28.4.11

Hipocrás y palíndromos

            
                               A Luis Sánchez Corral, que
                               me dio clases de amor a la
                               Literatura. Ya no está.
                               A Juan Luengo, que siem-
                               pre hace fácil lo hermoso.
                               Maestros ambos.


Dábale arroz a la zorra el abad es un palíndromo, o sea, se lee tanto a diestra como a siniestra: sin pérdidas, sin alteración. Creo yo que hay en esta hermosa lengua nuestra, tan boscosa y fértil, pocos palíndromos, pero ahí está la zorra, imán de ociosos. Hay quien se emboba con estos hallazgos: quien consagra su talento o su versatilidad creativa en hurgar así la maraña del idioma. Llevo toda la mañana con el empeño (dignísimo, no me lleven la contraria) de dar con algún palíndromo nuevo: empresa baldía. Se me dio mejor aquel día en el que me propuse no pronunciar la “o” o ése otro en el que me prohibí tajantemente los adjetivos y entraba enla oficina, es un decir, yo soy maestro de escuela, con un desconcertante “días” que puso a un compañero de poco rizo imaginativo a mirarme con gana de mandarme a la santa mierda. Hay gente verdaderamente fascinada con estos juegos léxicos y se consagran a su revelación como quien predica el amor a la filatelia o quien fatiga las calles en busca de una señal que anuncie la gloriosa venida algún salvador de los cielos.                                           
Dudo que estos ejercicios vayan más allá de la frivolidad: no dejan de ser malabarismos semánticos y no dan tal vez otro beneficio que entretener el café con los amigos o publicar, a beneficio de bibliógrafos de lo inútil,  Los mil mejores palíndromos de la lengua castellana. Ignoro si el turco posee también estas excentricidades filológicas, pero no tengo ningún motivo para pensar lo contrario.
Manolo Villegas, mi amigo del alma, mi compañero de despacho, ya he dicho que soy maestro, se pierde en los diccionarios a la caza de vocablos raros. Tiene en casa miles de libros formidablemente instalados en anaqueles de grueso tomo. Posee rarísimos volúmenes sobre la Mecánica de los fluidos y novelas a lo Corín Tellado. Me dijo ayer si conocía el hipocrás. “Ni idea”, respondí. “Es una bebida de vino, canela y azúcar”, confirmó con cara de haber descubierto algún planeta y tener delante la plana mayor del Nacional Geographic. “Una sangría menguada”, apostillé. En adelante pediré hipocrás en los bares en lugar de té o de cerveza, bebidas excesivamente ligadas a una tradición que el lenguaje debe remozar. Manolo se ha obstinado ahora con los palíndromos. No duerme: le roba horas a los cuadrantes de la oficina. Abandona a la mitad las conversaciones ante la sospecha de que un palíndromo nuevo ande agazapado en lo que vamos diciendo. Yo soy feliz con mi hipocrás. Mañana me abstengo de pronunciar verbos en pasado.

6 comentarios:

Antonia Romero dijo...

¿Por qué hipocrás? Parecía que venía de hipócrita y nada qué ver. Lo de los palíndromos me da dolor de cabeza. Me niego a meterme en ellos que luego no se sale fácilmente.

Un saludo

Ramón Besonías dijo...

Je, je. Supongo que el uso del lenguaje como juego fue uno de los más primitivos. Decir algo más de lo que se desea, sugerir, exagerar, minimizar, aturdir con la palabra, danzar en plan derviche con el azote de letras, zigzageando a nuestro alrededor. Después del juego llegó el logo, la idea, la univocidad de significado. El fin del arte, el fin del juego.

Gracias por recordarnos que hay que danzar. Bailemos pues.

Miguel Cobo dijo...

En tu oficina, que es (como lo fue la mía) un aula (para algunos, una jaula), funcionan los palíndromos y otros juegos malabares como una flauta en Hamelín, siendo nosotros los flautistas. Su naturaleza lúdica es inherente a su virtualidad motivadora y a su funcionalidad didáctica. Jugar con las palabras es dotarlas de una extensión recreativa, más allá de su dimensión utilitaria, comunicativa. Hay por tanto en ello creatividad, o sea, literatura. Aunque los palíndromos no son mi especialidad, admiro las interpretaciones humorísticas derivadas de su lectura. En el de la zorra y el abad, yo me imagino a un clérigo del Decamerón invitando a la "zorra" a una paella valenciana, antes de mostrarle las "bondades" de introducir al diablo-priápico en el infierno-uterino.
Yo me decanto por los acrósticos y sus mensajes cifrados (creo recordar alguno, reciente, de Vargas Llosa ).Hago sonetos acrósticos con los nombres de los compañeros que se jubilan, a modo de homenaje.Pero de todos los juegos verbales que conozco, mi preferido es esta serie de calambures del poeta mexicano de Xavier Villaurrutia:

Y mi voz que madura
y mi voz quema dura
Y mi voz quemadura
Y mi bosque madura.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Enredarse en las palabras es un ejercicio sano al que cuando puedo acudo. Hipocrás a mí, en cambio, antes de saber lo que era, se me antojaba un jarabe, un lilimento, algo así.
Un saludo, Antonia.

No tenemos los adultos quizá las facilidades para el juego que tuvimos. Por eso acudimos a esto. Liberarse. Dejarse. Fugarse. Encontrarse. Bailar, sí. Es posible, Ramón.

He practicado poco en el aula estos asuntos. Los limericks ingleses sí que me son más cercanos. No he podido, desgracía mía, dar toda la lengua y la literatura que hubiese querido. Antes, cuando los séptimos y los octavos antiguos, ¿te acuerdas, Miguel ? HOy son otros tiempos. Que practiquen los especialistas. Yo a lo mío. A mi intimidad. A mi blog. A mis amigos. Un abrazo.

xavi torres dijo...

Es una patología, sin duda. Saludos... también para Manolo.

Anónimo dijo...

82.228 Palíndromos Españoles recopilados por Víctor Carbajo en http://www.carbajo.net/varios/pal.html