11.4.11

¿Dónde están los indios?



Calígula, ebrio de poder, nombró procónsul a su caballo. El político también se sale en ocasiones con exabruptos de esta guisa: elige a lerdos para cargos de hondura y tacto. Todo se viene entonces a regir por principios de extrema provisionalidad por mor del interés electoral y de los plazos que dan los años de gobernancia. Sabemos que quienes nos gobiernan van a terminar por irse: por eso les brindamos el amable voto. Igual se lo damos porque consentimos que ellos hagan el trabajo sucio que a nosotros no nos place y al que no estamos enteramente preparados. El político ocupa ahora en el imaginario colectivo una preeminencia hasta ahora inédita. Hasta el ciudadano con menor capacidad retentiva y menos interés por la materia de la cosa pública sabe quién es el Ministro de Defensa o el Portavoz del Gobierno. En las fiestas de barrio o en las tascas de fin de semana, untado de tapa y caña, se esmera en imitarlos.
Umberto Eco alumbró la teoría de la cosificación, o la pulió, no tengo ahora bibliografía a mano. Se trata de rebajar a cosa o a polvo o a nada, como diría el poeta, la ideología, el pensamiento político, la razón incluso. El fútbol fue inventado por algún lord inglés metido en faldas que vio en este deporte noble de patadas y masas enfervorecidas por la victoria de los suyos un método fácil y contundente para que el pueblo llano, el votante de calle, no anduviese en exceso pendiente de sus cogitaciones. Bajo la bandera de las ideologías fracasadas ( la derecha qué es, la izquierda ya no es nada ) los partidos políticos del hoy en día hacen, más que política y gestión de lo público, literatura y fórums de mesa camilla. La prosa del gobernante la desmembra luego el columnista inspirado y la convierte en zafia morralla de charlatán de feria. Luego llega otro columnista de inspiración todavía más profunda y acalla las trompetas de Jericó de quien antes se ganó la atención del pueblo. Y siempre hay una pistola más rápida. Esto ya nos lo enseñó el cine. La vida imita siempre los viejos westerns. John Wayne tiene escaño en el parlamento.
Mándalos al infierno, dice la fotografía que ilustra la entrada. Clint Eastwood es la oposición. El juez de la horca da con la maza en el tapete para que sus ilustrísimas no acudan al insulto y permitan que unos hablen y otros, aunque indignados, encabronados y en eterna estado de mala leche, escuchen. Los indios. ¿Dónde están los indios ?

5 comentarios:

Olga Bernad dijo...

No hay. O están ocupados.

Miguel Cobo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Miguel Cobo dijo...

Los indios están en la reserva. Aunque de vez en cuando se perciben tambores lejanos y se vislumbran señales de humo. Ausculto a veces el borde de los raíles del caballo de hierro, a ver si siento el esperanzado galopar...¡Un momento!...Noto algo...¡Noooooooooooo!: ¡El séptimo de caballería!

Ramón Besonías dijo...

Los indios, en la reserva, son el pueblo (soberano), expulsado de tierras fértiles, obligado a doblegarse al interés del ferrocarril.

A mí también me pasa, amigo Emilio, que en ocasiones percibo la vida política como un teatro bufo, grotesco.

Pero me resisto a entregarme del todo a un nihilismo escéptico en esta materia. Si acabamos claudicando ante la política, la política actuará a nuestro pesar. Mal que nos pese, este teatro de la vida debe actuar de mediador ante el frío mercado que nos devora. No hay que olvidar que el único intermediario, el menos malo, es la política en democracia. Rendirnos a creer que el mundo es una película determinista nos convierte de inmediato en pasivos espectadores de su guión, sin redención posible.

No quiero, amigo Emilio, desistir. Quiero creer.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

No hay, creo. Olga. Busquen indios.

Siempre afinado, Miguel. Estás en sintonía, eso me gusta. Tambores lejanos, no sé. Violínes de pánico, a lo mejor. Tipo Bernard Hermann cuando se abre la cortina y la mujer desnuda escucha el sonido del cuchillo fileteando el aire. John Ford no va a venir esta noche. Ni en esta legislatura, jeje.


Es una pena lo del teatro bufo y grotesco. Deberíamos colaborar, entusiasmarnos, sentirnos cómplices de lo político, pero se empeñan, obstinan, obcecan, emperrar, empestiñan en apartarnos, en retirarnos, en ponernos en el bando contrario, en decirnos: eh, oiga, quítese, esto no es cosa suya, es nuestro. Durante cuatro años, de ellos. No sé. Se cansa uno. Pero no quiero convertirme en un apático político. No: eso es malo en el fondo, Ramón. Un abrazo, amigo.