26.4.11

Jabón / Redux

                       
                              A Auxy Salido, porque el borrador fue escrito en su casa y en veinte años no
                              ha cambiado mucho.

Florencio Giménez nació en una pompa de jabón. En  el momento de su alumbramiento, la madre hacía sus abluciones en el bidet de mármol rosa con grifería cuello de cisne comprado en Paris en su luna de miel. La tiritera que produce nacer en una pompa de jabón le regaló un catarro del que jamás logró recuperarse del todo. Cada estornudo arrojaba una pompita diminuta (y a gusto de las féminas, coquetona) de jabón y levantaba el asombro de quienes participaban del singular fenómeno. Cuando Florencio, a la temprana edad de doce años, tuvo su primera eyaculación, una pompa enorme de jabón lechoso, amasada una vida entera en la fontanería de su hombría, inundó el cuarto de baño, se estrelló contra el espejo y lo impregnó de una sustancia viscosa que, sin ser semen, tampoco era jabón. Una desmesurada misantropía, causada por las inclinaciones higiénicas de su madre y por el mal efecto que sus consecuencias tenían en quienes, absortos, las miraban, hizo que Florencio apenas saliese de casa. Se hizo a leer cuanto caía en sus manos: libros de antropología, de Derecho Romano, de Biología Molecular, de Historia del Arte Grecorromano, de Arte Mesopotámico.
Harto de leer, decidió un día escribir su propia historia. Antes tenía que comprobar si había, en el ancho mundo, en el ajeno trajín del capricho de Dios, un caso idéntico o similar al suyo. Días antes de que aquel catarro mal curado lo privara de una explicación racional vio un titular en una gacetilla amarillista que mamá solía comprar. Refería la existencia de un hombre ecuatoriano (o del Perú) que nació en el vaho del grito de su madre, cumplida ya, molesta por los rigores del esfuerzo y aterida por el intenso frío de la Cordillera de los Andes. La carta que le envió era un inventario prolijo de una vida. Su madre, consternada por el desenlace, depositó con mimo, con amor, la carta del peruano (o del ecuatoriano) sobre su mesita de noche. Una fina película de vaho impedía  que el sello (de unas montañas sobre un cielo blanquísimo) quedase fijo y mientras rumiaba sobre la pericia de la Estafeta de Correos –una carta así acaba con el sello caído y no hay emisor, destinatario o carta– miraba a su hijito, amortajado, quieto, serio en la caja. El destino es bicho cabrón, sentenció, circunspecta. El azar arruina una vida antes de que eche a andar. Dan ganas de mirar a Dios a la cara y pedirle cuentas por lo precario e infame de la trama. 

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

La cansina pompa de jaboncito resbalando en la misma punta del mundo me parece sublime imagen de una vida decadente, aprietas la pastilla y el jabón se te escurre y se marcha, veloz. Cuanto más aprietas, cuanto más abarcas, cuanto más quieres tenerlo y disfrutarlo, impregnarte, más huye, más en fuga se apresta. Me gusta definitivamente después de leer un buen escrito, si puedo, si me inspira lo leido, contestar y hacerlo con todo mi corazón. Este es el mío, ofrecido en palabras.
Suerte, expresión de fiereza.

Lourdes María Mata

Malena dijo...

El destino muchas veces juega sucio y no hay pompa de jabón que nos salve.