9.5.11

Volver a Bergman



Pienso en los entierros soportables en las películas de Bergman en donde los obispos no se exceden en las virtudes del muerto ni hacen peligrar la austera convocatoria de duelo sin plañideras. Nada que ver con la fiereza dominical de la parroquia latina, con la crudeza episcopal de aquí. Será el vértigo de la sangre, ese plus de entusiasmo vital con el que los pueblos del sur nos fajamos de la tragedia de vivir. Luego dicen que en Finlandia hay un índice de suicidios escandaloso, pero serán retiradas voluntarias muy discretas, fugas exentas de espectáculo. Un tomarse la vida sin la fiebre y el vértigo con el que aquí la jaleamos. Aquí abajo no azuzamos a diario la muerte contra la vida. Le damos al corazón pocos mimos, pero se establece un afecto a prueba de quebrantos y termina el carácter nuestro por imponerse a las circunstancias, cercándoles, convirtiéndolas en la parte previsible de la trama.

Ayer volví a ver Fresas salvajes. Me intrigaba verla con la perspectiva nueva que supone haberle perdido , en parte, el entusiasmo a Bergman. Debía ser otra la trama del profesor  a punto de recibir un merecido homenaje en su universidad que se sueña muerto en una ciudad despoblada. Lo relevante del cine de Bergman es que es nuevo en cada visionado. Hay matices que no se apreciaron. Gestos que pasaron desapercibidos. Isak Borg, el profesor de repente arrojado a su propia memoria, es un personaje épico. De una épica melancólica, ataviado con pequeños trozos de recuerdos que, a la luz del ahora, recompone y engarza hasta formar una imagen fiable, si es que es posible gobernar el pasado, de todo lo que ya no está. Al final de la travesia, cumplido el trayecto, sacado el DVD de la bandeja y comprobado que el corazón se remansaba y regresaba a su manso estado previo, volví a caer en la cuenta de las razones que hacen que uno se quiera de vez en cuando aislar de Bergman, retirarse voluntariamente del influjo de su cine metódico, limpio, hondo, relevante, puro y apabullantemente trascendente. Atrae el Bergman agnóstico, el que se cuestiona a Dios y no acepta que la muerte lo borre todo, el que dibuja la vida como un acto sencillo, de una mansedumbre hiperbólica, exenta de héroes y de villanos. Aturde ese emboscarse de bruces en la urdimbre del alma, comprender que se nos está vendiendo un instante en la eternidad. Porque una película de Bergman no termina jamás. Se amarra adentro, se adensa, se incorpora a esa red personalísima de nombres y de objetos, de ideas y de emociones que nos hace ser como somos. Pero con tiento, maestro, con tiento...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Larrea

No soporto el cine estatutario. Diez minutos de conversación. Dos con una imagen fija de un hombre pescando. Otros de un muerto en su cama, siendo velado por los suyos. No soy de Chuck Norris y ya no le tengo simpatía al cine de acción "trepidante" pero tampoco me lo paso bien y voy al cine a echar un rato bueno
viendo cine de BErgnman. Tengo que sentirme entretenido. y no lo consigue. Siento discrepar. Sé que soy un cazurro. Pero soy cazurro por inteŕes.

alex dijo...

Supongo que a todos nos ha llegado el silencio de Bergman del mismo modo que él siempre sintió de su lado el silencio de Dios. Sus películas enfrentan la muerte cara a cara, como si se tratase de una partida de ajedrez en un mundo que se viene abajo víctima de la peste. Fue su gran metáfora; la que le hizo inmortal (más inmortal). Aquí, en el sur, nos rebajamos para mirar a la muerte desde abajo. De ahí el pavor y la histeria, supongo.

Debo revisionar "Fresas Salvajes" un día de estos. La tengo al alcance de la mano en estos precisos momentos. Me bastaría colocarla en la bandeja del DVD para dejarme seducir por ella muchos años después... pero debo marcharme en media hora y esta noche toca terapia con "In Treatmen". Será, pronto espero. Tu posteo despertó viejos fantasmas nórdicos aletargados en mi memoria.