12.4.11

El niño del atlas


Cuando era niño, me encariñé de un atlas de modo que aprendí a leer nombres de ciudades búlgaras o de ríos franceses a la vez que aprendía a leer las primeras palabras en nuestro bendito castellano. En mi porosa memoria se iban acumulando gato, Vladivostok, pluma, perro o Idaho sin que ese absurdo mejunje semántico me causase zozobra alguna. En el patio del colegio sacaba el atlas, que era un tocho bien gordo, uno de Santillana, y pasaba el dedo por los Urales mientras que mis amigos jugaban al fútbol, a lo lejos, mirándome como el bicho raro que supongo que era. Con mis gafas de pasta, mi flequillo enhiesto como un surtidor de Versalles y una delgadez extrema que años después compensé fantásticamente, el niño con el atlas era un ejemplar curioso, al menos. Sabía las capitales del mundo y memorizaba todos los países de la costa pacífica de América. Los profesores me ponían a prueba para pillarme en un desliz cartográfico y hacerme perder la aureola de niño sabelotodo y empolloncete que daba vueltas a todos los demás en tantas cosas. Imagino que el empeño de mis maestros era noble: si lograban bajarme de ese pedestal de alumno imbatible los demás niños me dejarían jugar al fútbol con ellos. Era una didáctica arriesgada, pero la animaban razones humanitarias.
Buscaban lo que ahora se llama normalización social o socialización o cualquier acuño filológico de nuevo implante que sirva para evidenciar la bondad del juego y de la actividad comunitaria en estas edades. Ahora que soy maestro entiendo alguno de aquellos razonamientos, pero pienso también que el niño del atlas no era empolloncete ni tampoco un sabelotodo repelente. La culpa la tuvo el atlas. Si en lugar de que a mi tío Alberto se le hubiese ocurrido regalarme el libro de los mapas me hubiese regalado un libro con todos los cuentos de Perrault, no habría sabido que el Gánges desemboca en Calcuta y sí, muy al contrario, me hubiese enrrollado con historias sobre gatos con botas o niñas que se pierden en los bosques y el diablo les azuza un lobo malo y, en el fondo, salido.
La infancia es un cajón de dimensiones pantagruélicas al que le podemos añadir miles de ingredientes. Nunca sabremos qué saldrá, pero hay que tener la voluntad de que los niños estén (ahora más que nunca) pegados a los libros. No tengo yo certezas sobre lo que hubiese pasado si en esos primeros setenta hubiese habido treinta canales de televisión, diez plataformas de videojuegos y línea ADSL. Emilio, a los diez, con banda ancha: no puedo n i imaginármelo. Tal vez no hubiese tenido en mi diccionario sentimental las palabras Volga y Macchu Picchu. Quizá (esto son especulaciones dominicales) no sería ahora maestro. Lo soy por los libros y por Frank Sinatra, ya lo escribí aquí una vez. Lo soy por la literatura y por el cancionero de Cole Porter. El infinito amor a los libros y el infinito amor a la música hicieron un maestro que intenta que sus alumnos encuentren el libro mágico que les salve del tedio y los llene de maravillosas fantasías.
Yo no era especialmente notable en nada salvo en mapas. Y razono aquí que fueron esos mapas los que me rescataron de una realidad que no me llenaba enteramente. Fue el atlas el  que me confesó, en privado, sin excesiva retórica, que fuera de mi casa pequeña en la calle Jaén y fuera de las vetustas paredes del colegio Fray Albino había un mundo. Los mapas lo son siempre del corazón. Uno es cartógrafo de su alma. Dentro de la fantasía de un niño hay bosques y hay cielos infinitos, hay estrellas y hay selvas en donde se ciernen mil amenazas, pero de vez en cuando hace falta ponerles nombres a todos esos lugares. Tener la facultad de poner un dedo sobre la hoja y saber que debajo del dedo está el Amazonas o las calles de Londres. Qué asombroso poder. Qué hermosa fuga.

9 comentarios:

alex dijo...

También fui, como tanto otros imagino, un niño que creció con un atlas bajo el brazo. Era viejo ya siendo yo niño. La cubierta cuarteada y pegada con celofán, las páginas marcadas con flores, hojas, cromos y recortes de periódico, las letras doradas de su ajada cubierta desgastadas. Recuerdo que jugaba con mi hermano a encontrar lugares mediante un puñado de pistas que podían conducirte al otro lado de ese mundo de papel. Así nació mi pasión por la geografía y el porqué era capaz de ecitar las capitales de todos los países africanos. Fue hermoso el homenaje a todos los "niños atlas" que Ang Lee tributó en "Sentido y Sensibilidad", con aquella niña imaginando expediciones, siempre con los mapas a mano.

Miguel Cobo dijo...

En qué dichosa hora localicé en este atlas universal de Ciberia, guiado por las brújulas (es decir las viéjulas con escóbulas)del azar, las coordenadas virtuales de este hombre-mapa que contiene todos los continentes con todos sus contenidos (y no es que valga,es que asumo la redundancia).

Maestro, maestro al cuadrado.
(Et mon ami)

Ramón Besonías dijo...

Ójala hubiese tenido yo un mapa de esos en mi biografía. Mi infancia nutre su imaginario con otros iconos, casi nunca escolares. Poseo una amnesia profunda hacia los contenidos aprendidos en la escuela primaria. Todo lo que recuerdo sucede fuera de ella, en otros lugares, reales o ficticios. Mis mapas son el cine de mi barrio en fin de semana o los juegos con mi amigo Miguel a lo largo de la calle empedrada de mi infancia. Después llegaron los libros, la lectura, la ficción de otros alimentando mi universo desdentado.

Pedrodel dijo...

El libro de mis recuerdos infantiles, la Enciclopedia Álvarez, con sus ramplones dibujitos de descolorido trazo fino.
La geografía (no se había inventado el conocimiento del medio) me permitía viajar por el mundo a diario. Mi primer y maravilloso atlas, en aquel bachillerato que empezabamos con once años.
Y cuando de mayor la vida me permitió conocer mundo, no hacía sino volver a lugares que ya había disfrutado con anterioridad.
Libros y atlas llenos de páramos, sierras, lagunas, estuarios, valles,.. Vida al fin.

Anónimo dijo...

Estimado Emilio

Siempre es un placer leer su blog.
Nos separan muchos kilometros y algunos años.
Solo quería decirle con afecto desde el Ecuador que como decía Prévert puede que seamos compañeros de celda.
No se como llegué a su blog pero ahora lo visito cada día como un amante absurdo de la poesía.

un abrazo afectuoso o mas bien un fuerte apretón de manos

Roberto













Roberto

Aries88 dijo...

Disfruto leyéndote, Emilio. Sólo ese pensamiento.

Anónimo dijo...

Algunas veces en la vida se cierra un círculo y entonces tiene uno esa sensación reconfortante de encontrarle el sentido a las cosas. Sabes que yo recordaba muy bien ese atlas treinta y pico años después. En el patio del colegio yo te veía con él entre manos y especulaba sobre el hombre que serías en el futuro. Ahora, querido Emilio, comprendo muy complacido que detrás del hombre que escribe ésto está aquel niño del atlas. Me reconforta mucho eso y también haber leído esta mirada hacia atrás, haber estado a tu lado en el comienzo del trazo de círculo y también en el final. Bueno, más que en el final vamos a dejarlo en esta meta volante, que todavía, a una media de 30 años por vuelta, nos da tiempo a dar otra, pero ésta vuelta será con más metas volantes, amigo.
SEGU.

Anónimo dijo...

Qué asombroso poder el escribir así, amigo Emilio. Quiera Dios o quien quiera querer que no pierda yo las ganas de leer ni usted, en fin, de escribir de esta manera hasta que ud quiera...
Dicho de otra manera, joder qué maravillosa esto de lo atlas...

Andrés

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Claro, Álex. Imaginar expediciones: todavía seguimos imaginando cosas. Subsistiendo en base a esa modélica ficción del "será posible que.."..
Los atlas son, en realidad, libros de viajes, aunque no lo parezca. El atlas tuya, ya viejo siendo tú joven, dónde está ahora. Servirá a alguien en el futuro? Sería curioso hacerlo funcionar todavía.

Maestro usted, en retiro en el aula, pero en activo en la calle, en el html éste que todavía no controlamos del todo. Ciberia: me ha gustado. Lo usaré pronto. En todo lo demás, un abrazo grande, sincero, sentido. Nos vamos a ver prontico en una barra califal. Ok ?

Algo habría que sustituyera al atlas, Ramón. Algo útil en esas paredes de colegio si ahora, años más tarde, estás en uno. Algo. Piensa. Hurga. Tú sabes.

Me has confiado hoy, bien temprano, a pie de cafetera laboral, lo que falta en el comentario. Algo, claro. No hubo tiempo. Hay que buscarlo y no dejar todo a estos voluntos digitales, que son por otra parte formidables. Siempre es un gusto tenerte por aquí, amigo Pedro.

Sí, Roberto: sin conocernos, nos une esto, estos barrotes líricos. Sea ésta su casa. Transoceánica. Qué bonito.

No se trata a posta de eso, Aries88, pero queda aquí registrado tu buena voluntad. Excesiva.

Vamos a ver si lo explico bien, Paco, Segu, Francisco: tú estabas allí, en ese patio escolar, a la vera del campo de San Eulogio, en 1.980, cuando Regatta de blanc de The Police y el Peña comprando tortas de dos en dos. Tu comentario es el más sentimental. No puede haber otro más sentimental que éste. Somos amigos antiguos. Los más antiguos, bien mirado. Un abrazo, Segu, Paco, Francisco. Y ya te dije: buen viaje por esas europas...

Quiera Dios, por supuesto, Andrés. Quiénes somos nosotros para dudarlo. Lo dicho_ aquí está su casa...