5.5.11

El camino de vuelta a casa / Redux

         
Volver a casa despacio, demorarse en los escaparates de zapatos, pero no nos interesan los zapatos, sólo atisbamos el color, la horma, el brillo, pero no el zapato, casi nunca el zapato, que no está, que nunca ha estado a fuerza de ver únicamente el color, la horma, el brillo. Así ese zapato invisible del escaparate, fijado en todos nuestros sentidos, nos escolta a casa, pero la casa no está, permanece la puerta, el armario para el abrigo en el hall, un pasillo que se antoja siempre excesivo a cuyo fatigado término no es posible encontrar ninguna habitación, pero allí están los libros, los discos. Charlie Parker y Milan Kundera esta noche. Vendrán Parker y Kundera y todas las eminencias que incluyan la letra "k" en su apellido.
Un lejano galope de caballos en la cabeza y la idea insoportable de que no va a haber nadie. Parker y Kundera tan sólo, pero ella se habría terminado por marchar como anunció en tantas ocasiones y ésta de ahora sería la definitiva. Él llevaba los folletos de la agencia bajo el brazo. Cancún. Los fiordos nórdicos. Praga. El circuito por el Egeo. Elige, vida mía. Éstas son las vacaciones que nunca hicimos.
El piso está muy solo. Los días son muy largos. La vida es muy triste, pero lo que se hace siempre más cuesta arriba es volver a casa y abrir la puerta para que no estés y no pueda contarte que vi unos perros con ojos color canela o una señora muy anciana que leía en voz alta versos de Baudelaire en la puerta de una sala de maquinitas. Rimbaud hubiese estado bien. No te voy a contar nada que no sepas. Incluso Gamoneda, mi amor, pero Gamoneda a veces es muy espeso. A ti te gusta más la poesía francesa del diecinueve. En francés, claro.
Yo no leo nunca. Yo sólo soy el que te cuenta las cosas. Los perros. Los versos. La música feliz del azar. Sé que no te has ido del todo. Ahí están los libros. La estantería cómplice de tu insomnio cuando hacía calor y no conciliabas el sueño. De verdad que me da lo mismo que no hables. Sí, ya sé que fue eso lo que nos alejó tanto. Yo tan hablador y tú tan en tus libros, pero no te debiste ir. 
Ahora los escaparates de las zapaterías de vuelta a casa son enormes. Me pierdo en la oferta de chanclas, en los carísimos modelos italianos. Me embobo en los parques, en las avenidas impecables del regreso. No hay luz que no registre mi atención. No hay discusión de enamorados. Todo para que luego me escuches. Cuando me escuchas, cierras los libros. No te has dado cuenta, pero es verdad. Cuando me miras y entiendes que voy a contarte algo, te quitas las gafas, metes el dedo en el libro y me miras como a mí me gusta que me mires. Entonces yo soy el libro. Soy el puñetero libro, mi amor.
Lástima que las historias duren lo que el paseo de vuelta a casa. Una pena que no haya sido yo más libresco. De haberlo sido tal vez no te hubieses marchado. Ahora que no estás, lo entiendo todo, lo veo todo más claro. Empezaré esta noche con Lovecraft. Mañana atacaré Azorín. Musil. Bécquer. Catulo. Como sé que te gusta mucho, no pasaré por alto Miguel Hernández. En alguno he de encontrar las claves que me faltan. En alguna página de algún libro de este salón están las palabras que debo pronunciar para hacer que vuelvas. O a lo mejor después de haber ocupado una vida en leerlo todo concluyo con que no me haces falta. No te quiero. No te amo. No vivo por ti. Ni muero.

3 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

Precioso. Lírico: "...hoy solo tengo ganas de arrancarme de cuajo el corazón y ponerlo debajo de un zapato." O, "...ya no la quiero, es cierto. Pero tal vez la quiero."

Quizá hoy habrías escrito: "...Soy el puto libro..."

Ramón Besonías dijo...

Le dijo don Alonao Quijano a su amada dama del Toboso.

Mucho me temo que lo del Quijote con Dulcinea no hubiese funcionado. Al caballero andante seguro que le habría entrado pronto la morriña de aventura o el vicio por la lectura.

Ficción y amor se necesitan, pero separadas. Cada cual con su quimera.

Joaquín Amaro Burgos dijo...

Hermosa, críptica, declaración de amor libresco, como bien dices. Qué hermosa palabra: libresco.
Yo vivo entre libros pero los miro con desafecto a veces y creo que no los valoro como debieran. Hoy empecé a leer otra vez a Nabokov, del que decías leer sus cuentos hace poco, lo vi en tu página, y me siento rejuvenecido, he encontrado otra vez al lector de hace veinte años, pued eser, que es cuando lo leí, allá en mi norte añorado, por primera vez.
No me voy por las ramas, que es mi especialidad.
Enhorabuena por la estupendísima página. La seguiré de cerca.
Por Nabokov, por el amor libresco, por esta pareja de tu cuento.