20.3.11

Un rumor de novela


Mi colección clandestina de fotografías de pin-ups la guardo en un cajón en el que antes hubo facturas y albaranes y que ahora está parcialmente ocupado por cartas del banco y por un par de folletos de viajes que amenizan el tedio cuando se tira un fin de semana entero lloviendo o cuando se va la luz y no puedo encender la televisión para aturdirme con los concursos y con la bazofia de los famosos. Las guardo con mimo y las miro sin prisa. No preciso el ritual que algún lector morboso podrá imaginar. Me basta sentarme a la vera de la ventana, en el viejo butacón de papá, retirar los visillos y que la luz del sol revele el prodigio de sus cuerpos. Ahora que estoy solo no necesito esconder los vicios. Poco tengo que ocultar ahora. Vivo en un tercer piso de un cochambroso edificio de alquiler al que mis padres acudieron cuando algún oscuro negocio les robó los escasos ahorros de una vida entregada al trabajo. La casera respeta el dolor y me confía la ficción de que un día la vida me traerá una mujer rolliza y hacendosa, que me ame y me traiga el equilibrio que, según pregona a quien se tercia, no poseo. A medida que nos conocemos, más caigo en la locura de reventarle la cabeza con la guía telefónica o con el mango del paraguas. Están tan a mano en el umbral de la puerta que no entiendo cómo no me he cargado ya a la vieja. Tengo una novia flacucha que nunca llevo al apartamento. Se llama Alma y cuando la abrazo pienso en todas las heroínas de Balzac y pienso en las hambrunas que asolaron Londres cuando Jack El Destripador empezó a escribir su contribución a la Historia de los Asesinos en Serie. Normalmente comienzo besando a Alma y termino atrapado en el empeño de borrar de mi cabeza las salpicaduras de sangre en las paredes y en el noble mobiliario victoriano. Cuando Alma me ve así, aturdido, desatento y prófugo de los cariños que me da en el cuello y en el lóbulo de las orejas, se enciende muchísimo y pierde el encanto de sus formas menudas y su voz como de peluche perdido en un atasco en Manhattan...

El texto lleva quizá veinte años entre papeles y ha salido esta mañana, en una de esos zafarranchos higiénicos que a veces ocupan los domingos. Lo he visto más o menos claro. Nunca será la novela que confié escribir. Me falta tiempo y también convicción. Más eso segundo. Pero me ha encantado encontrarlo. Ver cómo comenzaba. Nunca obtuvo un desenlance. Debería haber un lugar en donde se arrumben, orgullosas, las novelas inconclusas. No sé. Esta no tenía ni título. Sólo la frase con la que arranca metida a fuego en mi cabeza y la necesidad de airearla y clavarla en una historia.



4 comentarios:

Jesús María Pozo dijo...

El empeño en encontrar el pasado nos devuelve a lo que fuimos y tiene mérito, descalabrado después, abrir a esa joven edad, no diremos tierna, una novela. Creo yo que la novela necesita poso, tiempo, la madurez que los veinte años no tienen. Se escribe la gran novela de la vida conforme el tiempo nos va moldeando, modelando, que sirven los dos verbos. Yo no he escrito ninguna, ya ve usted. Ni lo he intentado. A lo sumo, con mi precaria pluam, unos relatos que ni siquiera vieron la luz pública, pero que han servido para amenizar reuniones de amigos unidos por las letras, entre otras abundantes cosas. Leo novela por placer y admiro al novelista porque es, a su manera, una especie de Dios que crea un universo, y a veces qué universos, de la completa nada. Ese comienzo suyo de la novela no es nada. No es ni siquiera prometedor. No es criticarla, créame. He leído su blog, no en detalle, no tengo tiempo para pararme como quisiera, y admiro su escritura, que es fluida y es hermosa, pero da el arranque como digo para cuento. En todo caso, enhorabuena, y siga intentando. Yo renuncié. Bendito ese momento.
Ahora estoy con Murakami y una novela pastelazo imponente. ¿Le gusta Murakami?
Un saludo muy afectuoso, y excuse de verdad por el atrevimiento.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Haces bien en no lanzarte. Y yo debería. Son palabras mayores. El amago de novela es un desastre absoluto. Lo pongo a mi vergüenza. En lo que razona sobre las edades de la novela, de acuerdo en todo. Borges nunca se atrevió.

Miguel Cobo dijo...

Pues una novia flacucha, que encima se llama Alma, y un Mr. Hyde latente macerando su psicopatía desde la primera página, prometían.
Ánimo, Emilio.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Promesa baldía. Alma sigue en el cajón. Ahora en el editor del blog. Está mejor el relato corto, la distancia corta que es donde un perfume de hombre se la juega. Jaja. Un abrazo, my friend.