21.3.11

Diario del polen





Buenos días, hoy es primavera y me he levantado holgazán y aristocrático. Lejos de que me intimide el hecho de que sea lunes y el domingo de ayer fuese tan benigno, sin venirme abajo al ver el desorden del estudio en el que arrumbo discos, pantallas, software y hardware vario, latas convenientemente vacías de cerveza y muchos mandos a distancia, practico el deseo firme de que nada me afecte, fatigar la mañana con la cabeza bien alta, ilusionado con la pereza recién estrenada. Tal vez vestirme con meticulosidad (casi nunca me fijo en las minucias textiles que a otros les fascinan) y asear mi ánimo con la peregrina idea de que afuera el mundo alfombra sus calles para que yo deposite mi paso. Acabo de avergonzarme muchísimo por este arrebato de egoísmo puro, pero me convenzo de que es una canita al aire, que mañana me levantaré con la resaca habitual, la que da la rutina y el tráfago gris de los días iguales, y visitaré las calles con la conciencia de siempre, con la mirada de antes y con los gestos de antaño. Así que bien vale salir hoy ufano y jovial, afeitado como un galán,  atravesado de parte a parte por el júbilo como si el espíritu de todos las hadas buenas del bosque de la fantasía y del buen rollito moral me hubiesen elegido para probar sus poderes. Lentamente la realidad me disuade. Esta anomalía psicosomática que ha entrado en tromba en mi alma me pide que detenga el entusiasmo. Me lo dice en susurros, pero no hace falta que se esfuerce. Emilio, gilipollas, frena. La calle se esmera en presentarme el caos, el vértigo, la fiebre, el dolor razonable de los cláxons, sencillas mierdas de perro escoltando mi descenso a los infiernos de lo urbano. Las calles son el espejo del alma. Eso de las alianza de las civilizaciones de ZP debería comenzar a pie de calle, en las aceras, en las tiendas de ultramarinos, en la cola del pan, en la bulla de los mercadillos. Ahí está la verdadera ciudadanía, el contrato entre los unos y los otros para vivir y dejarnos vivir y no entrar en esos detallitos que terminan por joder todo el asunto. Pero ya digo que me he levantado aristocrático, holgazán, señorito de mí mismo y de mis circunstancias, aquejado de alergias primaverales y consciente de que todo este arrebato es prosa de lunes, adorno semántico, la sencilla ofrenda de mi alma al orden cósmico.
Mi amigo K. me confiesa que cuando él tiene un día así suele perderse en los libros, en ese confort infinito que dan las historias que te cuentan otros. Yo nunca supe contar historias, pero tengo la habilidad de disfrutar y apreciar las ajenas. Las escasas ocasiones en las que he provocado hilar alguna he sentido el peso soportable del fracaso de inmediato. No es mi oficio. Es (quizá) la frase modesta, el esbozo de algo que otros edificarán por mí, cierta semilla diminuta que alguna placenta más confortable que la mía podrá alumbrar sin rubor ni miedo. Por eso es bueno de vez en cuando levantarse uno holgazán y aristocrático, elegir con mimo la ropa con la que vas a visitar las calles, pensar que no existe en el mundo obstáculo que te impida sentarte en una terraza de un bar, pedir un café y leer con arrobo de niño el periódico de la mañana, pasear después el pueblo, observar de lejos el caos, el vértigo, la fiebre, sin que ninguna de esas manifestaciones de la tristeza apesadumbren tu dicha pequeñita de hombre que acaba de conquistar su propia identidad, aunque únicamente vaya a durar una mañana o un día, a lo sumo. 
Mi amigo K. tiene que procurarme esas certidumbres suyas que tanto aprecio, esa manera firme de avanzar los días y reconocer la alegría allá donde se aúpe y nos mire. Me quedo con mi holgazanería momentánea, el instante deslumbrante de no sentirse abrumado por la Historia, por la sangría infame de los titulares de prensa, por los aviones sobrevolando Libia, por los reactores maltrechos en Japón, por los precios de los limones, por la cara de algunos políticos y por la impericia de otros, por lo que el futuro nos guarda. K. calla mientras cierro el texto. Ojalá venga Antonio Machado y traiga la Tercera República, le oigo mascullar y alejarse, pasillo abajo, con toda la tristeza como un ejército de algas incrustadas en las suelas de sus zapatillas de paño. El polen hace desvariar, confunde el tino y aturde adentro sin pudor ni recato.
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7 Indicios de vida exterior:

Ana dijo...

Voy.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Bien, Ana. Tira.

Miguel Cobo dijo...

¿Tú también? Cambio alegría por alergia, alma por asma. La p. prima Vera.

Un abrazo y dos estornudos.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Alergia (que no alegría) desde hace muchos años. En ocasiones se pone burra y me deja afónico. Tos pejiguera. Ojos casi muertos. La p.prima Vera nos pilló bien. Y yo sin voz no soy nada.

Anónimo dijo...

La primavera no es sólo un motivo jubiloso para los poetas.
Yo por poeta, y malo, me tengo, y la naturaleza y la primavera y los cantos de las alondras me vienen al fresco.
Oh soy un urbanita.
Buen post.

Luis María Villar

Anónimo dijo...

Soy Vicente Casas, y es la primera vez, no la última, que entro en este blog. Yo prefiero llamarlo bitácora, pero eso no es el asunto que nos ocupa. Nos ocupa la primavera y sus extensiones metafísicas, pongamoslo así. Me duele el aire, decía mi amigo Juan cuando tosía. El verbo hecho poesía. Es alucinante lo que se puede hacer con las palabras. Son nada, pero al juntarlas se crea la magia. En verdad que es así.
Un saludo.

Anónimo dijo...

Joder, creo que hace tiempo que no leo nada tan bueno. Me tienes a tu merced, Emilio. Un blog no para volver, sino para leer entero. El blog Como Libro.
Julián Gómez Cabanillas