17.4.11

Domingo de Sinatra



Todo lo que la industria fonográfica y las mentes pensantes de Hollywood hagan para que la figura de Frank Sinatra resplandezca como debe es poco. No ha habido un personaje en el siglo XX que acuñe más leyenda. Cantó algunas de las canciones más hermosas de la música popular de ese siglo y las hizo tan inefablemente suyas que no es posible (sencillamente no es posible) escuchar Night and day (en cualquier versión, y hay cientos) sin que su voz resuene en la cabeza en una especie de eco cómplice. Además a Frank se le entendía todo. Cantaba en inglés, pero daba lo mismo. Las palabras sonaban limpias, altas, fuertes. La música era una invitada porque el oído a quien prestaba atención era a la voz. El Sinatra de la voz perfecta tutelaba a un Sinatra mundano, amigo de las fiestas, cómplice del amor (como en tantos canciones confesó) y de las trampas que el amor ofrece a quienes lo adoptan como medio de vida. Sinatra fue un enamorado, en todo caso. Uno expresado a la máxima potencia.
Una buena parte de los ochenta de vida que un Dios en forma de Jack Daniel's le concedió fue entre las sábanas de mujeres hermosas y frente a orquestas rutilantes, haciendo lo que nadie jamás hizo mejor que él: cantar. Este crooner asombroso ganó, entre canción y canción, tres Oscar, dos Globos de Oro y 10 premios Grammy, pero este tributo sencillísimo de fan absoluto no hablará de cine. Se preocupará, sin acierto, de airear qué formidable showman era y qué vida tan fabulosa tuvo.
Este crápula bajito y concupiscente, enamorado del swing y del bourbon, detestaba cantar My way. Prefería el cancionero de Cole Porter, los años dorado de la Columbia, el prestigioso sello que se rindió a sus pies durante varias décadas. A mí me salvó la vida en varias ocasiones. La primera (tal vez) fue en la adolescencia cuando estuve a punto de tirarme al pop descarriado de los artistas de varietés del momento y escuché, en casa de un vecino, Cheek to cheek. De inmediato, le pedí el disco. Era una caja de cartón infinita. Contenía un libreto y 8 discos (vinilos, se entiende) absolutamente adictivos. Los grabé en algunas cintas de cassette Tdk que no conservo. Recuerdo que hasta me aficioné al inglés con la ingesta masiva de esas cintas y la escucha (repetitiva, obsesiva) de esas 80 o 90 canciones.
El inglés, veinte años después, es el oficio que paga mi factura de ADSL y la hipoteca de mi casa.  Todavía sostengo que es Sinatra quien me empujó a aprender inglés. No hubo vocación  académica ni tampoco hubo profesores (ay) que me inocularan el amor a esa lengua prodigiosa. Después de ese acto heroico hubo algunos más. Años después, haciendo el servicio militar, quiso el destino (bicho cabrón donde los haya) que un compañero de fatigas llevara unos CDs de Frank en su petate viejo. Qué placer más absoluto, delirante, metafísico y surrealista escuchar Days of wine and roses o They can't take that away from me o (una de mis favoritas) Angel eyes en mitad del campo de maniobras (Sierra del Retín, Cádiz) a donde los esforzados mandos militares, allá ellos con su cañones de Navarone, nos enviaban a salvar la patria y justificarles la nómina. Qué ebriedad aristocrática ir por esos campos de Dios o de Marte, vestido de verde, oyendo en unos escondidos cascos New York, New York. Sintiendo cabeza adentro, proyectándose sin fisuras hacia el alma, esté donde esté, la idea sobrenatural de que el mundo no se acababa en el barro de mis botas, en el cielo gris de un domingo aciago, tirando a deprimente, convertido en un agujero en el tiempo y en el espacio, como si fuese un relato de Ray Bradbury o de Philip K. Dick.
Este domingo de hoy no es aciago ni se escora al gris. Tampoco deprime ni me conduce a ningún agujero interdimensional. Estoy en pijama y escucho a Frank mientras Alonso sigue muy atrás en el pelotón de la Fórmula 1, mis hijos desayunan en la cocina y mi mujer habla por teléfono.  Pero La Voz sigue teniendo la facultad de transportarte a otro lugar. No importa qué estado de ánimo tengas.  Lo que Frank Sinatra consigue como casi ningún otro es que la realidad mengüe, se concentre en un punto, adquiere una elasticidad inédita, se abra, se cierra, puje y termine por hacer que te cuestiones las cuerdas invisibles del cosmos. Cómo están hechas. Quién las trenzó. Sí, ya sé que estoy un poco mal de la cabeza. Frank Sinatra no es un emisario del mas allá, uno de esos gurús que te hacen ver la naturaleza arcana de las cosas, pero quién me roba a mí el escalofrío de placer absoluto que ahora tengo. 
Lo de aquí es un arrebato de fan, ya lo he dicho. Creo que Frank Sinatra, junto a Van Morrison o Bill Evans o Chet Baker, son los músicos que yo haya podido escuchar más. Vuelvo a ellos insistentemente. Me descubren siempre territorios nuevos. Uno de ellos sigue vivo y haciendo discos (unos buenos, otros mejorables). Los otros tres andan por algun lupanar tóxico sin privarse de nada que pudiese colocarlos un poco. En mi corazón o en mi infinito agradecimiento está su música. Y va a seguir así hasta que yo también sea infinito en la memoria de alguien. Amen. Hoy es Domingo de Ramos, digo de Sinatra...Yo, a falta de cofradías que escenifiquen mi deseo, procesiono esta tarde al maestro en mi cabeza. La de cosas que caben dentro de una cabeza. Lo retorcida y maravillosa que puede llegar a ser a poco que se la adiestre.


(De fondo, al tiempo que cierro el post, suena I've got you under my skin una vez más)

9 comentarios:

Jorge Alberto Cuenca dijo...

Vamos por partes. Adoro a Frank Sinatra. Tanto que hubo una época enla que no oí otra cosa que no fueron Frank, Frank, Frank. Mezclar la metafísica con The Way es un exceso, pero es un exceso que me ha gustado mucho, y que me ha hecho leer dos veces (quitando datos biográficos que igual no vienen al caso) el texto. Brillante, vibrante. Somos dos fans completos de La Voz. Bienvenido a mi casa. Seré bienvenido a la tuya. Un saludo.

Jorge Alberto Cuenca dijo...

Qué valor mezclar a Bradbury con Sinatra. Sí, señor. Una proeza...

Pedro dijo...

La música encierra tantos tesoros, mi querido Emilio.
Frank Sinatra y Albinoni, Van Morrison y Jamie Cullum. Hoy he estado escuchando un disco de mi hija, de ese tal Cullum, y me ha abierto de par en par las ganas de vivir, así que entiendo la metafísica de Sinatra, Emilio.
Un abrazo.

Miguel Cobo dijo...

¡Qué grande, Emilio, qué grande!Hablo con Nancy para que me preste sus botas y seguirte tras las huellas de papá Frank:
These boots are made for walking

Ramón Besonías dijo...

Amen, maese Emilio.

Yo soy más devoto servidor de Morrison (el león de Belfast), Evans (uno de los mejores pianistas; su lirismo es el único que logra perturbarme) y Baker (divino homeless de la trompeta). Otros santos de tu iglesia profana.

Mi domingo ha sido más agreste. Mañana prometo enfundarme el traje de la desidia y el aburrimiento voluntario. Lo prometo.

Malena dijo...

Todas las tardecitas me sentaba con mi abuelo a ver cine en blanco y negro en una emisora de tv por cable. A él le encantaba y a mi no tanto, pero adoraba estar con Ángel. Una tarde vimos La máscara del dolor y me enamoré de ese tipo que cantaba All the way.
Y hay amores que son para toda la vida.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Hay fans complejos. Yo debo ser de uno de ellos. Un bicho raro en la cofradía. Está usted en su casa, por supuesto, Jorge Alberto.

Yo llevo años siguiendo a Cullum. Es un descarado. Usa el mainstream, el jazz orientado a las listas de éxitos, a las radiofórmulas, de una forma inteligente. Y hace que cierto jazz se propague mejor. Un abrazo. Buen gusto tu hija. La mía también lo conoce y aprecia. Casualidades.

Qué te dijo Nancy? Seguro que tiene cosas estupendas, asuntos privados que engrandecen la figura del Maestro. O la enturbian. A mí el enturbiamiento casi me atrae más. Un saludo, my friend.

Morrison, Evans, Baker, Sinatra: todo se puede meter en una cajita y moverlo. A ver qué sale. Salgo yo, creo, Ramón.

Una historia muy bonita, Malena. Yo tengo tardes enormes de mesa camilla viendo cine en cinemascope, indios, ciencia-ficción. No se ha borrado. Uno crece siempre desde esas tardes. Y si las hubo, hay que procurar no olvidar eso, el lugar de donde venimos. No saber donde vamos es bueno, pero no es bueno no saber de donde venimos. Un beso,.

Anónimo dijo...

Viva Sinatra aunque fuese un pervertido, y un mafioso de mucho cuidado. No miremos las biografías, abramos las orejas, abramos las orejas, no ?, abramos las orejas.


Abraham Ceballos Casineri

Juan Herrezuelo dijo...

Ya ves qué tarde me paso a disfrutar de este texto, qué secos estarán ya los ramos del domingo aquel. También mi pimer Sinatra fue una cinta grabada, y también a mí me fascinó siempre esa forma suya de apurar la vida como quien apura un bourbon, sin dejarse una gota.