18.4.11

El marido de Nora Barnacle


Nora Barnacle, la esposa de James Joyce, no leyó nunca Ulises. No como Joyce hubiese querido. No como Vila-Matas lo ha leído. Nora Barnacle se acostó con el autor de Ulises, le habló en los parques, le escribió cartas obscenas (es sabido que Joyce era un salido absoluto), le confió sus dolores y hasta le planchó los cuellos de las camisas, pero jamás se animó a ir de la mano de Bloom por las calles infinitesimales y mitológicas de Dublín. Lo que nunca sabremos es qué parte de la vida de Nora Barnacle pasó inadvertida para James Joyce, qué trazo de historia personal e íntima no reconoció a diario, al acostarse con ella, al pasear los parques bajo la lluvia, al escuchar al pie de la cama el relato minucioso de sus dolores, al verla planchar los cuellos de sus camisas. Nunca sabemos estas cosas y es probable que no haga falta saberlas.

.

6 comentarios:

Miguel Cobo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Miguel Cobo dijo...

A lo mejor iría distraido "de su corazón a sus asuntos".
Cada Ulises tiene su Penélope y no siempre se cuenta la Odisea. O lo que sea.
Oye, pues esto me remueve mucho el fondo del río. Habrá que profundizar.

A "santificar" el lunes, amigo

Pato dijo...

Muy interesante este post, tal vez la mujer era mas que una lectora, era una parte de él.
Es complicado leer a quien uno ama y conoce en profundidad, creo que es necesaria cierta distancia entre el escritor y el lector.
No sé, es mi impresión...

Saludos.

Ana dijo...

Fantástico que no se llama La mujer de James Joyce. Empezamos bien la cosa. La terminas mejor. Corto, que no sueles, y contundente. El final me gusta: mejor no saber, mejor no indagar.

Malena dijo...

Qué grandioso es mantener una parte de nuestra vida invisible a los ojos lectores de quien nos ama.
Algunos hablarán de la confianza, de conocerse pelos y señales.
A mi me gusta, sin embargo, mantener una zona íntima donde pueda ser asesina, mártir, virgen o prostituta y que nadie lo sepa, porque no hace falta.
Me gusta ese espacio propio.
Aunque sea tan ficticio como Bloom.

Ramón Besonías dijo...

Lo confieso. A veces me atraen más las contingencias, los recodos, los callejones paralelos a la creación literaria. E imagino al autor escribiendo, en silencio o balbuceando, levantándose para ir al baño, para comer... Imagino a su familia (si es que le aguantan), a su panadero, al cartero (qué cartas recibirá, quién le escribirá). Cómo va vestido, cómo es la habitación, si escribe con ordenador, a mano o con el pie. Si apura sin parar varias páginas o se encalla en un párrafo imposible. Si se afeita, si se levanta para meditar o nada consigue despejarlo de la silla, sillón o butaca bajo la que se inspira.