24.5.11

James Ellroy, un perro rabioso



Dice Ellroy que es Dios el que ha modelado su carácter. Dios y ver cómo mataban a su madre y la fe inquebrantable en su talento literario. Usted aliña ese cóctel psicológico con unas briznas de Beethoven y un amor sobrenatural por su país, por América. Porque James Ellroy es justamente el escritor que dice América unas pocas de veces al día. Me lo imagino diciéndolo en ruedas de prensa, sobre todo, pero también con los amigos antiguos y con los amigos nuevos, en familia. 

La América de Ellroy es autoritaria y es también una América a la que han extirpado la inocencia. Dice de América que perdió su virginidad en el barco que trajo a todos los europeos. En el Mayflower ya estaba el germen de la destrucción, el ocaso de un imperio que estaba a punto de izarse sobre unos pocos de miles de kilómetros de tierra vacía de ideales. La nostalgia como técnica de mercado nos tiene enganchados a un pasado que no existió nunca. Ahí debe encajar Beethoven, el Beethoven que Ellroy pone a la altura de Dios a la hora de edificar su carácter, el que se desenreda en libros muy voluminosos que hablan de la fascinación por el crimen y de un deseo casi irracional por entender las razones de la debacle de una sociedad. 

De él mismo, de James Ellroy, cuenta muchas cosas: las dice en montones de sitios en la red, en archivos descargable en pdf localizables en cientos de blogs y de webs. Dice que no tiene televisión ni ordenador. Más en ese hilo medievalista: no compra prensa, no ha estado jamás a merced del posibilismo logarítmico de Google y sostiene que el cine es una pérdida miserable de tiempo.

Ignoro a qué acude para escribir o lo sé pero no lo acabo de entender del todo. Dónde se documenta. Igual todo está dentro de su cabeza. He llegado a pensar que Ellroy tiene dentro de su cerebro la identidad del magnicida de la calle Elm. No lo rebela porque ahí tiene material para una trilogía nueva. Los escritores que se manejan en plan trilogía no me encandilan. Se le hace a uno un mundo saber que hay tres mil páginas esperándolo. Como si uno no tuviera una esposa y dos hijos, un trabajo y amistades con las que echar cerveza en los bares los viernes por la noche. 

En cierto modo, James Ellroy está encantado de conocerse. Es un personaje fantástico que ni a él mismo se le ocurriría para meterlo en una de sus novelas. Un hijo de puta: eso admite ser. Uno del tipo que hace chistes sobre cebras folladas por leones. A partir de ahí se pone a funcionar el Ellroy carismático y sale un camarero de un hotel fastuoso en donde se aloja en el tour que la editorial le ha montado de costa a costa para promocionar sus libros. Le cuenta un chiste al camarero y registra la gracia que le ha hecho: América es la inocencia del camarero que no sabe nada del mundo y que está en manos de Ellroy para extraer gestos que ilustren la psicología de un personaje. Si no es así, ignoro de dónde saca el muchacho las tramas de sus tochos. 

No sé si me gusta Ellry o no. Llevo la mitad de América. Estoy disfrutando como un cochino asqueroso. De hecho escribo así en este escrito bloguero humildísimo porque la escritura del maestro me ha dejado mella. Escribo hoy como si hubiese nacido en el mismísimo centro de América. En Ohio. Como si me hubiese criado en los años cincuenta en Los Ángeles y acudiese cada noche a los cines de Santa Mónica y a los clubs de Hollywood para ver salir de coches gigantescos a  las diosas con las que sueño a diario. Me está saliendo la novela negra por las orejas. 

Tengo a Ellroy clavado en el cerebro como un tatuaje yanki que pesara cien kilos. Para escribir Underworld USA Trilogy (en inglés suena del carajo, lectores) dice haber contratado una decena de investigadores: son los que le traen la información. Es como si a Antonio Gamoneda se le ocurriera contratar a un par de cientos de adolescentes sensibles, de corazón puro y mirar cándido, para que le trajesen el rumor del invierno en el aire de Madrid, el ruido que hace el amor cuando atraviesa un cuerpo devastado por mil dolores muy diminutos.

Ellroy es patético. Su escritura induce a pensar en lo patético, promueve ideas que rondan el patetismo, se declaran patéticas. Hay fragmentos de América, de la parte de la novela que hasta ahora llevo y que me ha hecho detenerme, respirar hondo y abordar este post salvador y descompresivo, que me parecen más aburridos que malos. Pasa eso: que en el fondo, engancha, pero es una adicción que se diluye a los pocos cientos de páginas. Te desentiendes de los personajes, no tienes morbo por indagar en la vida de Bondurant, en los tejemanejes (no me dirán que tejemaneje no es una palabreja cien por cien Ellroy) del tabloide Hush-Hush, sí, lector cinéfilo, el que aparecía en L.A. Confidential, la cinta de Hanson, ésa en la que salía Russell Crow con cara de pitbull y una mala leche como una montaña de humo islandesa.

Ellroy es americano porque no podría ser de otro sitio. Es más: lo es a sabiendas de que haya nacido en los Estados Unidos. Se puede nacer en Ucrania y tener sangre americana en las venas. Se trata de haber mamado bien los pilares del cine negro y de tener, cabeza adentro, literatura negra y música negra. A falta de negritud, de cine o de libros, de música o de graffitis en las paredes del metro, uno puede ser americano por amar el country o ruido que hace el león de la Metro cuando empiezan las películas.

Creyente con militancia, profeso votante de derechas, se ha divorciado dos veces. Sé que esta manera de conducirme no contribuye a que lea América, la primera parte de la Underworld USA Trilogy, con más instrumentos. Uno lee novelas dotado de una experiencia. Haber leído unos pocos cientos de novelas, no sé si mil, hace que se lea la siguiente con un oficio. El mío no se deja intimidar por la personalidad de quien escribe. En raras ocasiones acudimos a la wikipedia para ver si fulanito ha estado casado dos veces, vota republicano o se le ha visto merodear a la salida de los colegios, buscando mocitas. Leo por el placer de que alguien me perturbe. Quizá votar republicano y tener inclinaciones sadomasoquistas, qué sé yo, pueda hacer de un escritor un escritor mejor. Yo, cuando escribo, suelo contaminarme del cine que veo, de las novelas que leo o de lo que se va aprendiendo al tener vida social y frecuentar barras de bar y colas en la charcutería de mi barrio. Hay un mundo ahí afuera y hay otro en las estanterías, en las baldas en las que alojamos los tesoros que vamos acumulando. Borges. Kavafis. Valente. Cortázar. Poe. Wharton. Highsmith. Chesterton. Melville. Stevenson. Góngora. Kundera. Canetti. García Márquez. Me falta voluntad para meter a Ellroy en esa listado mágico. Leer que es creyente a extremos (según expone en varias entrevistas) o que no comprende que alguien con cierta edad pueda ser de izquierda no altera mi idea principal: la monumental historia que nos entrega en América, su incontrovertible voluntad hagiográfica a la hora de extender una épica ciudadana, un querer voltear las apariencias y entrar con un par de buenas armas en lo íntimo, abriendo heridas, causando otras.

Dice Ellroy que ha pasado algunas horas entrando furtivamente en casas. Igual que ha pasado (literalmente) más de diez horas en bibliotecas, también ha pasado más de diez horas en casas ajenas, abriendo armarios, cajones, buscando ropa interior femenina. El placer consistía, más placer cuanto más clandestino es, en ponerse las prendas en la nariz y buscar el origen del cosmos en la limpia tela. Si ese vicio acrecienta el talento y hace que uno sea mejor escritor, yo no lo seré jamás. No sé entrar furtivamente en casas, pero podría valérmelas. Haber visto tanto cine ayuda siempre. Lo que no entra en mis cálculos, ni siquiera en los más salvajes, en los menos publicables, colarme en la intimidad de los vecinos, abrir cajones, darle a la nariz un papel primordial en la gestión de mis júbilos.

Addenda: Voy a dejar esto. Mejor sigo con mi tocho. Créanme si les digo que valen la pena los veintipocos euros. No sé si dos de los grandes. Aquí no gastamos ese lenguaje. Horas de asueto. Diversión a mansalva. Sangre vagabunda. Un placer a estas horas de la tarde.

7 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

A veces, desbordado por tu erudición como un votante del PSOE por el tsunami de la derrota en la noche electoral, descubres las amplias capas de ignorancia, las lagunas de analfabetismo que se esconden en mi atlas geográfico universal.
Menos mal que tengo a mano las glosas emilianenses para empezar desde el principio.
(Ahora entiendo tu ausencia, mon ami. Sigue leyendo y cuenta).

Emilio Calvo de Mora dijo...

El ignorante soy yo, no te pongas así, my friend. Palabrería, de la que me gusta, eso sí. Eso, al cabo, hay en estos escritillos de martes.

No sea ud. tan de esa forma, no lo sea, please.

Anónimo dijo...

Dos apuntes. El primero es sobre Ellroy. No he leido nada, y la verdad es que ganas me dan al leer esto. Su personaje es él mismo, creo ver en lo que expones. Luego está tu página. Está muy bien en este nuevo look. El negro cuesta algo más leerlo, pero es más elegante. Buen cambio, amigo.

Rafa

Anónimo dijo...

Nada. Como Miguel. Soy la analfabeta number two, Emilio. Ni L.A. confidential ni America ni nada de nada. Yo creo que necesito un paseo por la librería y comprar Babelia más de vez en cuando. Menos mal que te tenemos, Emilio. No, no es coña. Es que es así.


Una fan de verdad.

Sin coña, ya te digo.

Sí, de verdad.

Ana

Ramón Besonías dijo...

Ellroy es la América falocrática. El macho hecho a sí mismo. El imperio. Pero sin concesiones ni retórica, desafectada de patriotismo. El ser humano desnudo, en la selva urbana. Su pose recuerda un tanto a Hemingway. O a un Bukovski, pero sin melancolía ni talento poético.

Anónimo dijo...

Entro a lo del color. El negro, en fin, el negro...
Bueno, usted manda.


a

Francisco Machuca dijo...

Magnífico,amigo,y además lo cuentas un poco al estilo Ellroy.Ya sabemos que contra gustos...pero yo que soy un fanático de la literatura,te puedo decir que me gusta muchas cosas.No creo que esté reñido,por ejemplo,leer a Proust y que te guste y que no puedas leer a Ellroy.Es lo bueno que tienen los libros.yo me eduqué de niño leyendo de todo y desordenadamente,que és,al fin y al cabo,como de debería de comenzar.Leía a Verne y después pasaba sin ningún tipo de problema a Chandler o Carroll.Hoy,en el mundillo de los lectores se puede apreciar un cierto aspecto de pedantería.Empiezas a decir lo que te gusta,sin ningún pudor y te masacran.Por ejemplo,me gusta Estephen King,pero he leído también a Joyce.Me gusta la ciencia ficción,incluso el space ópera,pero también he leído a Borges,etc.
Un fuerte abrazo,amigo.