Por lo general, salvo alguna noble excepción, no suelo dejarme entusiasmar por las opiniones de los que escriben. Se les desmadeja el ego y saturan al incauto que, las más de las veces, únicamente acude a la llamada de su escritor para conocer a la persona detrás del autor. Las biografías me parecieron siempre literatura tan arrimadas a la realidad, de tan escaso afecto a la invención, es decir, a su primordial ingrediente, que no me llenan. Prefiero la realidad impostada de un bloguero al que no conozco que la realidad impuesta de un escritor al que admiro. Suele pasar incluso que me fatiga ese saber que no pido, ese acudir a la casa y husmear los dormitorios, saberme autorizado a abrir los cajones y mover las prendas íntimas buscando, más que objetos previsibles, alguno sorprendente, relevante, útil para fantasear con la posibilidad de entender mejor los libros de su dueño, la escritura que vierte. Nunca he sido fácilmente impresionable. Bien quisiera lo contrario. Abrir de cuajo la boca y permitir que la información recién adquirida modifique la información antigua, la de las historias urdidas por un señor del que no conozco absolutamente nada, excepto tal vez una cara, una adscripción a un movimiento literario o, a lo sumo, un contexto que me faculte para el disfrute completo de su obra. Las obsesiones de los escritores son parecidas a las de los lectores. El que lee, de un modo absolutamente mágico, es también un escritor. Uno inmóvil. El que nota el peso de las palabras en la cabeza. El que se siente conmovido o angustiado o violentado por el peso de las historias. Hay historias que no precisan un nombre detrás, una autoría. Esa literatura invisible es la que últimamente me interesa más. Tal vez en eso radique mi creciente interés por buscar blogs en la red y emboscarme en lo que otros como yo avanzan sobre lo que sienten. Yo mismo, influenciado por esta repentina inclinación casi arqueológica, he pensado de repente en cambiar el tono del blog. Hacer una especie de diario muy falso, muy verdadero, muy personal. Lo mentido, lo real y lo que resulta de mezclar esas dos texturas de la invención pueden producir textos interesantes. Iré viendo si alguno mío, una vez releído, me parece asunto volcado por otro. Como si no me perteneciera. Es más: ojalá consiga que todo esto que a diario entrego sea, en el fondo, un material ajeno. Una mentira dirigida. Por otra parte me cansa este hablar de mí continuamente. Cierto que no poseo a nadie más cerca ni del que tenga un conocimiento más exacto, pero esto, llevado a un extremo, no debe ser bueno. Perdonen si molesto.
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1 Indicios de vida exterior:
Me permito un comentario, que igual no te gusta: está bien, no es la primera vez, que hablas sobre la posibilidad de cerrar el blog o de dejar de escribir como lo haces, pero igual tienes un lector, uno solo, que espera todos los días un ecrito tuyo. Yo no tengo eso. No tengo ni valor para hacerme una bitácora y escribir pensando que habrá alguien, quién será, que se anime a buscar cositas de lo que pienso. Qué pienso yo? Naderías. Nada interesante. Escribes bien, y gusta leer lo que escribes, pero es verdad que a veces escribes para ti mismo. No sé si eso es bueno o es malo. A lo mejor ni una cosa... ni la otra. Como esto es tuyo y tuyo es el cortijo, contrata a los peones que quieras. Tú pagas.
Un (casi) rendido admirador
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