2.5.11

La méntula alada / Redux


El libertino Isaac Montenegro sedujo a tantas mozas y mozos que su miembro, con fama de enorme como regia fusta, se le descolgó una noche de su base y, rebotando muslo abajo, terminó en el suelo, junto a las zapatillas de paño con borlas y el gran escudo familiar, ése con un león rampante acometiendo el derribo, a fuerza de zarpazos, de las almenas de una fortaleza.
Como quiera que el sueño en Isaac Montenegro era de naturaleza pesada y convulsa, el estrago no le despertó, y el caño de sangre que manaba del tajo abierto le envió a otro sueño todavía más intenso y, a la postre, trágico. 
Fue la doncella Casandra Buenaventura quien, al llevarle, como cada mañana, el desayuno a la  cama, vio aquella cosa sanguinolenta en el suelo y una mancha roja, que rivalizaba con el estampado carmesí de la alfombra. 
El párroco de la villa, gran amigo de la familia, había hecho la solemne predicción de que el señor Montenegro fenecería por mor de sus muchos pecados, pero ni él mismo (hasta que vio su cadáver) tuvo exacta conciencia de la verdad de sus vaticinios.
Dios, que condena la concupiscencia y avisa sobre la debilidad de la carne, habría borrado de un solo gesto castigador el  instrumento de la infamia, la méntula monstruosa. 
Cuestión aparte, y Dios no se involucra en minucias, es que tras el miembro cercenado manase un caudal insoportable de sangre por el que, en torrente, fluya, en fuga, la vida.  
El miembro libertino de Isaac Montenegro fue recogido por Ignacio Buendía de modo que, tratándolo como lo hizo, con mimo y maneras, lo recuperó si no para el fornicio y el estipendio venereo, sí para la exhibición y la admiración pública. “La taxidermia consigue éstos y otros prodigios”, solía comentar a quienes le felicitaban por su trabajo.
El miembro puede todavía observarse en un cajita no mayor que un antebrazo y finamente revestida de un repujado costoso y muy agradable al tacto y a la vista. 
Circula el rumor de que hay noches en las que la méntula huye de su cautiverio y, sin concurso de otro  organismo, recorre, como espectro alado, las calles y, de rondón, preña mozas y mancilla honores de efebos de muy probada candidez, pues sabido es que no atendía el señor Montenegro a examinar si era varón o era hembra el destino final de sus fiebres.
En el cielo en donde su alma mora en la eternidad, manumitido de la esclavitud de la carne, el libertino Isaac Montenegro, privado del vigor de su méntula, ha consagrado sus días y sus noches (no sabemos muy bien si el reloj de las horas avanza igual en el paraíso que en este infierno de aquí abajo) a predicar entre los buenos de corazón la palabra del Señor y a ofrecer vivo arrepentimiento de los pecados que cometió en su estancia entre nosotros.

2 comentarios:

Ramón Besonías dijo...

La fama nos precede, pero su aliento planea con fuerza tras nuestra muerte. Que se lo digan al Cid. Hay hombres que incluso en vida fueron humo que el viento aleja; pero una vez que su figura deja de vagar por la tierra, se convierte para sus congéneres en genio y figura respetables. La muerte cotiza en bolsa.

Enhorabuena por su texto, Emilio.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Somos lo que hicimos, la obra que dejamos, los gestos que dimos, las palabras que dijimos, incluso las que no pronunciamos. Somos a veces todo eso y todo lo que no sabemos y los demás, más atentos, vigilan y anotan en su dietario de lo ajeno. Somos una parte indescifrabable de un todo incontrovertible. Somos polvo, somos nada, somos méntulas aladas o sin alar y somos humo también como bien dices. Humo noble, al cabo, pero humo en definitiva. Está el día gris y he estado con Bowie. Le he mandado una pieza. Escribí (reescribí el texto) con la ventana en lo gris y con Bowie en las orejas. Una mezcla explosiva,. Así salió lo que salió.
Abrazo grande.