14.4.11

Todos los grillos creen en Dios



  A Juan Carlos Estepa, que lo escuchó en el bullicio de una feria (once more).
  A Miguel Cobo, obstinado en lo suyo, en sus vicios de letras, en su río de vida
(y sin conseguir ni siquiera hoy que escriba menos en mi blog).
  A Ana, de la que sólo sé que se deja caer por aquí con frecuencia y escribe lo primero que le viene en gana, sin pensar demasiado en nada. Ojalá otros aprediéramos.
  A K., que siempre escucha sin aparente cansancio todo lo que cuento y nunca me cuenta en detalle lo suyo.

En el año de gracia de 1.688 y en la muy noble y venerable ciudad de Toledo nace Vicente Jesús Sotomayor y Villamediana. Educado en la estricta observancia de la fe, devoto de misa y lector  precosísimo de vida de santos, procuraba no pisar el abundante número de grillos esparcidos como plaga en el patio de su casa. Por más que la sangre le pidiese una escabechina, atento a la mirada estricta del Altísimo, Vicente Jesús se reprimía y pensaba en el momento en que  Dios arrojó sobre el mundo a todos los santos grillos. Quién era él, también creación Suya, para arrebatarle la vida a las demás criaturas. Entendía que así , siendo cuidadoso y mirando por dónde pisaba, no incumplía ningún mandamiento ni  se ganaba la reprimenda de sus mayores.  Los grillos eran también obra del Señor y no existía motivo para contradecir el prodigio de sus actos.
A fuerza de esquivarlos, empecinado en girar el cuerpo y gobernar el paso, el niño Vicente Jesús tomó como  ábito involuntario y, a la postre, pernicioso, andar con una muy ligera inclinación del torso, en particular, que le obligaba, a su pesar, a dar unos saltitos ridículos alrededor de los insectos para desplazarse a conveniencia sin que el trayecto contrajese la muerte de ninguno de ellos.
El párroco, Don Ramiro Céspedes, le conminó a que anduviese sin esos torcimientos que le hacían parecer lo que no era y despertaban entre las malas lenguas del pueblo argumentos para rumores y razones para insultos. Trajo entonces Vicente Jesús al criterio del cura  la causa de su proceder y la creencia de que Dios le observaba sin reprobar ninguno de sus actos. El párroco, campechano en sus consejos, viejo y conocedor de los vericuetos del alma humana, vino a decirle que Dios no reparaba en minucias y que pisar un grillo o una manta de grillos no ofendía  su Obra ni escandalizaba a su Divinidad. Que todos somos hijos de Dios, pero que su amor no ha sido repartido proporcionadamente y hay hombres y hay conejos y grillos y hasta moscas que no tienen el mismo escalafón en la mirada atenta del Padre. Añadió que podía, en adelante, matar cuantos grillos le  viniesen en gana sin que esa inclinación homicida alentase forma alguna de pecado y que insistir en tan piadosa conducta hacia la turbamulta asquerosa de grillos de su patio devastaría quizá ya para siempre su espalda y terminaría jorobado o arrumbado en una silla sin moverse por mor de ese inquietante vicio.
Al día siguiente el patio de la casa del niño Vicente Jesús Sotomayor y Villamediana era un batiburrillo informe de alas y  caparazones negros, de cabezas perversamente machacadas y de ojos negros escorados hacia el imposible limbo de los grillos muertos. Como no todas las acciones que hacemos convencen por igual a todo el mundo, Vicente Jesús descubrió que aquella matanza novicia no era del agrado de su madre. No por la caridad  cristiana, que no faltaba, sino porque a la postre, cometida la fechoría, desarmado el ejército infame de  bichos, el patio quedaba hecho un desastre, un espectáculo baboso de cuerpecillos crujiendo en el silencio blando de la noche.
Así que Vicente Jesús, hijo obediente y recto, bueno por encima de egoísmo, regresó a su excéntrico paso y volvió a ser el Mesías de aquella algarabía de criaturas. El párroco, al tanto de la renovación de tan fea costumbre, le reprendió severamente. Durante un tiempo, Vicente anduvo en el frágil e incómodo lugar de no tener opinión propia así que su ingenio obró el milagro de dar con una solución que contentase a ambos. Quizá también al Señor, que todo lo ve y todo termina expuesto a su criterio. Grillo que matase, grillo que recogiese del suelo y guardase en una vasija ancha de barro que haría las veces de túmulo cóncavo de grillos inevitablemente sacrificados. Una vez que la vasija estuviese llena la arrojaría a la fértil tierra de Castilla. Como si de un enterramiento protocolario se tratase.
Este episodio juvenil, baladí y tal vez frívolo en el fondo, marcó indeleblemente el alma sensible de Vicente Jesús y treinta y poco años después, en las selvas del traidor Amazonas, siendo Capitán de un regimiento de Artilleros de su Majestad el Rey, acabaría  recordando los grillos del patio mientras se entregaba, varonil y heroico, a esquivar, con desigual fortuna, con saltitos torpes, los cuerpos ensangrentados, devastados por la pólvora y mutilados por la toledana espada, de la población indígena que alfombraba, como grillos, la tierra glauca de la selva.
Y el Señor Nuestro Dios, en su Gracia Infinita, le habló al capitán Sotomayor en sueños, pues así en ocasiones se manifiesta según tenía entendido. Indio que matase, indio que arrumbara en un carro y arrojase después a la fértil Amazonia, luego de bendecir  su alma impía, en algún remanso del río, a la sombra, a salvo (mayormente) de las inclemencias y los rigores de los dioses astros.





3 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

¿No iría en la expedición de Lope de Aguirre? Así estaban todos estos: "grillaos" (¿no acabaremos así nosotros?)
Divertidísima esta historia de la que soy copartícipe en su sutil dedicatoria.
¿Sabes? , no es ajena mi riografía a este asunto religioso de los grillos, aunque por otras razones más profanas. Mi abuelo Juan Manuel, el electricista, los capturaba y los encerraba en una lata, a modo de jaula (como si fueran canarios), para que nos "entretuvieran" al anochecer con su monótono cri-cri. Eso sí, no les faltaba nunca su hojita de lechuga. Los caminos del Señor son inescrutables: ya ves cuando se forjó mi afición a la música.

Merci beaucoup1, mon ami

Anónimo dijo...

Joder. Y ya mismo esquivando nazarenos en tu Córdoba. Lo siento. Perdón. Avanti tutto.

Rafa

Rafael Pérez León dijo...

Tú en quién crees?