mía siempre se relacionó con sucesos luctuosos en mi familia. Es un libro, permítaseme, morboso. Y siempre que vuelvo a encontrarme con él, no al leerlo, sino al leer lo que otros opinan, como es tu caso, pienso en la muerte, en tonos grises, en la soledad de un hospital, en los pasillos largos esperando desenlaces terribles. No sé si es la lectura perfecta para esas ocasiones, pero la primera vez fue totalmente involuntaria. La segunda, más retorcida, sin duda, da para una novela que alguien escribirá. Yo no valgo para eso. Ni siquiera valgo para escribir comentarios. El sr. Calvo de Mora sabrá disculparme porque no he escrito nada sobre lo que ha hecho él mismo.

Matías Perálvarez

Ramón Besonías dijo...

Recuerda un tanto a Bogarde en "Muerte en Venecia". En ambos casos, quedan atrapados por el síndrome de Stendhal. Una belleza en su cenit que solo ellos son capaces de captar, pagando el precio de su deslumbramiento. LOs primeros en teorizar sobre este tipo de belleza fueron los griegos. Ese estado previo a la pubertad entendido como un advenimiento sublime en el que la crisálida no es ni capullo ni mariposa; la contemplación del nacimiento de una belleza virginal, inmaculada.

No le falta razón a Matías en observar que la muerte tiene mucho que ver en esto.

Gregorio M. López dijo...

Me parece un libro admirable, y una película menor.
Lo que Kubrick desdeña es el intimismo con el que Nabokov despacha la maquiavélica personalidad del viudo blanco que es Humbert Humbert.
¿Sabes? Hubo un tiempo de teatro cuando la universidad y todo lo que la universidad contrae (todo afortunadamente ido ya, en parte) y montamos un grupo llamado así, Humbert. Era en honor al pervertido de Nabokov. Hasta teníamos nuestra Lolita, una chica que no llegaba a la edad pertinente pero que nos traía a todos los adultos como locos. Locos más bien. No han pasado los recuerdos, están ahí en la memoria bien isntalados, pero los años sont erribles y ahora parece que nunca existió esa época de mi vida que tu post, admirable también, en serio, me ha hecho recordar. Por eso, gracias, Emilio. Un saludo.
Ah, he recomendado tu bitácora a unos amigos muy cinéfilos ellos. A mí la cinefilia se me queda muy muy muy ancha. Soy más lector, por eso aprecio la buena prosa como la tuya. Un saludo repetido.

Joselu dijo...

Humbert Humbert es uno de los personajes más complejos y sugerentes del universo Nabokov. Leí esta obra hace muchos años y la sugerí como lectura a algunas alumnas que quedaron fascinadas por la historia y todavía me la recuerdan muchos años después. Para mí es una de las historias más sórdidas y tristes que he leído jamás. Desde el momento en que se acaba el juego de seducción ¿imaginado? de Lolita y él, como padre, se hace cargo de ella, la recoge del colegio y se va a viajar a través de Estados Unidos, la novela se convierte en sombría, sucia como esos moteles baratos de carretera donde se alojan. No sé cuántas páginas al principio son deslumbrantes, divertidas, ágiles, y en ellas puedo entender a H.H. ante esa crisálida que dice Ramón Besonías. Es una obra que me produce dolor pero puedo entender a los que se han sentido seducidos por las nínfulas.

Conocí el caso de un japonés que por diversas circunstancias conoció a una familia catalana que tenía una hija de doce o trece años -bellísima, virginal, pura- y pidió permiso a la familia para fotografiarla sistemáticamente para captar ese momento que no tiene parangón, pero que parece avergonzar en este momento puritano que vivimos a los que lo sienten. Me sorprendió la actitud del japonés, no conocí a la muchacha, sólo oí la historia, pero entiendo lo que él pudo sentir, así como puedo comprender la mirada de H.H.

De igual manera entiendo que fue un miserable.

alex dijo...

Hace un par de días veía la funesta versión de Adrian Line en televisión y, charlando después sobre la novela, me di cuenta de que las posibles visiones de la fábula de Nabokov son infinitas y cada una de ellas igual de válida. Humbert es un monstruo, un héroe trágico, una víctima de fatalismo más naif, un indolente hedonísta, un adyecto sátiro y así indefinidamente. Tal vez sea esa indefinición, tal vez intencionada, el gran legado del escritor.