26.4.11

Curso de lingüística general / Redux

A Antonio Sánchez, juntador
carismático de palabras, amigo del alma.

Lo más fácil es juntar cuatro o cinco palabras en una frase y esperar unas horas a ver qué pasa. Hay palabras feroces que se bajan de renglón y acaban a pie de página en una soledad que conmueve muchísimo. Otras se arriman, blandas y cómplices, a donde buenamente pillan y parecen alemanas por su desmesura y exceso bizarro. Un día cogí cinco verbos copulativos. Los metí en una caja de zapatos sin zapatos y los zarandeé un rato con entusiasmo y travesura. Durante tres o cuatro días oí unos ruidos suaves, algunos musicales; otros, entrecortados y como minimalistas, daban una  limpia sensación de cansancio. Hubo hasta un jadeo ,o lo que yo imaginaba que era un jadeo, que alteró muchísimo a mi madre. Ese día me habló de cuando era joven y mi padre la cortejaba, pero eso es otra historia y no debo ser yo, celoso y cauto para lo mío, quien la cuente. A lo que iba: cuando abrí la caja encontré once verbos. Uno, recién alumbrado, olía todavía a letra inocente, sin pulir, a letra con su melaza vírgen preservándola del vértigo de las horas. Si la empresa tiene un alcance mayor y metemos cincuenta adjetivos superlativos en un cajón de la mesita de noche, suele pasar que el sueño se nos presenta espeso, levantisco, reventón de persecuciones por callejones oscuros como de West End. 
Un amigo me contó que su empeño en esta vida es mezclar palabras de varios idiomas en una media de señora, pero no le prestan ninguna  y a él igual reparo le da comprarla que pedírselas a su madre o a su hermana, ya talludita y sin novio con el que fatigar parques. Yo le he ofrecido la media de mi abuela, pero sabiendo a qué me puedo exponer y qué explicaciones tendría que dar he preferido no insistirle y esperar que mi ofrecimiento no prospere.  Le conté lo altamente satisfactorio que es  acariciar lomos de palabras concupiscentes. En el trasiego de dedos por la altura accesible de las sílabas, las palabras concupiscentes gimen dulcísimamente. En uno de esos gemidos es posible gemir con ellas y alcanzar en simétrica coyunda un vuelo de calambres en el interior del escandalizado pecho. Le he contado esto, se lo he recomendado con viveza, pero ha desistido. Es tímido y no se lanza como debiera a cercar el placer desde el placer mismo, el éxtasis desde su sensible centro de mando.
Por puro amor al peligro, probé dejar caer ocho palabras polisílabas sobre un espejo. Los espejos (la cita no es mía) son abominables porque vienen a duplicar la realidad. La palabra fantasmagótico , que no existe en los diccionarios, cayó boca abajo y se la vio sangrar por una sílaba muy débil que tenía. La palabra aromaterapia, que sí está pero no se me queda nunca para qué sirve, cayó boca arriba y, de súbito, fue cubierta por una preposición muy lúbrica que la sobó con delectación en la tercera consonante, de modo que la palabra infló su vientre y alumbró allí mismo unas vocales extra lindísimas que fueron escurriéndose por el doble corazón del espejo hasta desplomarse sobre el suelo, que estaba ocupado en ese momento por nueve o diez frases adversativas en búlgaro antiguo que nadie entendió. 
Lo más hermoso del mundo es partir una palabra en pedacitos y observar el  comportamiento de esa ruina semántica. Hay letras que jamás vuelven a dejarse querer por el tacto untoso de otra letra. Al quinto o sexto día del declive, la letra así arrumbada se embebe, se retuerce, manifiesta síntomas de que está muy enferma y pronto va a dejar de colaborar en la formación catedralicia de una palabra.  Ver morir a una letra es una experiencia tristísima comparable únicamente a la mutilación de un sintagma o la supresión de una tilde en una palabra aguda terminadaen en e. Yo ya me he resignado a soportar estas experiencias y no hago esfuerzo alguno por reprimir el dolor o contener el llanto. Un llanto cercenado por la razón propicia otro llanto oculto que no puede ser cerrado de ninguna forma. Anoche lloré por un verbo llano que murió de frío. Ahora mismo tengo el corazónp artido por la fuga de unos adjetivos que tenía yo en mucha consideración y delicada estima.  Ni los míos, tan pendientes de mis cosas, han sabido consolarme. Nada me conforta salvo tal vez una caja de zapatos nueva que zarandear cuando nada me divierta.

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13 comentarios:

Anónimo dijo...

Bravo. Flap. Flap. Flap.
Mira que empezó el día mal, pero mira qué bien ha terminado.
Buenas noches, sr. mi escritor.
Descanse.
Pare el motor un día o dos, por lo menos.
Estamos, como dice Miguel, que no damos abasto, y sin embargo...
Basta la coba.
No vaya a ser que las palabras se audodestruyan en...

Ana.

Miguel Cobo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Miguel Cobo dijo...

¿Tú quién eres Noam Chomsky de Mora, Ferdinand de Saussure Calvo o el mismísimo Emilio Alarcos?
La cría de palabras en cajas de zapatos vacías evoca la sericicultura tradicional casera. Ahora me explico que escribas como la seda.
Y el verbo se hizo Emilio y habitó entre nosostros.
Amen (así, sin tilde).

Miguel Cobo dijo...

También hay palabras roedoras que se comen las concordancias, mordisquean la morfología y desordenan fonemas y grafías con artera clandestinidad.
Y cuando relees los comentarios te encuentras con los desaguisados consumados y el espacio consumido.
Así que ya no borro otra vez el anterior ni éste ni los sucesivos, por contaminados que estén. Simplemente dejo constancia aquí de mi tácita fe de "ratas".

Ramón Besonías dijo...

La literatura como ejercicio lúdico, juego de palabras, equilibrismo semántico, deconstrucción sintáctica por pura voluntad de recrear el circo de la lengua. No tomar con excesivo celo la lengua como mensaje, como idea, como retablo sociológico, como dogma o catecismo.

Reir agradecido por poder hablar, escribir y contarlo; valerse del lenguaje para hacer mascletá.

Literatura sin pretensiones, vacía de logos, artificio absoluto.

Exaltación de la belleza de la palabra desnuda, deshidratada de esencias. Escritura sensitiva. Olores grafofílicos.

Letras proletarias. La primera palabra, balbuceo parvulario. El niño en la cuna regurgitando fonemas.

Nihilismo del lector saturado. Detrito digestivo, en busca de paraisos semánticos. Crisálida. Voluntad de reinventarse.

Miguel Cobo dijo...

¡Joder, Ramón! (con perdón)

Pedro dijo...

Volar con las palabras, sentir con las palabras, doblar las palabras, incendiarlas, sacarlas del miedo a no pronunciarlas, dejarlas como testigo del genio del alma. Maestro, un placer.

Pato dijo...

Y yo que ando dada vuelta viendo si se me cae alguna palabra para poder seguir...
Me voy a buscar una caja cómoda y voy a dejar en reposo un puñado a ver si así ;)

Precioso relato.

Besos.

Ramón Besonías dijo...

Miguel, me salió la vena nietzscheana. Emilio (¡hola, Emilio!) algunas veces me parece así, nihilista, en busca de la primera palabra, huidizo de su sombra literaria. Supongo que una insolación de Borges produce efectos secundarios así. Por cierto, me quedé con la curiosidad por saber de Antonio Sánchez.

Miguel Cobo dijo...

Ni que decir tiene, amigo Ramón, que mi exclamación era -y es- ponderativa de lo bueno.

(¡Hola, Emilio!)

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

.. cuatro, tres, dos, uno.
sr. mi escritor queda demasiado pomposo, lo dejamos en bloguero doméstico, Ana.
Un abrazo, como siempre, gracias.

Noah Saussure, yo qué sé, Miguel. El caso es que uno se pone a veces valiente y retuerce las cosas, mete en la caja de zapatos esas cosas y espera a que florezca el texto. Floreció, lo enseñé. Leído ahora, ya veo que marchita.

Muy bien, Ramón. Posts que dan comentarios de más enjundia que el propio post. Flap como dice Ana.
Reinventarse tal vez. Con eso me quedo. Salir. No estar quieto.

Qué va a ser eso, Pedro. Un abrazo. Ya nos vemos...

Pato, gracias. Escuché el programa de radio y te doy las gracias (tenía que haberlo hecho antes) de corazón por usar mi poema del blog comunitario. Lo de la caja de zapatos es cosa de insistir. Busca horma ancha.

Las primeras palabras dan las otra. Incluso una palabra alumbra el resto del texto. Un verbo y sale (airado, nihilista, no sé, tal vez) el novelón río. Riográfico?
Las palabras, que se enredan.
En fin...
Ramón, Antonio Sánchez es el juntador carismático de palabras. Tú le das un palabra y le da otra diametralmente opuesta y te monta una trama Dostoievski y se sostiene sin problema durante una hora de conversación. Es mi amiguito del alma desde que éramos chicos, digo yo.

Así entendí yo el joder de Miguel. El joder es un decir, volvemos a lo mismo. Hola rebotado.

José Antonio Muñoz dijo...

El libro de los cuentos del astronauta zurdo está todavía en venta? Si no es así, en donde vivo, puede comprarse vía internet ?
Gracias.

Anónimo dijo...

Perdona, Emilio. Soy José Antonio otra vez. Vivo ahora en Linares, en Jaén.