3.3.11

Tete



Escasamente encasillable en la hechura de un jazzman, más cercano a la aséptica pinta de caballero inglés del yanki Bill Evans que del exotismo de otros genios del piano como Herbie Hancock o Keith Jarrett, Tete Montoliú nació en el lugar equivocado. Suele pasar. Tal vez a Franco no le engolosinaba el jazz. No, corrijo: a Franco no le gustaba el jazz. Tal vez esa música oscura de difícil tarareo no se amoldara a las estrecheces de una España abrumada por la precariedad cultural y enganchada al folclor y al lucimiento de la bata de cola y las castañuelas místicas. Dios, que estaba a la Derecha del Generalísimo, tampoco se avenía a bendecir el jazz en aquellos tiempos. En el otro lado del charco, Dios sí que arrimaba su divina anuencia sobre esa música, aunque la aristocracia blanca, los que perdieron la guerra y la riada de esclavos abominablemente esclavizados al algodón y a la miseria, no viera con buenos ojos esa "música del diablo". Si Montoliú hubiese nacido en Manhattan, habría tocado mucho más con Dizzy Gillespie, y su nombre, que aquí apenas resuena en la memoria del pueblo, ocuparía más entradas en cualquier búsqueda que le exijamos al mayúsculo Google. Entraría, con letras mayores, a la nómina de pianistas impedidos, que exhiben alguna tara física y, sin embargo, la compensan a fuerza de genio: George Shearing (ciego como él) o el inmortal Michel Petrucciani.
Es bueno recordar su porte regio, ahora que ha pasado algo más de diez años de su muerte, sus discos, su modestia y también su vocación a prueba de adversidades. Su ceguera le procuró una sensibilidad formidable, y no es un tópico.
Aficionado al Barcelona, solía no perderse partido alguno. No iba al campo: se enganchaba a la radio y no perdía detalle. La leyenda, aureolada de una más que creíble certeza, dice que una noche, en su ciudad, atacó Round midnight, la inmortal pieza de Thelonius Monk, su adorado Monk, con un pequeño y discretísimo auricular alojado en su oído.
Junto a Niels O. Pedersen, al bajo, y Bill Higgins a la batería conformó un trío memorable que retrotrae al buen aficionado al trío de Bill Evans (Scott LaFaro y Paul Motian) en los primeros sesenta, antes de que las drogas lo devastaran y se dedicara, atormentado y solo, a vivir de su numerosa renta jazzística y sacar el dinero que le permitiera morir a placer de su vicio más íntimo, pero ésa es otra historia. Montoliú murió de cáncer de pulmón a una edad provecta y fundamentó su maestría en un exacerbado amor a la música. Amó el blues, amó la canción catalana y escuchaba, en privado, a The Beatles y Frank Sinatra.
El 24 de Agosto (ayer: no pude escribir la reseña en el día exacto de la efemérides) de 1.997 se fue de este mundo en el que fue feliz, imagino. Tampoco soy amigo de privilegiar la biografía de los mitos por encima de su magisterio artístico. Borges debió ser un repelente de mucho cuidado, pero escribo porque leí El jardín de senderos que se bifurcan y un poema del ajedrez que antes recitaba bien de memoria y del que ahora sólo acierto a enhebrar versos sueltos.
Los discos de Montoliú, no muchos, la verdad, reposan en las estanterías de mi colección como un tesoro excepcional. Acudo a ellos con cierta frecuencia. Todavía me sorprende que este hombre genial - tal vez el mejor músico que dio el siglo XX en España - no haya tenido la repercusión mediática merecida. Creo que el inventario documental de sus actuaciones es paupérrimo. He hurgado en la red, madre de todos los secretos, y es prácticamente imposible encontrar, vía Youtube, pongo por caso, el suficiente alimento visual para aplacar el hambre de mito que su figura crea.
La desolada España que le dio la espalda tampoco ha corregido los errores con un homenaje digno ahora que se cumplen estos señalados años de su muerte. Alguna nota suelta en prensa. Un esbozo raquítico en un telediario. Su música no vende cientos de miles de discos. Tampoco su cara de funcionario de alguna administración del Estado. Hay reclamos de mayor valor para ocupar el jodido prime-time de la sacrosanta Televisión y su aborregado inventario de mediocridades.
Dexter Gordon, Elvin Jones, Ben Webster, Sonny Stitt, Joe Henderson, Chick Corea, Herbie Hancock, Roy Hargrove, Hank Jones, Chet Baker, Roland Kirk (ciego también), Stan Getz, John Coltrane, Dizzy Gillespie o Stephane Grappelli tocaron con él. Alguno me dejo fuera, seguro. Blues for myself suena de fondo mientras escribo esta pequeña nota tributaria. Tampoco podemos olvidar la serie The music I like to play, que fue con la que me inicié en su música gracias a un programa de Radio-3 (Viva la radio con cerebro).
Manuel Vázquez Montalbán, al día siguiente a la muerte del genio, escribió otra mucho más sentimental y profunda.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Más de un año, probablemente, sin venir por El espejo, que tantos ratos buenos de lectura me dio, y me encuentro con un textop de mi pianista favorito.
Tomás

Miguel Cobo dijo...

Gran maestro, Tete Montoliú. Magnífico tu homenaje y tu remembranza, tan sentida y documentada. Tan solo añadir los inolvidables arreglos que bordó de temas de Serrat. Entre maestros anda el juego.

Gracias y un abrazo, mon ami.

http://www.youtube.com/watch?v=Jh-BnCPYQVg

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Gracias, Tomás.
Bien por la vuelta.
Esto abierto a diario.


Fue un disco que descubrí tardíamente. Lo tengo entre mis favoritos. Ambos maestros en lo suyo, es cierto. Le tuve un afecto a Serrat que luego devino cansancio. Sigue pareciéndome que el mejor Serrat ya no está. Pero estuvo, y de qué manera...
Abrazo a ti, my friend.